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lunes, 31 de mayo de 2010

El “Ocaso” de Levine en Bayreuth

Además del correspondiente a su Anillo en el Met editado en DVD por D.G., este sello lanzó también al mercado en 2007 el Götterdämmerung registrado diez años antes en Bayreuth. No lo había escuchado hasta ahora. Y voy a decir cuatro cosas sobre él, porque me ha parecido muy superior al neoyorkino de 1990.

De entrada, en lugar de aquella rancia y aparatosa puesta en escena de Otto Schenk, ésta de Alfred Kirchner, mucho más sencilla y esquemática, ha supuesto un soplo de aire fresco: escenografía y vestuario visualmente estimulantes, vistosos y hasta con su sentido del humor, un buen trabajo de actores y un acertado movimiento del coro (que, sobre todo en el acto II, recuerda algo al de Harry Kupfer también en Bayreuth, 1991-92, con dirección musical de Barenboim, DVD Warner).

Pero es que en lo musical las diferencias con Nueva York son importantes: en primer lugar, la orquesta y, más aún, el coro, son muy superiores y, sobre todo, mucho más idóneos. Aun con ciertos altibajos, Levine ofrece aquí su mejor Wagner, superior para mí a sus bastante celebrados Parsifal, en los que, sin embargo, concentra en exceso sus aspiraciones en la obtención de belleza sonora. Las sonoridades más oscuras y ásperas de Solti o de Barenboim en El ocaso parecieron conquistar en esta ocasión, para bien, al director norteamericano, que parece asumirlas con notable convicción y acierto. Además, frente a un “Viaje de Sigfrido por el Rin” no del todo logrado, a prácticamente todo el acto II le insufla una intensa temperatura dramática. En suma, hacía bastante tiempo que no le escuchaba a Levine algo tan notable, incluso sobresaliente.

Pero es que su elenco es uno de los más acertados que se hayan podido escuchar en Bayreuth en los últimos tres o cuatro lustros, y no me refiero sólo al Ocaso, sino a cualquier otro título. Hay, cómo no, un serio borrón, y es (lo habrán adivinado) el Siegfried de Wolfgang Schmidt, voz de considerable volumen y entidad dramática, pero cantante tosco y músico en ocasiones hasta zafio, de deficiente afinación y otras carencias en las que es redundante insistir. Tampoco me convence ni la materia prima ni la forma de cantar (es un decir) o interpretar, tan sobreactuada, el papel de Alberich que perpetra Ekkehard Wlaschiha.

Pero aquí acaban los reproches: lo mejor de toda la versión me parece la impresionante labor de Deborah Polaski, la más completa Brünnhilde desde hace mucho tiempo cuando –como aquí– se hallaba en buen estado vocal. Para mí, superior incluso a la tan admirada (con razón) Hildegard Behrens. La voz de Polaski posee más metal, y esto molestará a algunos por su registro agudo (no a mí, como tampoco me molestaba, ni mucho menos, en Astrid Varnay), pero el centro y el grave son aún más sólidos que los de alemana. Y es de verdad impactante la autoridad y la resolución de que dota a su personaje, su aguda y veraz caracterización psicológica; todo ello en perfecta conjunción con su actuación, memorable sin necesidad de recurrir a excesos (confirmando así las tremendas cualidades que había lucido en su Anillo berlinés del año anterior, con Barenboim).

El Gunther de Falk Struckmann es, tanto por su robusta y atractiva voz como por su convincente encarnación, el más sobresaliente que recuerdo desde Fischer-Dieskau con Solti. Espléndido, pero no a ese nivel, el Hagen de Eric Halfvarson, de timbre muy adecuado, pero que no posee uniformidad en toda su tesitura. A decir verdad, queda bastante por debajo de Matti Salminen. Magníficas tanto Anne Schwanewilms, una de las más admirables Gutrune que se hayan podido escuchar, como la rotunda y soberbia Waltraute de Hanna Schwarz (quien sólo cede en finura canora y expresiva ante una Waltraud Meier).

En resumen, y contra muchos pronósticos, un gran Göttedämmerung en DVD.

sábado, 22 de mayo de 2010

Pappano: Don Carlo y Barbero mayúsculos

Don Carlo

Recientemente he escuchado y visto dos de las mayores óperas italianas –Don Carlo e Il barbiere di Siviglia– dirigidas en “su casa”, el Covent Garden, por Pappano. El primero de estos títulos, increíblemente, no está publicado comercialmente en DVD (no sé exactamente cómo ha sido grabado, quizá una transmisión de la BBC); el segundo ha salido recientemente en el sello Virgin.

Ninguna de estas óperas dispone, en mi opinión, de una versión en DVD de similar estatura artística. Pappano ya tiene editado Don Carlos, en francés (NVC/Warner 1996) con resultados globalmente bastante inferiores. El de junio de 2008 en el coliseo londinense es una interpretación de muy alto nivel, no muy por debajo de la mítica versión discográfica de Giulini (EMI 1971).

El reparto fue un acierto total: no hay un solo cantante que desmerezca. Repasando sus nombres, tenemos en primer lugar a Rolando Villazón en estado de gracia, con una voz algo pequeña y más lírica de lo debido, pero intérprete arrebatador del infante, menos desequilibrado que con cuatro años antes con Chailly (DVD Opus Arte: allí estaba casi histérico, probable exigencia del director escénico Willy Decker), muy depurado en el canto y con una encarnación tremendamente calurosa y creíble del personaje. Desde Plácido (con Giulini) no había escuchado a nadie tan satisfactorio; aquí, además, no sigue (o imita, dirán algunos) tan de cerca al tenor madrileño.

Espléndida Marina Poplavskaya como Elisabetta: voz no muy rusa, sino bastante redonda y esmaltada, con espléndida técnica: francamente convincente, aunque no llegue a arrebatar. Magnífico, tremendamente veraz Ferruccio Furlanetto como Felipe II: voz de bajo-bajo no especialmente bella (sino, más bien, algo bronca), pero cantante e intérprete eximio, y más que buen actor.

Sonia Ganassi (Éboli) y Simon Keenlyside (Posa) tienen en común ser extraordinarios cantantes, de excepcional musicalidad, que no poseen materias primas verdianas, lo que se concreta en ciertos apuros o carencias vocales en los momentos más dramáticos. Pero ¿no son mucho más importantes en ellos sus cualidades que sus relativas deficiencias? Para mí, sin duda.

Muy bien el Inquisidor de Eric Halfvarson, voz negra muy adecuada para el pavoroso personaje. Y muy mayor ya y esforzado el nunca antes santo de mi devoción Robert Lloyd, Felipe II muy insuficiente con Chailly y aquí aceptable Monje. Muy bien los secundarios.

Lo que más llama la atención es la labor de conjunto, la unidad de criterio que impone Pappano, que los gobierna con mano firme y certera. Su lenguaje verdiano, su sentido del drama, su convicción, la belleza y nobleza con que enuncia las decenas y decenas de melodías a cuál más memorable, la fuerza y el protagonismo –sin avasallar a las voces– que concede a la orquesta son muy meritorios.

En cuanto a la escena, en general me parece acertada –si bien no al nivel de lo que suena–, con algunas reservas (sobre todo por la tendencia demagógica del auto de fe), y algunos aciertos aislados tan convincentes como que el rey canta su amarga y genial aria sabiendo ya que su esposa atesora entre sus joyas el retrato de Carlo: no es ella, por tanto, quien lo abre más tarde.

El barbero de Sevilla

Ya había unos cuantos buenos Barberos en DVD, pero todos tenían al menos una deficiencia seria. Éste no: todos los cantantes están muy bien, lo mismo que la dirección musical y escénica. Vuelve a darse esa labor de conjunto, esa unión de voluntades, procedente de la batuta, tan difícil de obtener en una función de ópera. Nadie va por libre. ¡Esto, como Don Carlo, es Ópera con mayúscula, señores! Pappano, pese a no contar con una orquesta del otro mundo, la hace sonar con toda propiedad, agilidad, chispa y transparencia (¡también es estupendo, y esto es nuevo, en el Rossini bufo!), pese a no convencer del todo en la obertura.

Por su parte, Moshe Leiser y Patrice Caurier, responsables de la escena, dan en el clavo sin gastar una enormidad (¡para disimular impotencia, como tantas veces hemos visto, en este o cualquier título!), siguiendo esquemas claros y con decorados sencillos, pero logrando (sin necesidad de sacar los pies del plato) que el respetable se ría con ganas muy a menudo. Esto no habría sido posible sin contar con cantantes que son, todos, estupendos actores. ¡Incluso se saca partido de la silla de ruedas en la que se vio obligada a estar Joyce DiDonato, por el accidente sufrido en escena días antes!

Por cierto, ésta y Juan Diego Flórez creo que, claramente, carecen hoy de posibles rivales como Rosina y Almaviva. ¡Qué maravilla, qué gozada! Pero los dos bajos, aun con las debidas matizaciones, no se quedan muy atrás: Furlanetto, pese a tener algo tasado el fiato, hace el Basilio más tremendo, potente y odioso que se pueda imaginar, y Alessandro Corbelli (que no dispone de una voz de bajo ni un timbre atractivo) es el más grande actor imaginable en un bufo y el Bartolo mejor cantado de los últimos tiempos (junto a Carlos Chausson). ¡Lo que hacen ambos en “La calunnia”, uno cantando y el otro escuchando, es de antología!

Y en cuanto a Pietro Spagnoli, su Figaro está bastante más hecho y maduro que en el Teatro Real un lustro antes (DVD Decca): seguro que uno de los dos o tres más notables de hoy día para este nada fácil papel. Los secundarios son también buenos. O sea, que recomendabilidad plena. ¡A ver si Virgin lo lanza también en Blu-Ray!

jueves, 13 de mayo de 2010

Los principiantes cantores de Bayreuth

Los maestros cantores filmados el 27 de septiembre de 2008 constituyen un elocuente ejemplo de hasta dónde ha descendido el nivel artístico del Festival de Bayreuth. Fue un producto globalmente casi infecto, y no lo fue del todo gracias a los fabulosos conjuntos coral y orquestal que aún (a veces cuesta creer cómo) mantienen su nivel habitual, y a que empuñó la batuta el aún joven y muy talentoso Sebastian Weigle. Sobre todo su Acto III fue espléndido. Y no lo fue más porque es imposible acompasarse como Dios manda a ciertos cantantes que no saben cantar, o que no pueden hacerlo como el sentido común demanda.

Lo cierto es que el Festival que debería velar, por los siglos de los siglos, por el mantenimiento de las esencias wagnerianas, está hundiéndose hasta unos abismos impensables hasta hace tres o cuatro lustros. Sí, hoy son no pocos los escenarios que pueden ofrecer, y ofrecen, espectáculos de nivel mucho más alto, y ello a pesar de que casi ninguno dispone de una orquesta como la de Bayreuth, y absolutamente ninguno de un coro de tal excelencia.

Pero eso, que por supuesto es muy importante, no basta. Al menos en esta ocasión la batuta fue espléndida, pero muchas otras veces –diría que, últimamente, con mucha frecuencia– ni eso: se producen elecciones disparatadas, por escaso nivel artístico o por palpable desconocimiento del universo wagneriano.

Tras estos Maestros hubo sonoras protestas, pero también –y esto es lo asombroso– clamorosas y masivas ovaciones. Y, la verdad, comprobar cómo se aplaude a rabiar a un tenor que canta con aceptable técnica, pero de insignificante voz blanca y de expresión meliflua cuando no abiertamente cursilona, un tenor tremendamente insuficiente, la verdad, se abren las carnes. Me refiero nada menos que al que hace (o pretende hacer) de Walther, el segundo papel más destacado, y que apenas podría hacer de David: Klaus Florian Vogt. ¡Qué bajo ha caído Bayreuth! David, por cierto, estuvo bastante bien servido por Norbert Ernst, lo mismo que Beckmesser por Michael Volle.

Pero ¿y el principal protagonista, Hans Sachs? Un impresentable Franz Hawlata, mala voz, mal cantante (de técnica inexistente), mal músico (¡qué zafiedad y mal gusto!). Del resto, nadie destacable, ni siquiera la algo dura Michaela Kaune (Eva), pero buena al lado de la temblona Carola Guber (Magdalene) o del insuficiente pseudobajo Artur Korn (Pogner).

Por Bayreuth han desfilado haciendo el Sereno numerosos bajos que poco después han hecho un carrerón. No creo que vaya a ser el caso de Friedemann Röhlig (¡ojalá me equivoque, pero me temo que no!)

Pero lo peor, sin duda, fue la gigantesca tomadura de pelo de la dirección (¿?) escénica de Katharina Wagner. Yerra quien piense que estoy por sistema en contra de los “experimentos” escénicos. Pero lo de la bisnieta del compositor (y codirectora desde 2008 del Festival) no me un experimento, sino una impostura en toda regla: una sucesión incensante de insensatas ocurrencias que en todo momento pretenden escandalizar. Lo lograrán en quien se deje. A mí me parece una insensatez sin tino que produce más hastío que indignación mucho antes de que termine el primer acto. Todos los personajes, sin excepción, son ridiculizados cuanto le es posible, lo mismo que los figurantes, Richard Wagner incluido.

Labor (por llamarla de alguna manera) que “tiene más delito” en una persona que conoce a fondo y a la perfección Los maestros cantores: su padre (Wolfgang), sin ir más lejos, es responsable de una admirable –ya que no genial– puesta en escena en el mismo Bayreuth de 1999 (editada por Unitel con dirección musical de Barenboim).

¡Qué tiempos aquéllos del sublime Tristán de Ponnelle, del genial y visionario Patrice Chéreau (abucheado hasta insultarlo por su inclinación sexual), qué tiempos aquéllos en los que desfilaron por allí el colosal autor y director teatral Heiner Müller y los mejores directores musicales y escénicos del orbe! Incluso enormes cantantes que juraron, tal y como están las cosas, no volver nunca... Ver y oír para creer.

sábado, 8 de mayo de 2010

Operófilos. ¿Operófilos?…

Minutos antes de comenzar el concierto de Ibermúsica a cargo de Antonio Pappano dirigiendo la Gustav Mahler Jugend-Orchester, escuché justo detrás de mí a dos matrimonios una conversación que transcribo -al día siguiente de oírla, antes de que se me olvide- casi al pie de la letra:

-“Acabamos de llegar de Nueva York, donde hemos visto una Traviata preciosa, con la Gheorghiu, una Traviata como Dios manda, no como lo que nos ponen en el [Teatro] Real...

-Sí, desde luego...

-Pero estaréis cansados, con el jet lag...

-Sí, y la verdad, venir a este concierto... no sé si hemos hecho bien, con este programa de música moderna y rara...

-¿Qué es lo que van tocar hoy?

-Obras de Mahler, de Jujen [peculiar pronunciación de “Jugend”], de Ricardo Strauss y de Shostakovich, ¡puaf!

-No, de Mahler y de Jujen no, ésos son el nombre de la orquesta que va a tocar...

-¡Ah, bueno!... Entonces de Strauss y de Shostakovich, pero de Strauss son obras raras [Muerte y transfiguración y Vida de héroe]; si fueran otras más bonitas... Y de Shostakovich me da igual la que sea...

-Volviendo a lo del Real: vamos a vender nuestros dos abonos de la temporada que viene, porque para tragarnos lo que nos van a encasquetar... ¡no estamos dispuestos! Estos socialistas que oigan lo que les dé la gana, pero a mí no me obligan a tragarme lo que le gusta al mariquita ese... Como se ha cargado la Ópera de Bruselas, el Festival de Salzburgo y la Ópera de París, por eso ahora lo traen aquí al Real. Para que veamos una Salomé en la que todos [sic] van en pelota...

-¿Sí?...

-Bueno, todavía no la hemos visto, pero eso nos han dicho...

-Yo creo que también hay que ver alguna cosa moderna...

-¡No estoy de acuerdo! ¡La ópera es lo que dice el libreto, y lo demás son patrañas y tomaduras de pelo! ¡Y a mí no me engañan!...”

Y yo me pregunto: ¿No será saludable, estimulante, conveniente, necesario, que el Teatro Real y todos los melómanos nos libremos de operófilos así? Me parece que se necesita urgente y radicalmente una renovación. Porque, en lo que respecta a la ópera, al Real y a Gerard Mortier, les aseguro, amigos lectores, he oído últimamente cosas muy parecidas un montón, ¡un montón! de veces. Son personas del mismo perfil que los que comentaban, a la salida del Real tras la Elektra [ópera de 1909] dirigida por Barenboim: “A mí es que la música contemporánea no me gusta”. ¡Contemporánea de su bisabuela, señora!

(Texto también publicado en el Forum de la Revista Ritmo)

lunes, 3 de mayo de 2010

El “Concierto de Europa” del 1 de mayo

El “Concierto de Europa” que la Orquesta Filarmónica de Berlín ofrece cada primero de mayo ha recaído este año en Oxford, en su pequeño, bonito y extraño Sheldonian Theatre. Lo ha ofrecido, como de costumbre (¡y que no deje de hacerlo!) La 2 de TVE, pero yo lo he grabado de La 1 (“Das Erste”) alemana, que lo ha dado con excelente imagen y buen sonido: sin compresión dinámica ¡menos mal!, pero con volumen algo bajo.

Wagner

Ha sido una mañana memorable, la verdad. Una vez más Barenboim, cuando lo graban para que pueda verse fuera de la sala, se esmera extraordinariamente, dando lo mejor de sí. El Preludio del Acto III de Los maestros cantores de Wagner conoció una interpretación particularmente amarga, sin gritar en ningún momento: sin duda ese bellísimo fragmento, pocas veces tocado en concierto, describe la decepción de Sachs ante el hecho de que se ha hecho mayor y no va a volver a amar y ser correspondido. Esto se sabe, sí, pero ¡qué pocas veces se le acierta a conferir este hondo y conmovedor sentimiento a esta página genial! Bueno, pues el mayor wagneriano desde Solti (sí, lo siento, por ahora no es Thielemann) lo logra de modo inolvidable. Lo mismo el otro día que en su grabación completa de la ópera en Bayreuth o en su disco de piezas orquestales con la Sinfónica de Chicago, cada vez con detalles diferentes, pero con un fondo común.

Elgar

La estadounidense de 27 años Alisa Weilerstein es, a no dudarlo, uno de los recientes sensacionales descubrimientos en el violonchelo. Lo primero que le escucho es esto, el hermosísimo y emocionante Concierto de Elgar, escogido esta vez por Barenboim en recuerdo de su primera esposa, Jacqueline du Pré, nacida precisamente en Oxford en 1945 (y muerta en Londres en 1987), la más genial intérprete de este Concierto hasta hoy. Parece claro que la Weilerstein ha intentado emularla, pues sigue de cerca su fraseo en muchos momentos de la obra. Así en el excelso comienzo, en el que casi la iguala. Posee un hermoso sonido y un temperamento muy cálido, y es tremendamente expresiva (¡qué sentimiento ha logrado en los pasajes lentos!), pero no alcanza a la Du Pré ni en fulgor virtuosístico ni en su pasión tórrida y torrencial. Barenboim, que pasó lustros sin dirigir esta obra desde la forzada retirada de su primera esposa a los 28 años de edad, la dirigió, creo, de nuevo por primera vez en 1990 en Berlín, con Yo-Yo Ma y la Filarmónica. La arrebatada dirección de su grabación con Du Pré y la New Philharmonia filmada por la BBC en 1967 (Christopher Nupen Films) ha dejado paso a una versión más reposada y honda, sin el casi descontrol de aquella coda. Pero no menos apasionada, y desde luego de una elocuencia impresionante y un sonoridad elgariana a más no poder.

Brahms

Su grabación discográfica (con la Sinfónica de Chicago), bastante grismente grabada por Erato en 1994, una versión canónica, irreprochable, pero escasamente personal, no da idea de lo que Barenboim puede hacer ahora con la colosal Primera Sinfonía de Brahms. Desde aquella grabación le he escuchado dos veces esta obra en versiones que me han dejado más huella. Pero es la de este primero de mayo la más arrebatadora de las que yo le haya oído: una versión ejemplar, desde luego, pero inspiradísima y con los suficientes elementos personales como para tildarla, sin que sea preciso exagerar, de genial. En el teatro de Oxford no cabía una orquesta muy grande, y creo que Barenboim la redujo un poco, pero pese a ello la sonoridad de la Filarmónica berlinesa fue densa, compacta, poderosísima, inconfundiblemente brahmsiana. Hay quien sostiene –y no está precisamente entre los que desvarían– que Barenboim no tiene una especial percepción del sonido en sí mismo, o que no es un aspecto que le preocupe en demasía. Lamento no poder darle la razón, sino desmentirlo, pues, desde hace ya bastantes años, cada uno de los principales compositores que dirige (y que toca) es perfectamente reconocible en sus manos por cómo le suena. Sea Beethoven, Schumann, Berlioz, Liszt, Wagner, Brahms, Bruckner, Tchaikovsky, Strauss o Schönberg, entre otros. Esta Primera brahmsiana del otro día es por sí sola un rotundo desmentido a esa afirmación. Pero esto no fue lo principal, claro está: la naturalidad con que la música fluyó y fue construida, en los detalles y en el conjunto, fue posible gracias, entre otras cualidades, a un especialísimo sentido de la dinámica y la agógica, rigurosas y a la vez muy libres. Pero estas libertades son tan sutiles que a menudo hay que hacer un esfuerzo de análisis para observarlas. Lejos de resultar pegotes (lo que es tan común), resultan, parecen tan connaturales a la música que convencen de arriba a abajo. El diseño de las líneas de tensión es tan magistral que se queda uno sin palabras: véase el gran clímax del desarrollo del primer movimiento (anterior al único que suele producirse, precediendo al significativo silencio), la enorme intensidad lírica del segundo, lo marcadamente escarpado del tantas veces casi ñoño tercero, y todo el cuarto, una especie de poema sinfónico en sí mismo, con una coda furiosa y contundente, arrolladora pero perfectamente gobernada. El éxito fue delirante, y no por ser efectista, ni mucho menos: fue de una veracidad, de una sinceridad que desarma.

La locutora confirmó que el Concierto de Europa de 2011, como ya se había oído comentar, tendrá lugar en Madrid. ¿En el Auditorio, en el Real? Dirigirá Rattle, supongo, pues al parecer se alterna el titular con los invitados.

Uchida y Rattle: los 5 de Beethoven en Berlín

Misuko Uchida y Sir Simon Rattle, al frente de la Filarmónica de Berlín, han ofrecido en febrero de 2010, en cuatro sesiones, los cinco Conciertos para piano de Beethoven. Los interesantes programas se han completado con las cuatro primeras Sinfonías de Sibelius y con obras de los dos mayores compositores húngaros de la segunda mitad del XX: György Ligeti y György Kurtág.

No es por dármelas de adivino, pero se ha cumplido lo que tantas veces he opinado sobre Rattle: se entiende a las mil maravillas con la música del siglo que le vio nacer, pero mucho menos, en general, con la del XIX. En efecto, San Francisco Polyphony, Atmosphères y Mysteries of the Macabre de Ligeti (esta última con la soprano Barbara Hannigan), así como Grabstein für Stephan de Kurtág han conocido interpretaciones a todas luces sensacionales.

Y con Sibelius ¿qué ha pasado? Pues lo propio: las dos Sinfonías más románticas, la Primera y la Segunda, han quedado lejos de los grandes modelos, de Barbirolli a Bernstein, como versiones algo rutinarias, demasiado nerviosas, carentes de elocuencia y mermadas en tensión; la Tercera ha conocido una notable interpretación, poco personal si acaso, y la Cuarta, obra ya modernísima de 1911, una recreación sencillamente magnífica.

Pero... Beethoven..., ¡ay, Beethoven! Rattle no se entiende bien con este compositor, está bien claro: ni acierta a obtener su particular sonido (¡ni siquiera con la Filarmónica de Berlín, o, en otras ocasiones, con la de Viena!) ni esa especial tensión que se deriva del discurrir de su música. A veces en los finales de los Conciertos, e incluso en algunos movimientos lentos, puede dar el pego, pero sobre todo los primeros, los episodios de mayor envergadura, se le escapan... En sus grabaciones con el beethoveniano de raza que es Kurt Sanderling, la Uchida se identifica mejor con el autor de la Sinfonía “Heroica”, pero aquí, la excepcional pianista que es no se suele centrar: multitud de sus frases son muy hermosas, con hallazgos de gran finura no siempre adecuados, pero no consigue conferir unidad, ni lógica, a un movimiento completo. Sobre todo, también, a los primeros.

Curiosamente, cuando está libre de Ratlle, en las cadenzas, suele dar lo mejor de sí. En los Conciertos 2º y es donde ella está mejor –muy bien, incluso–, pero algo menos en el , y mucho menos en el Cuarto (extremadamente femenino, algo impropio para Beethoven) y en el Quinto. El único concierto satisfactoriamente dirigido es, para mí, el Segundo, el más leve de la serie. Ninguno de los demás convence, lo que se aprecia ya desde el primer movimiento del Tercero, con el que Rattle se entiende especialmente mal.