Reproduzco aquí la crítica que hice en “Ritmo” (agosto de
2012) sobre este apasionante álbum
LOS LIEDER DE SCHUBERT DESDE LA PREHISTORIA
SCHUBERT: 340 Lieder. Grabaciones de 1898-2012. Edith
Clegg, Paul Knüpfer, Minnie Nast, Marie Götze, David Bispham, Franz Naval,
Edyth Walker, Lilli Lehmann, Ernst Wacher, Harry Plunket Greene, Pauline
Cramer, Leopold Demuth, Gustav Walter, Susan Strong, Lev Sibiriakov, Heinrich
Hensel, Wilhelm Hesch, Leo Slezak, Elena Gerhardt, Sir George Henschel, Elise
Elizza, Ottilie Metzger, Friedrich Brodersen, Frieda Hempel, Alexander Kipnis,
John McCormack, Aaltje Noordewier-Reddingius, Richard Tauber, Meta Seniemayer,
Vanni Marcoux, Ursula van Diemen, Harold Williams, Sigrid Onegin, Feodor
Chaliapin, Hans Duhan, Lotte Lehmann, Julia Culp, Charles Panzera, Lotte
Schöne, Friedrich Schorr, Dusolina Giannini, Georges Thill, Henri Etcheverry,
Claude Pascal, Maria Olszewska, Elisabeth Schumann, Therese Behr-Schnabel, Karl
Erb, Ria Ginster, Herbert Janssen, Susan Metcalfe-Casals, Marta Fuchs, Gerhard
Hüsch, Frida Leider, Aksel Schiotz, Peter Pears, Margaret Ritchie, Julius
Patzak, Irmgard Seefried, Hans Hotter, Flora Nielsen, Bernard Sönnerstedt,
Endré Koréh, Dietrich Fischer-Dieskau, Kirsten Flagstad, Elisabeth Schwarzkopf,
Christa Ludwig, Hermann Prey, Victoria de los Ángeles, Fritz Wunderlich, Dame
Janet Baker, Elly Ameling, Margaret Price, Ian Partridge, Nicolai Gedda, Walter
Berry, Gérard Souzay, Leontyne Price, Jon Vickers, Lucia Popp, Brigitte
Fassbaender, Arleen Augér, Nancy Argenta, Thomas Allen, Christoph Prégardien,
Simon Keenlyside, Ian Bostridge, Sally Matthews, Lawrence Brownlee, Kate Royal,
Peter Schreier, Olaf Bär, Thomas Hampson, voces.
Edward Lichtenstein, Arthur Nikisch, Coenraad V. Bos, Gerald
Moore, Felix Günther, Edwin Schneider, Mischa Spoliansky, Piero Coppola, Arpád
Sándor, Herbert Dawson, Clemens Schmalstich, Ferdinand Foll, Fritz Lindemann,
Robert Jäger, Michael Raucheisen, George Reeves, Leo Rosenek, Artur Schnabel,
Bruno Seidler-Winkler, Hanns Udo Müller, Karl Hudez, Benjamin Britten, Hermann
von Nordberg, Karl Engel, Edwin Fischer, Geoffrey Parsons, Rolf Reinhardt, Jörg
Demus, James Lockhart, Irwin Gage, Jennifer Partridge, Erik Werba, Dalton
Baldwin, David Garvey, Wolfgang Sawallisch, Lambert Orkis, Melvyn Tan, Roger
Vignoles, Michael Gees, Malcolm Martineau, Julius Drake, Leif Ove Andsnes,
Martin Katz, Antonio Pappano, Steven Zehr, piano.
Anton van der Horst, órgano. Reginald Kell, Gervase de Peyer, clarinete. Timothy
Brown, trompa.
Orquestas y Coros. Dirs.: Bruno Seidler-Winkler, Frieder Weissmann, Sir Eugene Goossens, Manfred Gurlitt, Piero Coppola, Leo Blech, Wolfgang Baumgart.
1898-2012 EMI 1236’ 2-10/3-9
Esta publicación es tremendamente esclarecedora y, por ello,
interesante, pues recoge varias de las más antiguas grabaciones de lieder
de Schubert conservadas: exactamente, desde 1898 hasta 2012. No es un panorama
completo, claro, pero nos permite hacernos una idea de la evolución de los
modos de interpretación de estas páginas tantas veces excelsas, muchas de las
cuales se repiten no pocas veces (la que más, Erlkönig). Un hecho
curioso: en las tres primeras décadas nunca o casi nunca se consignaba el nombre
del pianista, lo que es muy significativo de la escasa o nula importancia que
se le concedía; mientras tanto, son bastantes las ocasiones en que se traducía
el texto original a la lengua del cantante (con resultados desastrosos) y en
que se ofrecían versiones orquestales (casi siempre terribles, con una
excepción: Erlkönig por Berlioz), lo que se debía de considerar de mucha
más entidad.
Desde la óptica actual, los primeros cantantes –algunos muy
importantes– estaban tremendamente despistados en el estilo (Minnie Nast
cantando Heidenröslein, 1902; Abschied y Der Leiermann por
Harry Plunket Greene, 1904 y 1934; Susan Strong en Die junge Nonne,
1907; Lev Sibiriakov en Der Wanderer o Der Leiermann, 1906 y
1910; Heinrich Hensel en Frühlingsglaube, 1910; Leo Slezak en Ständchen,
1907; Elise Elizza en Der Müller und der Bach, 1911; Frieda Hempel en Wohin?
y Ungeduld, 1922-23; John MacCormack en Du bist die Ruh y Die
Liebe hat gelogen, 1924 y 27; Aaltje Noordewier-Reddlingius en Im
Abendrot y Verklärung, 1929; incluso la magnífica voz de bajo de
Alexander Kipnis en Erlkönig, 1936, etc.). Estos u otros cantaban muchas
veces, técnicamente hablando, de forma hoy inadmisible: Marie Götze (Litanei,
1901), Lilli Lehmann (¡!) en Du bist die Ruh (1907), Ernst Wachter (Der
Wanderer, 1902), Wilhelm Hesch (Der Kreuzzug, 1905), etc. Los
pianistas, casi siempre anónimos, eran de pesadilla, lo mismo que las orquestaciones,
como ya he dicho. En estos primeros discos del álbum tenemos numerosas
oportunidades para escandalizarnos, a la vez que también –lo confieso– para
reírnos a carcajadas.
Sin embargo, no todo era para echar a correr: en 1911 la
mezzo Elena Gerhardt ya cantaba e interpretaba con sensatez An die Musik
y Du bist die Ruh, con Arthur Nikisch (¡!) al piano. En 1939 le
secundaba al teclado un temprano y aún no muy hecho Gerald Moore, que llegaría
a ser pronto un insigne pianista de lied, sin duda el más grande de los especialistas.
Hoy se nos abren las carnes al escuchar, todavía en 1927, a un Richard Tauber
en tres lieder de Winterreise: lacrimógeno, operístico, ridículo.
Tres años más tarde impresiona la contralto Sigrid Onegin (Das Lied im
Grünen) anticipándose a Kathleen Ferrier. Y en cuanto al inmenso Feodor
Chaliapin, Der Doppelgänger le suena (y no sólo por el ruso) a Boris y
provoca nuestra sonrisa cuando lloriquea Der Tod und das Mädchen (1930),
con grave final eructado. Lotte Lehmann y Elisabeth Schumann ponen, allá
por los años 20 y 30, algo de sensatez en el panorama, pese a la grotesca
orquesta de Geheimes. Lo mismo que el reputado Friedrich Schorr (Am
Meer) en 1929. En los años 30 el conocido barítono Charles Panzera (Der
Doppelgänger) y el reputado tenor Karl Erb (Am See) continúan con
los lloriqueos y muchas de las sopranos líricas o ligeras (desde Lotte Schöne o
Ria Ginster a Victoria de los Ángeles y Arleen Augér) no se librarían en
décadas de la cursilería o, al menos, de lo relamido.
Pero pronto nos encontramos con verdaderos hitos: a finales
de los años 40 Elisabeth Schwarzkopf (con Gerald Moore y otros), de
sensibilidad exquisita, en 1949 la línea de canto y nobleza de expresión
admirables de Hans Hotter (con Moore), en 1950 el arte consumado de una voz
poco grata (Peter Pears) con un pianista excepcional (Benjamin Britten)... y
poco después, en 1951, las aportaciones gloriosas, cantadas e interpretadas de
modo jamás igualado, de un joven barítono berlinés de 26 años llamado Dietrich Fischer-Dieskau
(también con Moore). La historia del lied nunca volvería a ser igual
tras este artista que no sería alcanzado por ninguna otra voz masculina. Pero
esta edad de oro en la interpretación del lied no se detiene en estos
cuatro cantantes, sino que se prolonga en el bellísimo timbre y la noble línea
de Kirsten Flagstad (en 1952, así mismo con Moore), en la temperamental Christa
Ludwig, en la tan personal expresividad de Hermann Prey (ambos con Moore), en
la privilegiada voz de Fritz Wunderlich...
Ocho lieder más del mítico recital de Schwarzkopf con
el genial Edwin Fischer (1952: ¡qué Auf dem Wasser zu singen o Die
junge Nonne!, por citar sólo dos), otros 16 con Fischer-Dieskau y el
también grande Karl Engel en 1959... Además de éste, entran en acción otros
admirables pianistas especializados en el género –Jörg Demus, Erik Werba,
Geoffrey Parsons, Irwin Gage– y encontramos breves apariciones de otros grandes
cantantes, mejores o peores conocedores del género: Julius Patzak, Irmgard
Seefried, Elly Ameling, Nicolai Gedda, Walter Berry, Leontyne y Margaret Price,
Brigitte Fassbaender, etc.
Capítulo aparte merecen dos enormes cantantes e intérpretes
de lied: Janet Baker (9 títulos memorables, con Moore, 1968-71: una de
las cumbres del álbum) y Gérard Souzay (sólo en Der Lindenbaum, 1976),
con un magnífico Dalton Baldwin.
Pero la edad dorada llega hasta esos años 70; después, al
menos en el catálogo de EMI, los intérpretes de ese nivel escasean o
simplemente no existen: en los 80, Lucia Popp, Jon Vickers o Arleen Augér no se
elevan hasta esas alturas. La primera no supera cierta monotonía, la última
(acompañada por Lambert Orkis tocando un cacharro al que el libretillo
llama fortepiano) vuelve a caer en la ñoñería. Por no hablar de unos
para mí insufribles Nancy Argenta y Ian Bostridge –incorpórea, plagada de
sonidos fijos ella, refinadísimo hasta lo relamido él–. Se salvan los barítonos
Thomas Allen y Simon Keenlyside, incluso ocasionalmente el tenor Christoph
Prégardien. Y, sobre todo, Peter Schreier, que aborda en 1980 una Bella
molinera excelsamente cantada, pese a las desabridas sonoridades del fortepiano
de Steven Zehr, que desmerece al lado del gran tenor sajón. De 1989 es la
grabación que el barítono Olaf Bär ofrece del Canto de cisne y otros
tres lieder, muy bien cantados pero un tanto melifluos y huérfanos de
drama. El álbum se cierra con un magistral Viaje de invierno a cargo, en
1997, de Thomas Hampson que, decidido seguidor de Dieskau, queda no muy por
debajo del berlinés, junto a un en exceso contenido Wolfgang Sawallisch. En un
CD ofrecido como bonus, Hampson conversa con el musicólogo Jon Tolansky
sobre varios lieder del genial autor de la Sinfonía Inacabada. Los
textos cantados pueden encontrarse en el CD 16º.
No querría terminar sin preguntarle a los partidarios a todo
trance de las interpretaciones historicistas: para saber cómo se
cantaría y se tocaría en la época de Schubert ¿nos fijamos en estas grabaciones
de hace más de cien años (más próximas, pues, en el tiempo a Schubert que a
nosotros), las imitamos, seguros de que se aproximaban más a las fuentes
que las de hoy?