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lunes, 30 de noviembre de 2015

Blu-rays en las rebajas del “Black Friday”

 

Pelly recrea La fille du régiment

No tenía en especial estima esta ópera de Donizetti. En parte lo explico porque la había visto hasta ahora en puestas en escena poco convincentes y porque le tenía (y le tengo: ¡perdón!) un poco de manía al aria de los nueve Dos, que es lo que el público suele aplaudir más de toda la obra. Pero dado que salía en Blu-ray y a buen precio con el descuento circunstancial, me he comprado la versión de Natalie Dessay, Juan Diego Flórez, Felicity Palmer y Alessandro Corbelli, dirigida por Bruno Campanella y con escena de Laurent Pelly (antes solo DVD Virgin, ahora también blu-ray Erato. Covent Garden 2008). Es tan estupenda la interpretación, y sobre todo tan preciosa, inteligente, divertida y hasta un punto gamberra, la escena -ahora veo que muchas veces repuesta en importantes escenarios- que me reconciliado abiertamente con la ópera.

La Dessay grita un poco en los sobreagudos (no como la dominadora Damrau), pero su Marie es deliciosa, encantadora, con mucha personalidad y, muy importante, la soprano ligera francesa es una magnífica actriz, también cómica. Flórez es simplemente perfecto como Tonio, y no es la increíble perfección de sus nueve Dos lo que más me ha gustado de él, sino la conmovedora intensidad con la que, al final de la ópera, canta su súplica a la Marquesa de Berkenfeld para que le devuelva a su Marie: una íntima y profunda emoción que no suele ser una de las cualidades que más suela llamar la atención en el tenor peruano. Por cierto, la Marquesa está insuperablemente cantada y actuada por parte de Felicity Palmer. Y también Corbelli, flojeándole la voz (no tiene la de Carlos Álvarez), hace de Sulpice con extremada gracia. Cabal dirección de Campanella y, repito, escena certera y desternillante. Estupenda calidad técnica y subtítulos en castellano.

Mozart y Chopin por Lang Lang en Londres

Tampoco tenía este blu-ray, Sony, con el recital que Lang Lang ofreció en el Royal Albert Hall en noviembre de 2013. La primera parte contenía, extrañamente, dos Sonatas mozartianas muy juveniles -la K 282 y la K 283- antes de la magnífica K 310. Con unos tempi casi siempre muy lentos, un precioso sonido, pulcro y refinado, y multitud de aportaciones personales, este Mozart resulta tan interesante como discutible, pudiendo parecer incluso un pelín rebuscado, pero nadie le puede negar su musicalidad intimista, su delicadeza y sensibilidad. Llama la atención que la K 310 le suene un tanto soñadora, frente al dinamismo y el dramatismo de la versión de Barenboim. Son, pues, interpretaciones atípicas, muy creativas y de las que se puede discrepar, pero no podrá negárseles su estatura musical.

Las Baladas de Chopin impresionan por la abrumadora perfección de la ejecución y anuncian al gran y renovador intérprete del polaco que ha mostrado ser después en los doce Estudios op. 25 y, más aún, en los cuatro Scherzi recientemente publicados en CD, DVD y Blu-ray (siempre Sony). Abundan las Baladas en momentos de hermosa cantabilidad y alta poesía, pero en ciertos momentos -contados, por suerte- se deja llevar (¿a causa del vivo?) por una vacua exhibición virtuosística. En las ocho propinas hubo un poco de todo: mucha gracia e intención en el Primer intermezzo de Manuel Ponce, en ...Y la negra bailaba de Lecuona y en la más bien banal Danza del alga de Zuqiang y Mingxin. La tan ridiculizada en las redes versión que ofrece de la Marcha turca de Mozart es, en efecto, hiperhumorística y hasta disparatada, pero me imagino que el compositor la pudo tocar en una fiesta en ese plan (no olvidemos la faceta cachonda del salzburgués, autor del canon a seis voces Chúpame el culo, K 231). Sensibilísima, preciosa Davidsbündlertanz op. 6/14 de Schumann, absurdamente frivolizado Vals "del minuto" de Chopin, mientras su Nocturno op. 55/2 se eleva poéticamente. El largo recital concluyó con una interpretación abrumadora, alucinante, insuperable, del Estudio op. 8/12 de Scriabin.

Rusalka con Fleming, Beczala y Nézet-Séguin

La ópera más reputada de Dvorák ya había sido filmada -además de grabada: Decca, 1998, con magnífica dirección de Mackerras- por su gran especialista, Renée Fleming, el año 2002 en la Ópera de París (TDK, con la algo discreta batuta de James Conlon). Ahora, en 2014 (Blu-ray de Decca) la soprano norteamericana vuelve a sus 55 años a acertar de lleno en su interpretación, si bien la voz ha perdido parte de aquel maravilloso brillo plateado, aunque no la seguridad y el vigor en el registro agudo. Pero ahora el resto de los elementos son superiores a los del DVD de TDK, empezando por la dirección de Yannick Nézet-Séguin, rutilante y de gran sensibilidad tímbrica para realzar la admirable orquestación dvorakiana; y ello pese a que la Orquesta del Met no me parece el colmo de la depuración. El Príncipe está ahora también mejor servido: un Piotr Beczala en estupenda forma y con la voz apreciablemente más ancha que hace años frente a un algo deteriorado Sergei Larin. Si en 2002 Larissa Diadkova daba la talla como Jezibaba, la gran Dolora Zajick impresiona aún más por hallarse en perfecta forma a sus 62 años. El Espíritu de las aguas que en 1998 y en 2002 encarnaba con no poca rudeza Franz Hawlata resulta ahora mucho más convincente en la voz del espléndido bajo John Relyea. Y, para citar solo a los intérpretes principales, Emily Magee es todo un lujo como Princesa extranjera, un papel no menor y muy comprometido en el que sobrepasa de lejos a Eva Urbanova (1998 y 2002).

La escena de Robert Carsen en TDK es, como de costumbre en él, muy bella, creativa e interesante, pero yo, sinceramente, prefiero esta propuesta vintage del Met, antigua pero nada rancia, debida al hace décadas muy reputado Otto Schenk, preciosa y extremadamente sugerente con el apoyo de los preciosos decorados de Günther Schneider-Siemssen. Da gusto que se repongan logros tradicionales tan destacados como éste. Un solo inconveniente, no menor: los subtítulos en español del DVD de TDK no aparecen en el presente Blu-ray de Decca.

Daniel Harding apenas convence en su homenaje a Schumann

2010, año del centenario del nacimiento de Schumann, se celebró en la imponente Frauenkirche de Dresde (iglesia por su nombre, pero también sala teatral por su aspecto) un concierto en homenaje al gran compositor que Arthaus filmó en DVD y Blu-ray. Este último es el que yo he visto y escuchado ahora, con casi un lustro de retraso desde su publicación. Llama la atención lo bien que los técnicos de sonido han resuelto el problema de la fuerte reverberación de la gran sala, molesta en otras ocasiones. El programa fue original y atípico, mezclando obras conocidas y consagradas con rarezas. Con una orquesta, la soberbia Staatskapelle Dresden, demasiado camerística en todo el programa, débil en su cuerda grave (solo cuatro contrabajos), la Obertura de Genoveva suena en manos de Daniel Harding delicada en su introducción y muy apresurada y hasta pimpante en su allegro. Este director, que en sus primeras manifestaciones grabadas me gustó poquísimo, últimamente parece haber madurado ostensiblemente. Pero eso aún no se aprecia en esta ocasión (tal vez ha ocurrido después). Siguieron tres raras piezas: un Scherzo en Sol menor y una Abendmusik reconstruidos por Joachim Draheim -dos curiosidades, no más- y un admirable Nachtlied, op. 108, para coro y orquesta, que me parece además la mejor interpretación de la velada. El algo conocido Requiem por Mignon op. 98b no estoy seguro de que sea una de las partituras más logradas de Schumann, pues bordea la blandenguería meliflua, y la batuta de Harding, con el estupendo Coro de Radio Leipzig y cuatro niños del Dresdner Kreuzchor, no hizo por disimularlo. Bernhard Klee (EMI 1984) sortea mucho mejor ese peligro. Cerró el concierto la Sinfonía "Renana", en versión ligera en todos los sentidos, algo desigual pero con tendencia a lo insustancial y lo frívolo; en DVD, me parecen muy preferibles Sinopoli y Nagano, ambos en el mismo sello. Este Blu-ray no ofrece subtítulos, en ninguna lengua: otro fallo.

... y sustitución de DVDs por Blu-rays

Tenía anteriormente en DVD El barbero de Sevilla por Pappano -el mejor Barbiere, para mi gusto, de la historia del disco-, El Conde Ory por Benini -del que afirmo otro tanto-, el excelente Elixir de amor con Netrebko y Villazón en Viena (otra joya de Otto Schenk) y el Tristán e Isolda de La Scala con el supremo tándem Barenboim/Chéreau, que ahora han ganado en imagen e incluso en sonido al pasar a Blu-ray. Recomiendo vivamente este último soporte frente al anterior en todos estos títulos.

domingo, 22 de noviembre de 2015

La “Kurt Sanderling Edition” de Hänssler

 

Beethoven, Brahms, Bruckner y Rachmaninov

El sello alemán en el que tanto ha grabado Helmuth Rilling ha editado a muy buen precio una caja de 11 CDs con algunas grabaciones, la mayoría poco o nada conocidas, del gran y longevo director germano-ruso (Arys, 1912-Berlín, 2011) que fue titular de la Filarmónica de Leningrado y de la Sinfónica de Berlín.

Toda la música contenida en el álbum es alemana o rusa. Incluye, por ejemplo, un ciclo sinfónico Brahms grabado en Berlín el año 1990, que confirma a Sanderling como un intérprete sólido y de una pieza del hamburgués, si bien puede reprochársele una cierta falta de imaginación y personalidad y un casi permanente aire de seriedad introspectiva. Puede recordar en algo a Barbirolli, a Celibidache o al último Giulini por su belleza en el fraseo, morosidad y serenidad, pero no alcanza la tensión interna, más o menos soterrada, de esos tres maestros. El sonido Brahms que Sanderling extrae de la Sinfónica de Berlín (conjunto fundado en 1952 y que ha contado entre sus titulares, además de Sanderling, a Herbig, Smetacek o Flor) es genuino cien por cien. Destacan, quizá, una hermosa Segunda y una imponente Tercera, así como unas Variaciones Haydn de libro; menos interés tiene en cambio la Rapsodia para contralto, con la bella voz de una correcta Annette Markert. La grabación, aunque es buena, podría haber sido más nítida y brillante. De 1985 es el Concierto doble del mismo autor con un demasiado delicado, poco brahmsiano, Thomas Zehetmair, y un sin embargo espléndido y bien centrado Antonio Meneses. Muy bien la Orquesta Sinfónica WDR de Colonia al servicio de una batuta tal vez en exceso solemne.

De Bruckner aparece solo una Cuarta "Romántica" de gran empaque, a la que le achacaría una excesiva lentitud en el movimiento inicial, que resulta un pelín letárgico. Excelente prestación de la Sinfónica de la Radio Bávara en 1994; en cualquier caso, la versión no me entusiasma tanto como su apenas conocida y sin embargo magnífica Tercera con la Gewandhuas de Leipzig (Berlin Classics, soberbia toma sonora de 1965), una de las indudables cimas discográficas de esta obra.

Beethoven está representado por una antigua (no aparece fecha) y enérgica Fantasía coral, con un excesivamente expeditivo Sviatoslav Richter, la Gran Orquesta Sinfónica de la Radio-Televisión de la URSS y el Coro de la Academia Estatal Rusa... ¡cantando en la lengua de Pushkin! Pero, amigos, hay otro Beethoven, y esta vez sensacional y antológico: una inmensamente bella y poética Sinfonía "Pastoral", estupendamente grabada en 1985, con una Orquesta de Radio (WDR) Colonia en estado de gracia: una interpretación superior incluso a su formidable grabación de 1981 con la Philharmonia para EMI, dentro del ciclo de las nueve. Solo por esta "Pastoral" me habría merecido la pena este álbum, creedme. Realmente, no tiene que envidiar a una sola de mis versiones favoritas, o sea Furtwängler/Viena (1953), Klemperer/Philharmonia (1958), Giulini/New Philharmonia (1970, EMI las tres) y Barenboim/Staatskapelle Berlin (Teldec 2000), situándola incluso por delante de esa otra suya, de Böhm/Viena (1971), Kubelik/Orquesta de París (1976), Giulini/Los Ángeles (1981, DG las tres) o Barenboim/Diván (DVD Decca 2013). Por si a alguien le cabe duda de la estatura de Sanderling, me parece indudable que lograr tal elevación en esa genial y dificilísima partitura no está al alcance más que de un artista excepcional.

El resto del álbum es Rachmaninov: los dos primeros Conciertos con Richter, un No. 1 registrado en 1955 muy brillante y ardoroso, algo crispado y -también con la Orquesta Sinfónica Estatal de la URSS- un Segundo cuatro años posterior, de una belleza melódica cegadora e inmensa poesía, tan prodigioso en su batuta como por su ejecución pianística: realmente, de sonar mejor, sería una opción insuperada.

Las tres Sinfonías del autor de La isla de los muertos datan de fechas muy dispares: de 1951 la Primera, importante contribución -acaso la mayor en su momento- a la interpretación de esta algo fallida obra. La Segunda, también con la Filarmónica de Leningrado y de 1956, es una visión muy dramática y tensa, casi opuesta a la expansiva y contemplativa grabación que 33 años después realizó Sanderling para Teldec con la Philharmonia (los 17'50" del primer movimiento pasarían a ser 26'07"). La Tercera, tomada en público en Hamburgo (con una Sinfónica NDR en estupenda forma) en 1994, es un acierto pleno.

martes, 17 de noviembre de 2015

Rotundo acierto de Barenboim y Carsen en “Don Giovanni” (DVD/Blu-ray D.G.)

 

De una de las tres o cuatro óperas más importantes de la historia, Don Giovanni, seguíamos hasta ahora desprovistos de una interpretación de altura en imágenes; no es ya momento de seguir aferrados a la versión de Furtwängler, de 1954 y con una escena antediluviana. Aun no libre de alguna deficiencia (el Don Ottavio de Giuseppe Filianoti), la versión que acaba de publicar Deutsche Grammophon en los dos soportes videográficos, procedente de La Scala milanesa el 7 de diciembre de 2011, es por fin una versión del más alto nivel en lo que se refiere a la dirección musical y a la escénica. Respecto a esta última, creo que es uno de los mayores aciertos del quizá más genial director de escena actual, Robert Carsen (Toronto, 1955). Trasladada a varios momentos del siglo XX -la historia es de las más intemporales de cualquier ópera-, con una iluminación fascinante, es una propuesta muy creativa, pero alejada a la vez por completo de lo gratuito, en extremo inteligente y coherente, en la que la más mínima reacción de los personajes está justificada y resulta creíble, aun en los múltiples detalles que nunca habíamos visto resueltos de ese modo. La mano del regista canadiense se percibe a la perfección en la estupenda actuación de todos los cantantes. Magnífica idea la del cierre de la obra.

En cuanto a la labor del entonces maestro scaligero, Barenboim, mozartiano insigne como todo el mundo sabe, responde a todos los registros presentes en la partitura -lo dramático y lo jocoso del subtítulo de la obra-. Con una orquesta bastante nutrida (y en magnífica forma), Barenboim canta las melodías con una expresividad y una belleza arrebatadoras e infunde a toda la obra una pasión incandescente. Se dice a menudo que Barenboim se ha giulinizado mucho en los últimos años, y es verdad, pero no es toda la verdad, pues no hay más que escucharle algunas recientes interpretaciones, sean varios de sus Bruckner, su Vida de héroe, su Sinfonía 40 de Mozart o este Don Giovanni, entre otros ejemplos. Mientras en sus grabaciones de audio (dos veces Don Giovanni y Las bodas de Fígaro, una vez Così) ha atendido más lo estrictamente musical, en las videográficas (unas Bodas y un Così, pero no Don Giovanni hasta ahora) es cierto que tiene mucho más en cuenta el elemento teatral; no el dramático, siempre presente, sino justamente el teatral, y sobre todo en esta representación escalígera esto es enormemente evidente.

El reparto reunido en Milán ha sido magnífico, pero repito, no es a pedir de boca todo él, pues Filianoti no posee el impecable estilo mozartiano de sus compañeros de reparto ni una especial elegancia en el fraseo, si bien salva con gran dignidad "O mio tesoro". Tampoco el papel menor del reparto, el Masetto de Stefan Kocán, un barítono-bajo algo engolado, es para tirar cohetes. Todos los demás son estupendos, cuando no antológicos. Es el caso del protagonista, el barítono-bajo sueco Peter Mattei, de hermosa voz, nobilísima línea de canto y arte consumado, que ofrece por ejemplo la serenata ("Deh, vieni alla finestra") y el canto al vino mejor cantados que recuerdo. Algo similar debo decir de Anna Netrebko, la Donna Anna más expresiva, intensa y bellamente cantada que he escuchado (¡y aún oigo alguna vez decir que debe su fama a su belleza!...): arrebatadoras, inolvidables sus dos arias ("Or sai che l'onore" y "Mi tradì").

Aun sin alcanzar, como estos dos, la estratosfera, el no siempre del todo fiable Bryn Terfel está espléndido en un papel que como el de Leporello le va a que ni pintado, y no solo por la vocalidad. Barbara Frittoli, a la que quizá no había escuchado en Mozart, está sencillamente modélica desde cualquier punto de vista como Elvira (por cierto, aquí Barenboim ha invertido la vocalidad con respecto a su grabación de Erato 1992: Waltraud Meier, Elvira, es más dramática que Lella Cuberli, Anna. Pues la Netrebko ya lucía en 2011 una voz a medio camino entre lírica y dramática, sin haber perdido un ápice de su increíblemente hermoso timbre). Y en cuanto a Anna Prohaska, una lírico-ligera de preciosísima materia prima, en esta ocasión no se acerca ni de lejos a la cursilería o a lo pizpireto. Finalmente, Kwangchul Youn es un Comendador, ya que no impactante (o sea, Salminen en su disco Erato), sí de hermoso timbre y muy noblemente cantado. El clavecinista del continuo, James Vaughan, merece una especial mención por sus imaginativas intervenciones.

La filmación -no tengo muy claro, entre tantos nombres, a cargo de quién: ¿Patrizia Carmine?- me parece ejemplar, y los certeros subtítulos en castellano, firmados por Jorge Luis Wic, están cuidadosamente colocados abajo o arriba, en el centro o en un lado, para no tapar lo esencial de las imágenes en cada momento. ¡Qué maravilla, tantos cuidados!...

sábado, 14 de noviembre de 2015

Andris Nelsons triunfa en Ibermúsica con la Orquesta del Festival de Lucerna

 

Mozart 36 y Mahler 5

El viernes 13 de noviembre, a las 22.30, mientras en París ocurrían los terribles atentados terroristas al grito de "¡Alá es grande!" [en pleno siglo XXI siguen siendo las religiones una abultadísima causa de sufrimiento en el mundo], el letón Andris Nelsons volvía a dejar patentes dos cosas: que es el director menor de 50 años musicalmente más dotado del mundo, y que la Orquesta Filarmónica de Berlín es profundamente estúpida al no haberlo elegido su próximo titular (habiendo estado a punto de hacerlo). El dilatado programa del concierto concluyó ¡a la una menos diez!, con la inestimable ayuda de quienes, en el intermedio, no daban pie con bola colocando las sillas de los músicos y sus atriles.

La Sinfonía 36 "Linz" de Mozart que ocupaba la primera parte no fue una versión más, sino una muy enérgica y casi contundente realización de su Allegro spiritoso, un Andante ligeramente apresurado (para mí, la única leve pega que le pondría) o un finale de extraordinaria vivacidad y vitalidad. Todo ello aderezado con una enorme transparencia y un muy sutil juego de dinámicas. Imprescindible citar al maravilloso oboe Lucas Macías (antes en la Concertgebouw) y al atentísimo timbalero Raymond Curfs (de la Radio Bávara), con un instrumento de acertada sequedad. Por lo demás, y pese a las peculiaridades citadas, este Mozart se inserta en la mejor tradición, ajena a las versiones que se hacen llamar a sí mismas historicistas.

La Quinta Sinfonía de Mahler, de la que ya existían dos versiones anteriores con Nelsons más o menos divulgadas en imágenes, fue apabullante. A veces hasta el exceso, pues creo que el director no calibró del todo al principio que la acústica del Auditorio Nacional no soporta bien tal cantidad de decibelios: el primer movimiento sonó aquí y allá algo emborronado por tamaño despliegue. Creo que Nelsons debió de percatarse de ello, pues no volvió a aparecer ese problema. Toda la interpretación, muy personal en multitud de pasajes, generalmente esclarecidos hasta resultar aquí y allá reveladores, fue apasionante y no cayó jamás en la rutina. A mí me gustaron sobre todo los movimientos 2º y 5º, y reconozco que el scherzo fue también toda una creación, pero opino que es un episodio demasiado estirado, un tanto fallido por parte de Mahler (¡que nadie me crucifique, por favor!). Pero en todos los movimientos, salvo quizá en el finale, hubo algunas frases -pocas, por fortuna- para mi gusto algo excesivamente melosas o decadentes, y en el Adagietto abusó un poco de los reguladores dinámicos. Pero aunque yo discrepe un tanto de ese enfoque (mi ideal en esta obra sigue siendo Barbirolli), reconozco que el talento de Nelsons es abrumador. Y la técnica, pues la inmensa mayor parte de la obra fue expuesta, en su tremenda complejidad, con una claridad pasmosa.

Capítulo aparte merece la Orquesta (cuyo sonido, más alemán, me agrada mucho más que el que solía extraerle Abbado), formada a base de músicos de primera o primerísima categoría de orquestas muy diversas, casi todas alemanas y ¡curioso! italianas. Es una de las mejores agrupaciones del mundo, pese a no tener quizá la personalidad de las cuatro o cinco cimeras. Ayer asombraron unos cuantos componentes de fábula: además de los citados, el trompeta Reinhold Friedrich, el flauta Jacques Zoon (antes en la Concertgebouw), el clarinete Alessandro Carbonare (de la Academia Santa Cecilia), el fagot Guilhaume Santana (de la Radio del Sarre) o el tuba Thomas Keller (de la Staatskapelle Berlin). Éxito arrollador.

martes, 3 de noviembre de 2015

Barenboim dirige en Granada las tres últimas Sinfonías de Mozart

 

Mozart es, después de Beethoven, el compositor al que Daniel Barenboim ha dedicado la mayor parte de su actividad. De él ha grabado todas sus obras pianísticas y numerosas páginas orquestales, así como las principales óperas (con la curiosa excepción de La flauta mágica, que sin embargo ha dirigido en teatro). Pero sus registros de las Sinfonías, solo de las doce últimas, se remontan a 1967-1970 (para EMI, con la English Chamber). Desde entonces, extrañamente, sólo ha hecho una "Júpiter" con la Orquesta de París (1984, ¡no en CD!) y, en DVD/Blu-ray, las núms. 35 "Haffner" y 36 "Linz" con la Filarmónica de Berlín (EuroArts 2006).

Sin embargo, en los últimos años ha tocado insistentemente las tres últimas Sinfonías con la Filarmónica de Viena, creo que también con la Staatskapelle Berlin y, ahora, con la West-Eastern Divan Orchestra. Así ocurrió el 28 de octubre en el Auditorio Manuel de Falla de Granada, al día siguiente en Málaga y el 31 en Ginebra, conciertos celebrados en memoria de Edward Said (Jerusalén 1935-Nueva York 2003), que hubiera cumplido ahora ochenta años, y con presencia de su viuda.

La expectación por escuchar estas tres obras cumbres a uno de los más grandes intérpretes mozartianos de que hay memoria era, lógicamente, muy grande. Las expectativas se vieron sobradamente cumplidas. Ajeno a las aportaciones de las versiones (no siempre interpretaciones) historicistas, Barenboim se inscribió de nuevo en la tradición de las más admiradas batutas mozartianas de las últimas décadas. Esto se apreció sobre todo en la Sinfonía 39, absolutamente canónica, en la que si acaso sobresalió el vigor y la exaltación del Allegro que sigue a una especialmente solemne y sombría introducción Adagio. El introspectivo Andante dio paso a un pujante minueto (cuyo trio no fue todo lo extático que puede resultar: véase la sublime lectura de Böhm en Viena) y a un fogoso e irresistible finale.

En la Sinfonía 40 Barenboim siguió a pie juntillas la indicación Molto allegro tan pocas veces atendida, pues resulta en extremo difícil dotar al movimiento de su tremendo pathos con ese tempo. Cuando se logra, como ocurrió esa noche, el efecto es demoledor. Doliente Andante, intenso minueto y angustioso, hiperdramático Allegro assai. Es la interpretación más arrebatadora y genial que recuerdo de esta Sinfonía en Sol menor que Mozart, en palabras de un importante musicólogo francés, "parece haber escrito no con tinta, sino con su propia sangre".

Quizá no tan personal y radical como la 40 pero más que la 39, la 41 "Júpiter" destacó por la grandeza y el entusiasmo con que sonó su Allegro vivace, mientras que en el sombrío Andante cantabile el director hizo, extrañamente, tocar a los violines con sordina -experimento que no me convenció-. Pero lo más llamativo de la versión fue la asombrosa claridad con que expuso la enorme complejidad contrapuntística del finale, en el que hizo las repeticiones hasta desplazar hacia él el centro de gravedad de la obra. Claridad que no ocultó una acentuada y singular ambivalencia expresiva: sonó triunfal pero no exento de un palpable sentimiento trágico.

La Orquesta del Diván, ni escuálida ni demasiado nutrida, volvió a demostrar extraordinaria precisión, tersura y flexibilidad en sus cuerdas (que no impidió dos o tres desajustes en el movimiento inicial de la 39), una asombrosa capacidad de matización en sus maderas y un admirable empaste de trompetas y timbales. Aunque la cadena de televisión Classica ha transmitido el concierto de Ginebra, al parecer la acústica de la sala (cuyo techo fue pintado por Miquel Barceló) es muy problemática. Sería una lástima que no quedase un documento bien grabado (¡mejor, filmado!) de estas apasionantes interpretaciones.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Harteros, Kaufmann, Semenchuk y Pappano: la mejor “Aida” de los últimos cuarenta años

 

La Aida grabada por EMI en 1974 con Caballé, Domingo, Cossotto, Cappuccilli, Ghiaurov y Muti fue todo un hito que situó esta interpretación, en la que todos los elementos principales estuvieron a pedir de boca, en la cima de la discografía. Que una grabación operística se mantenga cuatro décadas largas en el punto más alto no es cosa frecuente; no me atrevo a decir que ese lugar de privilegio haya llegado a su fin, pero sí que la versión que Warner (EMI) acaba de lanzar, bajo la batuta de Sir Antonio Pappano es la primera en cuarenta y un años que podría acercarse a aquélla. Porque han reunido prácticamente a las mejores voces posibles en la actualidad para los cuatro papeles más destacados. Vamos a repasarlos: Anja Harteros es la soprano verdiana por antonomasia de nuestro tiempo, y por suerte está grabando -en audio o en vídeo- los papeles que más convienen a su voz, como deseaba yo en voz alta desde que tanto me gustase en Simon Boccanegra (Scala 201, DVD/Blu-ray). Su Aida es lírica, lo que me parece un acierto, pues este papel me parece mucho más adecuado para ella (como para Caballé) que para una Caniglia o una Nilsson: al personaje se le exigen multitud de momentos de gran delicadeza y sensibilidad, más que los de fuerza que también existen en la partitura. La esclava etíope de Harteros es más dulce y vulnerable de lo acostumbrado, lo que no está nada mal, pero por otra parte, posee pasión y temperamento suficientes para esos pasajes que así lo demandan. Y sus graves, preciosos, no cambian de color. Por descontado, el Do agudo de "O patria mia" no consigue emitirlo en pianissimo, hazaña que solo ha logrado Caballé. Pero a lo largo de toda la ópera triunfan su sensibilidad, inteligencia y musicalidad, aliadas a una voz muy bella y a una técnica excelente.

El caso de Jonas Kaufmann es más discutible: es también un gran músico y muy sensible y penetrante, pero su voz resulta algo más oscura de lo que parece pedir la italianità verdiana (en ópera alemana y francesa suele convencerme más), y su técnica -sin duda extraordinaria pese a poseer zonas veladas- o la fisiología de su aparato fonador le lleva a emitir ciertos sonidos poco ortodoxos. Aunque puede resultar un poco rebuscado en su aria de salida, "Celeste Aida" (cuyo Si bemol emite en piano, como está escrito), prefiero cien veces su interpretación de Radamès a la de un -zafio y carente de toda elegancia en el fraseo- Roberto Alagna, por citar a uno de los Radamès más nombrados de los últimos tiempos. Pero, claro, el recuerdo de los sensacionales Caballé y Domingo (con Muti) en plenitud hace palidecer a esta, la mejor pareja protagonista posible hoy.

Pese a que su voz es un poco más lírica de lo debido, Ekaterina Semenchuk me ha gustado como Amneris tanto como la que más de sus predecesoras, Bumbry, Obraztsova y Cossotto incluidas, por la impresionante hondura y sinceridad con que encarna el personaje más interesante de la genial ópera verdiana. Y no comprendo a quienes ponen por delante de toda consideración que la voz sea la ideal (Stignani, Barbieri, Simionato y casi ninguna otra, según ellos). Más que bien el Amonasro de Ludovic Tézier, del que también he oido decir que su voz no da la talla exigida. ¿Acaso lo interpretaban con más propiedad las voces que sí lo eran, los Bechi, Protti, Warren y no sé si alguno más? (solo, si acaso, para mí, Cornell McNeil). En cuanto a Ramphis, Erwin Schrott no pasa de la corrección; es una pena que, ya puestos, no hayan convocado a un René Pape. Correcto igualmente Marco Spotti como el Rey de Egipto, lo mismo que el Mensajero de Paolo Fanale, y un lujo la Sacerdotisa de Eleonora Buratto.

El Coro de la Academia Santa Cecilia está muy bien, y lo mismo hay que admitir de la Orquesta correspondiente -de la que Pappano obtiene lo mejor que se le ha escuchado a la formación romana-, si bien es cierto que cuesta quitarse de la cabeza a la New Philharmonia o a la Filarmónica de Viena. Pero lo que hay que reconocer es que Pappano, acaso el más fiable de los directores de ópera italiana de la actualidad, ha acertado tanto como en su reciente Don Carlo en DVD/Blu-ray, en un enfoque no tan unilateral (aunque fuese genial) del joven Muti, sino más atento a las tan diversas maravillas que atesora esta partitura, y desde luego sin caer en la excesiva pomposidad de algunos (Karajan en EMI, sobre todo). La toma de sonido es muy buena, pero quizá esperaba un poco más. Los tres discos del álbum podrían haberse reducido a dos, pues los dos primeros actos no llegan a 81 minutos, duración ya muchas veces albergada en un CD.