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miércoles, 24 de febrero de 2010

El “síndrome Karajan” de sus sucesores

Algún tiempo después de llegar a la titularidad de la Orquesta Filarmónica de Berlín, tanto a Claudio Abbado como a Simon Rattle les ha atacado el “síndrome Karajan”, que consiste en copiar del gran maestro de la batuta que hizo mundialmente famosa a la Filarmónica de Berlín algunas de sus características exteriores, y concretamente las menos dignas de ser imitadas: la atención prioritaria al sonido como fin en sí mismo, que convierte a algunas de sus interpretaciones en mera fachada, bonita y apabullante, pero con menor trasfondo o contenido.

Naturalmente, las genialidades de Karajan son mucho más difíciles –por no decir imposibles– de imitar.

Esto que digo se puede comprobar en no pocos discos –grabados en estudio o en público, siempre con la orquesta berlinesa– del italiano y del británico. Por ejemplo, en las Sinfonías de Beethoven de ambos, en las de Brahms o en algunas de Mahler.

El 23 de febrero de 2010, en el concierto conmemorativo del 40º aniversario de Ibermúsica, en el Auditorio de Madrid, eso resultó muy patente en la Segunda Sinfonía de Brahms con que cerró el programa el actual titular. Un pulimento sonoro excesivo, hasta alejarse de la sonoridad que siempre se atribuye al compositor de Hamburgo, unos pianissimi extremos, que tampoco le cuadran, frases de una dulzura que roza el empalago y el amaneramiento... Todo ello contrapuesto a la mayor brillantez en los fortissimi, por descontado. Caminos, además de erróneos, los más fáciles para obtener el aplauso de los menos enterados o exigentes: comercialidad, en suma.

En el Preludio I de Los maestros cantores de Wagner que abrió el programa, sin embargo, no me pareció que Rattle imitase a Karajan, pero el lenguaje resultó más ajeno aún a Wagner, con rutina disimulada por “hallazgos” que casi siempre sonaban fuera de lugar; también abundó la excesiva blandura y una inocultable falta de compromiso con el sentido de la música.

Entre éste y la página brahmsiana, Rattle ofreció una interpretación memorable de la Sinfonía de cámara nº 1 de Schönberg, con gran orquesta, que indagó en la vertiente posromántica y preexpresionista de la obra, acercándola al mundo de, por ejemplo, su Pelleas und Melisande: una opción al menos tan acertada como la que suele adoptar Boulez, de presentarla como antecedente de trabajos posteriores, más digamos “intelectuales”. En esta pieza es, además, donde la prodigiosa orquesta dio lo mejor de sí.

Una vez más se aprecia la excelente sintonía de Rattle con casi toda la música del siglo XX, y la mucho menor con la del siglo anterior. Creo que buena parte del repertorio que constituye la base de la tradición de la Filarmónica berlinesa no se le da bien al británico: ¿era, de veras, el director titular más adecuado y capaz? Obviamente, no.

Tampoco quiero dejar de señalar la incoherencia de que, tanto Abbado como Rattle, que tanto coquetean en sus interpretaciones de música del XVIII con las sonoridades ásperas y ácidas de los instrumentos “originales”, hacen lo opuesto con la música del XIX: suelen endulzarla hasta el empalago.

domingo, 21 de febrero de 2010

Prêtre en el Concierto de Año Nuevo 2010

A mí Georges Prêtre me sorprendió en 2008, gustándome muchísimo, sobre todo en determinadas piezas (me dejó especial huella La libélula), pero este año 2010 me ha desconcertado un poco. Últimamente, y por motivos de trabajo, me he repasado las grabaciones en CD y DVD de los últimos Conciertos de Año Nuevo en Viena, así que lo tengo todo bastante en la memoria y con criterios comparativos muy en forma.

Y creo que Prêtre este año ha tensado las cuerdas un poco en exceso: si en 2008 me pareció muy poco discutible y, en líneas generales estupendo, en 2010 ha, claramente, abusado del rubato –recurso, que, dicho sea de paso, me parece imprescindible para hacer justicia a la música de Johann Strauss, su padre, hermanos y compositores estilísticamente afines–. Ha abusado por la cantidad con la que ha sembrado todas las piezas del programa, y por lo a menudo exagerado de los mismos, forzándolos en exceso hasta el punto de resultar a veces eso, forzados, poco naturales: valga como ejemplo el Vals Periódicos matutinos, donde el discurso casi se rompe (y no es el único caso). En el mismo Danubio azul, en líneas generales magnífico, se producen igualmente excesos por reiteración y exageración. Pero también han abundado las delicias, por descontado.

Yo no pude ver ni escuchar el concierto en directo, porque estaba de viaje, pero casi todos los amigos me comentaron que les había encantado. Lamento tener que rebajar el nivel de entusiasmo, añadiendo, además, que la maravillosa Filarmónica de Viena estuvo menos bien que en 2008 con él mismo, y mucho menos bien que en 2009 con Barenboim. Y esto independientemente de que Prêtre, seguro, no pretende una sonoridad tan robusta y sinfónica como la preferida por Barenboim, sino más bien al estilo de la de Carlos Kleiber: más liviana. También en el concepto me parece que se le acerca: todo es más lúdico y con menor enjundia. Pero, claro, Kleiber hijo dominaba mejor el estilo. En un comentario coincidieron muchas personas: que Prêtre dirigió “con la sonrisa en los labios”: cierto. Pero de no haberlo visto, sino sólo escuchado, no estoy tan seguro de que hubieran recibido esa sensación. O sea, que esa sonrisa no siempre logró trasladarla a lo que hacía sonar.

Resumiré que, en los últimos veinte años, para mi gusto los mayores triunfadores han sido Karajan, Kleiber, Maazel y Barenboim. A nivel algo menor el Mehta de 2007 y Prêtre en 2008, y bastante por debajo, Abbado, Mehta en 1995 y 98, Muti, Harnoncourt, Ozawa y Jansons. Y, o mucho me equivoco –y me gustaría que así fuera– o en 2011 Franz Welser-Möst se va a alinear con los de este último grupo. A ver...

Andsnes homenajea a Schumann y Chopin

En su recital del ciclo “Grandes intérpretes” de Scherzo, el 17 de febrero, el pianista noruego Leif Ove Andsnes (n. 1970) homenajeó a los dos grandes compositores cuyo bicentenario celebramos en 2010. Ahora bien, mientras Andsnes parece entenderse muy bien con el universo de Robert Schumann, no ocurrió lo mismo con el de Chopin. Del primero tocó con notable propiedad y acercándose a la sonoridad brahmsiana las Tres Romanzas op. 28 y la Novellette op. 21/5. Antes de las Escenas de niños -tocadas con sencillez y sin pretenciosidad, con momentos de verdadera poesía como en su pieza final- incluyó en el programa las diez breves páginas que integran los Játékok (Juegos) del húngaro György Kurtág (n. 1926): una colección de poco más de diez minutos con música de altura, pero que quizá desconcentró del clima schumanniano y alargó sin necesidad la primera parte hasta una hora. La segunda, dedicada sólo a Chopin, volvió a mostrar la solidez musical y la importante técnica de Andsnes, pero también una excesiva sobriedad rayando en la frialdad y la carencia de expresión, lo que fue palpable tanto en las Baladas 3 y 1 que abrían y cerraban como, más aún, en los cuatro Valses (totalmente insípido el Op. 64/2) y en el Nocturno op. 62/1. “¡Qué esaborío!”, fue el certero comentario que oí a mis espaldas al terminar este Decimoséptimo Nocturno, que en otras manos puede alcanzar una inmensa elevación poética.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Cara y cruz de Zubin Mehta

Cruz

¡Qué director tan raro es Zubin Mehta! Un buen amigo me ha pasado dos conciertos en público de este director, uno del verano de 2008 en Viena (en los jardines del Palacio de Schönbrunn) y otro el 11 de enero de 2009 en la Philharmonie de Berlín, con las Filarmónicas de Viena y Berlín, respectivamente. Realmente ¿es el mismo director? Resulta que sí, aunque no lo parezca.

En el primero hizo un programa popular: empezó con la obertura de Las alegres comadres de Windsor de Nicolai, el fundador de la orquesta y que ésta toca con especial afecto y su maravilloso sonido. Pero la dirección fue tan insulsa y rutinaria que pasó sin pena ni gloria (¡qué diferencia con la que el 1 de enero de 2010 ha hecho Georges Prêtre con la misma orquesta, que ha sido una delicia por su gracia, elegancia y chispa!).

Siguió el Segundo Concierto de Chopin, dirigido con irreprochable profesionalidad y del que Lang Lang ofreció una versión en extremo delicada y pulcra, con un lirismo –muy femenino– de la mejor ley.

Y el programa –propinas aparte– terminó con la Quinta de Beethoven. No es que sea Mehta precisamente un director beethoveniano, pero es una batuta capaz de hacer bien casi cualquier repertorio, gracias a su enorme capacidad, a su camaleónica adaptabilidad y a su formidable técnica. Pues bien: fue un rollazo espantoso, sin la menor garra ni dramatismo, ni ímpetu, ni fuerza ni nada. La desgana fue la tónica general. Fue muy lenta, como de la de Furtwängler en EMI con esa orquesta. Pero mientras aquella era una genialidad, un edificio apolíneo (a diferencia de otras suyas en público, absolutamente enloquecidas) de una solidez a prueba de bombas, ésta es vacía del todo, mortalmente aburrida. ¡Ni siquiera la orquesta estuvo como se puede esperar!

Menos mal que las propinas nos espabilaron un poco: las polcas (rápidas) Leichtfüssig! de Hellmesberger y Ohne Bremse de Eduard Strauss. ¡Parca cosecha de cinco minutos en hora y media!

Por su parte, Lang Lang ofreció otros dos bises: una Rapsodia húngara No. 2 exhibicionista, hipervirtuosista (no le va mal), y una superficial y brillantísima Polonesa “Heroica” de Chopin (sí le va mal).

Cara

Unos meses después, en Berlín, Mehta abría el programa con Three Illusions de Elliott Carter, una trilogía de diez minutos compuesta en 2004 de lenguaje radicalmente moderno, pero no por ello abstruso. Creo que Mehta acertó de lleno con el diverso espíritu de las piezas (Micomicón, del Quijote, La fuente de la juventud y la Utopía de Tomás Moro).

En el Cuarto Concierto de Beethoven, Mehta actuó como el grandísimo profesional que sabe ser, con una labor, ya que no inspirada, sí irreprochable (nada que ver, por tanto, con la Quinta de Schönbrunn). Murray Perahia tocó con gran musicalidad y delicadeza extrema, pero sin levantar vuelo en la poesía de la obra ni ahondar en la sima de su “Andante con moto”. Creo que estuvo por encima de su nivel habitual, a diferencia de en la propina, que debió ahorrarse: un Cuarto Impromptu de Schubert sólo “bonito”, de insufrible banalidad.

La maravilla de las maravillas se produjo en la segunda parte, con la Sinfonía Doméstica de Strauss, obra “peligrosa” donde las haya por lo proclive al amaneramiento decadente en muchas de sus formas. No sólo lo conjuró, sino que Mehta la expuso de modo asombroso con el concurso de una Filarmónica de Berlín en estado de gracia, y la dotó de todas las virtudes de que puede dar de sí, desde la sensualidad al humor, sin descartar una grandilocuencia en su punto justo. Baste con decir que mejoró claramente su grabación discográfica (CBS/Sony 1987, con la misma orquesta), probablemente la más satisfactoria de las existentes.

sábado, 6 de febrero de 2010

Mravinsky ¿un director sobrevalorado?

Un buen amigo me ha conseguido seis DVDs, creo que todos ellos editados en Japón, en los que dirige el mítico Evgeny Mravinsky (San Petersburgo, 1903-1988) a la no menos mítica Orquesta Filarmónica de Leningrado, de la que fue director titular desde 1938 hasta su muerte.

Interpretaciones que no bastan para hacerse una idea de las cualidades del director, pero sí creo que son documentos bastante importantes y significativos, aunque sólo sea porque fueron filmados con su consentimiento y se supone que con la intención de publicarlos (o al menos de ofrecerlos en su día por televisión).

Pues bien, hay un denominador común en estas grabaciones, la mayoría de ellas sin fecha, pero que probablemente se enmarquen entre 1973 (la Quinta de Shostakovich) y 1982 (la Octava del mismo compositor). ¿Cuál es? La frialdad, la ausencia de compromiso y también de alma, supongo que convenientemente disfrazadas de “objetividad”, eso que queda tan bien...

En alguna parte he leído que, según Mravinsky, las dos más grandes sinfonías de la historia son la Quinta de Tchaikovsky (un poco exagerado ¿no?, incluso para los que apreciamos mucho esta obra) y la Quinta de Shostakovich (¡toma ya! Sin más comentarios...). Dos obras que, por cierto, yo le escuché a este director y a esta orquesta en directo, cerca ya del final de sus días, y que admito que me impresionaron mucho (no lo puedo asegurar, pero me parece que fueron bastante superiores a las de estos DVDs).

Pues bien, si esas son sus sinfonías predilectas, ese amor, esa fe debería notarse en sus interpretaciones.

Pero no, nada de eso: ambas están impulsadas por la mera rutina, casi no hay “interpretación”, sino lectura correcta (correctísima, implacable la orquesta, cuyo viento posee una sonoridad que personalmente me gusta bastante poco; la cuerda sí es excelente). Incluso las ciertas debilidades de la obra de Tchaikovsky (la única grabada con público) y las más que debilidades, el efectismo a ratos vacío de la de Shostakovich, no están siquiera disimulados.

La Octava del autor de La nariz tampoco la encuentro diferente o mejor: versión gélida, inhumana, ni siquiera violentamente rebelde; también muy lejos de las más grandes interpretaciones grabadas.

Otro DVD incluye una insulsa e inexpresiva Segunda de Brahms, acompañada de una obertura de Oberon de Weber en la que esas ausencias son aún más palpables e imperdonables, y una seca pero quizá algo más interesante “Inacabada” de Schubert, carente también de emoción.

Dejo para el final lo mejor y lo peor: lo mejor es para mí una adusta y antirromántica, pero atractivamente rebelde Cuarta de Brahms que puede tener puntos de contacto con Klemperer. Me parece que esta obra genial (¡ésta sí que es una de las de las más grandes sinfonías de la historia, señor Mravinsky!) puede aceptar bastante bien un enfoque de este tipo.

Y termino con lo peor de lo peor: una Cuarta de Beethoven sin el menor atisbo de lirismo, de poesía, incluso de sentido del humor (¡que finale tan mecánico; qué horrible solo de fagot, por ejemplo!, y ¿dónde están los contrabajos que hacen como que no son capaces de tocar con todo el ímpetu requerido?...) Me ha recordado al peor Toscanini.

lunes, 1 de febrero de 2010

Dos conciertos con música del XX y el XXI

Boulez

Escuchados a través de la transmisión vía internet de la propia Orquesta Filarmónica de Berlín (como lo fue el antes comentado con los Conciertos de Chopin por Barenboim), otras dos de estas veladas de 2009 han revestido gran interés: uno dirigido por el veterano Pierre Boulez y otro por el joven Gustavo Dudamel. Programas ambos con música del XX y el XXI.

Boulez ofreció una versión de la Música para cuerda, percusión y celesta de Bartók que, en mi opinión, mejora incluso su grabación (Chicago, D.G. 1996): la encuentro un punto menos cerebral que aquélla y en la misma medida un tanto más expresionista, más misteriosa, insondable e inquietante. ¡Magnífica interpretación! Fantástica la Orquesta, pese al ostensible y bastante prolongado desajuste en el 4º mov.

El Concierto para la mano izquierda de Ravel contó con Pierre-Laurent Aimard, pianista de sólida técnica que se ha convertido en uno de los mayores intérpretes de la música contemporánea. No me parece que alcance el mismo nivel en la música de la primera mitad del XX; aquí, por ejemplo, resulta un tanto cuadriculado y sin la potencia sonora y expresiva requerida. A pesar de su intención de resaltar la indudable modernidad de la obra, creo que a Boulez le ocurrió algo similar. Recuerdo, hace muchos años en Londres, una interpretación mucho más arrolladora, rica y convincente de este Concierto, a cargo de Andrei Gavrilov, Muti y la Philharmonia.

De propina, Aimard tocó de forma prodigiosa las cinco Notations para piano de las que luego se escucharían las versiones orquestales, mucho más desarrolladas: la afinidad que demostró es mucho más palpable que con la partitura raveliana.

Las inmensamente complejas desde el punto de vista de su escritura orquestal Notations I-IV y VII (una de las partituras de las dos o tres últimas más frecuentadas en grabaciones y en público) van calando en audiencias cada vez más amplias. A la interpretación del compositor, que es además un fantástico director, al frente de una Orquesta gloriosa, no pueden sino aplicársele todos los elogios. Aun así, resulta curioso compararlas con que las que Barenboim dirigió al frente de la Sinfónica de Chicago en Colonia el año 2000 (Núms. I-IV: DVD EuroArts): no me atreveré más que a decir que son apreciablemente diferentes.

Dudamel

Dudamel dirigió con dominio, precisión e inocultable entrega Glorious Percussion (2008) de Sofia Gubaidulina, admirable por su inagotable imaginación tímbrica, en la que a la Filarmónica berlinesa se sumó el precisamente llamado Glorious Percussion Ensemble, dotado de una técnica verdaderamente asombrosa. Así interpretada, la obra, de casi 40 minutos, se escucha ya la primera vez con gran placer y sin la menor fatiga.

Se necesita valor para montar un programa con ella cubriendo la primera parte, y ocupando la segunda otra obra del XX tan poco conocida como la Sinfonía 12 “El año 1917” de Shostakovich. Pero, aun así, Dudamel logró un gran éxito (¡con la Philharmonie al completo!). Pero no hay que engañarse demasiado: la Duodécima del ruso suena toda ella a música ya varias veces escuchada en otras obras del compositor, de un estilo ya periclitado (data de 1961, pero podría haber sido escrita medio siglo antes: es curioso, pero no se le suelen dirigir reproches por este motivo, cuando estamos hartos de oírlos a propósito de Strauss o de Rachmaninov) y ha sido programada por el venezolano a mayor lucimiento de la Orquesta (que estuvo increíble) y de él mismo, que dirigió con una garra y una efectividad apabullante una partitura cuyo mayor mérito es el efectismo y, sin duda, una orquestación de enorme pericia. Porque su afectada pretenciosidad sólo logra disimular una plena falta de auténtica profundidad. Es, qué duda cabe, mucho más fácil acertar y triunfar con una obra como ésta que con una sinfonía de Beethoven, de Schumann, Bruckner, Brahms o Sibelius. Y Dudamel se escuda demasiado a menudo en obras más resultonas que verdaderamente grandes. Así lo veo yo.