sábado 6 de febrero de 2010

Mravinsky ¿un director sobrevalorado?

Un buen amigo me ha conseguido seis DVDs, creo que todos ellos editados en Japón, en los que dirige el mítico Evgeny Mravinsky (San Petersburgo, 1903-1988) a la no menos mítica Orquesta Filarmónica de Leningrado, de la que fue director titular desde 1938 hasta su muerte.

Interpretaciones que no bastan para hacerse una idea de las cualidades del director, pero sí creo que son documentos bastante importantes y significativos, aunque sólo sea porque fueron filmados con su consentimiento y se supone que con la intención de publicarlos (o al menos de ofrecerlos en su día por televisión).

Pues bien, hay un denominador común en estas grabaciones, la mayoría de ellas sin fecha, pero que probablemente se enmarquen entre 1973 (la Quinta de Shostakovich) y 1982 (la Octava del mismo compositor). ¿Cuál es? La frialdad, la ausencia de compromiso y también de alma, supongo que convenientemente disfrazadas de “objetividad”, eso que queda tan bien...

En alguna parte he leído que, según Mravinsky, las dos más grandes sinfonías de la historia son la Quinta de Tchaikovsky (un poco exagerado ¿no?, incluso para los que apreciamos mucho esta obra) y la Quinta de Shostakovich (¡toma ya! Sin más comentarios...). Dos obras que, por cierto, yo le escuché a este director y a esta orquesta en directo, cerca ya del final de sus días, y que admito que me impresionaron mucho (no lo puedo asegurar, pero me parece que fueron bastante superiores a las de estos DVDs).

Pues bien, si esas son sus sinfonías predilectas, ese amor, esa fe debería notarse en sus interpretaciones.

Pero no, nada de eso: ambas están impulsadas por la mera rutina, casi no hay “interpretación”, sino lectura correcta (correctísima, implacable la orquesta, cuyo viento posee una sonoridad que personalmente me gusta bastante poco; la cuerda sí es excelente). Incluso las ciertas debilidades de la obra de Tchaikovsky (la única grabada con público) y las más que debilidades, el efectismo a ratos vacío de la de Shostakovich, no están siquiera disimulados.

La Octava del autor de La nariz tampoco la encuentro diferente o mejor: versión gélida, inhumana, ni siquiera violentamente rebelde; también muy lejos de las más grandes interpretaciones grabadas.

Otro DVD incluye una insulsa e inexpresiva Segunda de Brahms, acompañada de una obertura de Oberon de Weber en la que esas ausencias son aún más palpables e imperdonables, y una seca pero quizá algo más interesante “Inacabada” de Schubert, carente también de emoción.

Dejo para el final lo mejor y lo peor: lo mejor es para mí una adusta y antirromántica, pero atractivamente rebelde Cuarta de Brahms que puede tener puntos de contacto con Klemperer. Me parece que esta obra genial (¡ésta sí que es una de las de las más grandes sinfonías de la historia, señor Mravinsky!) puede aceptar bastante bien un enfoque de este tipo.

Y termino con lo peor de lo peor: una Cuarta de Beethoven sin el menor atisbo de lirismo, de poesía, incluso de sentido del humor (¡que finale tan mecánico; qué horrible solo de fagot, por ejemplo!, y ¿dónde están los contrabajos que hacen como que no son capaces de tocar con todo el ímpetu requerido?...) Me ha recordado al peor Toscanini.

lunes 1 de febrero de 2010

Dos conciertos con música del XX y el XXI

Boulez

Escuchados a través de la transmisión vía internet de la propia Orquesta Filarmónica de Berlín (como lo fue el antes comentado con los Conciertos de Chopin por Barenboim), otras dos de estas veladas de 2009 han revestido gran interés: uno dirigido por el veterano Pierre Boulez y otro por el joven Gustavo Dudamel. Programas ambos con música del XX y el XXI.

Boulez ofreció una versión de la Música para cuerda, percusión y celesta de Bartók que, en mi opinión, mejora incluso su grabación (Chicago, D.G. 1996): la encuentro un punto menos cerebral que aquélla y en la misma medida un tanto más expresionista, más misteriosa, insondable e inquietante. ¡Magnífica interpretación! Fantástica la Orquesta, pese al ostensible y bastante prolongado desajuste en el 4º mov.

El Concierto para la mano izquierda de Ravel contó con Pierre-Laurent Aimard, pianista de sólida técnica que se ha convertido en uno de los mayores intérpretes de la música contemporánea. No me parece que alcance el mismo nivel en la música de la primera mitad del XX; aquí, por ejemplo, resulta un tanto cuadriculado y sin la potencia sonora y expresiva requerida. A pesar de su intención de resaltar la indudable modernidad de la obra, creo que a Boulez le ocurrió algo similar. Recuerdo, hace muchos años en Londres, una interpretación mucho más arrolladora, rica y convincente de este Concierto, a cargo de Andrei Gavrilov, Muti y la Philharmonia.

De propina, Aimard tocó de forma prodigiosa las cinco Notations para piano de las que luego se escucharían las versiones orquestales, mucho más desarrolladas: la afinidad que demostró es mucho más palpable que con la partitura raveliana.

Las inmensamente complejas desde el punto de vista de su escritura orquestal Notations I-IV y VII (una de las partituras de las dos o tres últimas más frecuentadas en grabaciones y en público) van calando en audiencias cada vez más amplias. A la interpretación del compositor, que es además un fantástico director, al frente de una Orquesta gloriosa, no pueden sino aplicársele todos los elogios. Aun así, resulta curioso compararlas con que las que Barenboim dirigió al frente de la Sinfónica de Chicago en Colonia el año 2000 (Núms. I-IV: DVD EuroArts): no me atreveré más que a decir que son apreciablemente diferentes.

Dudamel

Dudamel dirigió con dominio, precisión e inocultable entrega Glorious Percussion (2008) de Sofia Gubaidulina, admirable por su inagotable imaginación tímbrica, en la que a la Filarmónica berlinesa se sumó el precisamente llamado Glorious Percussion Ensemble, dotado de una técnica verdaderamente asombrosa. Así interpretada, la obra, de casi 40 minutos, se escucha ya la primera vez con gran placer y sin la menor fatiga.

Se necesita valor para montar un programa con ella cubriendo la primera parte, y ocupando la segunda otra obra del XX tan poco conocida como la Sinfonía 12 “El año 1917” de Shostakovich. Pero, aun así, Dudamel logró un gran éxito (¡con la Philharmonie al completo!). Pero no hay que engañarse demasiado: la Duodécima del ruso suena toda ella a música ya varias veces escuchada en otras obras del compositor, de un estilo ya periclitado (data de 1961, pero podría haber sido escrita medio siglo antes: es curioso, pero no se le suelen dirigir reproches por este motivo, cuando estamos hartos de oírlos a propósito de Strauss o de Rachmaninov) y ha sido programada por el venezolano a mayor lucimiento de la Orquesta (que estuvo increíble) y de él mismo, que dirigió con una garra y una efectividad apabullante una partitura cuyo mayor mérito es el efectismo y, sin duda, una orquestación de enorme pericia. Porque su afectada pretenciosidad sólo logra disimular una plena falta de auténtica profundidad. Es, qué duda cabe, mucho más fácil acertar y triunfar con una obra como ésta que con una sinfonía de Beethoven, de Schumann, Bruckner, Brahms o Sibelius. Y Dudamel se escuda demasiado a menudo en obras más resultonas que verdaderamente grandes. Así lo veo yo.

miércoles 27 de enero de 2010

Barenboim dirige Carter y Richard Strauss

El 13 de junio de 2009 Barenboim dirigió a la Filarmónica de Berlín un concierto absolutamente memorable, incluso para tratarse del más grande director de nuestros días y de una de las mayores orquestas del orbe. Entre los dos poemas sinfónicos de Strauss Don Juan y Till Eulenspiegel que abrían y cerraban el programa intercaló dos difíciles pero estupendas partituras de Elliott Carter: el estreno en Europa del Concierto para flauta, a cargo del solista de la Orquesta, Emmanuel Pahud, y Dialogues para piano y orquesta, tocado por el dedicatario de la obra, el pianista británico Nicolas Hodges.

Si el Concierto (2008) parece una pieza de numerosos hallazgos y excelente factura, interpretada con enorme entrega y solvencia por solista y orquesta, Diálogos (2003) creo que es una página de valor aún mayor, de lenguaje radical y gran fuerza, interpretada de manera extraordinaria –se nota mucho, aun en una primera audición– por un pianista que, tengo la impresión, dará que hablar.

Si Barenboim se halla como pez en el agua en ambas obras, las dos interpretaciones straussianas de este concierto son tan excepcionalmente superlativas que nos han asombrado –me consta– incluso a algunos de los que tantísimo solemos esperar de él (y que no siempre, claro, satisface nuestras expectativas).

Don Juan

Este Don Juan, muy superior a su grabación con la Sinfónica de Chicago (Erato 1991), en la que una sobresaturación emocional desequilibraba a veces el discurso, es, sí, enormemente fogoso, pero también extraordinariamente lírico, sensual y voluptuoso, cálido, ardiente, tremendamente seductor. El encadenamiento de las secciones es pasmosamente natural, el diseño de las tensiones, arrebatador: ¡qué enorme maestría! La claridad instrumental es muy llamativa, con algunos hallazgos, y ello pese a la corpulenta y densa pero también radiante, totalmente straussiana, sonoridad orquestal. La Orquesta, en estado de gracia, responde con una implicación inusual incluso en esta tan a menudo entregadísima centuria: es algo que salta a la vista, que llama mucho la atención. Los solos –violín y oboe en primer lugar– son formidables, y la sonoridad de las trompas (por cierto, entre ellos está Ignacio García, solista de la Staatskapelle Berlin, supongo que en calidad de invitado) y de las cuerdas no tiene nombre: este grupo actúa como un ciclón, como un organismo vivo.

Till

Parece casi imposible, pero Till Eulenspiegel fue aún más extraordinario. En una partitura de una complejidad extrema de voces, y que han tocado una y otra vez las mejores orquestas y los mayores directores, Barenboim aún tiene margen para descubrir texturas nuevas y cosas que no se habían escuchado (maderas en 6’-6’20”, cuerdas en 11’40, flautas en 11’50”-12’05”, clarinete en 13’30”). Pero no es eso lo más destacable. Es tan apabullante la sucesión de aciertos plenos que escuchamos que cuesta explicarlo: la intencionalidad, la plasticidad es total, insólita –se ve la historieta que se cuenta–, la fluidez con que todo es expuesto, las transiciones entre secciones (en las que tan a menudo se aprecian las costuras) deja al oyente con la sensación de lo literalmente insuperable.

La interpretación, que no se decanta por ningún aspecto en especial porque abarca muchos: humor, sarcasmo, acidez, sentido lúdico, y también un deje de melancolía y un sabor entrañable..., deja por completo la sensación de que no puede ser de otro modo, de que no puede irse más lejos. Desde luego, para mí, las recreaciones más magistrales que recuerdo están, todas ellas, por debajo. Hay un detalle curioso y puede que discutible, aunque muy efectivo: en la última admonición del tribunal que está a punto de condenar a muerte al pillo, Barenboim apiana de súbito más de lo habitual (13’40”) para dibujar acto seguido un pronunciado crescendo. En todo caso, la técnica directorial del bonaerense ha alcanzado el punto más alto que pueda imaginarse. Técnica que pone únicamente al servicio de la música; nada de efectismo como fin.

La prestación de la orquesta y de todos sus solistas (trompa, violín, oboes, clarinete, requinto de clarinete, fagotes, trompetas, trombones...) es una de las más impactantes que he escuchado en este prodigioso conjunto en años.

Este Till es, sin duda, una de las interpretaciones más arrolladoras que haya realizado Barenboim en mucho tiempo; nada tiene que envidiar a sus tristanes. El público se dio perfecta cuenta.

martes 26 de enero de 2010

Alan Gilbert: arriesgada apuesta de la OFNY

La Filarmónica de Nueva York, una de las grandes orquestas estadounidenses, ha nombrado como director titular, con efecto desde el comienzo de la actual temporada, a Alan Gilbert. La institución que ha tenido a Bernstein, a Boulez, a Mehta o a Maazel ha apostado fuerte, pero con mucho riesgo. Ya veremos qué dice el tiempo, si la decisión ha sido acertada. Por de pronto, del primer concierto suyo de Ibermúsica (Auditorio Nacional, 23-I-2010) mi impresión no ha sido muy satisfactoria. De entrada, la Orquesta ha estado peor que en las restantes ocasiones en la que la he escuchado: Gilbert tiene una propensión a hacerla sonar demasiado fuerte casi todo el tiempo; la percusión, en particular los platillos, estuvo desaforada.

La primera obra, Expo, encargo de la Orquesta a Magnus Lindberg (n. 1958) que se estrenaba en Europa, resultó un tanto confusa creo más que debido a su orquestación, a ese gusto de Gilbert por el exceso decibélico. En el Concierto para piano núm. 2 de Prokofiev, en cambio, los resultados mejoraron ostensiblemente, y no sólo por la tremenda solidez de Yefim Bronfman (al que sin embargo Gilbert desdibujó por los excesos en más de un pasaje) gracias a la exactitud rítmica y a la incisividad de la batuta, que logró una notable claridad de voces. (Bronfman ofreció de propina una íntima y muy bella Arabesca de Schumann).

La Segunda Sinfonía de Sibelius de la segunda parte mostró las cualidadaes y las limitaciones de Gilbert: entrega, ímpetu, fuerza, pero también un temperamento demasiado inquieto que se tradujo en prisa y en carencia de lirismo y de misterio, y que impidió, por cierta falta de control, una planificación más sutil y también más firme de las tensiones, un tanto agolpadas y por ello menos efectivas. La Polonesa de Eugenio Oneguin de regalo cayó en los mismos defectos. La Orquesta siguió sonando muy bien y evidenciando (parte de) sus calidades, pero por ejemplo las trompas sonaron todo el tiempo demasiado, fueron rudas y destempladas, además de muy fallonas: a juzgar por ese concierto en concreto, trompas de una orquesta de segunda clase.

Zimerman homenajea a Chopin

Krystian Zimerman abrió el 25 de enero en el Auditorio Nacional por todo lo alto la celebración del centenario de Chopin (que me temo eclipsará al de Schumann). Hasta que fue anunciado por megafonía, no se sabía qué iba a tocar, además de las dos grandes Sonatas. Comenzó con el más conocido de los Nocturnos, el : versión de una madurez y una belleza supremas; Zimerman ha ido con los años moderando la incisividad de su sonido, que ahora es más rico en armónicos y menos recortado. El “agitato” del primer mov. de la Sonata núm. 2 fue quizá en exceso rápido y violento, pero la “Marcha fúnebre” fue impresionante, trazada con una perfección memorable, y el “legato” con el que expuso el breve mov. final fue de no dar crédito.

La aplastante lógica de sus interpretaciones tiene equivalente en su musicalidad casi infalible y en su apabullante dominio del instrumento. Aun así, en la Sonata núm. 3 me pareció un poco veloz el mov. inicial, y algo mecánico algún pasaje del final. Pero el lento volvió a ser de una belleza insondable y de una hondura casi milagrosa. La primera parte había terminado con un diabólico Scherzo núm. 2, que dejó sin aliento y obnubilado al personal. Terminó con una Barcarola de ensueño. Sólo regaló un maravilloso Vals op. 64/2, muy superior al que grabó en su juventud. Evidentemente, estamos antes uno de los colosos del piano; para mí, entre los grandes virtuosos, sólo Kissin está a su nivel musical.

sábado 23 de enero de 2010

Barenboim toca los Conciertos de Chopin

Bach, Beethoven, primeros Chopin

Muchos pensaban hace ya algunos años que el Barenboim director había desplazado para siempre al Barenboim pianista; su propia actividad, mucho más volcada en la primera de esas actividades, y el paso del tiempo –haber entrado en la década en que su edad empieza por seis– contribuían a pensarlo cada vez más.

Pero lo cierto es que, en ésta, la séptima década de su vida, se ha dejado caer con algunas de las grabaciones más importantes de carrera pianística: en 2003 y 2004, o sea con 61 y 62 años, ha llevado al disco por vez primera una de las cimas de cultura occidental, El clave bien temperado de Bach, con un arte supremo (y una perfección técnica realmente modélica).

Y no digamos su grabación filmada, íntegramente en público, de las 32 Sonatas de Beethoven el año 2005 en Berlín: la cuarta vez que grababa la serie (las precedentes fueron: EMI en audio entre 1966 y 1969, Metropolitan München 1983 filmadas por Ponnelle, y Deutsche Grammophon en audio 1984).

Puede que el ciclo EMI en DVD haya sido el más hondo y acabado de sus testimonios sobre estas obras, tal vez el legado “definitivo” de su larga trayectoria de convivencia con estas obras, cumbre de la literatura pianística de todos los tiempos, y en el que ningún otro pianista ha profundizado hasta tal grado.

Pero más sorpresa, si cabe, ha deparado para mí su interpretación, en vivo el pasado 4 de octubre de 2009 en la Philharmonie berlinesa de los dos Conciertos de Chopin, con la Filarmónica de Berlín dirigida por Asher Fisch. Sorpresa, porque Barenboim nunca ha frecuentado demasiado a Chopin, al menos en público, mucho más centrado como ha estado siempre en los grandes compositores germanos. Aun así, no hay que olvidar que sus tres discos EMI de 1973-76 (con las dos grandes Sonatas y los 26 Preludios, entre otras obras) alcanzan un nivel musical de primer orden y contienen logros admirables, por no hablar de los 21 Nocturnos que registró en 1982 para D.G., entre los que se hallan recreaciones sencillamente geniales, dentro de un enfoque fuertemente renovador (escúchense los núms. 7, 8, 13, 14, 16, 17, 19 y 20).

Los Conciertos de Chopin

Sentía gran curiosidad por saber qué haría Barenboim con los dos Conciertos, obras a veces menospreciadas que a mí, sin embargo, siempre me han gustado mucho (aun admitiendo ciertas debilidades, sobre todo el finale del Segundo). Pues bien, tras escucharlos me parece que sus versiones son casi tan innovadoras y reveladoras como la de su Primer Concierto de Tchaikovsky con Celibidache (Múnich 1991, laser disc Teldec).

Por de pronto, hay que asombrarse de la técnica que sigue conservando (por encima de alguna ocasional borrosidad), con una claridad de voces insólita, y del sonido, de una belleza extraordinaria. Era de esperar que su enfoque no iba a ser convencional, y así ha sido: es un Chopin particularmente viril y recio, pero capaz de un lirismo y una ternura intensísimos (en este último aspecto, la benéfica influencia de Claudio Arrau, para mí su mayor intérprete hasta ahora, es palpable), hondo y dramático, con sendos movimientos lentos inspiradísimos, de punzante melancolía y que en ciertos pasajes descubre una modernidad impensable, así como parentescos con Beethoven y anticipatorios de Brahms.

Un aspecto revelador, en el que por cierto Barenboim es maestro absoluto, es el de su capacidad para modificar la enunciación una melodía o un tema en sus sucesivas apariciones, gracias a sutilísimas modificaciones en el fraseo, en la dinámica y en la agógica. Por cierto, ¡qué alucinante empleo del rubato chopiniano! Ni rastro del para mí insufrible virtuosismo por sí mismo o del mecanicismo inflexible que, opino, arruina versiones incluso de grandes pianistas.

Asher Fisch

Otra sorpresa más: Asher Fisch. No sólo dirige de maravilla tanto la postwagneriana y espléndida Obertura de concierto de Szymanowski con la que comenzaba la velada, lo mismo que la breve pero magnífica Obertura para cuerdas de Lutoslawski que abría la segunda parte, sino que borda los Conciertos, hasta tal punto que uno barrunta que Barenboim puede haber tenido mucho que ver en la preparación y los ensayos de ambas partituras, tal es la nobleza de la expresión, la hermosísima cantabilidad, la claridad de voces y la lucidez estructural con que nos deleita la opulenta Filarmónica berlinesa. Podría ser que estemos ante un auténtico gran director. (Para quien piense que dirigir estas obras es asunto menor, le recuerdo que Klemperer se empleó a fondo con Arrau en una versión en público del Primero, que nada menos que Giulini no pasó del aprobado junto a un también joven y apenas creativo Zimerman, que Mehta a ratos no logra convencer al “acompañar” a Lang Lang, y que sólo Jerzy Semkov alcanza el notable alto o el sobresaliente al arropar a Blechacz en la reciente grabación D.G.).

El éxito personal de Barenboim fue enorme, lo que le llevó a tocar dos propinas, la segunda ya con la orquesta fuera del escenario: un personalísimo Vals op. 64/1, con hallazgos de ensueño, y un Nocturno op. 27/2 verdaderamente insondable y sobrecogedor.

martes 19 de enero de 2010

Rectificación al “Primero” de Tchaikovsky

Siento haber cometido el bobo error de cambiar el orden cronológico entre las versiones de Berman y Weissenberg; en la lista están bien, en el comentario, cambiadas.

Por otra parte, un lector me pregunta qué quieren decir los números en los paréntesis. La primera cifra es mi calificación personal a la interpretación, de cero a diez, y la segunda, después de la barra, la calificación al sonido, según el mismo baremo.                                                                      

En cuanto a la grabación de Lang Lang, me he olvidado decir que está también disponible en SACD, super audio cd.

Gracias.