Follow by Email

viernes, 28 de noviembre de 2014

La música rusa ¿mejor por intérpretes rusos?

 

Aldo Shea contesta a un texto, que colgué en este blog el 6 de febrero de 2010, titulado “Mravinsky: ¿un director sobrevalorado?”. Comentario que he colgado y que dice, entre otras cosas: “Yo soy un convencido de que las composiciones de músicos rusos los que mejor las interpretan son las orquestas y directores rusos”. “De la misma manera para la música alemana o francesa; en ese aspecto Wilhelm Furtwängler manifestaba que ‘los músicos son hijos del paisaje’; es como cuando uno ve bailar el tango por un yanqui o europeo, nada que ver”.

Y me ha recordado de inmediato lo que hace años me dijo otro melómano, casi con las mismas palabras, sobre la música rusa. Al que acababa de decirle que mi versión favorita de la Sinfonía “Patética” era la de Bernstein en DG, que entonces llevaba poco tiempo publicada. Él me dijo que no la conocía, pero aun así sentenció que “solamente un director ruso podía hacer plena justicia a esa obra”. Discutimos largo y tendido, y yo le decía que puede que los directores españoles entiendan mejor que cualquier extranjero la música de Falla, por lo que tiene de inspiración en el folklore, pero que la música universal de Tchaikovsky, a la que sin duda pertenece la última partitura tchaikovskiana (y no estoy diciendo que la de Falla no sea universal, sino que esta suele ser más localista por sus raíces folklóricas), puede ser igualmente bien comprendida por un director alemán, norteamericano o japonés. Aquel amigo se negaba en redondo a que eso pudiera ser así, pero entonces yo le desafié diciéndole: “Te voy a grabar cuatro o cinco versiones, todas buenas, de la ‘Patética’, de las que unas serán rusas y otras no. Por supuesto, tendrás que averiguarme cuáles son rusas y cuáles extranjeras. ¿Qué te parece?” Por supuesto, no se atrevió a someterse a esa prueba.

Aldo Shea afirma también que “las orquestas profesionales tocan muy bien siguiendo la partitura, pero tomemos el caso de Tchaikovsky: las interpretaciones históricas norteamericanas después de la guerra, cuando surgieron muy buenas orquestas por el receso de Europa, eran un Tchaikovsky meloso, vulgar, poniendo énfasis en la melodía y el romanticismo, pero Tchaikovsky es trágico y lúgubre en ocasiones y aun en su hermosa música de ballet se nota una belleza con un resabio de tristeza”. Pero esto ya es otro asunto: muchos directores extranjeros podrán estar despistados haciendo ese Tchaikovsky empalagoso, etc., como también lo hace algún que otro ruso: eso, creo, tiene poco que ver con su nacionalidad o su origen.

Le podría poner multitud de ejemplos: el hindú Zubin Mehta suele dirigir maravillosamente Verdi y Puccini; el británico Barbirolli borda El Mar de Debussy, Otello de Verdi, Madama Butterfly de Puccini, Peer Gynt de Grieg, las Sinfonías de Sibelius o Pelleas y Melisande de Schoenberg. ¿Quién ha superado, después de Furtwängler el Brahms de Bernstein y de Giulini? ¿Quiénes son los más grandes intérpretes de las Sonatas de Beethoven sino dos hispanoamericanos: Arrau y Barenboim? ¿Qué alemán o austríaco se les acerca? ¡No, desde luego, Backhaus o Kempff! ¿Hacía falta que Celibidache fuese austríaco para dirigir así su excelso Bruckner? ¿Tuvo algún problema el norteamericano Lorin Maazel para hacer un Mahler y un Richard Strauss eminentes? ¿Superan los austríacos el Schubert del ucranio Sviatoslav Richter, de la ciudadana de Tiflis, Georgia, Elisabeth Leonskaja o del argentino Barenboim? ¿Hacía falta que Colin Davis fuese compatriota de Haydn para dirigirlo tan maravillosamente? ¿Quién interpreta mejor los Cuartetos de Beethoven, el Cuarteto Amadeus o el de Tokio? Etcétera, etcétera, etcétera.

No, no puedo estar de acuerdo con esa opinión de Aldo Shea.

sábado, 22 de noviembre de 2014

La “Octava” de Bruckner de Barenboim con la Staatskapelle Berlin: ¿disco orquestal del año?


    
 
Con desesperante lentitud va publicando Accentus en DVD y Blu-ray las seis últimas Sinfonías de Bruckner por la Staatskapelle Berlin y Daniel Barenboim. Por fin le ha tocado el turno a la Octava (¡ya sólo queda la Novena, y tras ella el álbum con las seis, se supone que a un precio mucho más bajo que comprándolas por separado!) y, la verdad, la espera se ha visto muy recompensada. Porque me parece una de las versiones más admirables de cualquier sinfonía de Bruckner que haya escuchado. Por suerte se trata, además, de la edición Haas (segunda versión, 1887-90). En una serie de recreaciones magistrales todas ellas, ésta es, en mi opinión, la más destacada desde que dio comienzo la serie que arrancaba con la “Romántica”. Filmada con público en la Philharmonie de Berlín el 26 de junio de 2010 (¡entre el 20 y el 27 hicieron las seis! ¡Menudo tour de force para la Orquesta y su director!) Me imagino, además, que no ha habido opción a hacer correcciones en caso de que se hubiera producido algún fallo en alguna trompa o trompeta..., puesto que cada una de las sinfonías fue interpretada una sola vez (no debió de producirse ningún error muy perceptible).

¿Cómo es la interpretación? A la vez lírica y trágica, introspectiva y expansiva, inmensamente emocionante y apasionada. Rigurosa (la arquitectura se hace palmariamente visible) y a la vez libre (agógica flexible, tan lógica y motivada, tan sutilmente resuelta que hay que hacer un especial esfuerzo de atención para apreciarla), con una planificación de las tensiones que solo la puede proporcionar una sabiduría y lucidez extraordinarias. Expuesta con asombrosa diafanidad, tocada con enorme concentración y entrega por los músicos, la ejecución orquestal es sencillamente pasmosa. Seguramente la Staatskapelle es inferior a la Filarmónica de Viena, a la de Berlín o a la Sinfónica de Chicago, pero aquí músicos y director consiguen que nos olvidemos de todas ellas y nos dejamos llevar enteramente por una belleza de sonido gloriosa, un pasmoso empaste organístico. No sabe uno qué admirar más, si la cálida, aterciopelada y envolvente cuerda, si las muy destacadas, casi incesantemente audibles maderas, o el robusto metal, de impactante sonoridad. Y sería injusto no citar la impresionante actuación de una jovencísima primera trompa cuyo nombre no he logrado encontrar.

Con respecto a sus anteriores grabaciones (Chicago Symphony, DG 1981 y Berliner Philharmoniker, Teldec 1994), Barenboim parece haber acentuado la tensión en el Adagio, que va cobrando, desde un comienzo reposado, reflexivo y profundo, una intensidad casi insoportable hasta culminar en el clímax más sobrecogedor que recuerdo en cualquier versión grabada o filmada, un clímax muy prolongado que descarga tal tensión que te deja sin resuello (un momento, el de la culminación de este genial movimiento, que muchas veces, incluso en manos de grandes directores, me deja insatisfecho). La coda del finale, a veces criticada en sus versiones de 1981 y 1994 por su excesiva premura (como él mismo ha explicado en alguna ocasión, para huir de la molesta grandilocuencia demagógica de algunas versiones) creo que recobra aquí un justo término medio entre empuje y grandiosidad. Al final, con los músicos visiblemente exhaustos, ¡delirio desatado del público!

Contamos ya en DVD con tres interpretaciones mayúsculas de esta obra: la de Karajan con la Filarmónica de Viena para DG (1979) y Celibidache con la de Múnich (Sony 1990). La de Barenboim es la única que se distribuye también en Blu-ray y es, claro está, con diferencia la que mejor se ve y la que mejor suena de las tres, a distancia. La realización, de Andreas Morell (director) y Paul Smaczny (producer), es ejemplar. Escuchar en estas superlativas condiciones técnicas una interpretación maravillosa de una de las sinfonías más admirables de la historia es un disfrute que no tiene nombre.



lunes, 17 de noviembre de 2014

Dos músicos llamados Evgeny Kissin: recital en Ibermúsica

 


Ayer, domingo 16 de noviembre, dio Evgeny Kissin su esperado recital para Ibermúsica. ¿Qué digo: un Kissin? ¡Dos!: el que interpretó (es un decir) la Sonata 21 “Waldstein” de Beethoven y el que interpretó (¡ahora sí!) todo el resto del programa: Prokofiev, Chopin y Liszt. Las Sonatas de Beethoven y la “Waldstein” en particular tienen un largo historial de despropósitos, al verse convertida en pieza de mera exhibición virtuosística cuando es una partitura de una belleza y hondura musical excelsas. Esto fue lo que le ocurrió a Kissin Primero de Moscú: se dejó llevar por la velocidad y convirtió el primer movimiento en un churro. Sólo hubo frases, muy aisladas, que dejaban entrever a un artista. Sí apareció éste en el brevísimo Adagio molto, pero ya el mágico arranque del Rondó resultó romo, sin el menor misterio ni elevación: este movimiento acabó siendo casi tan pedestre como el primero. Ya escuché hace años cómo nada menos que Krystian Zimerman también dejó reducida esta misma Sonata a bien poca cosa, pero lo de Kissin de ayer fue bastante peor, más triste y más inexplicable. Aseguro, y creo que no exagerar, que en el Concurso de Piano de Jaén he escuchado la “Waldstein” varias veces más o menos tan bien tocada y mucho mejor interpretada, a pianistas desconocidos de los que nunca más he vuelto a saber nada. (Creo que si Kissin escuchase esta Sonata a Arrau o a Barenboim no volvería a destrozarla como ayer, o incluso no volvería a abordarla, como hizo Rostropovich con el Concierto de Elgar después de escuchárselo a Du Pré).

Tras este destrozo (¡que fue sólo circunspectamente aplaudido: hasta el más bien ignorante público se dio cuenta!), salió al escenario otro pianista, de aspecto parecidísimo al anterior, que demostró en su interpretación de la Cuarta Sonata (“de viejos cuadernos”) de Prokofiev, una de la menos conocidas de su autor, que no es una partitura menor dentro de sus serie, como se suele opinar, sino una obra de potencia, rebeldía y aire amenazador inesperados: el Andante assai deja de ser un tiempo lento tranquilizador, y en el tercero atiende a la perfección, con dedos de acero, la singular indicación Allegro con brio, ma non leggiero. Kissin Segundo de Moscú hizo una auténtica creación de ella, dejando en evidencia a los pianistas (¡no sé si a todos!) que la han llevado al disco.

El pianista de toda la segunda parte siguió siendo Kissin Segundo. Los tres Nocturnos de Chopin, aun con ciertas leves desigualdades, evidenciaron al Artista: sobrio pero tremendamente poético el Op. 9/1, lo mismo pero algo entregado al virtuosismo en ciertas frases digamos ornamentales el Op. 9/3, y muy potente y dramático el Op. 48/1, si bien el aterrador clímax no estuvo del todo bien preparado, no consiguiendo hacerlo inexorablemente necesario.

La seis Mazurcas que siguieron mantuvieron esa sobriedad marca de la casa que no destierra el amable, encantador aire danzable. Pero las alejó todo lo razonablemente posible de la música de salón en las que, por su apariencia, se las suele encuadrar. Me gustaron especialmente la Op. 7/2 y, sobre todo, la última de las que programó, la Op. 41/1. El programa se cerró con una asombrosa, alucinante ejecución de la Rapsodia húngara No. 15 “Marcha Rakoczy” de Liszt, en la que el virtuosismo inevitable no tuvo nada de “huero o superficial”, sino que se elevó a “trascendental”, como escribía Luis Gago en sus estupendas notas.
Ofreció dos propinas: una maravillosamente melancólica y elegante lectura del Vals Op. 69/2 de Chopin y una fulgurante, increíble, del Segundo Estudio basado en Paganini (Andantino capriccioso) de Liszt. Kissin Segundo es, en suma, no sólo un pianista apabullante, sino también un gran Artista. Así, con mayúscula. (P.D.: Me dicen Luis Gago y Pedro González Mira que me perdí una tercera propina: la Marcha de El amor de las tres naranjas de Prokofiev. Lo siento. Había quedado y llegaba muy tarde a mi cita).





sábado, 15 de noviembre de 2014

Estupendo “Falstaff” en Blu-ray: Mehta con Maestri y la Filarmónica de Viena en Salzburgo


          
 
Representación filmada en la Haus für Mozart de Salzburgo en agosto de 2013, este DVD/Blu-ray del sello EuroArts aporta ¡por fin! una versión de la última ópera de Verdi con alta calidad técnica, además de artística. Desde luego quede claro que la imagen y el sonido son, en el Blu-ray, una vez más, extraordinarias. La versión cuenta además con al menos tres bazas importantísimas: la orquesta, el director y el intérprete del rol titular. El temperamental Zubin Mehta, con 77 años en el momento de la grabación, tiene ahora de la maravillosa partitura una visión más madura y refinada, mostrando sus innúmeras sutilezas, la extraordinaria finura de su orquestación y muchas otras cualidades antes que su incisivo brío (Bernstein en audio, Solti en DVD), su chispa y comicidad (Karajan I) o incluso su amargura (Giulini), aunque por supuesto ninguna de esas características tan destacadas por otros colegas son ignoradas.

El Coro Philharmonia Wien hace un espléndido trabajo, mientras que la actuación de la Orquesta es inmejorable, por su belleza sonora, su tersura, su riqueza de colorido, su extraordinaria precisión. Cuarta grabación por este excelso conjunto, puede afirmarse que ninguna otra, ni siquiera la Philharmonia de Londres o la Filarmónica de Berlín resultan tan satisfactorias: es sin duda uno de los grandes placeres que proporciona la esta escucha de este Falstaff.

El equipo de cantantes es casi redondo: Ambrogio Maestri es el Falstaff de nuestro tiempo. No sólo la voz es hermosa, sino que canta muy bien y con inteligencia, y sobre todo encarna un personaje que conoce muy a fondo y del que obtiene todos los pliegues imaginables. Habría que remontarse a Fischer-Dieskau (en su memorable grabación con Bernstein) para hallar a alguien aún más asombroso. Por si fuera poco, Maestri da a la perfección el tipo de fatuo y simpaticote gordinflón, sin necesidad de rellenos.

Ninguna de las restantes versiones en DVD se libra de alguna debilidad en el reparto, mientras ésta es convincente en todos los papeles principales (sólo podría achacársele que los intérpretes de Cajus –Luca Casalin– y Bardolfo –Gianluca Sorrentino– poseen voces feúchas, lo que tampoco es grave en papeles de dos tipos bastante ridículos): porque Fiorenza Cedolins es una Alice mejor que impecable, Elisabeth Kulman una Quickly a pedir de boca, y otro tanto puede decirse de Stephanie Houtzeel (Meg) y de la deliciosa Eleonora Buratto (Nannetta).

En cuanto los dos principales papeles masculinos restantes, dos aciertos plenos: por fin Javier Camarena no es un blando, melifluo o casi femenino Fenton, sino que su voz lírico-ligera es bellísima y canta con gusto irreprochable, calor y vigor: una maravilla, que confirma a este tenor como un fuera de serie. Y el Ford de Massimo Cavalletti (que atrajo mi atención un par de años atrás como Paolo en el Boccanegra de Barenboim en blu-ray) es un barítono lírico, adecuado para varios verdis, de hermoso timbre y extraordinaria seguridad en el agudo (el temible La bemol de su aria).

La escena, a cargo de Damiano Michieletto, que transcurre en un asilo de ancianos de clase alta en dos diferentes momentos temporales, me ha acabado pareciendo muy convincente. Y me parece que, pese a los prejuicios que pueda despertar, disgustará a pocos operófilos. La edición posee ¡menos mal! subtítulos en castellano.





lunes, 10 de noviembre de 2014

“I Masnadieri” de Verdi y “Rienzi” de Wagner en Blu-ray

 
Un espléndido director verdiano: Nicola Luisotti
Hace poco he adquirido sendas filmaciones de estas dos poco frecuentes óperas, primerizas de sus respectivos compositores. Las versiones son suficientemente interesantes en dos títulos en los que hay bien poco donde escoger. Hay que recordar que I Masnadieri, estrenada en Londres el año 1847, a pesar de no hacer justicia a Die Räuber (Los bandidos) de Schiller en la que se basa, y a pesar de sus innegables altibajos musicales, es uno de los títulos más estimables de su primera época. Recordemos que en CD hay una estupenda versión: Caballé, Bergonzi, Cappuccilli, Raimondi, Coro Ambrosian, Orquesta New Philharmonia, Gardelli (Philips 1975).

La presente en imágenes, pese a ser notable, queda ciertamente lejos de ésta: es más bien imposible que otra cosa hallar una Amalia o un Carlo como aquéllos. No obstante, la venezolana Lucrecia García (n. 1986), que perfeccionó su formación en la Escuela Reina Sofía de Madrid, posee una voz importante que la acerca a lo que precisa ese endemoniado papel: una soprano drammatica d’agilità, algo que escasea en extremo. Aunque está un poco verde, resuelve las tremendas dificultades con apreciable solvencia. Aquiles Machado ha adelgazado tanto que está desconocido. Tras un comienzo flojo y tambaleante, se va afirmando conforme avanza la representación (Teatro San Carlo de Nápoles, ¿2011 o 2012?) y casi salva el personaje, cierto que con no pocas deficiencias (ahora, por desgracia, no puede pedirse mucho más: si otros tipos vocales están bien o muy bien servidos, el tenor verdiano casi no existe).

Mejor el bajo Giacomo Prestia, voz robusta y profunda más que bella o noble, como Massimiliano, y destacando quizá por encima de todos el notable Artur Rucinski como Francesco. Habrá que estar atento ante este cantante, pues tampoco abundan precisamente los barítonos verdianos. Correctos Massimiliano Chiarolla como Rolla y Dario Russo como Moser, pero impresentable el Arminio de Walter Omaggio: una elección incomprensible. Discreto el Coro y algo mejor la Orquesta del Teatro San Carlo. La dirección musical de Nicola Luisotti, totalmente en estilo del joven Verdi, encendida y un punto (intencionadamente) ruda, es lo mejor de la función, que goza (es un decir) de una puesta en escena –a cargo de Gabriele Lavia– difícil de calificar. Yo me abstendré de hacerlo, si bien creo que horrenda no es.


          

…Y otro excelente director infravalorado: Pinchas Steinberg
Tampoco, no hay que engañarse, es Rienzi, el último de los tribunos (Dresde, 1842) una ópera importante. El único morbo es el de conocer los comienzos de quien sólo poco después daría el salto hasta una obra maestra: El holandés errante. No sé si alguna vez se habrá interpretado completa (al parecer alcanza las cinco horas), lo cierto es que aquí, en esta representación (Toulouse, 2012) está (convenientemente) cortada hasta quedarse en un poco menos de tres horas. Aun así, y que Wagner me perdone, se hace larga, pues la música, grandilocuente y exaltada sin cesar (casi todo el tiempo forte o fortissimo), muy en el estilo del insufrible Meyerbeer, vale bastante poco, salvo la magnífica obertura, la bella y sentida Plegaria de Rienzi al comienzo del Acto V... y muy poco más.

La presente interpretación (Toulouse 2012) tiene un valor muy llamativo: la sensacional dirección del neoyorkino de origen germano-israelí Pinchas Steinberg (n. 1945), hijo de William (1899-1978) y uno de los directores más infravalorados de nuestro tiempo. Baste lo que voy a afirmar con toda rotundidad: jamás he escuchado obtener un rendimiento tan alto de la Orquesta Sinfónica de Madrid como cuando él dirigió La mujer sin sombra (comprometidísima partitura para la orquesta donde las haya) en el Teatro Real (2005) o cuando, creo que el año siguiente, hizo en el Auditorio Nacional los seis poemas sinfónicos de Mi País de Smetana. Pues bien, aquí ya la obertura es extraordinaria por su riqueza de matices (¡qué introducción!), su firme pulso y su obtención de una calidad inesperada de la sólo notable Orquesta del Capitolio de Toulouse. Y a lo largo de la obra, comprobamos cómo Steinberg la descarga de adherencias adiposas y acentúa su sentido dramático y su juvenil y a menudo desbordante pasión. ¿Cómo es posible que este director tenga tan pocas grabaciones? ¡No lo entiendo! En CD hay al menos un par de versiones de Rienzi con mejores elencos (Hollreiser, EMI 1976, y Sawallisch, Orfeo 1995), pero de ninguna manera tan bien dirigidas.

Sí, porque el reparto vocal no está a la altura: el protagonista, Torsten Kerl, tiene el mérito de aguantar toda la representación sin desfallecer con su robusta voz a prueba de bombas, pero dista de cantar bien. Aunque no sobran tenores wagnerianos, estoy convencido de que no ha sido la mejor elección (Burkhard Fritz, en el Real, estuvo bastante más entonado). Marika Schönberg (Irene) hace lo que puede con otro papel nada fácil, y quizá mejor resulta Daniela Sindram, quien sin embargo no da el tipo del joven Adriano, otra very demanding parte. Los barítonos Marc Heller (Baroncelli), Stefan Heidemann (Orsini) y Leonardo Neiva (Cecco) son aceptables, mientras que los bajos Richard Wiegold (Colonna) y Robert Bork (Orvieto) son un tanto engolados o rudos. Francamente bien, sin embargo, Jennifer O’Loughlin como Mensajero, un papel (lástima) muy breve. La sobria hasta la austeridad escena del reputado director argentino Jorge Lavelli creo que cumple muy bien su función, con una gran economía de medios. Mientras la ópera de Verdi tiene subtítulos en castellano, la de Wagner puede usted seguirla, si lo desea, en coreano. La calidad técnica es buena en ambos casos.






jueves, 6 de noviembre de 2014

“Classic Archive Collector’s Edition: Conductors”

 

Blu-ray Idéale Audience (EuroArts) de catorce horas y media

Tras el blu-ray dedicado al Piano, ve la luz el de Directores, no menos interesante, aunque por supuesto dista de ofrecer un panorama completo de los grandes de esas décadas. Vamos, que no están todos los que son, pero esta vez sí son todos los que están. Comienza, cómo no, con Herbert von Karajan, el más mediático. Y se ofrece una toma, en color, ya editada por EMI, de la Sinfonía Fantástica de Berlioz con la Orquesta de París en 1970. Versión más que notable aunque desigual, que para mi gusto destaca sobre todo por los movimientos extremos y la Escena campestre. La Orquesta, estupenda (¡no sólo las justamente famosas maderas!), es penalizada por el realizador Robert Benamou, que muestra solamente el rostro del director; de los músicos, sólo las manos. Debe de ser que ellos no tienen rostro... Como bonus se ofrece una vibrante Obertura El corsario del mismo autor por Sir John Barbirolli con la Orquesta Hallé en 1962. Lástima que no haya algo más del más grande director británico, al menos hasta Colin Davis.

De Evgeny Mravinsky (1903-1988) se presenta un excelente documental (¡con subtítulos en español!) realizado por la BBC en el centenario del nacimiento del que durante medio siglo fuese director de la mítica Orquesta Filarmónica de Leningrado. Y, como interpretación completa, sólo la de Francesca da Rimini de Tchaikovsky, austera pero tremenda (1983).

Gran contraste con ella presenta la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky, también con la Orquesta de Leningrado, pero dirigida por Gennadi Rozhdestvensky (n. 1931) en los Proms de 1971 con fulgor, fervor y desbordada pasión. Este director protagoniza otro capítulo dedicado al eximio violinista David Oistrakh, en el que es éste el absoluto protagonista, pues la dirección de los Conciertos de Brahms, Sibelius (1966) y Tchaikovsky (1968) no está, ni de lejos, a la altura del solista, salvo, casi, en el del autor ruso. Oistrakh, impactante en el alemán, algo demasiado agitado en el finlandés y descomunal en el de su compatriota (se ve aplaudir con frenesí a Shostakovich), toca también con inadecuada brusquedad la Romanza op. 40 de Beethoven, un rollete Capricho No. 23 de Locatelli y un par de piezas con piano.

Charles Münch (1891-1968), quizá el director francés más prestigioso de su generación, dirige con nervio y dramatismo los tres últimos movimientos de la Primera Sinfonía de Brahms y con sensibilidad tímbrica y brillantez la Segunda Suite de Dafnis y Cloe, en ambos casos con la Orquesta de la ORTF en 1966. El capítulo se completa con una acertada lectura de la Suite de Pelléas et Mélisande de Fauré con Paul Paray (1886-1979) y la Filarmónica de la ORTF (1971).

En 1964 ya era Carlo Maria Giulini (1914-2004) un director formidable, hecho que al parecer muchos ignoran. Al frente siempre de una sensacional Philharmonia, dirige unos muy mussorgskianos (quizá más que ravelianos) Cuadros de una exposición (que, por supuesto, superaría catorce años después en su mítica grabación D.G. con la fabulosa Sinfónica de Chicago), una Sinfonía 40 de Mozart impecablemente clásica pero a la vez muy dramática, que tal vez sea más conmovedora que su grabación para Decca con la misma orquesta un año después. Siguen las tres Danzas de la Suite No. 2 de El sombrero de tres picos, espléndidas; en la Jota final se desmelena hasta lo increíble. Lo mismo que en la alucinada y alucinante versión que se marca de la Obertura de Las vísperas sicilianas, que siempre le motivaba hasta el delirio (en disco con la misma Philharmonia o en concierto con la Filarmónica de Los Ángeles).

De Otto Klemperer (1885-1973) se presenta la Novena Sinfonía de Beethoven de 1964 con el fabuloso Coro y la no menos extraordinaria Orquesta New Philharmonia. La personalidad de este gigante de la batuta es arrolladora: pese a su quebrantada salud, sentado y sin apenas moverse, desencadena a todas las furias en un primer movimiento rocoso e hiperdramático y en un scherzo de realización inexplicablemente incisiva y diáfana. El Adagio, como solía, es seco, huye de todo sentimentalismo (discutible, por supuesto). Impresionante por su fuerza y convicción todo el finale, empañado por un tenor demasiado lírico (Ernst Haefliger) y un barítono insufrible, que simplemente no sabe cantar (Gustav Neidlinger). Muy bien, en cambio, las féminas: Agnes Giebel y Marga Höffgen. La imagen, en blanco y negro, es aceptable, y bastante bueno el sonido, mono.

El capítulo se completa con una Séptima de Beethoven por Ernest Ansermet (1883-1969) con la Filarmónica de la ORTF en 1967: una versión un poco expeditiva en su primer movimiento, intensa y sentida en el segundo y un poco circunspecta en el finale. La orquesta, nada especial, rinde por encima de lo esperable. (NOTA IMPORTANTE: resulta increíble que ningún sello haya publicado en DVD las 9 Sinfonías de Beethoven que Klemperer dirigió el año 1970 en Londres a su New Philharmonia, ya en color, y que han dado alguna vez por televisión... los países más civilizados. Un ciclo en imágenes sin rival).

Esta vez el desconcertante Leopold Stokowski (1882-1977) estuvo contenido y libre de las extravagancias que suelen salpicar sus interpretaciones. De 1969 han incluido una Quinta Sinfonía de Beethoven nada excéntrica, con muy escasas (y aceptables) licencias, que resulta muy estimulante, así como, del mismo concierto, con la Filarmónica de Londres, una “Inacabada” de Schubert de muy plausible dramatismo, pero algo expeditiva en su primer movimiento y muy notable segundo. Y de otro concierto tres años posterior, ahora con la Sinfónica de la capital británica, un ejemplar Preludio de Los maestros cantores de asombrosa transparencia y un muy destacado, impresionista pero romántico a la vez Preludio a la siesta de un fauno.

De 1980 son las interpretaciones (en color, como las de Stokowski) presentadas de Eugen Jochum (1902-1987), con una Orquesta Nacional de Francia que rinde por encima de lo habitual: una Séptima Sinfonía de Bruckner que, tras un no del todo centrado (o sin la suficiente concentración) movimiento inicial, remonta en un muy bello y muy expresivo Adagio (tal vez un pelín sentimental) y continúa brillantemente hasta su final. El Preludio y muerte de Isolda, del mismo concierto, no alcanza esa hondura, y casi sobra la Obertura de Las bodas de Fígaro de 1964 con la Nacional de la RTF.

No es generalmente muy sabido que Igor Markevitch (1912-1982) fue un gran intérprete de Wagner (aunque tal vez no dirigiese ninguna ópera completa del autor de Lohengrin), como se aprecia aquí en una magníficamente planificada y desarrollada Obertura de Tannhäuser, más un excelso Preludio y muerte de Isolda, tan bello como emotivo. Ambos datan de 1968, y aunque la Nacional de la ORTF no es la orquesta soñada para esta música, rinde admirablemente, lo mismo que en una sarcástica Primera Sinfonía de Shostakovich un lustro anterior. Y ejemplar y muy sentida la Sinfonía de los Salmos de Stravinsky de 1967, que sería una maravilla de no ser porque el Coro y la Orquesta Filarmónica de la ORTF no dan la talla. A modo de bonus, nada menos que la extensa Suite de 1945 de El pájaro de fuego con Igor Stravinsky dirigiendo a la New Philharmonia en 1965: el interés del documento es mayúsculo, aunque no puede decirse que el autor sea siempre su mejor intérprete...