UNA OBRA MAESTRA
Poco antes de decidirse a componer La vida breve,
Manuel de Falla pensó en hacer una ópera sobre el asunto de El corregidor y
la molinera de Pedro Antonio de Alarcón; más tarde, una vez compuesta su
ópera sobre el argumento de Gregorio Martínez Sierra (o, muy probablemente, de su
esposa, María de la O Lejárraja, autora real de muchos de sus escritos), se
inspiró en el cuento de Alarcón para componer la pantomima El corregidor y
la molinera, que estrenó Joaquín Turina en 1917.
Sergei Diaghilev pidió a Falla que adaptase a ballet
sus Noches en los jardines de España, pero el compositor convenció al
empresario de que sería preferible el asunto de su pantomima; de ella surgió El
sombrero de tres picos, que fue estrenado como ballet en Londres el año
1919, con Leonidas Massine y Tamara Karsavina en los papeles principales y
Ernest Ansermet dirigiendo la orquesta. Los figurines y los decorados fueron
diseñados por Pablo Picasso, nada menos.
El sombrero
y El amor brujo, cuatro años anterior, son los dos grandes ballets de
Falla y sus dos obras orquestales más admirables: originales, inspiradas y
magníficamente orquestadas, pertenecen desde hace décadas al repertorio de
muchos de los grandes directores y de casi todas las orquestas más importantes
del mundo.
De El sombrero de tres picos (al que los
franceses suelen llamar Le tricorne) se tocan y graban con frecuencia
las dos suites, pero también, por suerte, a menudo la obra completa, que dura
unos 40’, o sea no mucho más que las dos suites juntas.
GRABACIONES
La primera grabación íntegra de El sombrero de tres
picos es probablemente la dirigida por el ilustre compositor y director
catalán Eduardo Toldrà en 1956, con la Orquesta Nacional de
Radio-Televisión Francesa y la excelente mezzosoprano Consuelo Rubio, publicada
por EMI en 1957. Es ya una magnífica interpretación, garbosa, salpicada de
acertados rubatos muy hispánicos. Ha servido, sin duda, de modelo para muchas
de las que le han sucedido y, todavía hoy, la verdad, pocas la han dejado atrás
(salvo por la orquesta, algo endeble: últimamente las orquestas son
apreciablemente mejores que hace algunas décadas).
Del mimo año se conservan -lástima- solo tres Danzas
en una estupenda versión de Dimitri Mitropoulos.
Un año más tarde, en 1957, se publica la grabación de
las dos suites (una pena que no registrase la obra íntegra) a cargo del más
importante de los directores españoles de entonces, Ataúlfo Argenta, con
la Orquesta Nacional de España de la que era titular, para la marca Columbia.
El maestro cántabro no estuvo a la altura esperada en esa ocasión, y la
Orquesta tampoco acompañó, en una actuación algo deslucida. Por no hablar de la
muy deficiente toma de sonido. El mismo año, en una actuación en público en
París, se grabaron las tres danzas de la 2ª suite, a cargo del mismo director,
esta vez en el podio de la Orquesta Nacional de la Radio-Televisión Francesa.
La inspiración acudió esta vez en su ayuda (sobre todo en la Jota final), pero
tampoco la Orquesta francesa anduvo muy fina, y la muy precaria toma de sonido
impide disfrutar de las virtudes de la interpretación.
También de 1957 son las perfectamente atinadas tres
Danzas que grabase el malogrado Guido Cantelli al frente de una
Philharmonia en estado de gracia.
En 1959, al año siguiente de la muerte de Argenta, EMI
grabó las dos suites con Arthur Rodzinsky y la Orquesta Royal
Philharmonic de Londres, una versión que a ratos delata a un gran maestro pero
que, en conjunto, ofrece fuertes altibajos, con buenos detalles y notables
arbitrariedades: típico todo ello de alguien que sólo conoce de lejos la música
española; algo que –no hace falta señalarlo- es imprescindible para acertar en El
sombrero.
En 1960, y de nuevo para EMI, vuelve la sensatez, y
mucho más que eso, de la mano de Carlo Maria Giulini, en su registro de
las dos suites. Una musicalidad asombrosa y una sorprendente inmersión en lo
español, como se aprecia en la despaciosa pero magistral Danza de la
molinera. La Orquesta, además, es un lujo asiático: el instrumento forjado
por Klemperer había llegado ya a una impresionante plenitud.
También de 1960, la desigual versión de Pedro de
Freitas Branco se resiente, además, de una orquesta solo mediana y de una
precaria toma de sonido. La variable -a ratos estupenda- versión de Eduard
van Remoortel (1961), muy mal grabada, cuenta con la magnífica contralto Jean
Madeira (Erda el El oro del Rin con Solti), tan fuera de estilo y de
pronunciación tan disparatada que mueve a la risa.
La segunda gran interpretación de la obra completa
llega en 1962, seis años después de la de Toldrà: es la del director del
estreno, Ernest Ansermet, quien, con su espléndida Orquesta de la Suisse
Romande, de Ginebra, y con una insuperable Teresa Berganza, además de con una
toma de sonido soberbia, alcanza un hito en la discografía de El tricornio.
Llama la atención, sobre todo, el estrecho entendimiento de lo español por
parte del director suizo -escúchense Las uvas y la Danza de los
vecinos, por ejemplo-, dedicado sobre todo a la música francesa del siglo
XX y a Stravinsky.
En 1964 llega la grabación que, desbancando a las
precedentes, se ha mantenido en la cumbre de la discografía durante casi cuatro
décadas: la de Rafael Frühbeck de Burgos al frente de la Orquesta
Philharmonia y con el concurso inestimable de Victoria de los Ángeles. Es una
interpretación de irresistible verbo, entusiasta y que arrebata, y que sin ser
un prodigio de finura o de imaginación, está sensacionalmente bien tocada por
la orquesta londinense y muy bien grabada para aquellos años.
En 1965, el gran Lorin Maazel deja constancia
aquí y allá, pero no todo el tiempo, de su gran estatura como director en una
versión de las Danzas un tanto desconcertante.
Poco después, y con la misma Orquesta, graba Igor
Markevitch las tres danzas más conocidas de El sombrero. Versión
que, gracias a su talla musical y a su conocimiento de lo hispano, es
particularmente lograda, sobre todo la Jota final, en la que consigue un
asombroso equilibrio entre rigor y fuego.
Tras más de una década de silencio, en 1977 se vuelve
a grabar una importante versión completa, la de Seiji Ozawa para DG con
la soberbia Orquesta Sinfónica de Boston y de nuevo con Teresa Berganza (algo
menos bien de voz que en su modélica intervención con Ansermet). Interpretación
la del maestro nipón muy voluntariosa, si bien no siempre bien entendidas las
raíces folklóricas: destaca por su rico colorido, transparencia y agilidad
chispeante, como puede apreciarse sobre todo en lo que probablemente es lo
mejor de la versión, la Danza del corregidor.
Un año después, en 1978, llega la más que interesante
aportación de Pierre Boulez, que es –si no nos engañamos- su única
grabación de música de un compositor español (junto al Concierto de clavecín
que completaba el disco original). El gran compositor de vanguardia y director
francés, también marcadamente innovador empuñando la batuta, logra una
disección esclarecedora de la rica partitura y la embarduna de un cierto aire
stravinskiano, del Stravinsky de Petruchka sobre todo. Una visión
singular que aporta puntos de vista novedosos y que sólo se frustra un tanto en
la Jota final, demasiado veloz, con bruscos cambios de tempo y
algo desmadrada. Bastante centrada Jan de Gaetani. En un reciente reprocesado,
la toma de sonido ha mejorado de forma llamativa.
En 1980 Riccardo Muti lleva al disco para EMI
con la Orquesta de Filadelfia las dos suites de El tricornio, con
resultados desiguales pero ocasionalmente fascinantes, como en una jugosa Danza
de la molinera, muy bien entendido lo español en Las uvas, y en la
aspereza maderosa de la Danza del molinero.