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martes, 10 de mayo de 2011

Cómo me ayudaron (y me entorpecieron) en mis primeros años a comprender la música


Cuando en mi infancia empezaba yo a interesarme con todas mis fuerzas por la música clásica, allá en el Jaén de principio de los sesenta, apenas encontré quien me encaminase; no tuve más ayuda que algunos libros de música y biografías de unos pocos, muy pocos, compositores: libros a menudo anticuados, con opiniones hoy en muchos casos proscritas. Cuando por fin, recién cumplidos los 18 años, pude trasladarme para estudiar a Madrid, logré pronto entrar en contacto con varios melómanos, algunos de los cuales me ayudaron bastante, permitiéndome escuchar grabaciones que en muchos casos me resultaron fascinantes, enseñándome a distinguir unos instrumentos de otros, etc.

Soy consciente, desde hace muchos años, de lo mucho que tengo que agradecerles, pero también he sabido después que me inculcaron (o, en algunos casos, sólo lo intentaron: sin éxito) opiniones con respecto a ciertos compositores y obras que he tenido que desmontar, a veces después de considerable tiempo y trabajo.

Voy a referir solamente algunos de estos despropósitos (estoy convencido de que lo son) de los que he tenido que librarme: una de las personas que más me enseñó me hizo creer que Haendel era infinitamente inferior a Bach, que Haydn era un pigmeo frente a Mozart, que Beethoven tenía bastante de vulgar, de plebeyo y efectista, que Schubert era un compositor muy de segunda fila, que Rossini lo era de tercera o cuarta, que Chopin era un cursi de salón y un compositor vacío, puro ornamento, que Bruckner era una nulidad frente a Brahms, que Verdi era infinitamente inferior a Wagner, que Puccini y Rachmaninov eran unos decadentes pasados de moda, que Ravel es un mero epígono, muy inferior, de Debussy, que la gran música se había acabado con Richard Strauss, porque los de la Segunda Escuela de Viena eran poco menos que unos degenerados...

Esto en lo que se refiere a compositores. Pero hubo algo mucho peor, y que se refería a la música en general: que la música barroca valía menos que la del clasicismo, ésta menos que la romántica, la romántica menos que la de los que escribieron en la primera mitad del XX para gran orquesta. Porque, según esta lumbrera que quiso incrustarme sus ideas, una obra orquestal siempre será mejor que un cuarteto de cuerda, porque con cuatro instrumentos no se puede ir tan lejos como con una orquesta de cien músicos. ¡O sea, que cualquier Cuarteto de Beethoven no vale un pimiento frente a cualquiera de las Sinfonías de Shostakovich!

En fin, que no sé cómo he logrado superar tantos despropósitos y llegar a gozar de Haydn tanto como de Mozart, a idolatrar a Schubert, a Chopin o a Bruckner, las Sonatas para violín o cello de Brahms, los Cuartetos de Dvorák, el Quinteto de Schumann...

2 comentarios:

  1. Hombre, varias sinfonías de Shostakovich son grandes obras, especialmente las que vienen cargadas de retranca. Incluso las más epidérmicas son portentosos ejercicios orquestales.

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    1. Sí, algunas Sinfonías de Shostakovich (1º, 5ª, 6ª, 8ª, 9ª, 10ª) me gustan bastante o hasta mucho; pero ninguna muchísimo, si le soy sincero. Reconozco mi incapacidad de entender a fondo las tres últimas, tan elogiadas por algunos expertos. Ahora bien, a otras... de poco les sirve, en mi opinión, estar bien escritas y muy bien orquestadas.

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