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jueves, 6 de noviembre de 2014

“Classic Archive Collector’s Edition: Conductors”

 

Blu-ray Idéale Audience (EuroArts) de catorce horas y media

Tras el blu-ray dedicado al Piano, ve la luz el de Directores, no menos interesante, aunque por supuesto dista de ofrecer un panorama completo de los grandes de esas décadas. Vamos, que no están todos los que son, pero esta vez sí son todos los que están. Comienza, cómo no, con Herbert von Karajan, el más mediático. Y se ofrece una toma, en color, ya editada por EMI, de la Sinfonía Fantástica de Berlioz con la Orquesta de París en 1970. Versión más que notable aunque desigual, que para mi gusto destaca sobre todo por los movimientos extremos y la Escena campestre. La Orquesta, estupenda (¡no sólo las justamente famosas maderas!), es penalizada por el realizador Robert Benamou, que muestra solamente el rostro del director; de los músicos, sólo las manos. Debe de ser que ellos no tienen rostro... Como bonus se ofrece una vibrante Obertura El corsario del mismo autor por Sir John Barbirolli con la Orquesta Hallé en 1962. Lástima que no haya algo más del más grande director británico, al menos hasta Colin Davis.

De Evgeny Mravinsky (1903-1988) se presenta un excelente documental (¡con subtítulos en español!) realizado por la BBC en el centenario del nacimiento del que durante medio siglo fuese director de la mítica Orquesta Filarmónica de Leningrado. Y, como interpretación completa, sólo la de Francesca da Rimini de Tchaikovsky, austera pero tremenda (1983).

Gran contraste con ella presenta la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky, también con la Orquesta de Leningrado, pero dirigida por Gennadi Rozhdestvensky (n. 1931) en los Proms de 1971 con fulgor, fervor y desbordada pasión. Este director protagoniza otro capítulo dedicado al eximio violinista David Oistrakh, en el que es éste el absoluto protagonista, pues la dirección de los Conciertos de Brahms, Sibelius (1966) y Tchaikovsky (1968) no está, ni de lejos, a la altura del solista, salvo, casi, en el del autor ruso. Oistrakh, impactante en el alemán, algo demasiado agitado en el finlandés y descomunal en el de su compatriota (se ve aplaudir con frenesí a Shostakovich), toca también con inadecuada brusquedad la Romanza op. 40 de Beethoven, un rollete Capricho No. 23 de Locatelli y un par de piezas con piano.

Charles Münch (1891-1968), quizá el director francés más prestigioso de su generación, dirige con nervio y dramatismo los tres últimos movimientos de la Primera Sinfonía de Brahms y con sensibilidad tímbrica y brillantez la Segunda Suite de Dafnis y Cloe, en ambos casos con la Orquesta de la ORTF en 1966. El capítulo se completa con una acertada lectura de la Suite de Pelléas et Mélisande de Fauré con Paul Paray (1886-1979) y la Filarmónica de la ORTF (1971).

En 1964 ya era Carlo Maria Giulini (1914-2004) un director formidable, hecho que al parecer muchos ignoran. Al frente siempre de una sensacional Philharmonia, dirige unos muy mussorgskianos (quizá más que ravelianos) Cuadros de una exposición (que, por supuesto, superaría catorce años después en su mítica grabación D.G. con la fabulosa Sinfónica de Chicago), una Sinfonía 40 de Mozart impecablemente clásica pero a la vez muy dramática, que tal vez sea más conmovedora que su grabación para Decca con la misma orquesta un año después. Siguen las tres Danzas de la Suite No. 2 de El sombrero de tres picos, espléndidas; en la Jota final se desmelena hasta lo increíble. Lo mismo que en la alucinada y alucinante versión que se marca de la Obertura de Las vísperas sicilianas, que siempre le motivaba hasta el delirio (en disco con la misma Philharmonia o en concierto con la Filarmónica de Los Ángeles).

De Otto Klemperer (1885-1973) se presenta la Novena Sinfonía de Beethoven de 1964 con el fabuloso Coro y la no menos extraordinaria Orquesta New Philharmonia. La personalidad de este gigante de la batuta es arrolladora: pese a su quebrantada salud, sentado y sin apenas moverse, desencadena a todas las furias en un primer movimiento rocoso e hiperdramático y en un scherzo de realización inexplicablemente incisiva y diáfana. El Adagio, como solía, es seco, huye de todo sentimentalismo (discutible, por supuesto). Impresionante por su fuerza y convicción todo el finale, empañado por un tenor demasiado lírico (Ernst Haefliger) y un barítono insufrible, que simplemente no sabe cantar (Gustav Neidlinger). Muy bien, en cambio, las féminas: Agnes Giebel y Marga Höffgen. La imagen, en blanco y negro, es aceptable, y bastante bueno el sonido, mono.

El capítulo se completa con una Séptima de Beethoven por Ernest Ansermet (1883-1969) con la Filarmónica de la ORTF en 1967: una versión un poco expeditiva en su primer movimiento, intensa y sentida en el segundo y un poco circunspecta en el finale. La orquesta, nada especial, rinde por encima de lo esperable. (NOTA IMPORTANTE: resulta increíble que ningún sello haya publicado en DVD las 9 Sinfonías de Beethoven que Klemperer dirigió el año 1970 en Londres a su New Philharmonia, ya en color, y que han dado alguna vez por televisión... los países más civilizados. Un ciclo en imágenes sin rival).

Esta vez el desconcertante Leopold Stokowski (1882-1977) estuvo contenido y libre de las extravagancias que suelen salpicar sus interpretaciones. De 1969 han incluido una Quinta Sinfonía de Beethoven nada excéntrica, con muy escasas (y aceptables) licencias, que resulta muy estimulante, así como, del mismo concierto, con la Filarmónica de Londres, una “Inacabada” de Schubert de muy plausible dramatismo, pero algo expeditiva en su primer movimiento y muy notable segundo. Y de otro concierto tres años posterior, ahora con la Sinfónica de la capital británica, un ejemplar Preludio de Los maestros cantores de asombrosa transparencia y un muy destacado, impresionista pero romántico a la vez Preludio a la siesta de un fauno.

De 1980 son las interpretaciones (en color, como las de Stokowski) presentadas de Eugen Jochum (1902-1987), con una Orquesta Nacional de Francia que rinde por encima de lo habitual: una Séptima Sinfonía de Bruckner que, tras un no del todo centrado (o sin la suficiente concentración) movimiento inicial, remonta en un muy bello y muy expresivo Adagio (tal vez un pelín sentimental) y continúa brillantemente hasta su final. El Preludio y muerte de Isolda, del mismo concierto, no alcanza esa hondura, y casi sobra la Obertura de Las bodas de Fígaro de 1964 con la Nacional de la RTF.

No es generalmente muy sabido que Igor Markevitch (1912-1982) fue un gran intérprete de Wagner (aunque tal vez no dirigiese ninguna ópera completa del autor de Lohengrin), como se aprecia aquí en una magníficamente planificada y desarrollada Obertura de Tannhäuser, más un excelso Preludio y muerte de Isolda, tan bello como emotivo. Ambos datan de 1968, y aunque la Nacional de la ORTF no es la orquesta soñada para esta música, rinde admirablemente, lo mismo que en una sarcástica Primera Sinfonía de Shostakovich un lustro anterior. Y ejemplar y muy sentida la Sinfonía de los Salmos de Stravinsky de 1967, que sería una maravilla de no ser porque el Coro y la Orquesta Filarmónica de la ORTF no dan la talla. A modo de bonus, nada menos que la extensa Suite de 1945 de El pájaro de fuego con Igor Stravinsky dirigiendo a la New Philharmonia en 1965: el interés del documento es mayúsculo, aunque no puede decirse que el autor sea siempre su mejor intérprete...

2 comentarios:

  1. ¿Dice usted que el compositor no es el mejor intérprete de SU propia obra? ¡Cómo va a ser eso posible!
    Antonio

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    Respuestas
    1. Mire usted, esto son apreciaciones subjetivas, indemostrables, pero bastante palpables en muchos casos. No hay que extrañarse: una cosa es componer, y otra interpretar, y el autor hace la primera pero no tiene que ser quien mejor haga la segunda. Casi todo el mundo conviene en que la mayoría de las grabaciones que Stravinsky hizo de sus propias obras han sido ampliamente superadas por bastantes directores. Stravinsky no lo quería reconocer, pero otros compositores sí lo han hecho. Incluso cuando los compositores eran muy buenos pianistas o directores: escuche usted, por ejemplo, el Tercer Concierto de Rachmaninov a su autor, o Vida de héroe al suyo. Aquel era un grandísimo pianista, y este un gran director.

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