Mostrando entradas con la etiqueta Batiashvili. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Batiashvili. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de septiembre de 2022

Dos importantes discos de violín: Batiashvili y Hadelich. Y uno de un nuevo tenor: Tetelman

 

Lisa Batiashvili: Franck, Szymanowski, Chausson

 

Con pocos días de diferencia han sido publicados dos programas violínisticos a cargo de dos de los instrumentistas más destacados de nuestros días. Deutsche Grammophon se deja caer con otro esperado disco -todos los suyos lo son- de la sensacional Lisa Batiashvili (Tiflis, Georgia, 1979), titulado “Secret Love Letters”, cuyo programa comienza con la inmensamente bella Sonata de César Franck. En lo que a ella respecta, la interpretación me ha parecido gloriosa, pero su pianista, Georgi Gigashvili, que ofrece muchos momentos de gran inspiración, pincha en el 4º movimiento, en el que adoptan un tempo en exceso veloz y perdiendo el discurso con ello tensión y ansiedad. Es una pena, porque se ha obviado que esta Sonata necesita un pianista tan importante como el violinista (aquí está la imponente lista de quienes, en disco, no son simples acompañantes: Arthur Rubinstein, Robert Casadesus, Hephzibah Menuhin, Sviatoslav Richter, Daniel Barenboim, Radu Lupu, Vladimir Ashkenazy, Krystian Zimerman, Yefim Bronfman, Gerhard Oppitz, Pascal Rogé, Martha Argerich, Maria Joao Pires, Larg Vogt, Nikolai Lugansky, Yuja Wang…)

Mucho mejor me ha parecido, pues no se me ocurre el menor reparo, el muy hermoso Primer Concierto de Karol Szymanowski -una obra que debería frecuentarse mucho más- en compañía de una suntuosa Orquesta de Filadelfia conducida con un sentido musical y una atención al color de primer orden de su director actual, Yannick Nézet-Séguin. No conozco ninguna versión que me haya gustado más.

El no menos hermoso Poema de Ernest Chausson creo que me ha convencido un pelín menos, pero no por estar menos bien realizado -el violín es literalmente excelso-, sino por tratarse de un enfoque tan intensamente lírico que pierde un poco de pasión y ardor. El disco termina con una propinilla: la canción de Claude Debussy Beau soir transcrita, estupendamente tocada por Batiashvili con… Yannick al piano. La toma de sonido, tanto del violín con piano como con orquesta, es absolutamente extraordinaria. 

 

Augustin Hadelich: Sarasate, Prokofiev, Britten, ¡Tárrega!

El otro disco, bajo el sello Warner, está protagonizado por el violinista italo-germano-estadounidense Augustin Hadelich (n. 1984), que alcanzó notoriedad tras quemarse buena parte del cuerpo, rostro incluido, en 1999. Pero sería muy injusto afirmar que está ahora entre los más conocidos de nuestros días por ese motivo. Precisamente su reaparición tras el grave accidente mostró a un gran instrumentista y a un excelente músico: el año largo que estuvo sin poder tocar le hizo reflexionar y entregarse en cuerpo y alma al violín, como ha confesado.

El programa de este nuevo disco lleva, como es costumbre cada vez más extendida, también un título, “Recuerdos” (así, en español), y comienza con la Fantasía sobre Carmen de Pablo Sarasate, tocada por todo lo alto, aunque no tan bien dirigida por Cristian Macelaru (Rumanía, 1980) en el podio de la Orquesta Sinfónica de Radio Colonia (WDR).

Del Segundo Concierto de Sergei Prokofiev que sigue me ha defraudado el primer movimiento, pero por suerte no los dos restantes. Espléndida interpretación del soberbio -también infravalorado en auditorios y estudios de grabación- Concierto de Benjamin Britten, como se sabe un grito frente al golpe de estado de Franco que dio comienzo a nuestra Guerra Civil. Ahora bien, aquí Hadelich tiene como rivales insuperables a Maxim Vengerov y a Janine Jansen. El CD, de larga duración (80’) se cierra con una curiosa transcripción para violín solo de los famosos Recuerdos de la Alhambra de Francisco Tárrega realizada por Ruggiero Ricci. Las tomas de sonido están a la altura de lo esperable hoy.

 

Un nuevo tenor: Jonathan Tetelman

Deutsche Grammophon acaba de publicar el primer disco de un joven tenor chileno-estadounidense (Castro, Chile, 1988) muy prometedor, que se halla en posesión de un timbre de veras privilegiado… de tenor lírico-lírico. El problema del programa que ha seleccionado (de solo 56 minutos) es que, además de abordar arias para su tipo de voz -que le van muy bien y las resuelve con seguridad, con unos agudos firmes y bien timbrados-, se aventura en algunos papeles abiertamente dramáticos, y su voz sufre a todas luces -sobre todo en el aria de La forza del destino, “La vita è inferno… O tu, che in seno agli angeli”, donde acusa problemas de respiración y falta de peso en el registro grave-.

Un error flagrante y una curiosidad: el primero, haber programado el aria de Martha de Flotow, ¡en italiano!, “M’apparì, tutt’amor”, en la que está totalmente fuera de estilo, lo mismo que aquí el director, Karel Mark Chichon, con una vehemencia que encuentro fuera de lugar*. La labor de la batuta en el resto del disco sí me parece muy correcta. La curiosidad: que, por dos veces, en la famosa “Di quella pira” de Il trovatore, -donde, por cierto, aguanta un larguísimo Do agudo final- Tetelman dice “Non più frenarmi” en vez de “Non può frenarmi”.

He visto que este tenor va a cantar -no arias, sino las óperas completas- Cavalleria rusticana y Pagliacci, lo que quizá sea una temeridad, tanto por su diferente tipología vocal como por su edad, y que podría poner en peligro la evolución y la salud de su voz; ojalá me equivoque. En el disco intervienen también la notable soprano Vida Mikneviciüte en el dúo de Francesca da Rimini de Zandonai “Paolo, datemi pace” y la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria, en espléndida forma. La toma de sonido es muy buena.

(*Les recomiendo a ambos que escuchen la grabación, dentro de la ópera completa, a Nicolai Gedda y Robert Heger).



jueves, 27 de agosto de 2020

Un recital y un concierto en Salzburgo. Más una frase delirante


El recital

El 19 de agosto Barenboim ha tocado (con su nuevo piano, naturalmente) en el Grosses Festspielhaus un programa Beethoven que ha repetido en varias otras ciudades: la Sonata 31, op. 110, y las Variaciones Diabelli, op. 120. [A propósito: a todas sus Variaciones, Beethoven las denominó Variationen, pero a las Diabelli las llamó Veränderungen, que debería traducirse más bien como Transformaciones. Pues la Op. 120 no son variaciones al uso, sino un concepto absolutamente revolucionario. Todo ello debido quizá a que a Beethoven le gustó bien poco el tema, el vals de Anton Diabelli, y con el nuevo procedimiento que desarrolla se aleja pronto, casi completamente, del tema].

Pues bien, Barenboim se sigue manteniendo a sus 77 años en muy buena forma de dedos y, lo que es más importante, en un estado de madurez y lucidez extremas. No sé si atreverme a afirmar que esta Sonata 31 es la más hermosa que le he escuchado hasta ahora, pero podría serlo. La lógica aplastante con la que la estructura y la desgrana se acompaña de una especial sensibilidad, un humanismo conmovedor. En cuanto a las Diabelli, las que hizo hace poco, el 10 de abril, en Berlín (sin público, en la Sala Boulez) ya fueron, quizá, las más convincentes que le he escuchado (y eso que la primera de sus cuatro grabaciones, a los 22 años, era ya magistral). Pues bien, estas se han parecido mucho a las de hace cuatro meses, al margen de no pocos detalles diferentes, como casi improvisados, aquí y allá. Por poner algún ejemplo, Barenboim dignifica en lo posible el tema, convierte en más moderna aún -si ello fuera posible- la enigmática Variación XX; los tres movimientos lentos consecutivos (XXIX-XXXI) fueron particularmente maravillosos, como la fuga que sigue y el minueto conclusivo, de una sencillez, serenidad y leve humor reveladores. 

Al terminar el recital, Helga Rabel-Stadler, presidenta del Festival de Salzburgo, homenajeó micrófono en mano a Barenboim recordando que hacía ya exactamente 70 años de su primer recital de Buenos Aires, que su primera actuación en público dirigiendo fue en la ciudad natal de Mozart, como colofón de las clases de dirección de Igor Markevitch. Y agradeciéndole que hubiera escogido para festejar ese 70º aniversario este prestigioso Festival -en el que ha actuado 87 veces- y que, en palabras de la presidenta, “no se ha rendido al coronavirus”.

Un concierto alucinante

He vuelto a ver y escuchar, ahora con una calidad técnica excepcional, el concierto celebrado allí mismo hace cuatro años, con la Orquesta del West-Eastern Divan: un maratoniano programa en el que todo fue absolutamente asombroso, desde la Polonesa de Eugenio Oneguin y el Concierto para violín de Tchaikovsky (con Lisa Batiashvili), a El Mar de Debussy al Poema del éxtasis de Scriabin, más la propina de Nimrod, de las Variaciones Enigma de Elgar. No sé si alguna vez he visto un concierto con varias obras de nivel tan sostenida y estratosféricamente alto, de principio a fin. Pese a su calidad técnica, no se les ha ocurrido editarlo en Blu-ray (ni en DVD).

Y una frase delirante

Como muy bien explicó Federico Sopeña, la mayoría de los intelectuales españoles han sido poco cultos (o tremendamente incultos) musicalmente: las citas que anotaba Sopeña son más que elocuentes. Acabo de encontrarme con una -que no conocía o no recordaba- de José Ortega y Gasset, pródigo en disparates musicales (recuérdese cómo ridiculizaba la Sinfonía “Pastoral”). Pues bien, aquí va la perla: “Ha sido preciso que la música de Wagner deje de ser nueva…, para que sus óperas se hayan convertido bajo la usura [el desgaste] del tiempo en unos tristes pedagógicos paisajes de tratado de Geología” (El Espectador). ¿De dónde sacó Ortega que se había producido ese declive? Ni cuando lo escribió ni ahora: la música de Wagner sigue vivísima, como una de las más geniales que existen.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Dos importantes discos de violín: Lisa Batiashvili y Michael Barenboim



Prokofiev por Batiashvili y Nézet-Séguin. También DG acaba de publicar un disco con los dos Conciertos para violín de Prokofiev, que se completa con la Danza de los caballeros de Romeo y Julieta, el Gran Vals de Cinderella y la Marcha de El amor de las tres naranjas. Son sus intérpretes Lisa Batiashvili y la Orquesta de Cámara de Europa dirigida por Yannick Nézet-Séguin. No solo la sensacional violinista georgiana (Tiflis, 1979) impone su estratosférica categoría (que solo, que yo sepa, se eclipsó totalmente en su grabación del Concierto de Brahms con un no menos desafortunado Thielemann), sino que, por suerte, su acompañante, Yannick (así parece que se le conoce en el mundillo musical), ha dado esta vez también en la diana.
Mi amigo Fernando López Vargas Machuca, aun elogiando mucho este disco, le pone en su blog "Ya nos queda un día menos" ciertas pegas a la batuta. Por una vez no estoy del todo de acuerdo con él. Me decía: yo le pondría un 10 a ella y un 8 a él. Pues bien, yo le mantendría el 10 a ella y a Yannick le daría un 9,5 o un 10 en el Primer Concierto y un 9 en el Segundo. Ella destaca en todo y por todo, pero lo que la hace única (sí, la más destacada de cuantos violinistas he escuchado en estos Conciertos) es su lirismo (¡tan presente en estas obras, y no solo en los movimientos lentos!), absolutamente envolvente, irresistible, y un sonido que en la zona aguda no tiene parangón por su extraordinaria belleza. Las posibles reservas frente a la batuta pueden deberse a que Yannick ofrece un Prokofiev especialmente lúdico e incisivo -sin llegar a la dureza-, pero a mí esto no me molesta en estas obras; es una opción más, que me parece muy oportuna (aunque, por supuesto, no la única posible). Lo que sí se puede afirmar rotundamente es que, sobre todo el Primer Concierto, nunca que yo sepa ha sido analizado con tal pulcritud y claridad instrumental, hasta el punto de que se oyen varias texturas nuevas. Maravillosa la Orquesta, y sensacional la grabación, incluso para los estándares actuales. Las tres piezas de relleno tienen para mí menos interés: aunque están divinamente tocadas, creo que las orquestaciones -de Tamás Batiashvili, parece ser que el padre de la solista- no mejoran en nada las versiones originales, para orquesta sola. 

Si echo un vistazo a las grabaciones que ya tenía, entre las cuales hay más de media docena extraordinarias, concluyo que estos están entre los conciertos para violín con mayor suerte discográfica: por orden cronológico, Stern con Mitropulos y Bernstein, Chung con Previn, Perlman con Rozhdestvensky, Mintz con Abbado, Vengerov con Rostropovich (acaso la otra opción irrenunciable) y Shaham con Previn para los dos. Para el Primero, también Mutter/Rostropovich, y para el Segundo, así mismo Milstein/Frühbeck, Szeryng/Rozhdestvensky, Mullova/Previn, Perlman/Barenboim y Jansen/Jurowski. 

Michael Barenboim graba Tartini, Paganini, Sciarrino y Berio. El concertino de la Orquesta del West-Eastern Divan Orchestra fue recibido en sus comienzos como solista por varios críticos un tanto miopes con indisimulada frialdad y aires despectivos como "el hijo de Daniel Barenboim". Pues bien, tras unos cuantos años de carrera se ha significado como valiente y lúcido intérprete de muchas de las obras más difíciles y esquivas del repertorio del siglo XX, desde el Concierto de Schoenberg y la Sonata de Bartók al Concierto de Ligeti o Anthèmes II de Boulez. Sin por ello olvidar el siempre comprometidísimo Concierto de Beethoven, que pudo escuchársele en Madrid de modo ejemplar con la Sinfónica de la Radio Bávara y Lorin Maazel. Hoy ha debutado ya con orquestas como las Filarmónicas de Viena, Múnich o Berlín y la Sinfónica de Chicago, y con batutas como las de Pierre Boulez o Zubin Mehta, además de con su padre. Con esto basta para descartar que sea un violinista más.

En este segundo disco suyo para el sello Accentus (en el anterior figuraban Bach, Bartók y Boulez) vuelve a afrontar grandes y muy variados retos, mirando a la Italia de los siglos XVIII, XIX y XX. Los 6 Caprichos (1976) de Salvatore Sciarrino (n. 1947) son piezas de vanguardia que podrían calificarse de extrema, que extraen del violín posibilidades ciertamente insólitas, lo que puede también decirse de la Sequenza VIII de Luciano Berio (1925-2003), compuesta un año más tarde. En ambas obras no solo despliega el violinista un mecanismo deslumbrante y con tintes demoníacos, sino una variedad de colores asombrosa y una fuerte intensidad pasional. También posee elementos demoníacos, claro está, la impresionante Sonata Il trillo del diavolo de Giuseppe Tartini (1692-1770), compuesta hacia mediados del siglo XVIII, que aquí se interpreta sin el clave (o el piano) que suele acompañar (acompañar solamente, sí) al violín. Michael Barenboim, en una interpretación fantástica e hipnótica, la muestra como un antecedente clarísimo de Paganini, del mejor Paganini.

De este mítico virtuoso ha seleccionado seis Caprichos (publicados entre 1801 y 1807), en los que su mecanismo es impactante, pero no parece que demostrarlo sea lo que más le motiva a interpretarlos, pues sus versiones tienen una inventiva y una personalidad que me han traído a la memoria la singular grabación de Julia Fischer (Decca, 2010): una y otro parecen apartarse conscientemente de sus ilustres colegas, de Michael Rabin a Perlman, Accardo, Mintz, Midori, Malikian o Markov, quienes, pese a su indudable musicalidad. parecen movidos ante todo por la exhibición pirotécnica. Con Michael Barenboim (París, 1985) estamos ante un violinista ya maduro, consumado y sensato pero nada convencional.