Con unos cuantos héroes vocales
En realidad, me decidí a hacerme con este Anillo
del Nibelungo en blu-rays (Unitel, 4 discos) sobre todo por disfrutar de
dos cantantes que, en lo que pude ver de una retransmisión anterior, me
parecieron magníficos: Michael Volle (Wotan, Wanderer) y Andreas Schager
(Siegfried). No es que no supiera que había varios otros cantantes excelentes,
pero en aquellos papeles que cito son más bien escasos los verdaderamente
grandes en las grabaciones de los últimos tiempos (y de los de antes…). Pero,
por otro lado, me desanimaba la escena de Dmitri Tcherniakov, que, en los
fragmentos que vi, me había parecido más bien delirante.
Una vez escuchada y vista, no puedo decir que me
arrepienta de la compra; ni tampoco que esté demasiado satisfecho. Vamos por
partes: la dirección de Christian Thielemann la encuentro en líneas generales
muy centrada -sabe, indudablemente, muy bien lo que se trae entre manos-, pero
he apreciado algunas desigualdades, no solo de un título a otro (mejor, en
conjunto, los dos últimos que los dos primeros), sino también algunas
excentricidades momentáneas a las que suele ser aficionado, entre las que
señalaría el Interludio orquestal y el Viaje de Sigfrido por el Rin,
ambos en el Prólogo de El ocaso de los dioses. En El oro del Rin
sobre todo, echo en falta algo más de la bronca, áspera rudeza que envuelve el
mundo en el que se desarrolla la acción (Solti, Barenboim). En el primer acto
de La Walkiria, un poco rápido, el penetrante lirismo de muchos momentos
no está lo suficientemente atendido. O, en El ocaso, “la atmósfera siniestra,
una sensación de pesadumbre casi intolerable de una gran tragedia que se
precipita hacia su fin inexorable” (Ernest Newman), tampoco está del todo
conseguida. Comparada con la dirección musical de las últimas Tetralogías que
en blu-ray más me han interesado -Barenboim en Bayreuth y en Milán- quizá lo
que más las distingue es el acentuado dramatismo del argentino y su mayor
apasionamiento, un fuego casi omnipresente. La Staatskapelle Berlin vuelve a
ser una pura maravilla (Luis Gago la definió como “la mejor orquesta wagneriana
del mundo”), y, en El ocaso, el Coro, aunque quizá un poco reducido,
está fenomenal (mérito en buena parte de su director, Martin Wright).
De la escena no sé muy bien qué opinar globalmente: me
parece cuajada de aciertos, de disparates y de soluciones cuya comprensión se
me escapa. Entre aquellos, la cuidadísima actuación e interactuación de los
personajes, casi siempre muy inteligente, aunque de vez en cuando chocante. Pero
me resulta nada estimulante la elección de muchos espacios escénicos con los
que cuesta entrar en situación, y la pobreza con que se han resuelto escenas de
muy difícil realización: cuando Alberich se convierte en gran serpiente o en
sapo, la muerte de Siegmund en el final del acto II de La Walkiria y la
famosa Cabalgada (mejor que Cabalgata, como señalaba Ángel Mayo),
el Fuego mágico, la lucha contra el dragón Fafner en Sigfrido, la
escena final de El ocaso, donde no hay pira funeraria ni nada que se le
asemeje. Cada vez que se habla o debe aparecer Grane, el corcel de Brunilda, el
que presenten un ridículo peluche… ¡en fin! Las soluciones realistas para estas
difíciles escenas han sido a menudo, en muchas versiones, patéticas, pero aquí
lo que resultan es pobretonas. Como ejemplo de lo que puede hacerse con acierto,
imaginación y sin arruinar las finanzas del teatro es lo ideado por Harry
Kupfer (Bayreuth, Liceu de Barcelona).
El equipo de cantantes prácticamente no tiene fisuras:
el nivel es casi todo el tiempo muy alto, con muy pocas excepciones y ni un
solo fiasco serio (¡no es poco!). En El oro del Rin (con la escena más
salvable de todas, para mi gusto) se impone Michael Volle como Wotan. Este
bajo-barítono alemán (n. 1960) es un cantante de una pieza, curtido en
oratorio, lied y ópera -no solo alemana: ahí está su magnífico Falstaff
verdiano- en posesión de una voz robusta y de una técnica excepcional que le
permite, por ejemplo, aguantar impertérrito estas agotadoras funciones, sin
aparentar cansancio. Por si fuera poco, su encarnación del personaje es
penetrante y actúa con plena convicción. Otro héroe de esta función es
Johannes Martin Kränzle como Alberich, para mí modelo absoluto -vocal e
interpretativamente- en este papel, que tantas sobreactuaciones nos hizo
padecer en el pasado. Espléndidas tanto Claudia Mahnke (Fricka) como Annett
Fritsch (Freia) y Anna Kissjudit (Erda), lo mismo que las tres hijas del Rin
(Evelin Novak, Natalia Skrycka, Anna Lapkovskaja). Sólido Lauri Vasar (Donner),
muy bella voz lírica la de Froh (Siyabonga Maqungo) y admirable Stephan Rügamer
como Mime. De los dos gigantes sobresale el tremendo Fafner de Mika Kares (finlandés,
en la estela de Talvela o Salminen) y algo menos el Fasolt de Peter Rose. Caso
aparte es el de Rolando Villazón, con la voz algo destimbrada pero convincente
de principio a fin como Loge. Quizá la terrible perversión y ridiculización del
personaje a las que le somete el director de escena le perjudique, haciéndolo
especialmente odioso.
La Walkiria,
que en conjunto me ha parecido la jornada menos lograda, se resiente algo por
un Siegmund no muy acertado: Robert Watson, de escasa proyección vocal y no
siempre perfectamente afinado (¿sería una sustitución?); tampoco actúa muy
bien, frente a casi todos sus colegas de toda esta Tetralogía. Vida
Mikneviciute, Sieglinde, es por el contrario, extraordinaria -y no solo por su
rutilante registro agudo-. Nada nuevo acerca de Volle, de Mahnke o de Kares.
Hace su aparición Anja Kampe como Brunilda: una cantante de enorme altura,
intérprete entregadísima. Quizá algo menos extraordinaria que en Kundry o en
Isolda -parece haber perdido algo de su rutilante registro agudo-, que sin
embargo aborda con la mayor energía e intensidad. Y excelente el grupo de
walkirias, entre las que están Fritsch, Skrycka y Lapkovskaja.
En Sigfrido aparece al fin Andreas Schager, el
mejor tenor dramático (o heldentenor) wagneriano de las últimas décadas, un
cantante que une la musicalidad de un Siegfried Jerusalem a la seguridad, la
firmeza y el brillo de… creo que hay que irse muy atrás para encontrar tal
poderío: ¿hasta Lauritz Melchior quizá? Tanto en esta ópera como El ocaso
hace ostentación de una potencia, una entrega y una resistencia asombrosas. Sensacional
Rügamer como Mime, tal vez el más admirable desde hace mucho tiempo (no hace
falta tener un timbre desagradable para hacerle justicia a este personaje). Un
pelín corto el Fafner de Peter Rose, sobresaliente de nuevo Kissjudit y
sensacional Kränzle. E irreprochable el Pájaro del bosque de Victoria Randem.
Prácticamente todos los cantantes-actores que
intervienen en El ocaso de los dioses habían aparecido en las jornadas
precedentes, con lo que hay poco que añadir. Son nuevos Mandy Fredrich como
Gutrune, soprano algo más lírica de la cuenta (¿por qué no lo haría
Mikneviciute, la intérprete de Freia, como ocurre en otras versiones?) y la
veterana Violeta Urmana como Waltraute, algo gastada pero aún impresionante. En
cuanto a las Nornas, fueron encarnadas con especial humor (caracterizadas como
viejas ridículas) y plena solvencia por Noa Beinart, Kristina Stanek y Anna
Samuil.
Resumiendo: una más que solvente dirección musical al
frente de una orquesta excepcional y con unos elencos que se hallan entre los
mejores de los que queda constancia grabada o filmada, y una puesta en escena
extraña, incomprensible o disparatada, muy poco inspiradora pero no carente de
aciertos.
La filmación tuvo lugar en la Ópera Estatal Unter der
Linden de Berlín en octubre de 2022, con tomas de imagen (el realizador es Andy
Sommer) y de sonido (entre los técnicos, el conocido Sebastian Nattkemper) de la
más alta calidad técnica. La edición contiene subtítulos en español, algo muy
raro últimamente. Los blu-rays señalan al final el agradecimiento a Daniel
Barenboim, impulsor de este proyecto y quien debiera haber dirigido este Anillo,
de no habérselo impedido la enfermedad. Una lástima, sin duda.
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