Mostrando entradas con la etiqueta Rügamer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rügamer. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de marzo de 2026

La "Tetralogía" de Wagner por Thielemann y Tcherniakov


Con unos cuantos héroes vocales

En realidad, me decidí a hacerme con este Anillo del Nibelungo en blu-rays (Unitel, 4 discos) sobre todo por disfrutar de dos cantantes que, en lo que pude ver de una retransmisión anterior, me parecieron magníficos: Michael Volle (Wotan, Wanderer) y Andreas Schager (Siegfried). No es que no supiera que había varios otros cantantes excelentes, pero en aquellos papeles que cito son más bien escasos los verdaderamente grandes en las grabaciones de los últimos tiempos (y de los de antes…). Pero, por otro lado, me desanimaba la escena de Dmitri Tcherniakov, que, en los fragmentos que vi, me había parecido más bien delirante.

Una vez escuchada y vista, no puedo decir que me arrepienta de la compra; ni tampoco que esté demasiado satisfecho. Vamos por partes: la dirección de Christian Thielemann la encuentro en líneas generales muy centrada -sabe, indudablemente, muy bien lo que se trae entre manos-, pero he apreciado algunas desigualdades, no solo de un título a otro (mejor, en conjunto, los dos últimos que los dos primeros), sino también algunas excentricidades momentáneas a las que suele ser aficionado, entre las que señalaría el Interludio orquestal (el Amanecer) y el Viaje de Sigfrido por el Rin, ambos en el Prólogo de El ocaso de los dioses, así como el insípido arranque de "Starke Scheite"). En El oro del Rin sobre todo, echo en falta algo más de la bronca, áspera rudeza que envuelve el mundo en el que se desarrolla la acción (Solti, Barenboim). En el primer acto de La Walkiria, un poco rápido, el penetrante lirismo de muchos momentos no está lo suficientemente atendido. O, en El ocaso, “la atmósfera siniestra, una sensación de pesadumbre casi intolerable de una gran tragedia que se precipita hacia su fin inexorable” (Ernest Newman), tampoco está del todo conseguida. Comparada con la dirección musical de las últimas Tetralogías que en blu-ray más me han interesado -Barenboim en Bayreuth y en Milán- quizá lo que más las distingue es el acentuado dramatismo del argentino y su mayor apasionamiento, un fuego casi omnipresente. La Staatskapelle Berlin vuelve a ser una pura maravilla (Luis Gago la definió como “probablemente la mejor orquesta wagneriana del mundo”), y, en El ocaso, el Coro, aunque quizá un poco reducido, está fenomenal (mérito en buena parte de su director, Martin Wright).

De la escena no sé muy bien qué opinar globalmente: me parece cuajada de aciertos, de disparates y de soluciones cuya comprensión se me escapa. Entre aquellos, la cuidadísima actuación e interactuación de los personajes, casi siempre muy inteligente, aunque de vez en cuando chocante. Pero me resulta nada estimulante la elección de muchos espacios escénicos con los que cuesta entrar en situación, y la pobreza con que se han resuelto escenas de muy difícil realización: cuando Alberich se convierte en gran serpiente o en sapo, la muerte de Siegmund en el final del acto II de La Walkiria y la famosa Cabalgada (mejor que Cabalgata, como señalaba Ángel Mayo), el Fuego mágico, la lucha contra el dragón Fafner en Sigfrido, la escena final de El ocaso, donde no hay pira funeraria ni nada que se le asemeje. Cada vez que se habla o debe aparecer Grane, el corcel de Brunilda, el que presenten un ridículo peluche… ¡en fin! Las soluciones realistas para estas difíciles escenas han sido a menudo, en muchas versiones, patéticas, pero aquí lo que resultan es pobretonas. Como ejemplo de lo que puede hacerse con acierto, imaginación y sin arruinar las finanzas del teatro es lo ideado por Harry Kupfer (Bayreuth, Liceu de Barcelona).

El equipo de cantantes prácticamente no tiene fisuras: el nivel es casi todo el tiempo muy alto, con muy pocas excepciones y ni un solo fiasco serio (¡no es poco!). En El oro del Rin (con la escena más salvable de todas, para mi gusto) se impone Michael Volle como Wotan. Este bajo-barítono alemán (n. 1960) es un cantante de una pieza, curtido en oratorio, lied y ópera -no solo alemana: ahí está su magnífico Falstaff verdiano- en posesión de una voz robusta y de una técnica excepcional que le permite, por ejemplo, aguantar impertérrito estas agotadoras funciones, sin aparentar cansancio. Por si fuera poco, su encarnación del personaje es penetrante y actúa con plena convicción. Otro héroe de esta función es Johannes Martin Kränzle como Alberich, para mí modelo absoluto -vocal e interpretativamente- en este papel, que tantas sobreactuaciones nos hizo padecer en el pasado. Espléndidas tanto Claudia Mahnke (Fricka) como Annett Fritsch (Freia) y Anna Kissjudit (Erda), lo mismo que las tres hijas del Rin (Evelin Novak, Natalia Skrycka, Anna Lapkovskaja). Sólido Lauri Vasar (Donner), muy bella voz lírica la de Froh (Siyabonga Maqungo) y admirable Stephan Rügamer como Mime. De los dos gigantes sobresale el tremendo Fafner de Mika Kares (finlandés, en la estela de Talvela o Salminen) y algo menos el Fasolt de Peter Rose. Caso aparte es el de Rolando Villazón, con la voz algo destimbrada pero convincente de principio a fin como Loge. Quizá la terrible perversión y ridiculización del personaje a las que le somete el director de escena le perjudique, haciéndolo especialmente odioso.

La Walkiria, que en conjunto me ha parecido la jornada menos lograda, se resiente algo por un Siegmund no muy acertado: Robert Watson, de escasa proyección vocal y no siempre perfectamente afinado (¿sería una sustitución?); tampoco actúa muy bien, frente a casi todos sus colegas de toda esta Tetralogía. Vida Mikneviciute, Sieglinde, es por el contrario, extraordinaria -y no solo por su rutilante registro agudo-. Nada nuevo acerca de Volle, de Mahnke o de Kares. Hace su aparición Anja Kampe como Brunilda: una cantante de enorme altura, intérprete entregadísima. Quizá algo menos extraordinaria que en Kundry o en Isolda -parece haber perdido algo de su rutilante registro agudo-, que sin embargo aborda con la mayor energía e intensidad. Y excelente el grupo de walkirias, entre las que están Fritsch, Skrycka y Lapkovskaja.

En Sigfrido aparece al fin Andreas Schager, el mejor tenor dramático (o heldentenor) wagneriano de las últimas décadas, un cantante que une la musicalidad de un Siegfried Jerusalem a la seguridad, la firmeza y el brillo de… creo que hay que irse muy atrás para encontrar tal poderío: ¿hasta Lauritz Melchior quizá? Tanto en esta ópera como El ocaso hace ostentación de una potencia, una entrega y una resistencia asombrosas. Sensacional Rügamer como Mime, tal vez el más admirable desde hace mucho tiempo (no hace falta tener un timbre desagradable para hacerle justicia a este personaje). Un pelín corto el Fafner de Peter Rose, sobresaliente de nuevo Kissjudit y sensacional Kränzle. E irreprochable el Pájaro del bosque de Victoria Randem.

Prácticamente todos los cantantes-actores que intervienen en El ocaso de los dioses habían aparecido en las jornadas precedentes, con lo que hay poco que añadir. Son nuevos Mandy Fredrich como Gutrune, soprano algo más lírica de la cuenta (¿por qué no lo haría Mikneviciute, voz ideal para este papel?) y la veterana Violeta Urmana como Waltraute, algo gastada pero aún impresionante. En cuanto a las Nornas, fueron encarnadas con especial humor (caracterizadas como viejas decrépitas ridículas) y plena solvencia por Noa Beinart, Kristina Stanek y Anna Samuil.

Resumiendo: una más que solvente dirección musical al frente de una orquesta excepcional y con unos elencos que se hallan entre los mejores de los que queda constancia grabada o filmada, y una puesta en escena extraña, incomprensible o disparatada, muy poco inspiradora pero no carente de aciertos.

La filmación tuvo lugar en la Ópera Estatal Unter der Linden de Berlín en octubre de 2022, con tomas de imagen (el realizador es Andy Sommer) y de sonido (entre los técnicos, el conocido Sebastian Nattkemper) de la más alta calidad técnica. La edición contiene subtítulos en español, algo muy raro últimamente. Los blu-rays señalan al final el agradecimiento a Daniel Barenboim, impulsor de este proyecto y quien debiera haber dirigido este Anillo, de no habérselo impedido la enfermedad. Una lástima, sin duda. 


jueves, 3 de noviembre de 2022

"El oro del Rin" de 2022 en Berlín que debería haber dirigido Barenboim

 

Nueva producción de Tcherniakov

La nueva producción de El anillo del nibelungo de Wagner que la Ópera Estatal de Berlín iba a presentar este otoño bajo la batuta de Daniel Barenboim ha recaído finalmente, por culpa de la enfermedad de su director titular, sobre Christian Thielemann (dos funciones) y Thomas Guggeis (nacido en 1993 y ya nombrado director de la Ópera de Frankfurt, una función). La cadena de televisión franco-alemana Arte ha empezado a transmitirla: de momento, ya puede verse y escucharse el prólogo, o primera jornada, de la Tetralogía.

La dirección escénica corre a cargo del tan controvertido Dmitri Tcherniakov -quien, para mí, tiene en su haber grandes aciertos y grandes fiascos-. Este Oro está, en mi opinión, mucho más cerca de lo segundo que de lo primero. Pues contiene extravagancias y absurdos en abundancia. La primera escena, en el Rin con las tres Hijas del río y Alberich siendo burlado por ellas, transcurre en un hospital: el enano nibelungo está siendo sometido a pruebas médicas, como un electroencefalograma y está rodeado de tubos, suero incluido, y las Hijas del Rin son tres enfermeras ociosas y distraídas. Cuando Alberich reniega del amor, en vez de robar el oro, lo que hace es arrancar los tubos y los aparatos y huir con ellos. Cuando aparecen los dos gigantes reclamando a Wotan el pago por la erección del Walhalla, tiene lugar una reunión en una gran mesa de empresa a la que asisten, además de los tres citados, Fricka, Froh, Donner y la aterrorizada Freia: esta idea de la mesa de reuniones empresarial en la que se negocia no me parece mal, sobre todo por la actuación de todos los personajes, con reacciones muy verosímiles a cuanto acontece y oyen (por ejemplo, cómo Fasolt trata de seducir mediante miradas a Freia). Esto es un mérito que no se le puede regatear a Tcherniakov. Pero la escena en el Nibelheim vuelve a ser muy decepcionante: una especie de oficina poblada de mesas donde trabajan los nibelungos esclavizados por Alberich. Pero cuando Loge pide a este que se transforme en una gran sepiente, allí no ocurre nada; solo que los nibelungos se asustan al aparentar ver el prodigio. Y cuando le piden que se transmute en un sapo para atraparlo, tampoco hay transformación alguna, sino solo que -a una llamada telefónica de Wotan- aparecen dos loqueros y se llevan a Alberich esposado. En fin, a qué seguir…

El elenco

El elenco vocal es sobresaliente: son casi todos ellos, más que voces atronadoras, cantantes-intérpretes inteligentes. Michael Volle es, creo, el Wotan más convincente desde René Pape (quien, según parece, no pasó de encarnarlo en El oro del Rin, no animándose -o atreviéndose- con Walkyria o Sigfrido). No hay, para mi gusto, ni un solo error grave entre los 14 cantantes del reparto. Ni siquiera Rolando Villazón como Loge, quien al parecer ha sido muy cuestionado por algunos. Es cierto que se pasa un poco sobreactuando, pero tengo la impresión de que son instrucciones de Tcherniakov, quien hace de Loge un tipejo particularmente impresentable, fullero, grotesco, trilero y no sé qué más: o sea, sumamente antipático -a diferencia de lo que ocurre en otras escenificaciones-, pero que parece bastante consistente. El tenor mexicano ha perdido el poco squillo que le quedaba, pero no canta nada mal. En todo caso, me gustó mucho más Stephan Rügamer con Barenboim en La Scala 2010: toda una revelación en ese complicado papel; este tenor alemán hace aquí de Mime, también muy bien. Me han gustado mucho la mezzo Claudia Mahnke como Fricka y la soprano lírica Annett Fritsch como Freia. Estupenda sorpresa la de la joven contralto Anna Kissjudit (Budapest, 1996) como Erda.

Siyabonga Maqungo (Froh) posee una preciosa voz de tenor lírico, muy bien manejada, mientras Lauri Vasar es barítono demasiado lírico y algo endeble para Donner: quizá es el menos satisfactorio de los 14 (su trueno, escénicamente hablando, es más bien ridículo: él y Froh, con su arco iris, son en la escena final prestidigitadores de tres al cuarto). Excelente encarnación de Alberich a cargo de Johannes Martin Kränzle, quien -me parece- ha perdido algo de volumen y robustez vocal desde su Alberich de La Scala en 2010. Más que buenos los dos gigantes, bajos ambos de timbres bastante diversos, lo cual ayuda bastante a distinguirlos: Mika Kares como Fasolt y Peter Rose como Fafner. Muy ajustadas también las Hijas del Rin (Evelin Novak, Natalia Skrycka y Anna Lapkovskaya), quienes, en todo caso, no alcanzan el altísimo nivel de las de La Scala 2010 (Aga Mikolaj, Maria Gortsevskaya y Marina Prudenskaya). 

La dirección musical

Enorme éxito personal de Christian Thielemann (quien, por cierto, no debía de estar muy ocupado cuando pudo aceptar dirigir estas ocho funciones), que yo atribuyo sobre todo a que es alemán (¡el único director alemán destacado y muy conocido surgido en más de dos décadas! ¿Qué pasa allí? Compárese con varias etapas anteriores…), mientras que Barenboim no es alemán, por mucho que lo parezca (y, por si fuera poco, es judío. Por cierto, se atribuye a Thielemann el tremendo dicho de “¡Cómo va a ser un judío el mejor intérprete de Wagner!”). Thielemann, que fue hace años asistente de Barenboim en Bayreuth, dirigió más que bien, claro, pues conoce muy bien a Wagner, pero a mí me suena a algo anticuado: de tempi algo pausados, para algunos recuerda un tanto al genial Hans Knappertsbusch, pero carece claramente de su grandeza y trascendencia; más bien me trae a la mente a ciertos kapellmeister de hace algún tiempo. Tal vez algunas carencias puedan deberse a que no pudo ensayar lo suficiente, no lo sé. Pero el enlace del Preludio con la entrada de las náyades está mal resuelto, y la Entrada de los dioses en el Walhalla también, entre otros momentos algo decepcionantes. Y no sé si consigue esa unidad en la continuidad de una ópera como esta.

Como explica Bryan Magee en su interesantísimo ensayo “Aspectos de Wagner” (Acantilado, 2013): “Muchos directores cuyas interpretaciones de la obra de algún otro compositor son insuperables no dan la talla en Wagner, porque las unidades orgánicas se les escapan; lo mejor que saben ofrecernos es una sucesión de episodios hermosos”. “En música, la impresión que tenemos del tempo tiene poco que ver con la medida física del tiempo y mucho con la vida interior de la interpretación [...] Wagner advirtió que lo que en mayor medida infunde vida a una buena interpretación no es ni siquiera el tempo principal, sino la introducción de innumerables y minúsculas modificaciones del tempo, imposibles de indicar mediante palabras o cifras, y que debían nacer de la intuición del intérprete”. “El mejor Wagner no es el Wagner con mejor sonido. Su música necesita sonar menos hermosa de lo que puede llegar a sonar”. “Impedir que las interpretaciones [de las enormes formas wagnerianas] decaigan o aburran plantea unas exigencias enormes al director. Lo primero que requiere de él es un control absolutamente extraordinario de la estructura. No sólo debe tener un dominio firme de esos enormes conjuntos –la totalidad de cada obra y de cada acto–, sino también del detalle, para relacionarlo con el conjunto sin sacrificar nada de él y mostrarlo como algo interesante, expresivo, hermoso en sí mismo y, al mismo tiempo, como parte orgánica de la estructura. Cuando eso ocurre, el conjunto surge ante nosotros en todo momento, mientras la música parece desplegarse de manera inevitable, como si no pudiera ser de otra manera”. Pues eso mismo: en mi opinión no suele estar Thielemann entre los directores más lúcidos de la historia interpretativa wagneriana: Furtwängler, Knappertsbusch, Solti o Barenboim.

Otra cosa importante: la Staatskapelle Berlin le suena bien, por supuesto, pero claramente menos bien que a Barenboim (no hay más que comparar este Oro con el último Tristán del argentino en el DVD/Blu-ray BelAir).

A partir del 19 de noviembre podrá verse en Arte todo este Anillo.

viernes, 14 de junio de 2019

"Bodas en el monasterio" en Berlín y "La forza del destino" en Londres



Bodas (o Esponsales) en el monasterio, la sexta ópera de Prokofiev, estrenada en 1946, se basa, al igual que La Dueña (1947) de Roberto Gerhard, en la comedia The Duenna (1775) de Richard B. Sheridan. (¿Conocería Gerhard la ópera de Prokofiev, solo un año anterior?). Partitura muy poco conocida fuera de Rusia, es una notable contribución al género del autor de la larguísima y desigual Guerra y Paz. Aun así, no deja de ser curioso que Barenboim haya decidido dirigirla (ya lo había hecho con la tragedia El Jugador). Aunque no había escuchado esta ópera, a mí me parece bastante evidente que estuvo muy bien dirigida (Pedro J. Lapeña escribe que la batuta fue muy decepcionante, mientras que Alejandro Martínez la pone por las nubes). ¡En fin!... También el primero fustiga ferozmente al director de escena Dmitri Tcherniakov, mientras el segundo lo elogia hasta el límite. Aunque lo que hace el muy variable director ruso es muy discutible, porque transforma drásticamente el argumento, en mi opinión fue un gran acierto, que demuestra una gran imaginación y sentido del humor. Y la música no sufre por ello. Tengo que exclamar otra vez: ¡en fin!... Sí, tenemos que acostumbrarnos a estas discrepancias.

En lo que coinciden ambos críticos es en que el reparto vocal fue buenísimo. También yo soy de esa opinión. Representada en la Staatsoper de Berlín en el pasado mes de abril, se logró reunir a un grupo de cantantes -algunos bien conocidos, otros muy poco- no solo individualmente espléndidos, sino que realizan una labor de conjunto que multiplica el éxito de la función, en buena parte debido a lo bien que actúan ¡todos ellos! Lo que, sin duda, habla muy en favor del trabajo de Tcherniakov.

El tenor lírico Stephan Rügamer (Don Jerome), aun sin poseer una materia prima precisamente privilegiada, es un intérprete extremadamente inteligente que borda el papel (incluso, en esta función toca la trompeta, y percute en unas copas con enorme precisión). Andrey Zhilikhovsky (Don Ferdinand) ha sido un descubrimiento: soberbia voz, excelente canto; es uno de los mejores bajos en la actualidad. También me parece un nombre a seguir el del tenor lírico, de bello timbre, Bogdan Volkov (Don Antonio). Las tres féminas han estado a cuál mejor: la soprano lírico-ligera Aida Garifullina (Luisa: me ha recordado a la joven Olga Peretyatko), la mezzo Anna Goryachova (Clara), magnífica, bellísima voz y canto magistral, y la veterana Violeta Urmana, sensacional y perfecta en una tesitura, es cierto, cómoda. Más que bien el barítono-bajo Goran Juric (Mendoza) y solo correcto el barítono Lauri Vasar (Don Carlos). Dado que la retransmisión televisiva señala esta representación como coproducción de Mezzo, la Staatsoper, BelAir y Unitel France, que la toma de sonido es del Estudio Teldex de Berlín, y la realización de Andy Sommer, es probable que pueda ser publicada en DVD/Blu-ray. Espero que así sea.

Sí, lo será, casi seguro, La forza del destino del Covent Garden (2 de abril de este año), por la acumulación de nombres estelares de su reparto. Se trata de una importante versión (en lo musical: en la escena de Christof Loy, no del todo disparatada, no voy a entrar), pero que no me ha hecho vibrar tanto como esperaba. Anna Netrebko hizo cosas maravillosas, con esa voz grande, densa y a la vez aterciopelada que se le ha puesto, pese a cuya densidad sigue consiguiendo etéreos pianísimos. Tras una algo vacilante aria de entrada (incluso con alguna leve desafinación), "Son giunta" y el subsiguiente dúo con el Padre Superior, así como "Pace, pace, mio Dio" fueron admirables. (En su Macbeth de Berlín y en su Aida de Salzburgo me ha convencido más). Al igual que en su DVD/Blu-ray Sony de Múnich con Anja Harteros (quien, por cierto, me gusta aún más que Netrebko), Jonas Kaufmann será hoy día el mejor Alvaro. Pero ojo, quede bien claro: ¡claramente por debajo del Bergonzi o del Plácido de sus grandes días! El tenor alemán canta con gran entrega y arrojo una parte que es demoledora y brilla con su poderoso registro agudo, pero la italianità no es precisamente uno de sus fuertes, y quizá abusa un poco de los reguladores dinámicos. Ludovic Tézier es un buen Don Carlo di Vargas, acaso el mejor actual después de Carlos Álvarez. Pero, algo menos en situación que en la referida versión de Múnich, tampoco llega a entusiasmarme.

Hay que descubrirse ante la gozosa veteranía de Ferruccio Furlanetto (70 años): aunque su materia prima no es el colmo de la belleza y la redondez, ¡qué gran cantante, qué gran artista! El Fra Melitone de Alessandro Corbelli es ejemplar, en lo escénico (sin exageraciones grotescas) y en lo musical: pese a su edad, que no he conseguido averiguar, sigue muy bien de voz. Como Preziosilla (uno de los personajes más absurdos, prescindibles, de Verdi), la mezzo Veronica Simeoni me ha gustado a medias, pero, como se diría antiguamente, casi "me importa una higa". Y quien realmente me parece lamentable como Marqués de Calatrava es Robert Lloyd (nunca me gustó su emisión), con casi la edad a la que murió Matusalén (tampoco hay que exagerar: tiene solo 79 años). Muy bien tanto Carlo Bosi (Trabuco) como la ya septuagenaria Roberta Alexander (Curra). De la batuta de Antonio Pappano, mucho más que solvente, esperaba algo más, pues tiene palpables desigualdades: una obertura y otros pasajes sin pena ni gloria, junto a momentos de enorme tensión dramática. Que nadie se escandalice: Asher Fisch en Múnich me pareció más regular e irreprochable. Muy bien, como es habitual, los conjuntos coral y orquestal del Covent Garden.