La música del Beethoven más elogiado que no me ha gustado un pelo
“He escuchado una de las páginas más universalmente admiradas del mejor Beethoven y la he encontrado una música insustancial, frívola, totalmente inexpresiva y esquelética, sin carne ni sangre -hasta lo obsesivamente enfermizo- y sin embargo con destellos de blandura empalagosa. Se trata del tercer movimiento de la Novena Sinfonía: todo cristo dice que es sublime, pero a mí me ha parecido irrelevante”. Esto habría pensado si no conociera ese Adagio y lo hubiera escuchado por primera vez. Porque lo tocaba Le Concert des Nations y lo dirigía (por decir algo) Jordi Savall. Lo ha dado Radio Clásica (¡bravo por vuestra divulgación cultural!). Si yo no fuera melómano y no conociera decenas de interpretaciones diferentes es lo que habría pensado y sentido. Me ha aterrado darme cuenta de golpe de que habrá personas que escuchen por primera vez ese excelso movimiento en esta versión y lleguen a esa tristísima conclusión. ¡Deberá estar orgulloso Savall de haber logrado semejante hazaña: convertir un episodio sublime en una auténtica nulidad! Y esto está ocurriendo mucho, con muchas obras excelentes, que son masacradas por gente que quiere llamar la atención. Y, a mí me parece, que desprecia ciertas obras maestras.
Por cierto, ese movimiento, que en las mejores interpretaciones que conozco se acerca a los 20 minutos, Savall se lo despacha en 11’23”, superando las terroríficas marcas de 12’51” de Chailly y Brüggen II, y los 12’28” de Herreweghe. Una sugerencia: ¡Sr. Savall, debe volverla a grabar; a lo mejor no lo sabe, pero Hogwood le superó en locura, con sus inalcanzables 10’44”! ¡No lo debe permitir!...
Pero bueno, Hogwood no sabía en 1989 lo de que Beethoven leía mal su metrónomo, pero ya sí se sabe, así que… no, no tiene excusa. De todos modos no, usted y sus similares no conseguirán cargarse, hundir al mayor genio de la historia de la música con sus pedantes estupideces, frivolidades y barrabasadas. La memoria de lo verdaderamente respetuoso y valioso la conservaremos algunos y lograremos transmitirla. Aunque haya muchos a los que usted y otros les habrán enmerdado los cerebros y fosilizado los corazones.
La Segunda Sinfonía de Bruckner por Thielemann
Sony continúa su ciclo sinfónico Bruckner con Christian Thielemann y la Filarmónica de Viena. Curiosamente, esta orquesta, que tiene en su haber multitud de grabaciones de Sinfonías de Bruckner, varias de ellas auténticos hitos fonográficos, no tenía en su haber ningún ciclo grabado por un solo director. La Segunda, que acaba de aparecer, es una versión ortodoxa, sensata y seria, pero quizá esto último: demasiado seria. Carece -salvo, por fin, secciones del movimiento final- de entusiasmo y fuego, resultando en conjunto un tanto apática y demasiado comedida. La coda de los movimientos extremos no está muy bien resuelta, perdiendo fuelle y tensión. Versión, pues, no mucho más que notable, lejos de los hitos de Giulini/Sinfónica de Viena (EMI 1975) y de los tres de Barenboim, sobre todo el de Chicago (DG 1981). La toma de sonido podría ser un poco mejor, teniendo en cuenta los tiempos que corren.
Liszt por Benjamin Grosvenor
Los ingleses suelen, de vez en cuando, encumbrar antes de tiempo a algunos talentos que surgen entre sus compatriotas (no hay más que recordar el caso del violinista Nigel Kennedy, que iba a ser, que era ya desde sus comienzos, según algunos, poco más o menos que el gran violinista de finales del siglo XX). Decca sacó en 2014 un disco de Benjamin Grosvenor (n. 1992) titulado “Dances” -un batiburrillo de Bach, Chopin, Scriabin, Granados, Schulz-Evler, Albéniz y Gould- que algunos pusieron por las nubes (no solo en Gran Bretaña: aquí tenemos críticos que parecen creerse a pie juntillas lo que dicen los de allí). Pues bien, ese disco me defraudó tanto -me pareció un vano y superficial ejercicio de virtuosismo con precaria diferenciación de los estilos- que me desinteresé de Grosvenor. Pero hete aquí que he tenido la buena idea de volver a él con su reciente disco Liszt de Decca (2021). El cambiazo que ha dado este pianista es llamativo: aunque a su Sonata en Si menor le falta elocuencia, grandeza y locura bien entendida, no deja de ser una versión considerable, y apenas entregada al exhibicionismo. Y el resto del disco es mucho mejor: la rara y preciosa Berceuse, los tres Sonetos de Petrarca, las Reminiscencias de Norma de Bellini y la transcripción del Ave Maria de Schubert. En todas estas piezas Grosvenor se muestra cabal a tope, e incluso muy poético. ¡A seguir así!