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martes, 28 de agosto de 2012

“Según pautas historicistas”

 

Últimamente, y cada vez más, leo y escucho, en la radio (en Radio Clásica, cada dos por tres) o en directo, a críticos y aficionados a la música que se refieren a ciertas versiones como “interpretaciones según criterios históricos”, “según pautas historicistas”, o incluso “siguiendo criterios auténticos”. Y, por la forma en que lo escriben o lo dicen, parece que son para ellos versiones “verdaderas”, “indiscutibles”, a diferencia de las que no cumplen esas condiciones.

¡Sí, señor! Cualquier grabación o versión con instrumentos de la época está beatificada o hasta santificada, ya, de entrada. Y aunque no lo digan abiertamente, se les oye entre líneas que las que no están tocadas con instrumentos antiguos no merecen la menor atención o consideración, pues son espurias, inauténticas, falsas.

¡Qué ingenuidad! ¡Y qué fácil! Eso les exime de juzgarlas con cualquier otro tipo de criterio. Así, las decenas y decenas de grabaciones de, por ejemplo, los Conciertos de Brandemburgo, de las Sonatas y Partitas para violín solo de Bach, de El Mesías de Haendel o de Orfeo y Eurídice de Gluck, se dividen para ellos en dos grupos: las que hay que tener en cuenta (las que siguen criterios historicistas, por supuesto) y las que sólo merecen ser desdeñadas (las demás).

Así, les da lo mismo que dirija Jacobs o Minkowski, ambos van al mismo saco bueno, mientras que Beecham, Sargent, Boult (¡¡sus Mesías!!), Leppard, Marriner, Karl Richter o Colin Davis son igual de perversos.

Por descontado, no meto en este saco a todos los críticos o aficionados, pero me parece que cada vez son más los que aplican ese criterio tan simple y tan maniqueo.

Ahora bien: ni unos ni otros han explicado con argumentos sólidos, que yo sepa, por qué diantres hay que escuchar hoy la música igual que se hacía (se supone que se hacía) en 1690, 1740 o 1780. Cuando nadie intenta hoy hacer a Elgar, a Richard Strauss o a Rachmaninov como se hacía (y hay constancia, no suposiciones, y hasta documentos interpretados por los propios autores) en 1920 o 1940.

¿Contestará alguien alguna vez a esta pregunta tan sencilla?

jueves, 2 de agosto de 2012

András Schiff interpreta Schubert en DVD: una de cal y otra de arena

 

Sé de sobra que Schubert es, de los grandes compositores, el más difícil de interpretar. Aun así, me sorprende por qué sus dos sublimes Tríos para piano, violín y cello carecen en disco de versiones como merecen (¡ay! ¡ésas que no pudieron llegar a grabar, por la enfermedad de la cellista, Barenboim, Zukerman y Du Pré!...) Desde las arcaicas pero admirables versiones con Pablo Casals (con Istomin en el , Horzowski en el y Alexander Scheider en ambos, Sony 1953) no ha vuelto a convencerme ninguna de las grabaciones que han llegado a mis oídos, incluidas las de Hephzibah y Yehudi Menuhin con Maurice Gendron (EMI 1970), el Beaux Arts Trio (Philips 1985) o las de Ashkenazy, Zukerman y Harrell (Decca 1997). No, no les hacen justicia, ni de lejos.
Hace poco he escuchado, en una retransmisión de una televisión holandesa, una interpretación en público del Primer Trío que sí se la hace, que es absolutamente extraordinaria, demostrando el enorme potencial de esta música maravillosa: Itamar Golan (que acompañó en varias grabaciones al desgraciadamente cuasi retirado Maxim Vengerov), Janine Jansen y un cellista algo inferior, Thorleif Thedéen. El Schubert grabado por Schiff para Decca lo encuentro muy desigual, desde lo casi excepcional a lo muy decepcionante. Con todo, no me esperaba esta lectura (no más que eso) tan plana, impávida, sosa, aburrida y de trámite de estos dos sublimes D 898 y 929. Schiff no dice (casi) nada, Perényi está muy por debajo de lo que suele (¡qué insulsa forma de frasear la celestial melodía que abre el “Andante” del Primer Trío!), y Shiokawa me parece, sin más, una violinista mediocre. Son raros, aislados, los momentos en los que aflora la inspiración (final del “Andante” del 2º Trío). Para colmo, están filmados en un cuarto pequeño, y la acústica es muy seca). Pero, a la vista de las versiones, poco importa. No es mucho más satisfactoria la también bellísima Sonata “Arpeggione”, así mismo de 1991: versión más apegada a la letra que al espíritu, en la que no hay vuelo alguno. El recuerdo de la justamente famosa recreación de Rostropovich y Britten (Decca 1969) no le beneficia en absoluto.
Muy de otro cantar es el DVD de piano solo, de 1989, en el que Schiff se muestra mucho más inspirado, al menos en varios de los Impromptus y de los Momentos. En la primera serie de aquéllos, ya el es dramático y establece unos contrastes dinámicos de extraordinaria riqueza expresiva: verdaderamente admirable, todo lo contrario de lo monótono que suele resultar cuando se repite y otra vez sin acertar a hacer distingos. Además, el piano Bösendorfer que emplea es de sonido tan hermoso como idóneo para Schubert. También es excelente el , en el que resite la tentación de hacer carreras de notas. Al 3º le confiere un aire un tanto brumoso que no le va mal en absoluto. El acierta a desarrollarlo en varios estratos dinámicos, pero en mi opinión fracasa en la sección central, uno de los pasajes más anhelantes y angustiosos de su autor, y que en sus manos suena bastante insípido (¡!). La segunda serie no mantiene el nivel de la primera: en el , pese a momentos muy bellos, no logra la debida unidad; el 2º es para mi gusto un poco apresurado, y un pelín banal el siguiente; la colección D 935 remonta en un y último extraordinario, magistralmente tocado sin dejarse llevar por el virtuosismo. ¡Qué magnífica escala final! La otra grabación en DVD de los Impromptus, la de Alfred Brendel (EuroArts, tomas de 1977) tampoco se libra de ciertos altibajos, pero en ella resultan preferibles al menos los dos primeros de la segunda serie.
Y en cuanto a los Momentos musicales, tanto el pianista austriaco como el húngaro dan buena parte de lo mejor de sí mismos. Para mí, Brendel está magnífico en todos, si bien un poco menos en el y el . Schiff decepciona un poco precisamente en el 3º, un tanto anguloso, y de nuevo en el 4º, un poco insulso; sin embargo, ofrece un meditativo y hermosísimo , hace gala en el de una extraordinaria sensibilidad, propone un 5º de mucha garra dramática, con acusados contrastes dinámicos y concluye la serie en un amargo y pesimista: magistral. Es decir, que el DVD con la música de cámara es prescindible, mientras que el de piano solo, fimado en una estancia palaciega, es muy recomendable.