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miércoles, 25 de mayo de 2011

“Lulu” de 1980 y “Elektra” de 1994 en DVD, dos fiascos de Levine en el Met

Han llegado a mi poder dos DVDs con sendas funciones en el Met, que son exponentes claros de cómo repartos más o menos estelares –bastante uno y mucho el otro– pueden dar lugar a representaciones fallidas. Ambas dejan, por motivos no del todo coincidentes, mucho, muchísimo que desear. Pero, eso sí, el éxito –furibundo en la ópera de Strauss– les acompañó.

Los responsables del Met, tan aficionados como han sido durante años y años, sólo a montajes tradicionales y a elencos de impacto, produjeron en estas ocasiones, en mi opinión, dos bodrios de la mano del para ellos “insustituible” todoterreno James Levine. Corresponsable en ambos casos del fiasco.

En Lulu anda perdidísimo: allí no se puede reconocer a Alban Berg, el galimatías está garantizado, pues la partitura es intrincada como pocas. Quizá no fue ensayada lo suficiente, pero lo cierto es que hay muchos momentos casi irreconocibles. Y cuando se pone en plan “expresivo” (así, en el impresionante Interludio entre los cuadros II y III del Acto I), aquello sigue sin sonar a Berg, sino todo lo más a La ciudad muerta o algo así... El reparto fue en extremo desigual: sólo se salva Kenneth Riegel, soberbio Alwa, y, en parte, Evelyn Lear (antes notable Lulu, con Böhm) como Condesa Geschwitz. Pero ni Franz Mazura, en alguna ocasión (Boulez) correcto Dr. Schön, aquí muy disminuido en lo vocal y muy pasado de rosca, ni Julia Migenes Johnson, Lulu que bien poco aporta (aparte de su físico) y que suena fuera de estilo y chillona en una tesitura agudísima para ella. La mayor parte de los restantes cantantes, flojísimos: Andrew Foldi como Schigolch, Frank Little como Pintor y Príncipe árabe, Lenus Carlson como Domador y Atleta, Nico Castel como Príncipe, Sirviente y Marqués, etc.

La escena, totalmente convencional, a cargo de John Dexter, no está mal planteada, pero falla estrepitosamente por la nula dirección de actores, que convierten el drama en algo nada creíble.

Con un reparto mucho más espectacular, diría que Elektra fue aún peor. La dirección (es un decir) de Levine es tan errada (¿dónde está Strauss?) como efectista, a timbalazo limpio dado sin ton ni son (¡para mandar al destierro al percusionista!). De lo peor que le he escuchado jamás a Levine, y créanme que tengo en bajísima estima muchas de sus actuaciones. Cuando grandes cantantes se ponen en el plan en el que estuvieron Hildegard Behrens (Electra) y Brigitte Fassbaender (Clitemnestra) esa noche, créanme que los detesto. Y conste que admiro muchísimo a estas dos señoras. Behrens estaba casi sin voz (tenía 57 años), y no hace más que trampear, escaquearse y, de vez en cuando, gritar, además de no actuar nada en absoluto o sobreactuar a lo bestia. Mejor de voz estaba la Fassbaender, pero hace exactamente lo mismo que Behrens, para ocultar que es un papel mucho más dramático de lo que puede alcanzar su voz (en todo caso, con Abbado en el DVD, con la misma carencia de dramatismo vocal, está mucho mejor): ¿dónde estaba el director de escena, Otto Schenk? Quiero creer que no estaría, porque si no, peor aún. Por lo demás, quitando este “detalle” de que dejó despendolarse a sus cantantes, me parece una propuesta sensata y eficaz.

En medio de aquel despropósito, sobresalió hasta el paraíso la Crisotemis de Deborah Voigt, voz maravillosa en absoluta plenitud, que no hubo de recurrir a exageraciones de ningún tipo (y tampoco su corpulencia le hubiera permitido hacer cosas raras actuando). Muy gastado Donald McIntyre como Orestes, y aún audible James King como Egisto. El culto a los grandes cantantes, aunque hubieran dejado de serlo, dio lugar a una salva de aplausos enloquecidos (a veces me avergüenzo de ser operófilo...). También muy fuertes para Levine (los que aplaudían así ¿habrán escuchado, aunque sea en disco, a Böhm, a Solti, a Barenboim o a Sinopoli?)...

domingo, 22 de mayo de 2011

Sensacional Tosca de Emily Magee, espléndido Mario de Jonas Kaufmann y patinazo de Robert Carsen

La Tosca en DVD que acaba de publicar Decca merece la pena por las interpretaciones de Emily Magee y, en menor medida, de Jonas Kaufmann y del director musical Paolo Carignani. Pero no, en absoluto, por el Scarpia de Thomas Hampson, y tampoco –para mi gusto– por la propuesta escénica de Robert Carsen.

Creo que este imaginativo y brillantísimo director de escena no ha estado aquí muy acertado que digamos. En una producción para Amberes de 1996, repuesta ya en el Liceu y aquí en la Ópera de Zúrich el año 2009, apenas ha realizado aportaciones al soberbio (¡por una vez!) libreto, y las que ha hecho no resultan en general muy convincentes; la acción se traslada al siglo XX, a un teatro, con lo que demasiadas cosas no cuadran, y no sé qué se gana con ello: al final del acto I, en un Te Deum que no se sabe qué pinta allí, ni por qué el coro son los espectadores, Tosca, la gran diva, es izada en un trono que es un resplandeciente sol. Luego, cuando Scarpia (¿qué pinta allí el

feroz y lúbrico jefe de la policía?) se enfada con Tosca porque no canta el paradero de Angelotti, rasga sañudo con un puñal el lienzo que está a medio pintar por Mario; es, claro, el puñal con el que Tosca asesinará a Scarpia: bueno, puede no estar mal esta idea.

Pero son pocos los verdaderos hallazgos de esta producción: entre ellos –si fue Carsen el primero en proponerlo; no lo sé– que Mario está convencido (a diferencia de Tosca) de que lo van a matar de verdad, lo cual me parece muy consistente y quizá más creíble que lo habitual. Lo que sí encuentro espléndido es una inquietante iluminación y una notable dirección de actores.

La dirección musical de un poco conocido Paolo Carignani me ha agradado: tiene garra y sentido dramático, si bien en algún momento del acto III resulta quizá demasiado sentimental. Obtiene un buen rendimiento de los conjuntos de la Ópera de Zúrich: mucho mejor que los que suele el anodino Franz Welser-Möst.

Lo mejor de la versión es para mí la protagonista que encarna Emily Magee, una soprano a la que le había perdido algo la pista, tras aquellos estupendos comienzos como lírica ancha (Elsa, Eva, Condesa y Desdemona a fines del siglo pasado en Berlín con Barenboim, en CD las dos primeras y en DVD las otras dos). Ahora muestra su voz en plena madurez, más ancha y firme, de densa y bella pasta, con graves llenos y agudos seguros, vibrantes, impactantes (y de impecable afinación). Además, es excelente intérprete y actriz en un papel al que es dificilísimo hacer creíble. Dudo mucho que haya hoy una Tosca que le haga sombra.

Tras un comienzo de “Recondita armonia” que hacía presagiar lo peor, Kaufmann encarna un Mario sobrecogedor por su verdad y su fuerza, con agudos poderosos y magníficos. Ante tal demostración de arte, me importan mucho menos ciertos sonidos nada ortodoxos, sobre todo cuando apiana: es un cantante que, sin duda, gana mucho en escena frente al disco.

Hampson muestra una vez más que no se entiende nada bien con la ópera italiana, y aquí la voz es de todo punto insuficiente: posee considerable volumen, pero esto no oculta su falta de solidez y dramatismo. Sobreactúa y no me convence, ni me lo puedo creer –ni siquiera como actor– salvo aquí y allá. Lástima.

La Tosca en DVD más lograda es la de Malfitano, Domingo, Raimondi/Mehta, filmada en los escenarios originales y a las horas en que transcurre la acción. Distribuida, por fin, en nuestro país (tiempo después de que saliese en Italia), los linces del marketing han decidido publicarla sin subtítulos en español, por lo que en un caso como éste han reducido sus posibilidades de venta al 10% de su potencial. Allá ellos.