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martes, 29 de diciembre de 2009

El “Trittico” de Puccini con Chailly en La Scala

Hardy acaba de publicar un doble DVD con el genial Tríptico pucciniano, filmado en La Scala en 2008. En vista de lo poco que hay para escoger en este soporte, ésta es una opción francamente recomendable, aunque con sus más y sus menos. De entrada, la calidad técnica es algo inferior a lo habitual en estos tiempos. Sí lleva subtítulos en castellano.

Los elencos son bastante dispares: Il Tabarro es la que sale peor parada, pues Miroslav Dvorsky es un Luigi pálido e insuficiente, con una voz no lo bastante dramática y serios problemas de emisión en el paso. También Paoletta Marrocu, Giorgetta, carece de la envergadura vocal debida, y su registro alto no es precisamente brillante. Ni uno ni otro dan la talla como intérpretes, a diferencia del veterano Juan Pons, espléndido en todos los aspectos como Michele, de no ser porque la voz ya acusa serios síntomas de fatiga, resultando fallida la nota más alta de su parte.

 

Suor Angelica está encomendada a dos grandes cantantes, que la levantan claramente: es lo mejor que le he escuchado a Barbara Frittoli, que no se achanta en absoluto en el aterrador registro agudo y que compone una Angelica totalmente creíble. Marjana Lipovsek le da adecuada réplica como la Tía Princesa, en una composición feroz que de veras sobrecoge. Y la troupe de monjas tiene buen nivel.

Gianni Schicchi, con el también veterano Leo Nucci, tampoco está nada mal servido: ¡hay que ver cómo este barítono, que nunca fue gran cosa, está aguantando años y años, e incluso mejorando! A su lado sobresalen también el Rinuccio del joven y promisorio tenor lírico Vittorio Grigolo y la espléndida Lauretta de Nino Machaidze (triunfadora en Romeo y Julieta de Gounod en Salzburgo, junto a Villazón y bajo la batuta del fulgurante Nézet-Séguin). Buen nivel también de los papeles menores.

 

En cuanto a la dirección musical, Riccardo Chailly convence sin entusiasmar en la primera (le falta fuego y esplendor), mejora notablemente en la segunda (aun quedando por debajo de Pappano o Bartoletti en sus grabaciones) y triunfa plenamente en Schicchi, claramente la ópera de la trilogía que más le motiva. Aquí la orquesta le suena realmente muy bien.

También hace un trabajo serio y cabal en las tres el director de escena Luca Ronconi, que en Angelica llega, me parece, al nivel de excelencia. En resumen, la única competencia seria en DVD viene del Schicchi de Vladimir Jurowski en Opus Arte, con Alessandro Corbelli en el rol titular y la espléndida escena de Elizabeth Arden.

P.D.: el “Concierto de Navidad” de La Scala, con el programa Verdi dirigido por Barenboim, se celebró el 22, no el 24 de diciembre, que fue el día de la emisión por la RAI Uno Televisión.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Concierto de Navidad de Barenboim

La mañana del 24 de diciembre Barenboim dirigió en La Scala, con el Coro y la Orquesta de la casa, un programa “navideño” totalmente atípico, y a mucha honra: dos grandes páginas no operísticas de Verdi: el Cuarteto ampliado a orquesta de cuerda y las Cuatro Piezas Sacras. Creo que era la primera vez que dirigía uno y otras.                                        

El Cuarteto, en Mi menor, es una página maestra poco frecuentemente tocada del autor de Aida, que data de 1873, dos años posterior, por cierto, a esta ópera. Tras los dos minutos iniciales, en los que se produjo alguna vacilación en algunos violines (con los correspondientes desajustes, o casi), la ejecución de las cuerdas de La Scala, fue impecable, lo que no es poco en una obra de esta dificultad. Es más, la sonoridad de los instrumentos de arco fue de una gran riqueza, belleza y pastosidad.

Barenboim, ¡que dirigió la obra sin partitura!, confirió a la página una insólita hondura, una intensidad expresiva y una pasión insospechadas. Por otra parte, “explicó” su estructura como difícilmente lo haya hecho algún cuarteto en una grabación: nunca había entendido tan bien esta obra. Ha sido casi una revelación en toda regla.                                                                                                                                                                                                              Las Piezas Sacras (1898, cinco años después de Falstaff y por lo tanto su obra postrera) tienen bien poco de navideño: una bella, sentida y transparente Ave Maria a capella, un doloroso Stabat Mater, dirigido con un dramatismo y una desazón muy superiores a los de las versiones de Giulini (las dos) y a la de Solti (mis favoritas), un Laudi alla Vergine de gran unción (también a capella) y un impresionante Te Deum, adusto, severo, sombrío, que más que celebrar a Dios lo teme de modo reverencial, y que deja un sabor de indudable amargura.                                                                                                                                                                                                       Características éstas que acentuó Barenboim en su versión, convirtiéndolo en la alabanza a Dios de un agnóstico próximo al fin de sus días. La Orquesta estuvo espléndida, expresiva, brillante y poderosa, y el Coro, muy ajustado: éste es mucho mejor de lo que parece cuando canta ópera en escena, y los desajustes, casi inevitables cuando sus componentes actúan, prácticamente desaparecen cuando cantan quietos y juntos. La entrega e implicación de ambos conjuntos fueron evidentes.

                                                                                                        Con frecuencia se ha señalado el parentesco de las Piezas Sacras verdianas con alguien tan aparentemente alejado de Verdi como Bruckner. El argentino, gran conocedor de este último, no dejó de manifestar todo lo posible estas afinidades, así como con la última Misa (D 950) de Schubert. Lo mismo que el Cuarteto traía a la mente en algún momento la Noche transfigurada de Schönberg, 26 años posterior.                                                                                                                                                                                                        Creo que Barenboim es, también, un espléndido intérprete de Verdi, a juzgar por su Requiem, por su Otello, y por su Aida (sólo conozco la antigua en Berlín, con Varady y Pavarotti), por no hablar de las oberturas de I Vespri Siciliani (Berlín, 1993: alucinante) y La forza del destino (la grabada con la Orquesta del Diván, sencillamente la más genial que haya yo escuchado). A falta de conocer su Traviata, se añaden ahora este Cuarteto y estas 4 Piezas. Y pronto podremos conocer su Simon Boccanegra, con Plácido Domingo como protagonista…

martes, 15 de diciembre de 2009

Recientes hallazgos discográficos

Los 2 Conciertos de Liszt y Totentanz acaban de salir en un disco de Naxos (8.571273), a cargo de la pianista turca Idil Biret y la Orquesta Sinfónica de Bilkent (una ciudad del mismo país) dirigida por Emil Tabakov (grabaciones de 2004 y 2007). Pues bien, para mí estas versiones de los Conciertos, inesperadamente, se sitúan sólo por detrás de las geniales de Claudio Arrau, la London Symphony y Colin Davis (Philips). Versiones tan reputadas como las de Berman/Giulini, Zimerman/Ozawa, Richter/Kondrashin o Brendel/Haitink me gustan claramente menos que ésta. No os la perdáis.                                                                                                                                                                                                                                                                                              

El programa Ravel que acaba de lanzar EMI (9663422), con la Segunda Suite de Dafnis y Cloe, los Valses nobles y sentimentales, La Valse y Mi madre la oca, a cargo de la Orquesta Filarmónica de Rotterdam y su director, Yannick Nézet-Séguin, es estupendo. Atención a este joven director canadiense, parece que fichado por EMI. Lo primero que le escuché fue el DVD de Romeo y Julieta de Gounod en D.G.; en la crítica para “Ritmo” escribí (marzo de 2009): “Tomen nota del nombre de este director. Estoy convencido de que se hablará mucho de él… es muy evidente que tiene un talento muy por encima de lo habitual”, etc. Pues bien, el programa Ravel reafirma este gran talento. Pero esto no es nada: mi amigo Fernando López Vargas-Machuca me ha pasado una reciente retransmisión de una Séptima de Bruckner al frente de la Filarmónica de Londres (de la que ha sido nombrado principal director invitado) que es impresionante, gloriosa, lo mismo que unos fragmentos de la Octava del mismo compositor que pueden escucharse en su página en internet. Y estas obras ya son palabras mayores. Seguiremos atentos la carrera de este hombre.

Pentatone (PTC 5186126) publicó hace unos meses una sinfonía de Haydn por Colin Davis inédita en CD: se trata de una maravillosa versión de la No. 88, grabada en 1975 al frente de la Concertgebouw de Amsterdam. Estamos ante una de las dos o tres mejores de las que tengo recuerdo: sencillamente ejemplar, una pura maravilla. Y suena muy, muy bien. Lástima que haya sido acoplada con una –la 99- que ya estaba en CD y con una correcta pero insulsa Primera de Beethoven, con la Sinfónica BBC.

Termino con un Blu-Ray (también ha salido en DVD) que me ha dejado “tocado”: la ópera Orfeo y Eurídice de Gluck, cantada en alemán (versión “autorizada” por el compositor), muy bien por cierto (Maria Riccarda Wesseling, Julia Kleiter y Sunhae Im) y soberbiamente dirigida por Thomas Hengelbrock, con un dramatismo y emoción impactantes. Pero lo más singular de esta publicación, lo que hace de ella una auténtica obra de arte, es la coreografía de la genial Pina Bausch, que data de 1975 pero que no ha pasado y dudo que llegue alguna vez a pasar de moda. Baila el Ballet de la Ópera de París (en 2008), con tres solistas extraordinarios: Yann Bridard, Marie-Agnès Gillot y Miteki Kudo. La marca de esta joya es BelAir, y el nº de catálogo, BAC444.  

martes, 8 de diciembre de 2009

“Carmen” en La Scala con Barenboim

La apertura de esta temporada en el mítico teatro milanés se producía con la obra cumbre de Bizet en una versión muy esperada. La función del estreno, el 7 de diciembre, no ha defraudado en absoluto, si bien un aspecto importante -la escena, a cargo de Emma Dante- ha suscitado una fuerte división de opiniones.

Lo más aplaudido ha sido, sin duda, la dirección musical, a cargo del “maestro scaligero”, Daniel Barenboim. Parece que se oyeron unos pocos abucheos (no es fácil asegurarlo), insignificantes frente a los intensos aplausos, pero incluso lo primero no sería de extrañar en un teatro en el que algunas posturas (y prejuicios) se manifiestan con enorme vehemencia (por decirlo finamente). Tampoco es de extrañar demasiado: la versión del Director de la Ópera Estatal de Berlín no ha sido precisamente convencional. Y desde luego muy alejada de lo que se suele entender tópicamente por “lo francés”: suave, delicado, elegante y perfumado. Ésta ha sido una versión hiperdramática, negra, fatalista, agreste y hasta áspera, casi sin concesiones a lo sensual o a lo españolista.

Lo que he leído sobre la Carmen que hacía el inmenso Otto Klemperer (de la que por desgracia no hay testimonios grabados) me lo ha recordado la versión de Barenboim. Escribía Friedrich Herzfeld: “En 1949 [Klemperer]montó en Berlín Carmen de Bizet junto con el director de escena Walter Felsenstein, dando de tan magnífica partitura una visión muy diferente de de las usuales por su carácter incisivo y por la dureza de sus acentos trágicos. La interpretación que hacia la misma época dio a esa ópera Leo Blech resultaba graciosa y amable. No cabía mayor contraste entre una y otra”.

Creo que lo que se dice de la versión de Klemperer puede aplicarse a esta del 7 de diciembre, transmitida por la cadena televisiva franco-alemana Arte y a través de numerosas salas de cine de todo el mundo.

Si bien los dos primeros actos me parecieron admirables por su pasión y su tremenda fuerza, los dos últimos fueron aún superiores, con verdaderos hallazgos, como un preludio del acto III no precisamente apacible sino más bien inquietante (adelantando a fin de cuentas lo que viene a continuación: la escena de las cartas, la atemorizada aria de Micaela, la pelea entre José y Escamillo, el anuncio de que la madre de José se muere). La referida pelea estuvo subrayada desde la orquesta de forma memorable, como igualmente lo fue el exultante preludio IV.

Los coros (incluyendo el infantil) estuvieron muy bien, y aún mejor la orquesta, que respondía de maravilla a tanta furia, y que tuvo solos destacadísimos, alguno vitoreado explícitamente por la batuta.

Lo más discutible fue la escena, sin referencias andalucistas, con cosas incomprensibles, otras deliberadamente feístas, exageradas o hasta demagógicas. También hubo hallazgos acertados, como el traje de novia de Micaela, las cuerdas con las que Carmen es prendida por don José y que acaban prendiendo a éste, la actitud de chulería y superioridad con que Escamillo se comporta en el acto III, o el intento de violación antes de dar muerte a Carmen.

Barenboim, ante el chaparrón de abucheos que caía sobre Emma Dante (también recibía aplausos, quizá no menos, pero en estos casos se oyen más las protestas), no la dejó sola y salió a recibirlos a su lado, lo que sin duda le honra.  

¿Y los cantantes? La protagonista era una incógnita: la joven mezzo Anita Rachvelishvili, a la que la Dante no le dejó ser en absoluto seductora, sino si acaso mujer fatal, ha resultado ser una voz importante, grande, con metal y filo un tanto demasiado incisivo. Hizo un personaje nada convencional, muy de acuerdo con las direcciones musical y escénica, y plenamente convincente, ¡lo que no es poco! Salvo la habanera de entrada (puede que estuviese algo nerviosa frente a la enorme responsabilidad), todo el resto estuvo magnífica, con mención especial para la sobrecogedora escena de las cartas.

Jonas Kaufmann ha mejorado mucho en un par de años su don José desde la filmación dirigida por Pappano (muy bien) y Zambello (poco acertada): su voz es bella, dramática, potente y con squillo en el agudo, pero tímbricamente no muy idónea (a diferencia del don José de la historia, Plácido). Yo lo veo bastante más centrado en el repertorio alemán, y no me extrañaría que en diez años estuviese cantando Tristán. Ahora bien, y pese a algunos defectos canoros mayormente accidentales, su interpretación fue de una intensidad y fuerza expresiva realmente tremendas, a las que no fue posible sustraerse. Fue aplaudidísimo, como su partenaire.

Erwin Schrott posee una gran voz de bajo-barítono, muy adecuada para Escamillo, pero en su aria de entrada tuvo problemas de entonación que desaparecieron después. En cuanto a Adriana Damato, creo que es una magnífica voz de soprano lírica ancha (quizá demasiado ancha para Micaela), pero no estuvo todo lo emotiva que debe en este papel. Tal vez muy pronto, si no ya, la soprano lírica que hizo de Mercedes, Adriana Kucerova, es preferible para Micaela: ¡atentos al nombre de esta guapísima joven! Muy bien también la Frasquita de Michele Losier, bien Gabor Bretz (Zúñiga) y Rodolphe Briand (Dancairo), y algo mayor Francis Dudziak para Remendado, pues ha perdido agilidad.

“La Creación” por Solti en DVD


Un amigo me ha traído de Berlín (¡gracias, Antonio!) un DVD “oficial”, o sea no pirata, comprado en los almacenes Saturn, con buena calidad de imagen y de sonido, una Creación de Haydn de la que no tenía noticia. Su marca es “DigitalClassicsDVD”; el (P) de 1995, “BR/Craig Financiera”, y el número de catálogo, DC10005. Debe de ser de la misma época que su segunda grabación de audio para Decca, grabada en público en el Orchestra Hall de Chicago en octubre y noviembre de 1993 con el Coro y la Orquesta Sinfónica de esa ciudad.

El DVD es con el Coro y la Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara (cuya actuación apenas desmerece de los míticos conjuntos de la ciudad de Obama) y con el mismo cuarteto vocal, en el que el joven René Pape (Rafael) es sustituido en Múnich por Reinhard Hagen, que por cierto está sensacional: no sólo posee una hermosísima voz de bajo-barítono, sino que canta con una ductilidad realmente asombrosa. ¿Cómo es posible que este hombre, que aún canta, no haya hecho un carrerón impresionante? Algo debe de haber sucedido…

Los otros tres cantantes, los que coinciden con los del CD, están en mi opinión un poco mejor que en Chicago. La soprano Ruth Ziesak allí sonaba en algún momento un pelín relamida, pero aquí no ocurre eso; está admirable desde el punto de vista vocal y del expresivo. También al tenor, Herbert Lippert, espléndido, lo encuentro aquí un poco más comunicativo. Lo menos extraordinario del cuarteto es el Adán de Anton Scharinger, igual de correcto, no más.

Solti siempre ha dirigido muy bien Haydn: ¡hay que ver cómo son sus 12 Sinfonías Londinenses con la Filarmónica de Londres para Decca! Con los dos grandes oratorios de Haydn ha derrochado vitalidad, frescura y espontaneidad. En la presente Creación destaca además una muy resaltable claridad instrumental y coral: prácticamente se escucha “todo” desde el comienzo mismo, la enormemente sugerente “Imagen del caos”. Sólo le reprocharía a Solti que un par de coros, de carácter bastante solemne, los dirija con inconveniente celeridad, como el famoso dúo de Adán y Eva en la tercera parte (algo que, por otra parte, también le ocurre, quizá algo menos acentuado, en el CD de 1993).

Aun así, para mí una Creación en conjunto en primerísima línea entre todas las existentes en CD o DVD. La última gran versión aparecida en CD (sello LSO Live), y que ha sido transmitida por la BBC (con lo cual algunos la tenemos en DVD casero), la de Sir Colin Davis, está más o menos tan admirablemente dirigida, cantada y tocada por coro y orquesta, pero su trío vocal (Rafael y Adán lo hace el mismo barítono, Dietrich Henschel, con escasa fortuna) es inferior, salvo en el caso de la excelente soprano Sally Matthews (Gabriel, Eva). Porque el famoso Ian Bostridge no me acaba de gustar; prefiero sin duda al mucho menos conocido Lippert.

martes, 24 de noviembre de 2009

El Anillo de Mehta en Valencia

Acaban de aparecer en DVD, y enseguida lo harán en Blu-Ray, las dos primeras entregas de El anillo del nibelungo de Wagner dirigidas en Valencia por Zubin Mehta. Había oído tantos comentarios sobre esta Tetralogía (lamento no haber podido ir a verla) que tenía una curiosidad enorme, así que me he abalanzado sobre las dos primeras entregas. Una orquesta, un director escénico y otro musical De entrada, quiero destacar que la Orquesta de la Comunidad Valenciana me ha parecido la pera, desde luego y sin duda, ya, la mejor de España, lo que de entrada es un mérito enorme de los que dispusieran el presupuesto para formarla y, sobre todo, de los dos directores que más han trabajado con ella, Lorin Maazel y Zubin Mehta.

En cuanto a la escena ideada por La Fura dels Baus y Carlus Padrissa, me parece que consiguen a menudo fascinar visualmente, pero hacen un despliegue excesivo de ocurrencias y de efectos especiales, como para demostrar de qué son capaces con la tecnología que manejan. Con ello quizá disimulan una cierta carencia de ideas, aunque no les faltan aciertos puntuales –impactante la pirámide, más bien la torre, de la Entrada de los dioses en el Walhalla–, incluso algunos un poco demasiado evidentes (Sieglinde arrastrándose con una soga al cuello en el acto I). El árbol de ese acto recuerda demasiado en sus transformaciones al del acto II del Tristán de Ponnelle, aunque desde luego carece de su magia y su poesía. Y, pese a tantas llamas, tantos efectos y tantas proyecciones, las transformaciones de Alberich en El oro del Rin o el Fuego mágico están mucho mejor resueltos mediante la sencillez y abstracción plástica de Harry Kupfer, que se ocupa siempre de lo esencial sin distraer mucho al espectador con detalles innecesarios. En lo que se refiere a la labor de Mehta, me ha gustado bastante poco en El oro y apreciablemente más en La Walkiria: en conjunto la considero decepcionante.

Conste que me parece un excelente director y un gran músico, pero creo que no ha dado con el tono del Anillo, tal y como yo lo veo y creo que debe ser: su versión es mayormente lírica, bastante clásica y comedida, pero no muy dramática ni tensa, y desde luego el sonido deliberadamente áspero, agreste y robusto que yo creo conviene totalmente al Anillo (y que dan en grado superlativo Solti y Barenboim), no aparece aquí más que en ciertos momentos. Incluso diré que ciertos pasajes que Mehta quiere intensamente líricos y efusivos (en algunas páginas de El oro, y en Walkiria en varios instantes del acto I y en la Despedida de Wotan) le suenan un tanto fuera de estilo, no ajenos del todo a Puccini, por ejemplo. El impulso dramático, la tensión y también la pasión de Solti y Barenboim, así como el ambiente general que logran de tragedia inexorable, desde la introdución misma de Rheingold, es un acierto genial que yo echo aquí de menos, y que la vistosa brillantez de algunos pasajes no compensa, ni mucho menos. Incluso Knappertsbusch, con una sonoridad menos acre y un enfoque menos moderno que el húngaro o el argentino, me parece que consigue dar con ese tono de tragedia inevitable, al igual que logra una tensión tremenda en muchos momentos clave.

El tan difícil de obtener “sonido Wagner” creo no ha sido nunca fácil o natural para Mehta, pero aquí lo es quizá menos aún que en Tannhäuser o Tristán, donde debe ser algo menos agreste. Por otra parte, es evidente en muchos pasajes que es un director de los grandes: no sólo por el rendimiento que obtiene de la orquesta, sino por su transparencia y su musicalidad global; incluso hay instantes brillantes y hasta magníficos, como el final del acto II de Walkiria. Pero predominantemente desprende una sensación demasiado relajada y confortable, distante, e incluso excesivamente refinada. No, no es éste “mi” Wagner. Para mí, está más o menos tan fuera de situación como Pierre Boulez, al tiempo que muestra ser mejor músico y mejor director que Levine (por hablar sólo de las versiones en DVD). En todo caso, el panorama en DVD es bastante poco halagüeño: entre las versiones filmadas, sólo la dirección de Barenboim es de nivel verdaderamente alto. La calidad técnica –tanto de sonido como de imagen– es magnífica (a similar altura que la de Barenboim/Kupfer en Warner). Los cantantes Das Rheingold tiene un alto nivel medio, aunque con un serio bache: el mediocre, burdo, mal cantado y peor interpretado Alberich de Franz-Josef Kapellmann. Ser un personaje odioso no da permiso para hacerlo de modo odioso. En cambio, el Wotan de Juha Uusitalo, aunque muy lírico, está muy bien cantado, aunque interpretado casi siempre con excesiva contención (como le pasa en términos generales a toda la versión: las pasiones están muy tamizadas).

Admirable la Fricka de Anna Larsson, que se crece aún más en La Walkiria. A buen nivel tanto el Loge –muy lírico– de John Daszak, el Mime de Gerhard Siegel (voz de cierto peso para un papel como éste), la Freia de Sabina von Walther y la Erda de Christa Mayer (de voz, parece, un poco pequeña para esta fuerza de la naturaleza que es la diosa Tierra). Correctos Ilya Bannik como Donner, Germán Villar como Froh y las hijas de Rin, entre las que se echa en falta una auténtica mezzo para Flosshilde. Dejo para el final los dos gigantes: lo de Matti Salminen no tiene nombre. A sus 63 años, está tremendo, impresionante en el dificilísimo papel de Fasolt, que requiere un bajo poderoso y profundo con un registro agudo de enorme solidez: no se trata ya de cómo da las notas, sino de su total implicación con lo que hace y dice. Cuando abre la boca, se da uno cuenta de que todos los que le rodean son de otro nivel –inferior, por descontado–. A su lado lo tiene muy difícil el Fafner de Stephen Milling, con un centro imponente, pero de canto poco hecho, con claras deficiencias en los extremos de la tesitura.

El reparto de Die Walküre me parece en conjunto, posiblemente, el más completo de todas las versiones existentes en DVD: ni uno sólo de los cantantes presenta defectos serios, lo que no es poco decir. El gran descubrimiento es para mí, desde luego, la Brunilda de Jennifer Wilson, la primera voz en lustros que recuerda en su brillo y esplendor a la de la Nilsson, cantando además muy bien, incluso en piano. En su aparición al principio del acto II desafina un poco en algún momento, pero ¡es en público, y además no dejan de zarandearla mientras canta uno de los pasajes más comprometidos que se puedan imaginar! Por otro lado, sus capacidades como intérprete son algo mejorables, si bien sería muy exagerado tacharla de sosa. Magnífica Petra Maria Schnitzer, a la que me parece injustísimo llamarle desdeñosamente “la esposa de Seiffert”: su Sieglinde es de todo punto admirable, lo mismo por su voz (más adecuada que para Elsa, por ej.) que por su forma de cantar, muy depurada, y de decir, con acentos conmovedores. Me parece, en cambio, poco creíble como actriz (y lo que se dice dirección de actores no parece un aspecto muy cuidado por La Fura...). Sencillamente sensacional la Fricka de Larsson: qué bellísima voz, y qué canto tan admirable; con todo, aun sin disponer de su esplendor vocal, Linda Finnie (con Barenboim) me parece mejor intérprete (lo mismo que Anne Evans en Brunilda).

Buen nivel global, con algún punto algo débil en las walkirias. Los hombres: ¡qué hermosa voz, de origen lírico y con squillo, tiene Peter Seiffert, ahora con un centro mucho más lleno y un grave baritonal! Lástima que los agudos se le hayan vuelto algo tremolantes. Y sobre todo, ¡qué bien canta, y qué creíble es su personaje! Desde el joven Jerusalem y hasta el maduro Plácido no se había escuchado a nadie tan convincente como Siegmund. Muy correcto, como en El oro, el Wotan lírico de Uusitalo, capaz de apianar muy bien. Y con Salminen, de nuevo apaga y vámonos. ¡Es la propia encarnación de Hunding! Por si fuera poco, está vocalmente perfecto, y mete miedo, no sólo por su vozarrón. El mejor Rey Marke, el mejor Gurnemanz que recuerdo, es también ahora el Hunding y el Fasolt insuperables, y es posible que también lo sea en las sucesivas entregas su Fafner y su Hagen: ¡qué cantante, san Wagner! (y san Beethoven y san Mozart y san Weber...)

lunes, 16 de noviembre de 2009

Mitsuko Uchida toca Mozart, Beethoven, Schumann y Berg

El recital del 10 de noviembre, a cargo de la pianista japonesa, ha marcado tal vez el punto más alto de la serie “Grandes Intérpretes” de este año. Y ello pese a que la velada podría haber sido toda ella memorable de no haber tocado la Sonata 28 de Beethoven, una obra para la que, en mi opinión, no está preparada, incluso técnicamente (tuvo numerosos fallos y hasta un olvido, además de un sonido insuficiente), por no hablar de lo estilístico y conceptual: parece que el último Beethoven no es lo suyo. Tratándose de recitales, ¿por qué no escogerán los pianistas sólo obras en las que se sientan plenamente seguros?…

Pero todo el resto fue extraordinario: el Rondó K 511 de Mozart que abrió el programa fue simplemente maravilloso: libre, nada encorsetado, pero todas sus libertades sonaban acertadas. Prodigio de sensibilidad íntima, dejó bien claro que puede ser, que es, una de las páginas pianísticas más excelsas de su autor.

La Sonata de Alban Berg sonó con toda propiedad, perfectamente dentro de estilo, de ese estilo postristanesco del primer Berg, y la inflamó con una pasión de la que pocas veces ha hecho hasta ese punto gala la japonesa.

Tras la desafortunada elección de la Op. 101 de Beethoven, la segunda parte la ocupó la gloriosa Fantasía en Do mayor de Schumann (un autor a cuyo Carnaval ha aportado Uchida en disco una versión tan personal como admirable). Fue una maravilla: ¡qué imaginación tan fértil y sutil, qué belleza, qué pasión! El movimiento final marcó quizá el punto más alto del recital. (Al final del 2º mov., en la endemoniada coda, tuvo algún problema, pero ¿quién no lo tiene en público?)

También las dos propinas –Scarlatti y Bach- fueron una delicia. Inolvidable recital.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Mehta maduro dirige un Brahms rutinario

Nunca sería Brahms uno de los compositores que nos vendría a la mente al hablar de Zubin Mehta; sin embargo, es preciso reconocer que en su ingente discografía figuran -ya que no sus Sinfonías- algunos Conciertos del hamburgués muy conseguidos: recuerdo que ya en 1976 grabó para Decca, con Arthur Rubinstein y la Filarmónica de Israel, un Primero con un primer movimiento poderosísimo y de una rudeza intencionada y muy atractiva; no me había convencido tanto, en cambio, en el Segundo que había grabado nueve años atrás junto a Vladimir Ashkenazy y la Sinfónica de Londres.

Sí me gustó, y mucho, el nuevo Segundo de CBS 1980 con Daniel Barenboim y la Filarmónica de Nueva York (apreciablemente más que el correspondiente Primero, del mismo álbum), que contenía un "Allegro appassionato" verdaderamente incendiario y enloquecido (algunos comentaristas explican que ese 2º movimiento debe ser así, una auténtica y feroz "danza macabra", pero rara vez se intenta o se consigue en una interpretación).

En el DVD EuroArts con la actuación que celebra el 70º aniversario de la Filarmónica de Israel (el 26 de diciembre de 2006) Mehta ha vuelto a acertar de lleno con el Primer Concierto de Brahms, de nuevo con Barenboim: una versión si se quiere no muy personal pero admirable en su realización y también en su trasfondo, en la que sintoniza con el pianista bonaerense bastante mejor que en su colaboración de 26 años antes.

Y creo que para de contar: en los restantes Brahms que le haya escuchado en vivo o en disco no recuerdo nada que me haya dejado huella (y sí en cambio ciertas actuaciones grises o fallidas: el Concierto de violín con Zukerman y el Doble con éste y Harrell).

Pues bien, el pasado lunes 26 de octubre, en el primer concierto de Ibermúsica de esta temporada, Mehta ha dirigido con considerable desinterés las dos primeras Sinfonías, hasta el punto de que no me quedaron muchas ganas de buscar una entrada para el día siguiente, en que dirigía las otras dos.

Quizá la edad ha comedido su antes imperiosa gestualidad, pero no ha sido sólo eso: sus versiones me han parecido rutina de altura (y no demasiada altura). En su haber hay que anotar un sonido puramente brahmsiano, denso, profundo y oscuro, sobre todo en la Primera.

La Filarmónica de Israel, que celebra los 40 años de unión con Mehta, no ha estado del todo bien, salvo la cuerda, que mantiene una pastosidad y una riqueza tonal destacables. La madera me ha parecido desigual (excelentes oboe y clarinete), pero el metal, nada del otro jueves, en particular unas trompas reiteradamente toscas y muy poco maleables (aparte de muy fallonas, pero esto es algo por desgracia muy frecuente en estos instrumentos). Además, Mehta las hizo sonar demasiado fuerte casi todo el tiempo. Estupendo el timbalero, procedente de la Orquesta del West-Eastern Divan.

Tras el clímax del primer mov., el final del mismo resultó bastante apresurado, lo mismo que todo el 2º. El 3º fue algo ruidoso, y en la coda del 4º le faltó claramente claridad. Casi toda la partitura se había desarrollado de mezzoforte para arriba, y lo mismo la siguiente.

Menos aún me gustó la Segunda, pues sus dos movs. de mayor peso, los dos primeros, volvieron a ser rutinarios y muy veloces. El primero careció por completo de clímax, desapareció del todo (!), y el 2º, nada sombrío, sino bastante anodino. Las cosas mejoraron, menos mal, en los dos últimos, pero la Sinfonía ya estaba irreversiblemente herida. En la coda, el metal aplastó -cosa frecuente, pero no por ello disculpable- el resto.

Con asistencia de la Reina Sofía, gran éxito, pero ¿qué quiere decir esto? Bien poco: creo que el público en su conjunto es más bien ignorante, y tampoco suelo coincidir con sus juicios mayoritarios. ¡Qué le vamos a hacer!

sábado, 10 de octubre de 2009

Barenboim en Schönbrunn

El CD y DVD que Deutsche Grammophon acaba de publicar con el concierto que tuvo lugar en los jardines del Palacio vienés de Schönbrunn el 4 de junio de este año 2009 es más interesante que la mayoría de los conciertos multitudinarios de este tipo, y su calidad de sonido es superior a la esperable dadas las difíciles condiciones al aire libre, con la orquesta en un gigantesco "bowl" como de metacrilato. ¡Al parecer, muchos -o quién sabe si todos- los músicos de la Orquesta Filarmónica de Viena llevaban un microfonito encima!


El programa es muy popular -algo obligado-, pero las obras que lo componen son buenas. Comienza con la Serenata K 525, "Eine kleine Nachtmusik", que Barenboim había grabado en sus comienzos para EMI con la English Chamber (espléndida) y, muchos años después en la misma editora con la Orquesta de París (algo plúmbea -demasiadas cuerdas- y decepcionante). La de 2009 me parece muy correcta, sin nada especial (y con algún desajuste al comienzo).


Las Noches en los jardines de España las había dirigido a Martha Argerich con la Orquesta de París en un registro Erato no muy logrado y de sonido deficiente, y las había tocado de modo admirable con la Sinfónica de Chicago y dirección de Plácido Domingo (CD Warner, DVD TDK/Medici): para mí, la dirección más convincente en esta obra de cuanto he escuchado hasta la fecha, y no una versión al uso, sino menos impresionista y más anunciadora de El amor brujo y El sombrero de lo acostumbrado.

Ahora en 2009 se ha atrevido (atrevimiento excesivo) a tocarlas y dirigirlas a la vez: con algún problemilla de dedos pero con gran arte, ha vuelto a una idea más impresionista de la partitura, en la que destaca la maravillosa actuación de la Filarmónica de Viena, de plateado, bellísimo sonido. Pero, en definitiva, Barenboim ha sentado cátedra en las Noches tanto al piano (con Domingo) como dirigiendo aquí en 2009.

Para mí, lo más extraordinario del programa fue la versión original (sin pasar por Rimsky) de la Noche en el Monte Pelado de Mussorgsky: tremenda, arrolladora, arrebatada, fantástica y que "suena" a tope a Mussorgsky: muy superior a la versión, no muy bien grabada por RCA, de Abbado con la LSO.

Y el resto, música de danza, más ligera y de menos pretensiones, pero preciosa: muy bien Las mil y una noches (la noche, como se ha visto, es el leitmotiv del concierto) de J. Strauss II y la polca rápida Im Fluge de su hermano Josef, muy jugoso el gracioso Firulete de Mores/Carli que Barenboim había ya filmado con la Sinfónica de Chicago (el mejor tocado) y con la Filarmónica de Berlín (en la Waldbühne de la capital alemana) y sensacional Sangre vienesa del Rey del vals.

Esto último ya sorprende menos después de conocer su "conversión", súbita, plena y rotunda a la música de danza vienesa, operada, contra todo propósito, a raíz de su último "Concierto de Año Nuevo". Un concierto que recomiendo volver a repasar, porque era materialmente imposible digerirlo por completo en una primera audición, tal es el el cúmulo de hallazgos y genialidades del que está salpicado (a excepción, lástima, de El Danubio azul, que me pareció sólo muy correcto). Por cierto, si pueden hacerse con él en Blu-Ray, se quedarán alucinados de su extraordinaria calidad de sonido, y estratosférica de imagen.

Nuevo blog de Ángel Carrascosa Almazán

Queridos amigos melómanos:

Me he decidido por fin a abrir un blog en el que poder contar cosas sobre música, mayormente sobre discos, para dar a conocer mis opiniones, a menudo a contracorriente. No me comprometo a escribir con regularidad, y ni siquiera siempre muy a menudo, pues aunque estoy prejubilado parcialmente, tengo -por suerte o por desgracia- muchas cosas que hacer. Quizá no me pronuncie normalmente sobre obviedades, sino más bien cuando mis opiniones difieran de las más establecidas en este mundillo.

Muchas gracias a los que me consultéis de vez en cuando, porque me imagino que la mayoría lo hará porque se fían de mis gustos. También estarán, lo sé, quienes me lean para confirmar que mis opiniones les parecen extraviadas o maniáticas; hace tiempo que cuento con eso, y a estas alturas me preocupa muy poco. Incluso me satisface que ciertas personas o críticos me pongan como ejemplo de desvarío: a veces es casi un honor. ("¿Qué disparate habré dicho para que me aplauda la oposición?", exclamó una vez un político británico...)

Gracias, y hasta la próxima. Ángel.