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martes, 30 de octubre de 2012

¿Se animan EMI y Warner con el Blu-Ray de música clásica?

 

¿Qué ocurre, que las compañías discográficas tanto tiempo líderes en el campo del disco (primero del LP, luego del CD), se resisten a lanzar Blu-Rays? Hoy en el ámbito cinematográfico son ya numerosísimas las publicaciones en este formato –que permite, sin duda, una nitidez de imagen muy superior a la del DVD, y también un sonido mucho más fiel–, pero en el ámbito de la música clásica son sellos modestos (comparados con Deutsche Grammophon, Decca, EMI, Warner o Sony) los que están lanzando la mayor parte de los Blu-Rays. Las “grandes” se han dejado hasta ahora arrebatar el mercado por las pequeñas.
En España, por su atraso comparativo con otros países más ricos y avanzados, esta ausencia de Blu-Rays de las “grandes” se apreciará menos; pero no digamos lo que se echarán de menos en Alemania, Francia o el Reino Unido (por no hablar de Japón), países en los que me consta que las películas en Blu-Ray se venden como rosquillas...
Bueno, como se sabe, la sección de música clásica de Universal tiene publicados un puñado de Blu-Rays (algo así como la veinteava parte de sus publicaciones en DVD), e incluso Sony tiene alguno (poquísimos: que recuerde, solamente un par de recitales de Lang Lang).
Pero EMI (y su filial Virgin) no tenía ni uno solo... hasta ayer, en que por fin ha lanzado uno (Tosca de Puccini por Gheorghiu, Kaufmann, Terfel y Pappano), y lo mismo ocurría con Warner, que no tenía ninguno en absoluto, pero que acaba de lanzar la Tetralogía de Wagner por Barenboim y Harry Kupfer en Bayreuth en una caja de 4 Blu-Rays (uno por ópera: ¡qué comodidad y qué buen precio!).
Bueno, por algo se empieza: algo parece, por fin, que empieza a moverse... Pero ¿se animarán a pasar a Blu-Ray muchas de las maravillas que tienen ya en DVD? Veremos... ¡¡Esperemos!!



miércoles, 24 de octubre de 2012

Lang Lang interpreta Chopin en un disco magistral de Sony

 

Sony acaba de publicar un CD con un programa Chopin grabado en estudio por Lang Lang, en Berlín entre el 7 y el 11 de junio de este mismo año. Es, por cierto, una de las mejores grabaciones de piano –técnicamente hablando– que recuerdo (la productora es Martha de Francisco, y el ingeniero de sonido, Daniel Kemper. ¡Bravo!).
De Lang Lang he escuchado opiniones para todos los gustos: desde que es un genio hasta que es un payaso. De lo primero me parece que no hay duda; de lo segundo, es posible que alguna vez lo sea, o al menos lo parezca. Pero que es un pianista como la copa de un pino no debe haber nadie serio que lo ponga en duda. Este disco bastaría para dejarlo bien claro, de una vez por todas.
En primer lugar podemos decir que como ejecutante hay pocos en el mundo que le puedan igualar: la limpieza, la claridad, la exactitud, la perfección son sencillamente formidables. Pero lo más importante: las interpretaciones. ¿Cómo son? Hay unas características comunes a todas las 18 piezas del disco: la delicadeza, la finura, en el mejor sentido de estos términos. Así como la elegancia, la distinción aristocrática (de la que a Chopin nunca se debería privar).
Pero todas estas características, que alguien entenderá que pueden ser relativamente superficiales, se superponen a una auténtica hondura en la expresión. Que es, mayoritariamente, melancólica. Así en los tres Nocturnos (Nos. 4, 16 y 20), en general más introspectivos y dolientes que dramáticos. El programa incluye también dos valses: el No. 1 (Op. 18) y el No. 6 (Op. 64/1), absurdamente llamado “Del minuto”. El primero es particularmente danzable, no sólo pieza de concierto, y el segundo, que cierra el programa, es espléndido –libre, fluido–, pero me quedo con las ganas de escuchar el tremendo rubato que al final le aplican, sobre todo, Zimerman (en su desconocida, nunca pasada a CD, grabación para D.G. de 1977) o Barenboim.
El Andante spianato y gran polonesa brillante conoce en sus dedos una versión de gran belleza, maravillosamente cantado el primero, y elocuente y cálida la segunda, sin perseguir el carácter épico del que la dotan Arrau o Rubinstein.
Pero lo más fastuoso del disco –en el que todo, como he dicho, me parece más que sobresaliente– es la segunda serie completa de los Estudios, la Op. 25: una colección que, lo diré con claridad, nunca he escuchado tan magníficamente interpretada como aquí. Lo de menos es la siempre asombrosamente perfecta ejecución, sino que lo principal es la enormidad de Música, con mayúsculas, que Lang extrae de ellos (y no olvidemos, aunque algunos pianistas lo hacen, que están entre lo más original y hermoso compuesto nunca nunca por el polaco). Una muy buena señal es que no parecen estudios, es decir piezas en las que la dificultad de ejecución es crucial.
La fértil imaginación de Lang Lang le lleva a matizar en extremo, alejándose por completo de lo mecánico, estudios como por ejemplo los dos primeros o el Quinto, cuyo final es estremecedor, tremendo, genial (al menos Sviatoslav Richer, en su recital en el Barbican Hall en DVD, hacía algo parecido). Si alguien ha pensado que Lang evita el dramatismo extremo, se equivoca: escúchesele el tremendamente atormentado, mortalmente pesimista Séptimo, o la rebelde y tremenda conclusión del Décimo. En el Undécimo no sabe uno qué admirar más, si la alucinante ejecución o el fuego que lo devora. Y lo mismo ocurre con el último, un vendaval de fuerza y pasión. Un disco, pues, impresionante, y obligatorio para todo devoto de Chopin que se precie. (Deutsche Grammophon aprovecha para lanzar un CD Chopin de Lang Lang, pero me temo que no presenta ninguna grabación nueva).





sábado, 20 de octubre de 2012

Las Sinfonías de Beethoven por Karajan en EMI

 

Herbert von Karajan grabó su primer ciclo de las 9 Sinfonías de Beethoven entre 1951 y 1955, con la Orquesta Philharmonia. Antes, había llevado al disco para la misma compañía las Sinfonías 5ª, 8ª y con la Filarmónica de Viena.
Nunca he sido un gran entusiasta del Beethoven de Karajan (salvo algunas excepciones), y siempre he lamentado que miles de aficionados tengan en su casa como único ciclo sinfónico beethoveniano cualquiera de los tres que hizo para Deutsche Grammophon (los tres con la Filarmónica de Berlín).
La escucha –por primera vez completa– de estas doce sinfonías me reafirma en ello. En general, se detecta en ellas a un gran director mucho más que a un gran músico. Aun así, comparando mis calificaciones, es posible que, en conjunto, sea, por poca diferencia, el mejor (el menos decepcionante) de sus cuatro ciclos. No voy a entrar a hacer comentariosde todas las versiones, sino sólo a señalar algunos puntos: para ahorrarse un CD, EMI ha hecho verdaderas perrerías, como dividir cuatro de las Sinfonías en dos CDs diferentes y, lo que es colmo, partir el último movimiento de la de la Filarmónica de Viena de 1947 (9’52” en un CD y los restantes 14’58” en el siguiente). Las dos Novenas son, por cierto, junto a la Sexta, las más flojas de entre las doce: la de Viena cuenta con una maravillosa Elisabeth Schwarzkopf, un grandísimo Hans Hotter y un insufrible Julius Patzak (y en su intervención solo, los platillazos están totalmente salidos de madre, hasta lo insufrible). En la de la Philharmonia, de nuevo con el Coro de la Wiener Singverein (¡han mejorado mucho los grandes coros desde entonces!), el primer movimiento está bajo mínimos y la Schwarzkopf vuelve a estar maravillosa, ¡y nada apurada!
Tampoco en su primer registro se le dio bien, ni mucho menos, la “Pastoral”, la sinfonía beethoveniana que peor ha solido dirigir Karajan; aun así, es posible que sea mejor que sus tres siguientes grabaciones. Lo más notable del álbum son quizá la Octava (que baja un poco en el finale) y la Obertura de Coriolano, por no hablar de la interpretación más extraordinaria que he escuchado hasta la fecha del aria de concierto Ah! perfido, con una Schwarzkopf verdaderamente sensacional y un Karajan casi a su nivel. El aria de Fidelio, “Abscheulicher!” (grabadas ambas en 1954), en cambio, le viene muy grande a la soprano, a la que le falta por todos lados dramatismo (vocal, sobre todo).
Señalar, por último, que la Philharmonia tenía, ya en aquellos años, en mi opinión, un viento (madera y metal) que en nada tenía que envidiar a los de cualquier orquesta europea o americana, por no decir que no tenía parangón.
Como las grabaciones, monoaurales, son técnicamente malillas (EMI no solía ser la compañía que mejor grababa por aquellos años), el álbum, la verdad, no me parece en conjunto recomendable más que a quien quiera conocer a fondo la trayectoria del famoso (y, en otros repertorios, grandísimo) director. Eso sí, si pueden, busquen ese Ah! perfido, que está también en algún otro acoplamiento.





martes, 16 de octubre de 2012

Los Conciertos de “Beethoven para todos”: Barenboim con la Staatskapelle Berlin

 

Aparte de varias versiones aisladas, esta es la cuarta grabación de la serie completa de los Conciertos para piano de Beethoven a cargo de Barenboim: a 1967-68 se remonta la primera, con la New Philharmonia dirigida por Klemperer (EMI), ciclo que algunos críticos consideran el más grande en disco; en 1975 se los dirigió a Rubinstein con la Filarmónica de Londres, una grabación de RCA no muy conocida y sin embargo admirable (a distancia, el mejor ciclo llevado al disco por el enorme pianista polaco, tanto por él como por la batuta); en 1987 Barenboim los grabó por primera vez tocando y dirigiendo al tiempo, con la Filarmónica de Berlín y para EMI; finalmente, Medici Arts publicó en DVD y Blu-ray una toma en público (Bochum, Festival de Ruhr, 21-23 de mayo de 2007) las versiones de las que ahora Decca edita solo el audio, en esta colección “Beethoven para todos” que comenzó con las 9 Sinfonías y concluirá con las 32 Sonatas.

La evolución del intérprete a lo largo de cuatro décadas es notoria, pese a que se puede apreciar al tiempo un denominador común, que es una sintonía plena con el autor. Pero al Beethoven hondo, pensador y trascendente de 1968 (a lo que contribuyó no poco Klemperer, el más genial director entonces, pero que también se aprecia en las grabaciones de las Sonatas, EMI, de aquellos años) siguieron el añadido de otros rasgos de la personalidad del compositor, que no siempre era serio y profundo, sino capaz de gran ternura, de fino humor, incluso de picardía. Y estos otros aspectos aparecen ya más nítidos en 1987, y más aún en 2007.

Contra lo que algunos pudieran pensar, los Conciertos mejor tocados son estos últimos, pese a estar en público, pues el pianista de 65 años ha alcanzado una mayor flexibilidad en el fraseo, con una dinámica más sutil, una acentuación más rica y un sonido aún más depurado. Súmese a ello un aire más espontáneo, más de inspiración del momento, con hallazgos –¡siempre bien traídos!– más abundantes y creativos.

Mientras el Primer Concierto –creo que el que más veces ha tocado en público– es irresistible, con un final más scherzando que nunca, el Segundo es acaso la versión más extraordinaria que recuerdo; el Tercero, pleno de fuego y de pathos en el “Allegro con brio” y de introspección en el “Largo”, posee un rondó con tal libertad de fraseo, tal imaginación en la cambiante expresión de las diversas repeticiones del estribillo como no ha sido posible escucharlo antes o después (¡¿quién dijo que su técnica no es nada del otro jueves?!). El Cuarto es bastante sobrio y adusto: puede ser así, claro, pero mi interpretación favorita de las suyas es la de su concierto en público en Salzburgo 2010 con la Filarmónica de Viena, de un lirismo conmovedor (DVD/Blu-ray C Major). Y en el “Emperador”, el rondó le provoca un ataque en toda regla de pasión incendiaria al que sólo un genio de la interpretación es capaz de hacer frente con semejante riesgo y arrojo. ¿Qué intérprete actual es capaz de algo similar?

jueves, 11 de octubre de 2012

Espléndidas “Bodas de Fígaro” de Philippe Jordan y Giorgio Strehler en la Ópera de París

 


Bel Air ha publicado en DVD y Blu-Ray (este último ofrece una calidad técnica sin precedentes) unas Bodas de Fígaro filmadas en la Ópera de París en octubre y noviembre de 2010 que me han gustado globalmente mucho, casi diría que muchísimo. Aunque ya disponíamos de alguna interpretación de primerísimo orden (ahí está la de Böhm, D.G., con película en estudio de Ponnelle), ésta de Bel Air gana a todas en imagen y en sonido, la interpretación musical es espléndida y, la escénica se sitúa absolutamente a la cabeza de cuanto existe filmado. Así que la recomendación, según las prioridades de cada uno, deben estar claras.
Hace tiempo que me viene llamando la atención el talento de Philippe Jordan (n. Zúrich, 1974, hijo de Armin), no tan conocido como otros jóvenes –Yannick Nézet-Seguin, Andris Nelsons– pero tal vez no mucho menos dotado: ahí están su sensacional Doktor Faust de Busoni o su estupendo Tannhäuser (ambos DVD/Blu-Ray Arthaus). Aquí, con un enfoque absolutamente clásico, a medio camino entre la concepción apolínea de Böhm y el fuego y la teatralidad de Solti, logra en primer lugar una respuesta extraordinaria de la Orquesta (la institución ya le ha nombrado director musical), dando además una –rara hoy– lección de sensatez, y sin la menor tentación de excentricidades creativas, tan al uso también (además de emplear clavecín como continuo, no hay ni rastro de guiños a la marea de los instrumentos originales). La Obertura, por ejemplo, es sencillamente sensacional, como acaso no la haya escuchado mejor nunca (personalísimos y geniales klempereres aparte).
El punto más fuerte de la publicación es, en todo caso, la maravillosa y bellísima puesta en escena, con plena justicia todo un clásico, de Giorgio Strehler (1921-1997), autor también de la excelsa iluminación. Aparte de una soberbia y atentísima dirección de actores (a cargo de Humbert Camerlo), la escenografía de Ezio Frigerio y los trajes de Frigerio y su esposa, Franca Squarciapino, son la guinda del pastel.
Finalmente, el elenco ha sido seleccionado con raro acierto: sin haber cantantes estelares, los principales están más que bien, lo mismo que casi todos los secundarios. Mención especial para Ekaterina Siurina (Susana), Ludovic Tézier (el Conde) y Luca Pisaroni (Fígaro). Muy correcta Karine Deshayes (Cherubino) y con la voz ya un poco tremolante, pero sumamente musical, Barbara Frittoli (la Condesa). A destacar también la espléndida Barbarina de Maria Virginia Savastano, la inteligente y jugosa Marcelina de Ann Murray, e incluso el intachable Bartolo de Robert Lloyd (un cantante que casi nunca me ha gustado, y que aquí está a pedir de boca, también en su difícil aria). En cuanto al Basilio de Robbin Leggate, este tenor británico nunca ha llegado a pronunciar pasablemente el italiano.




lunes, 8 de octubre de 2012

La mejor Orquesta del mundo en todo su esplendor. Caja Solti de Sony (3 DVDs)


   

 

Lo que fueron en su día tres laser discs han sido vertidos ahora (¡por fin!) a DVD: podrían haber cabido en dos, pero bueno, bienvenida sea la publicación, que además está a un precio realmente muy, muy bajo (25,99 € en la FNAC; a El Corte Inglés aún no ha llegado). Se trata de tres conciertos de Sir Georg Solti y su Orquesta Sinfónica de Chicago en Tokio, en 1986 (Mozart, Mahler) y 1991. Es decir, en estos últimos estaba a punto de cederla a su sucesor, Daniel Barenboim. (El primer concierto tiene un contraste algo mermado entre claros y oscuros, lo que no ocurre en los dos siguientes. Pero el sonido en los tres DVDs es verdaderamente excelente: para disfrutar al máximo).
El primer DVD contiene una Sinfonía 35 “Haffner” de Mozart muy canónica, sin nada de particular. No es extraordinaria ni muy personal, pero sí rigurosamente impecable. Y sigue una sensacional Quinta de Mahler, para mí la más satisfactoria que le haya escuchado a Solti, uno de los grandes directores mahlerianos. Ligeramente más lenta, movimiento a movimiento, que la de su famosa integral (grabada en el Medinah Temple de Chicago en 1970), ésta sigue unos patrones no muy diferentes, pero sí está un poco más matizada y muestra un fraseo algo menos rígido. Es una interpretación implacable, de notable dureza, sin devaneos sonoros, de hondo sentido trágico y fatalista; lo que no impide un finale bastante optimista, o al menos lúdico. Cada vez lo tengo más claro: Mahler suele salir ganando con estos planteamientos sobrios, alejados de los excesos delicuescentes y hasta amanerados tan frecuentes en los últimos tiempos. Una de las grandes Quintas –no solo en DVD–, en suma. Y puede que la mejor tocada. Las Filarmónicas de Berlín y Viena, y otras grandes orquestas, la han tocado más o menos tan bien, pero ninguna otra posee un sonido tan esplendoroso y brillante: algo verdaderamente descomunal, sobre todo en lo que se refiere al metal. Menciones especialísimas al trompeta Adolph Herseth y al trompa Dale Clevenger. Resulta enternecedor ver en el rostro de Solti, al final del concierto, en medio de aplausos encendidos, la expresión de alivio de que las cosas han salido bien.
Si este fue sin duda el programa de un concierto, en el de la Obertura de Egmont y la Quinta de Beethoven falta alguna obra que se debió de tocar entre una y otra (¿?); sí se filmó la propina, la Marcha húngara de La condenación de Fausto de Berlioz. Esta versión de Egmont me gusta más que sus dos grabaciones anteriores: está dicha con algo menos de premura y me suena más sincera y profunda. Una de las grandes versiones de la extensa discografía de esta página. Esta Quinta beethoveniana no es tan violenta y arrolladora como la de su primera grabación, con la Filarmónica de Viena (1959), ni tan apolínea y perfecta –asombrosa, alucinantemente perfecta– como su última grabación con esta misma Orquesta (1988); es una aproximación bastante clásica que, para mi gusto, peca de cierta prisa y falta de personalidad en sus dos primeros movimientos, pero que remonta en los dos últimos. Es decir: una versión importante, aunque no una de las más grandes. Eso sí, de las mejor tocadas que puedan hallarse. La propina fue la bomba: la Marcha berliociana fue una exhibición tal de la Orquesta que deja atónito. ¡Los trombones son de otro planeta! ¡Qué animalada, en el mejor sentido! Rugidos de admiración al final.
Los Cuadros de una exposición son punto y aparte: después de una interesante introducción de Solti, tocando también el piano y con fragmentos de los ensayos orquestales (26 minutos en inglés, con subtítulos en francés y alemán), la ejecución en Tokio es mi favorita de cuantas versiones haya yo escuchado de esta partitura. A diferencia de otras que miran algo más a Ravel, ésta, sin dar la espalda al francés, procura sonar con un color más ruso. Las mejores orquestas del mundo han grabado una y otra vez esta obra, con resultados muchas veces asombrosos; pues bien, ¡nunca como aquí! La precisión rítmica y articulatoria que logra Solti, con algunos reguladores dinámicos y algunas acentuaciones de una seguridad y perfección que apabullan, culmina en los dos números últimos en una exhibición de potencia y belleza sonora como jamás se haya escuchado algo igual. La Sinfónica de Chicago no solo posee una cuerda de una perfección, belleza y maleabilidad inenarrables; las maderas son la repanocha (a un nivel solo escuchado antes en la Philharmonia de Klemperer). Pero el metal y la percusión... no, nunca se ha escuchado algo parecido. “La Gran Puerta de Kiev” tiene toda la monumentalidad y grandeza deseables, pero no hay nada de grandilocuencia, porque la pasión la envuelve por completo.
Es, en definitiva, una de las mayores exhibiciones orquestales que haya oído nunca, en ésta o en cualquier orquesta.





martes, 2 de octubre de 2012

Los diez mayores pianistas del siglo XX, según una curiosa encuesta

 

1º: Sergei Rachmaninov; 2º: Vladimir Horowitz; 3º: Sviatoslav Richter; 4º: Arthur Rubinstein; 5º: Emil Gilels; 6º: Alfred Cortot; 7º: Glenn Gould; 8º: Alfred Brendel; 9º: Wilhelm Kempff; 10º: Artur Schnabel
 

Las presencias


Hace poco la revista australiana “Limelight” (primera noticia...) ha publicado una encuesta, hecha entre pianistas, sobre quiénes son los diez más grandes pianistas del siglo XX. Estas encuestas me parecen, de entrada, poco fiables, y menos aún cuando los que son preguntados son “profesionales”. Si están bien escogidos, me fío más de los críticos y, más aún, de los buenos aficionados.
Extrañará a algunos esta desconfianza mía, pero tengo el precedente de que prácticamente todos los violinistas importantes a los que se les pregunta responden que el violinista más grande ha sido Jascha Heifetz. Y es que debe de ser que valoran la destreza técnica antes que el arte. No dudo en absoluto de aquélla en Heifetz, pero sí dudo, y mucho, de su talla artística. No exagero si digo que hay decenas de violinistas que me parecen mejores músicos que él.

  
Pues bien, volviendo a los pianistas, se ha hecho una selección en la que algunos nombres no me sorprenden nada: Vladimir Horowitz por su hipervirtuosismo y Wilhelm Kempff, pero no por su hipervirtuosismo, sino por su para mí inmerecida fama, que no hubiera sido posible de no ser alemán (¡menos mal que no está su compatriota Wilhelm Backhaus! ¡Uf!). Horowitz, que ante todo solía hacer gala, por encima de la música, de su fuerza y su velocidad, y Kempff, que ocasionalmente podía ser un distinguido artista, pero que solía ser más bien irrelevante (ahí están sus grabaciones de los ciclos de las Sonatas de Beethoven o Schubert).
Sobre Arthur Rubinstein, Sviatoslav Richter o Emil Gilels nada tengo que objetar. Sergei Rachmaninov fue muy importante en su tiempo, por ejemplo como intérprete moderno, visionario, de Chopin (de quien tan solo queda poco más de una hora de música grabada). Pero, por extraño que resulte, como intérprete de su propia música hoy tiene poco de modélico (escúchese su grabación de los Conciertos y la Rapsodia Paganini: nadie hoy osa parecérsele).
Alfred Cortot también fue un adelantado como intérprete de Chopin, pero tampoco su legado es tan imponente (¿tendrá algo que ver que había que incluir a un francés?). Porque, si hay alguien que ha rehabilitado y engrandecido la música de Chopin ha sido, en mayor medida que nadie, Rubinstein (no hay más que escuchar sus grabaciones de los años 30).
En cuanto a Glenn Gould, confieso que su Bach (el 90% de su actividad) no suele ser muy de mi agrado, aunque reconozco y comprendo que tenga sus incondicionales. ¿Fuera de Bach?: un Haydn superficial y un Beethoven -¡qué tres últimas Sonatas!- incalificablemente banales e hipermecánicas.
Alfred Brendel sí que creo que puede figurar entre los diez grandes, nada vamos a descubrir sobre él. Incluso Artur Schnabel, aunque tal vez su contemporáneo Edwin Fischer no tenga menores méritos.
 

Y las ausencias

Pero lo más significativo me parecen las ausencias: la de los, para mí, dos más grandes pianistas de la segunda mitad del siglo: Claudio Arrau, intérprete colosal de Beethoven, de Chopin, Schumann, Liszt, Brahms y Debussy. Pero debe de ser que como era chileno... Y el más grande intérprete de Mozart y de Beethoven (¡ahí es nada!), otro pianista nacido también, curiosamente, en Sudamérica, en Buenos Aires: Daniel Barenboim. Intérprete no precisamente desdeñable de Bach, de Schubert, Chopin, Schumann, Liszt, Brahms, Debussy o Bartók... Pero, claro, es también director (para algunos, ni una cosa ni otra) y no es el típico virtuoso. ¡Qué más da que sea un músico como la copa de un pino, que en nada envidia en esto a los más ilustres nombres de la lista!

 
No menos sorprendente que estas dos es la ausencia de Maurizio Pollini, que para mí es dudoso que debiera figurar entre los diez, pero que es quizá, en España y en otros países, el más reputado. O la del también mítico Arturo Benedetti Michelangeli.
Más necesaria aún me parece la presencia entre los diez de Krystian Zimerman y de Evgeny Kissin. Pero tienen solo 55 y 40 años. ¿Será por eso por lo que no están...?












lunes, 1 de octubre de 2012

Daniele Gatti dirige Brahms con la Filarmónica de Viena en Ibermúsica

 
Ibermúsica ha comenzado su temporada con las 4 Sinfonías de Brahms a cargo de la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Gatti. Director del que no he escuchado mucho, y bastante irregular por cierto. Pues bien: algunas personas de cuyo gusto musical me fío me dijeron que en el concierto del 27 de septiembre la Tercera les pareció espléndida, y realmente magnífica la Primera. Antes del concierto al que asistí, el día 28, me pudieron parecer algo desmesurados esos juicios, pero en la Segunda y la Cuarta pude constatar que no debieron de exagerar, no. Porque ya en la Segunda Gatti dejó clara una especial afinidad y un gran amor hacia Brahms, que sonó cálido, ardiente, amoroso pero también dramático, surgió y se desarrolló con plena naturalidad y sonó bellísimo. Solo el “Allegro con spirito” final bajó un poco el nivel de lo que escuchábamos, por culpa de algún desajuste y de cierta pérdida de transparencia. A destacar el asombrosamente bien tocado solo de trompa al final del primer movimiento: ¡uno de los mejores trompas que haya escuchado jamás en una orquesta!
La Cuarta fue aún superior, en realidad una de las mejores interpretaciones que recuerde, en concierto o en disco, y creo que no exagerar. Además, me gustó particularmente la urgencia, la rabia y la desesperación de la coda conclusiva, sin la menor opulencia o grandilocuencia, esa que empaña –para mi gusto personal– tantas y tantas interpretaciones.
Capítulo aparte es el de la orquesta. Pocos días antes, un amigo me reiteraba por enésima vez que la Filarmónica de Berlín es para él la orquesta de las orquestas. Pues bien, recordándolo durante el concierto, me dije a mí mismo que yo, para esas obras, no la cambiaba por la de la capital alemana. Su especial sonoridad, de una calidez y belleza impar, es además ideal para Brahms y en particular para las Sinfonías pares del hamburgués. Gatti, aparte de ser evidente que gozaba como un enano escuchando cómo sonaban los vieneses, resaltó en el logradísimo empaste la presencia de las trompas, lo que me resulta ideal.
Un gran concierto, de esos que recordaré, de una orquesta maravillosa (¡una de las pocas que sigue conservando su personalidad!) con un director no demasiado conocido, pero capaz a veces de grandes cosas.
(Una anécdota: en el intermedio, un amigo me sopló unos comentarios que acababa de escuchar a varios músicos de la OCNE: “¡pues no es para tanto esta orquesta!”... Comentarios similares a otros que yo mismo había escuchado en otras ocasiones, referidos igualmente a una gran orquesta, muy superior a la de los músicos que lo afirmaban. ¡Típico!)