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viernes, 4 de abril de 2025

Un espectacular "Don Carlo" rescatado

 

Domingo y Karajan juntos

En el Festival de Salzburgo de 1975 se reunió un fabuloso reparto para interpretar Don Carlo de Verdi (en italiano, y en la versión de cuatro actos, sin el de Fointaneblau). La lista de artistas impone: Nicolai Ghiaurov (Filippo II), Plácido Domingo (Carlo), Mirella Freni (Elisabetta), Piero Cappuccilli (Posa), Christa Ludwig (Eboli), George Crasnaru (Gran Inquisidor), José Van Dam (Monje), el Coro de la Ópera Estatal y la Orquesta Filarmónica de Viena dirigidos por Herbert von Karajan. El morbo es, si cabe, aún mayor porque se trata de una de las poquísimas colaboraciones entre el tenor madrileño y el director salzburgués.

Ni en su grabación de audio (EMI 1979) ni en la de vídeo (Sony 1982) contó Karajan con elencos de tal calibre. En la primera, con el Coro de la Ópera Alemana de Berlín y la Filarmónica de la misma ciudad, José Carreras, muy entregado y meritorio, no estuvo a la altura de Domingo, y Ruggero Raimondi fue un Inquisidor no muy afortunado, pues requiere un bajo profundo, y no un bajo-barítono. Repitieron como en 1975 Freni, Cappuccilli y Van Dam. En la de vídeo, reaparecieron Carreras, Cappuccilli y Baltsa, Fiamma Izzo d’Amico fue una algo discreta Elisabetta, Ferruccio Furlanetto un gran intérprete del rey de España y Matti Salminen un imponente Inquisidor. En lugar de Van Dam estuvo Franco de Grandis. Volvieron el Coro y la Orquesta de 1975. Aparte de ese Don Carlo, del Trovatore en vídeo (TDK 1978), de la Madama Butterfly filmada por Ponnelle (1974, antes Decca y ahora DG), de Turandot (DG 1981) y Un ballo in maschera (DG 1989), creo que no hay más grabaciones oficiales de Domingo y Karajan juntos. 

Volviendo al Don Carlo de 1975 (en público y por desgracia con sonido más bien precario), se contó no solo con actuaciones memorables de Domingo y Freni, sino con destacadísimas contribuciones de Ghiaurov y Cappuccilli. Pese a la gran atracción que puede generar la actuación de Christa Ludwig como Eboli, la verdad es que la eximia mezzo berlinesa no estuvo al nivel de sus colegas, pareciendo incómoda y un tanto fuera de situación, sobre todo en la “Canción del velo”. No conocía a Crasnaru (Rumanía, 1941), que tal vez fuese una sustitución de última hora, pues luce una voz robusta… pero poco más. Y el empeño de Karajan por contar con Van Dam en papeles demasiado graves para su voz no lo acabo de comprender: la zona baja de su tesitura siempre flaquea.

La rutilante dirección de Karajan con una magnífica Filarmónica de Viena no carece, para mi gusto, de puntos débiles: demasiado ruido frente a no tantas nueces (no hay más que compararlo a Giulini, e incluso a Solti y a Pappano, este en blu-ray con la misma orquesta) en determinados momentos, con propensión al exceso decibélico no siempre sentido y con un comienzo del cuadro del Auto de fe descontrolado y algo a lo bestia. Por descontado, muchos pasajes no merecen sino elogios.

Pero lo que Giulini consiguió en estudio el año 1971 (trece años después de unas triunfales funciones en el Covent Garden, con Boris Christoff), con una orquesta de mucho menor postín, la del coliseo londinense, es de no dar crédito (elogio que también merecería no poco Georg Solti). Y la labor de una batuta, no hay que olvidarlo, no es solo el manejo de los conjuntos coral y orquestal, sino también y en no menor medida, cómo dirigir, encauzar a los cantantes. Por eso la versión de Giulini, sigue pareciéndome la número 1, pese a haber otras en que algunos cantantes son superiores, pero todos estuvieron más que bien. Incluso el soberbio Inquisidor del no muy conocido Giovanni Foiani y la Voz del cielo de una tal María Rosa del Campo. Y por cierto, ¡cómo suena tras ser reprocesada!

Mi Don Carlo ideal

En todo caso, ¿cuál sería mi combinación ideal -imposible, porque no todos los cantantes que voy a proponer fueron contemporáneos entre sí-? Felipe II: Boris Christoff (DG 1962, con Gabriele Santini II); Don Carlos: Plácido Domingo (con Giulini); Isabel de Valois: Montserrat Caballé; Princesa de Éboli: Shirley Verrett (también con Giulini); Marqués de Posa: Dietrich Fischer-Dieskau (con Solti); Gran Inquisidor: Martti Talvela (con Horst Stein en 1960, mejor aún que con Solti o con Karajan 1982).

viernes, 7 de abril de 2023

Grabaciones inéditas de Jessye Norman

 

Tristán e Isolda

Decca acaba de editar un álbum de 3 CDs con grabaciones (realizadas, es de suponer, para el sello Philips) nunca publicadas de la formidable soprano Jessye Norman (1945-2019). El primer CD, de unos 66 minutos, contiene fragmentos del que iba a ser un Tristán e Isolda completo, registrado en 1998. Al CD con esta extraña selección no le dio el visto bueno la cantante, que contaba al ser registrado 53 años cumplidos y que nunca había encarnado ese papel, al que ella misma dijo considerar “fruta prohibida”. Por supuesto, nos encontramos con momentos de canto muy hermoso, sobre todo de ella y de la Brangania de la mezzo Hanna Schwarz, como también del demasiado lírico Thomas Moser como Tristán. Pero ciertamente aparecen algunos sobreagudos algo gritados por la soprano de Augusta (Georgia), y hasta alguna nota no bien afinada. Pero lo más grave de la versión es que ni Tristán ni Isolda están muy en su sitio: cantan, pero no aciertan en la interpretación de sus personajes, cuyas pasiones les resbalan bastante. Culpa, en primer término, de un apático, aburrido, plano Kurt Masur al frente de una orquesta espléndida -la Gewandhaus de Leipzig- a la que no espolea en momento alguno; tampoco parece haber guiado, dirigido a los cantantes. En el famoso dúo de los amantes en el acto II hay momentos demasiado azucarados. Como curiosidad, el canto del Marinero tras el Preludio I está encomendado a un entonces poco conocido Ian Bostridge, que ya deja ver su arte melifluo, al borde del amaneramiento. El programa termina con una Muerte de Isolda muy inferior a la que grabase Norman con Herbert von Karajan diez años antes. Un fiasco, el de este disco, por culpa ante todo de una desacertada elección de la batuta.

Lástima que no llegase a concretarse una segunda grabación de este genial drama musical bajo la batuta de Sir Georg Solti, como había sido planeada por Decca, con Norman junto a Plácido Domingo; el extraordinario director wagneriano no estaba -con razón- del todo satisfecho de su antigua grabación, con la eminente Birgit Nilsson y el gris Fritz Uhl, y soñaba con ese proyecto.

 

Wagner y Strauss

El segundo CD posee más interés: los Wesendonck-Lieder de Wagner sí habían sido aprobados por Norman, pero no los Cuatro Últimos Lieder de Richard Strauss (1989, 1992), ambos junto a James Levine y la Orquesta Filarmónica de Berlín. Pues bien, el ciclo de Wagner está, en mi opinión, entre los mejores de la discografía, y del de Strauss solo molesta un tanto el volumen excesivo de voz que despliega la gran cantante, sólo contenido en la última de las canciones, dirigida ésta con más primor que emoción.

 

Haydn, Berlioz y Britten

Muy interesante era el programa del tercer disco, muy corto, de 1994, relacionando a tres famosas reinas de la antigüedad: Berenice -la cantata de Haydn Berenice, che fai? sobre la hija de Herodes Agripa I-, Cleopatra (La muerte de Cleopatra) de Berlioz y la princesa Fedra, hija de Minos y Pasifae (Phaedra de Britten). Seiji Ozawa al frente de la Sinfónica de Boston no se siente muy cómodo en Haydn -sí la voz-, mientras que la cantata profana de Berlioz había sido muy superada por parte de cantante y batuta en la anterior grabación de Norman, con Barenboim (DG 1982). La más lograda de estas tres escenas vocales es, seguramente, la de Britten (casi a la altura de Janet Baker/Steuart Bedford, Decca 1978).

Nota: algunos datos los he extraído del artículo dedicado a este álbum, “Jessye Norman. The unreleased masters”, escrito por Pablo L. Rodríguez y publicado por “El País” el pasado 25 de marzo.

jueves, 15 de septiembre de 2022

Más puñaladas a tres "momias vivientes": Domingo, Barenboim, Pollini

 


Gonzalo Alonso Rivas, el mayor cotilla de la crítica musical española, sale en defensa del repugnante artículo de hace unos días escrito por Justo Romero, otro crítico musical sordo. Además, Alonso no añade nada nuevo, solo recalca que el artículo de Romero era muy oportuno y que llevaba razón.

 

Bueno, sí añade algunas cosillas:

-"Que será difícil encontrar un papel en el que [Plácido] haya sido el mejor, pero ha sido extraordinario en un basto repertorio. Como director nunca fue gran cosa”. Y yo le digo: puedo darle una buena lista de papeles en los que ha sido el mejor desde que hay discos; ¡y no solo en obras bastas! Lo define (¡qué feo!) como “un tenor que no llegaba al Do”: sí llegó en ocasiones, por cierto, aunque nunca con comodidad. Pero ¡tampoco el mítico Enrico Caruso llegaba! A los lectores de un periódico de información (siempre derechizada), que no saben la trascendencia de tener o no el dichoso Do les parecerá en su ignorancia una carencia muy grave, pero desconocen el verdadero alcance de esa limitación. Me imagino quién habrá pinchado a Alonso para que diga eso: un amigo suyo, hijo de un famoso tenor que sí tenía el Do. Pero que carecía de otras cualidades, más importantes, que sí ha poseído Domingo. 

 

Otra cosa le digo: Plácido dirigió las Orquestas Filarmónicas de Berlín y Viena y la Sinfónica de Chicago, por solo citar a las tres más importantes del mundo. ¿Se dejaron engañar, según Alonso, por alguien que “nunca fue gran cosa”?

Más: [Domingo] “haría mejor en retirarse que ir pidiendo a la justicia argentina un certificado de no estar imputado en el proceso contra una secta”. Y digo yo: ¿qué tendrá que ver retirarse con tener derecho a defender su inocencia en un asunto del que bien poco claro se sabe? ¡Pero Alonso ya parece saberlo! Y digo yo ¿es culpable mientras no se demuestre lo contrario?

-Que Barenboim es “un director con sus más y sus menos, pero con un par de grandes Tristan e Isolda en Bayreuth”. La sordera de Alonso es total, su falta de gusto musical y su ignorancia, descomunales: ignora la enorme cantidad de interpretaciones magníficas, incluso geniales, de este director. Olvida Alonso que ha sido director titular de orquestas de primera o primerísima línea (¡la Sinfónica de Chicago!), que ha hecho de un grupo de jóvenes una orquesta soberbia o que ha llevado a lo más alto a otra en serio declive. También parece desconocer la opinión que de él como director tienen muchos colegas suyos y multitud de instrumentistas y cantantes…

-Dice también que a Pollini le escuchó “una impresionante Sonata Hammerklavier que ofreció en Salzburgo en 1989”. Y digo yo: ¡qué sabrá él de esa grandiosa Sonata! Dudo que fuera tan grande como dice: Pollini muy rara vez ha sobresalido en sonatas de Beethoven… ¿Acaso Alonso conoce bien esa Sonata, se la ha escuchado a Gilels, a Barenboim o a Sokolov? Dudo incluso que sea capaz de distinguir unas versiones de otras; sólo, eso puede que sí, será capaz de anotar con un trazo, como buen beckmesser, algunas notas falsas de una ejecución…

“El mismo día del concierto [Pollini] tuvo que cancelar [la “Hammerklavier”], supuestamente por un problema cardiaco que, posiblemente, estuvo causado por nervios ante un reto inviable”. Alonso sospecha que Pollini mintió, que no canceló por un ataque al corazón, sino por miedo escénico… ¡Feísimo! ¿Tiene pruebas? ¡Qué le importan las pruebas a este campeón del cotilleo y el amarillismo!

-Y para terminar: Gonzalo Alonso pone como ejemplos de músicos que se retiraron a tiempo a dos que no lo hicieron: el gigantesco Dietrich Fischer-Dieskau realizó muy mayor un buen número de actuaciones y grabaciones en las que se encontraba ya muy mal de voz. Y la gran Birgit Nilsson tiene publicada en DVD una Elektra de Strauss en el Met, con James Levine, en la que da verdadera pena constatar su tremendo deterioro vocal (cantó con 70 años de edad un papel de terrorífica dificultad)… Y si Domingo está, como dice, hecho polvo, ¿cómo no haber criticado también a Maria Callas, que cantó y grabó durante años en un estado vocal deplorable?