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lunes, 24 de diciembre de 2012

Impresionante mejora de la “Tetralogía” de Wagner/Barenboim & Kupfer en el blu-ray

 

Cada vez que la veo y la escucho me gusta más. Ahora, al ser remasterizada (“de las cintas originales en alta definición”) y editada en Blu-ray (en 4 discos, uno por título), la extraordinaria calidad técnica ayuda a apreciarla mejor aún. La imagen ha cobrado mucha más nitidez que en el DVD, si bien en las escenas más oscuras no desaparecen esas características estelas cuando hay un movimiento rápido. La gama cromática también es más sutil que en la edición anterior, y los negros, más negros.
Pero lo que me ha llenado de alegría es que el sonido ha mejorado ostensiblemente: si antes era bueno, mucho mejor que el de Boulez y Levine, aunque algo menos que el de Mehta, ahora suena mejor aún que esta última Tetralogía valenciana: la densidad, la pegada, la limpieza y la naturalidad son enormes y permiten disfrutar extraordinariamente de una parte orquestal formidable. A través de los CDs, de los laser discs y de los DVDs, hasta ahora, no sabíamos lo formidablemente bien que podía sonar este Anillo del nibelungo: sólo los Blu-rays le han hecho plena justicia. La acústica de Bayreuth es, además, la ideal para Wagner: la orquesta puede sonar fortísimo sin que ahogue a las voces.
Porque cuando, en otros teatros, la orquesta no suena todo lo fuerte que debería para no taparlas, no es lo mismo: la cualidad sonora y tímbrica de un fff no es lo mismo que en ff o en f, y la pérdida es inevitable.
De este Anillo bayreuthiano de 1991 y 1992 he escrito ya varias veces, y no voy a hacerlo de nuevo, más que para recordar cosas que me parecen básicas y puntualizar algunas otras.
Se trata de una obra maestra musical y escénica. Creo que sólo Solti en su mítica grabación (de audio) para Decca ha llegado tan alto, habiendo contado además con una Filarmónica de Viena al menos tan sensacional como la Orquesta de Bayreuth aquí, lo que no puede decirse de ninguna otra formación orquestal, ni siquiera de la Filarmónica de Berlín con Karajan. El Coro del Festival wagneriano es aún mejor que el de la Ópera Estatal de Viena de la grabación soltiana.
La dirección de Barenboim, que se parece bastante a la de Solti en cuanto a la tensión que consigue y a su recurso a la aspereza y a la rudeza sonora en multitud de momentos (lo que me parece necesario si no se quiere desvirtuar esta música), es también a la vez de una sutileza extrema (no se trata de descontrol, sino que es querido y buscado así), con un análisis de los leitmotive verdaderamente revelador y un sentido tímbrico portentoso para la creación de ambientes. Entre las grabaciones filmadas, ninguna otra batuta se le acerca, ni de lejos, y entre las grabaciones de audio, sólo habían llegado tan alto Knappertsbusch (en público, varios años, en Bayreuth) y Solti.
La concepción y la realización escénica de Harry Kupfer –que, ¡asombro!, no ha envejecido en absoluto– me parece quizá no menos extraordinaria, confiriendo a los personajes una complejidad y una veracidad psicológica aplastantes: su aportación a la comprensión de los mismos no la encuentro inferior a la famosa de Chéreau (muy deficientemente dirigida en lo musical por Boulez), y su conexión directa con la música, incluso en multitud de detalles, es sorprendente. Es cierto que la de Kupfer no podría haber sido sin existir antes la de Chéreau, pero creo que el regista alemán ha llegado aún más lejos en cuanto a caracterización psicológica.
Finalmente, quiero señalar que el elenco vocal, aun no siendo en conjunto tan impresionante como el de Solti, tiene una ventaja sobre él: Barenboim ha modelado la interpretación de los cantantes según su criterio, logrando que todos sean una piña con él, lo que se nota muy mucho: ¡la pasión, la incandescencia de la batuta, marca de la casa, lo inunda todo! Hasta John Tomlinson, criticado severamente por mí hace tiempo, me entusiasma ahora, pese a sus deficiencias vocales (sobre todo al final de La Walkyria), pues su interpretación es una vehemencia incomparable. Y no digamos Anne Evans, Brunilda que se ha crecido con el tiempo por su encarnación fieramente humana y creíble.
La única relativa decepción notable, mayormente en lo vocal, es la Sieglinde de Nadine Secunde (¡lástima que por entonces no cantase aún este papel Waltraud Meier, que en este Anillo sólo aparece como inconmensurable Waltraute!)
Poder contar con este impresionante monumento –una de las cumbres de la historia de la música– en una interpretación tan admirable, en tan estupendas condiciones técnicas y para colmo a un precio tan asequible, es algo que no debe dejarse pasar. Por cierto, que a España no ha llegado aún: ¿en qué piensan los de Warner? ¿No saben que tiene además cuidados subtítulos en castellano, de Luis Gago?








miércoles, 19 de diciembre de 2012

La Scala abre la temporada con un formidable “Lohengrin”

 

La apertura de la temporada 2012-2013 venía precedida de polémica, pues no se hacía con una ópera de Verdi, sino de Wagner, y por ello se habían producido protestas. Como 2013 es el 2º centenario del nacimiento de ambos, se ha optado por comenzar esta sesión con Wagner, y hacerlo la próxima con Verdi, en concreto con La Traviata. Pero, como han subrayado la prensa italiana y española (y otras, supongo), nada más terminar la primera función (el 7 de diciembre, día de San Ambrosio, como siempre) la polémica quedó zanjada ante la formidable altura de la interpretación.
Y eso que se partía con un peligrosa deserción de última hora: la soprano alemana Anja Harteros, magnífica voz y magnífica intérprete de Elsa (como se comprueba en el DVD dirigido por Nagano), suspendía su actuación debido a una gripe y su sustituta, Ann Petersen, volvía a caerse del cartel. Así que hubo que recurrir, in extremis, a Annette Dasch, que ha sido la última Elsa en Bayreuth. Tras ver y escuchar la representación, retransmitida por Arte en alta definición, hay que convenir que la Dasch ha sido lo menos bueno del reparto: su voz y su canto son convincentes, lo mismo que su encarnación del personaje, pero tal vez sea una de esas cantantes irreprochables que no llegan a subyugar. Lo que hay que señalar a su favor es que, habiendo comenzado a ensayar una producción que no conocía a las ocho de la mañana del día del estreno, actuó con una seguridad y una convicción impresionantes. Debió de ser por ello, sobre todo, por lo que recibió cálidas, merecidísimas ovaciones.

   
Jonas Kaufmann                                               René Pape

El resto del elenco fue, uno a uno, francamente extraordinario, desde el Heraldo del sólido y robusto Zeljko Lucic (Rigoletto en el DVD con Flórez, Damrau y Luisi) hasta el protagonista, un Jonas Kaufmann del que afirmo que es lo más admirable que le he escuchado hasta ahora ¡que ya es decir! He leído y oído muchas veces que su técnica es muy deficiente; pues bien, en primer lugar me pregunto cómo es que, siendo así, llegó al final en plenitud vocal absoluta, después de haber cantado con entrega total un papel larguísimo y durísimo, aterrador. Me temo que va a haber que revisar los fundamentos de esa ortodoxia única de la técnica vocal, a menudo fundamentalista. ¡Que apiana de un modo poco canónico, que emite así o asá! Me importa un bledo: no se puede negar que es un artista como la copa de un pino, de los pies a la cabeza, un músico extraordinario, un cantante arrojado y valiente, que lo da todo, un intérprete de la mayor sutileza y de una credibilidad aplastante. Y paso de los de inflexibles monsergas ultraortodoxas, poseedores de la verdad única e inmutable del CANTO.
Para mí no es sólo que esté al nivel de los más grandes lohengrines (Windgassen, Sándor Konya, Jess Thomas, James King, René Kollo, Domingo, Jerusalem o Seiffert), es que es, en conjunto, quien más me convence. ¡Qué forma de cantar, de decir, de expresar sus dos últimas grandes parrafadas! Y, por cierto, sin el habitual corte, abierto por primera vez en una grabación de la ópera en la de Barenboim (Teldec, 1998). Las ovaciones que recogió en Milán fueron atronadoras, sólo comparables a las obtenidas por Barenboim.
Evelyn Herlitzius es una soprano cuasi dramática de voz un tanto agria (lo que no es inconveniente para el rol de la rematadamente malvada Ortrud), que dibujó un personaje sin ambages en su perversidad, en su hipócrita doblez, en la salvaje alegría ante la desgracia ajena con que triunfa al final.
Telramund estuvo encarnado con completa propiedad vocal y de carácter por Tomas Tomasson, cantante islandés al que hace años escuché como bajo no muy estimulante, y que ahora es un estupendo barítono-bajo, muy adecuado para ciertos malos wagnerianos (Klingsor, Beckmesser, Gunther, quizá Alberich).
Lo de René Pape como Rey Enrique es aparte: la voz es magnífica; la técnica, sin fisuras; la interpretación, impresionante. No se limita a dotar de majestad al personaje (como es habitual), sino que su pasión y su tremenda intensidad le confieren una veracidad inexistente en otros ilustres predecesores suyos. Baste decir que repite aquí, de nuevo, la maravilla, reveladora, de su referida grabación con Daniel Barenboim.
Éste, de lejos el mayor wagneriano de nuestro tiempo, sobrepasa su fantástica labor en el registro discográfico, con un sentido del drama más acuciante, un lirismo de intensidad casi insoportable (¡qué aparición de Elsa de camino hacia su boda!) y, sobre todo, una pasión verdaderamente volcánica. Lo que logra de la Orquesta de La Scala –que nunca fue especialmente wagneriana– es de llamar la atención: si ya en su debut escalígero con Tristán admiró por lo conseguido, ya ha llegado bastante más lejos.
El director de escena, Claus Guth, fue el único que recogió algunos –pocos– silbidos, pero, en mi opinión, sin razón. Puede haber aspectos discutibles en algunas de sus soluciones, pero creo que no se le puede acusar de falta de respeto al libreto, ni mucho menos de arbitrariedad, capricho o extravagancia. Creo que, sin duda, sirve a la historia que cuenta y a la música misma.
No sé si estará previsto publicar esta versión en DVD/Blu-ray, pero, de hacerse, ¡ojalá!, dejará muy atrás a las existentes.








miércoles, 12 de diciembre de 2012

Itzhak Perlman dirige una modélica Sinfonía “Pastoral” de Beethoven

  

Hace varios años le escuché en Madrid a Itzhak Perlman un concierto en el que dirigió a la English Chamber Orchestra una magnífica interpretación del cuarteto La muerte y la doncella de Schubert orquestado por Mahler. Pero desde entonces le había perdido la pista como director. Ahora EuroArts publica en DVD un concierto dado en Tel Aviv en 2010 con un difícil programa monográfico de Beethoven.

La obertura de Egmont está muy bien enfocada, pero la orquesta suena algo débil y poco beethoveniana; el Concierto triple cuenta con tres solistas sólo estimables (demasiado aficionados a los portamentos los dos de arco), entre los que destaca la pianista, hija del enorme violinista (y que tiene bien presente la grabación –CD y DVD de EMI– de su padre, junto a Yo-Yo Ma, Barenboim y la Filarmónica de Berlín, pues incluso aplica los mismos rubatos que el pianista argentino). Llevado con cierta rutina en el primer movimiento, a partir de ahí la interpretación, muy clásica, va cobrando mayor relieve.

De propina, el trío toca una versión del Momento musical No. 3 de Schubert (transcripción que no se especifica de quién es) que, la verdad, se la podían haber ahorrado...

Lo que me ha agradado mucho, casi diría que muchísimo, es la Sinfonía “Pastoral”, una partitura difícil donde las haya. Sin mostrar una especial personalidad, está expuesta con transparencia, naturalidad y sensibilidad excepcionales, privativas de los grandes músicos. Y Perlman lo es, sin duda; aquí, además, demuestra ser una batuta muy a tener en cuenta.

martes, 4 de diciembre de 2012

Redescubriendo “La vida breve” con Gallardo-Domâs y Maazel

 



La primera versión en DVD (y Blu-ray) de la ópera primeriza de Manuel de Falla constituye una aportación de tal calibre a la interpretación de esta obra, desigual pero con no pocos rasgos de genialidad, que me parece casi un redescubrimiento. Con mis respetos a Ernesto Halffter, a Frühbeck, García Navarro y López Cobos, ha sido por fin un maestro de la dirección del calibre de Lorin Maazel –y a pesar de ser muy escasos sus acercamientos conocidos a la música española– quien desentrañe numerosas bellezas hasta ahora ocultas, empezando por una orquestación que con él parece muy superior a lo que creíamos y que le permite describir los ambientes de modo magistral.
Imbuida desde el principio por un acendrado fatalismo, la gran calidad de la orquesta de la Comunidad Valenciana y, sobre todo, la sabiduría de la batuta, hacen que la destacada parte orquestal de la partitura nos lleve de sorpresa en sorpresa (“¡y esto!”, “¡y eso otro!”, “¿dónde estaban antes? ¡Los demás directores lo habían pasado por alto!...”).
La desnuda escena del otras veces convencional o recargado Giancarlo del Monaco me parece que aquí apunta bien derecho a la esencia de la obra, con una luz rojiza muy expresiva, y que halla plena sintonía con la música. (El único inconveniente es que, al ser tanto tiempo muy oscura, la imagen del DVD –e incluso del Blu-ray– sufre un poco).
Ni Victoria de los Ángeles, ni Teresa Berganza, ni otras cantantes que hayamos escuchado en disco o en directo, me parece que haya logrado tal grado de compenetración sufriente con el personaje de Salud como la Gallardo-Domâs. La voz, más ancha que hace unos años, no ha perdido belleza y ha ganado en fuerza y garra. Impresionante. Todos los demás cantantes, empezando por un entregado Jorge de León (Paco), están francamente bien. Lo que encuentro extraño es que se haya recurrido a una cantaora (la notable Esperanza Fernández), y no, como siempre, a un cantaor. Los bailes también están a la altura general de la representación. En definitiva, la versión que estaba “necesitando” La vida breve.



jueves, 29 de noviembre de 2012

El Tokio se despide (¿?) con un disco antológico de música camerística de Brahms

Podría tratarse del último disco, el disco de despedida del Cuarteto de Tokio, que está en vísperas de disolverse por razones de edad de sus miembros más antiguos: el 2º violín Kikuei Ikeda y el viola Kazuhide Isomura (los dos únicos componentes japoneses que quedan en él, tras varias sustituciones: el primero se incorporó al grupo en 1974 y el segundo es miembro fundador, o sea que lleva 43 años en él).
No hace falta recordar que el Cuarteto de Tokio ha sido, desde poco después de su formación, un conjunto de una perfección técnica apabullante y de una musicalidad de todo punto excepcional, con una adaptabilidad a los diferentes estilos que ningún otro cuarteto de las últimas décadas ha podido igualar.
Es curioso el tiempo que les ha llevado ser reconocidos en España como lo que son y han sido: una vez más han funcionado los tópicos (¿“unos japos los mejores intérpretes de Beethoven”?, etc.), que también han funcionado a favor de otros espléndidos cuartetos (el Alban Berg en primer lugar: ¡qué bien cae ese nombre!...)
Pero yendo al disco que nos ocupa: es un SACD (compatible con CD) de magnífico sonido de Harmonia Mundi (HMU 807558), con los dos más bellos Quintetos de Brahms, el juvenil de piano (Op. 34) y el crepuscular de clarinete (Op. 115). Agrupar dos obras tan admirables y tan diversas, entre las que median treinta años, ha sido un acierto, y lo es sobre todo atinar a más no poder con el ambiente de cada uno: la impetuosa, pletórica partitura con la que se (re)afirma como el principal continuador de sus grandes antecesores y la otoñal belleza, inmensa, de la obra de última época totalmente teñida de melancolía. Si el primero es el más hermoso quinteto con piano de la historia de la música (con permiso de “La Trucha” schubertiana, de diferente distribución), el segundo supera incluso a la más hermosa partitura camerística mozartiana (con la misma combinación) para convertirse en la cima de la música de cámara del hamburgués. Y, como decía Federico Sopeña, la pieza camerística más genial después de los últimos Cuartetos de Beethoven junto al Quinteto con dos cellos de Schubert.
Los Tokio ya habían grabado el Quinteto con piano, con Barry Douglas (RCA 1987), una interpretación memorable, acaso la mejor hasta ahora. Sí, hasta ahora, porque ésta de 2012, con un pianista para mí desconocido, Jon Nakamatsu, me resulta aún más satisfactoria. De entrada, el pianista posee un sonido más propiamente brahmsiano, y uno y otros han logrado calar más hondo aún en los recovecos de la partitura.
También el clarinetista, Jon Manasse, posee un sonido más brahmsiano, más idóneo que el famoso e imponente Richard Stoltzmann (de sonoridad algo incisiva) con quienes lo habían grabado hace 17 años, también en RCA: si aquella versión era excepcional por su perfección y claridad, ésta de ahora es más emocionante y conmovedora, transida de una amargura que no sólo transmite fielmente el estado de ánimo de un compositor que sentía no lejana la muerte, sino tal vez también la muerte o disolución de un cuarteto maravilloso, inolvidable, como es el de Tokio.




lunes, 26 de noviembre de 2012

Recital (incompleto) de un anónimo genio del piano

 

Un amigo me ha enviado un CD con una grabación en público de un recital de piano (corto: claro, le faltaba algo) que me ha desconcertado, pues no acertaba a saber quién podría ser un artista tan extraordinario, ya que me parecía que no me cuadraba con ninguno de los que conozco.

Antes de darle la solución les diré qué me ha parecido: la Primera Partita de Bach me hizo pensar en un Gilels por su pleno equilibrio entre rigor y libertad, y también por su sonido nada clavecinístico, sino abiertamente pianístico sin abusar de la dinámica ni del pedal. Creativo, expresivo, particularmente intenso en la “Sarabande”, poco morosa y menos estática y pensativa que punzante. Admirable.

Luego vino la última Sonata de Schubert, la D 960, obra genial, difícil de desentrañar donde las haya. Pues bien, esta página excelsa es la que me convenció por completo de que se trataba de un artista excepcional: sin que sea ajena a la contemplación más o menos melancólica o doliente en que suele sumergirse en la mayor parte de las más grandes interpretaciones, el pianista pone el acento en el dramatismo, con pasajes clave en los que se enseñan los dientes de la rebeldía: esto, tan lógico, tan plausible, resulta muy, muy difícil de lograr de modo convincente, y aquí lo está por completo. Y no sólo en los dos primeros movimientos, sino incluso en frases estratégicas del último. Sensacional, una de las interpretaciones más maravillosas que haya escuchado jamás.

La para mí desconocida pero bellísima Romanza (S 169) de Liszt está llena aquí de intención, de lirismo y de fuego interior. Otra joya.

Y terminaba el recital (se notaba, por los aplausos, que era, como la anterior, una propina) con La Campanella, la transcripción lisztiana del rondó final del Segundo Concierto de Paganini. Y el pianista anónimo daba una lección no sólo de virtuosismo, pasmoso, sino también de sentido musical.

¿Quién era el pianista, y qué faltaba del programa en el CD? Pues es Lang Lang (Carnegie Hall, 29 de mayo de este año 2012; con miles de toses, por cierto), y antes de Liszt iban los 25 Estudios op. 25 de Chopin, cuya grabación en estudio he elogiado recientemente hasta el delirio en este blog. Quienes le niegan el pan y la sal al instrumentista chino deberían escuchar este recital. Para mí ya es, sin duda, uno de los más grandes pianistas (¡y músicos al piano!) de nuestro tiempo.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Beethoven por Michael Barenboim y Lorin Maazel en Ibermúsica

 

Desde hace muchos años vengo sosteniendo que el Concierto para violín de Beethoven, sin duda el más bello que existe, es también el más comprometido de interpretar del repertorio. Por eso muchos de los más grandes virtuosos del violín, desde Heifetz hasta hoy, no me convencen en esta obra (aunque, por supuesto, la puedan tocar muy bien). Pues bien, anoche, un joven violinista –al que sólo conocía como concertino de la West-Eastern Divan Orchestra y por un sobresaliente Concierto de Schoenberg– me impresionó al interpretar el Concierto beethoveniano con un sentido musical y un arte realmente extraordinarios.

Francamente, no me lo esperaba. No hizo el menor alarde de virtuosismo (que puede pulverizar la belleza extraordinaria de esta obra), sino de un fraseo noble, sereno, poético, con una sección central del primer movimiento (donde casi todos se quedan en la superficie) de profunda espiritualidad. También la difícil prueba del movimiento lento la superó airosamente, alcanzando un lirismo de la mejor ley. Su sonido es dulce, no muy poderoso ni especialmente corpóreo en el registro grave, y su afinación, prácticamente perfecta. En suma, un violinista a seguir, decididamente. (¿Quiénes son, por cierto, los violinistas que me han gustado muchísimo en el Concierto de Beethoven?: Menuhin, Szeryng, Zukerman, Perlman y Znaider: éste en un concierto en los “Proms” con Colin Davis).

Lorin Maazel –en su primera visita a Ibermúsica desde el abucheado Bolero de Ravel, con la Filarmónica de Viena– se las sabe todas y asombra una vez más por su técnica ilimitada, capaz de cualquier cosa. Su obertura de Egmont sonó muy beethoveniana -¡qué cuerdas las de la Filarmónica de Múnich!-, pero puso en práctica ciertas ocurrencias que como mínimo sonaron extrañas e innecesarias. También las hubo en una Quinta Sinfonía briosa y vibrante, pero fueron más contenidas y en parte más aceptables. En conjunto, diría que la Obertura mereció un notable alto, la Sinfonía un sobresaliente raspado, y el Concierto, sin duda, un sobresaliente alto. Porque en esta obra Maazel no se tomó la más mínima libertad, sino que se ajustó por completo a los mejores cánones establecidos –sólo faltó un punto de personalidad, lo que no suele faltarle a él–, logrando, eso sí, una transparencia excepcional y atendiendo al solista con extremo cuidado (¡cómo mandaba a la orquesta, sobre la marcha, apianar o ralentar cuando lo hacía el violín solista, para arroparle y seguirle con mimo!).

El hijo del gran director tocó no las habituales cadenzas de Kreisler, sino las de Joachim, con tanta soltura y seguridad como imaginación (tan bien como, por ejemplo, el gran Szeryng: las acabo de repasar).

Este irregular director (¡que ya tiene 82 años! Sólo se notan caminando, no en el podio), capaz de lo mejor y de lo mucho menos bueno, tuvo una noche bastante por encima de lo habitual que yo le haya escuchado en directo. (Por cierto, le lleva 55 años al solista de ayer).

Dos palabras sobre la orquesta, a juzgar por el concierto de ayer: magnífica la sonoridad, totalmente alemana, de la cuerda, con un timbalero estupendo, unas trompetas de primera (para empastar o destacar en Beethoven admirablemente), unas trompas no tan buenas (¡tímidas a veces en la Quinta!), y una madera en la que sobresalieron los clarinetes y, más aún, los fagotes. La flauta y los oboes, que tocan muy bien, me gustaron menos por su sonido algo neutro, y dulzón el de estos últimos. Me da la impresión de que la Filarmónica de Múnich (después de la edad de oro celibidachiana) se halla, en Alemania, y dejando al margen la Filarmónica de Berlín, algo por debajo de la Radio Bávara y de las Staatskapelle de Dresde y Berlín.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Óperas del último medio siglo en DVD y Blu-ray

   

Como todos sabemos, sigue habiendo bastantes óperas importantes –de Verdi, sobre todo– de las que no existen buenas versiones en DVD. Sin embargo, es curioso, de varias de las óperas más destacadas de los últimos cincuenta años existen interpretaciones de primera magnitud. No soy un experto en música “contemporánea”, pero me esfuerzo por conocerla e, incluso, hay no pocas partituras recientes que escucho con mucho placer, y que voy comprendiendo poco a poco mejor cada vez.
Así que me permito recomendar algunas grabaciones filmadas de títulos que, creo, andando el tiempo, se convertirán en clásicos.

-ZIMMERMANN: Die Soldaten (1965) – Nancy Shade, William Cochran, Mark Munkittrick, Michael Ebbecke, Milagro Vragas. Coro y Orquesta de la Ópera Estatal de Stuttgart. Dir.: Bernhard Kontarsky. Dir. escena: Harry Kupfer (Arthaus)
Esta ópera de Bernd Alois Zimmermann, terriblemente sarcástica, hasta la crueldad, de lenguaje áspero y descarnado, hasta lo brutal, sigue sonando -pese a tener ya casi medio siglo- de estricta vanguardia: es de esas obras que tiran para atrás a los operófilos de gustos más conservadores. Su fuerza subversiva es tremenda. Como lo es la historia que cuenta su espeluznante libreto. La presente versión, tomada en la Ópera de Stuttgart en 1989, está interpretada musicalmente en plena sintonía con su lenguaje, y la escena de Harry Kupfer, angustiosa, constituye un acierto total. La edición posee subtítulos en castellano.

-MESSIAEN: Saint François d’Assise (1983) – Rod Gilfry, Camilla Tilling, Hubert Delamboye, Henk Neven, Tom Randle, Donald Kaasch, Armand Arapian. Coro de la Nederlandse Opera. Orquesta Filarmónica de La Haya. Dir.: Ingo Metzmacher. Dir. escena: Pierre Audi (Opus Arte, 3 DVDs)
Serio candidato a ser la ópera más indiscutible de la segunda mitad del siglo XX, San Francisco de Asís, la partitura más ambiciosa y monumental de Olivier Messiaen, ha sido reconocida desde su mismo estreno como una obra capital. Música de misticismo trascendente que subyuga y conmueve, es una especie de Parsifal del siglo XX. Y no le anda a la zaga en duración; aun así, su poder hipnótico es tal que el oyente se sumerge en ella hasta olvidar el transcurrir del tiempo. Con un reparto espléndido que culmina en el protagonista, el barítono Rodney Gilfry, y en el Ángel, a cargo de la maravillosa Camilla Tilling, la versión cuenta con la clarividente dirección musical del experto Ingo Metzmacher y con la escena, sobria pero llena de sugerencias, de Pierre Audi. La edición, de estupenda calidad técnica, cuenta con subtítulos en español.

-LIGETI: Le grand Macabre (1977, rev. 1996) – Chris Merritt, Werner van Mechelen, Barbara Hannigan, Inés Moraleda, Ana Puche, Frode Olsen, Brian Asawa. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu, Barcelona. Dir.: Michael Boder. Dir. escena: Alex Ollé y Valentina Carrasco (La Fura dels Baus) (Arthaus)
La ópera del húngaro György Ligeti goza de un reconocido prestigio pese a ser inseparable del escándalo. Creo que es una partitura, de apariencia iconoclasta pero de considerable rigor formal, que no quedará anticuada ni superada en mucho tiempo. La producción de La fura dels Baus –a distancia lo mejor que les he visto desde hace mucho tiempo– es tan imaginativa como impactante, y en esta ocasión han hecho un soberbio trabajo con los cantantes. En el idóneo reparto sobresalen Chris Merritt y Barbara Hannigan. La dirección de Boder, quizá no tan radical como la de Salonen en la grabación Sony de audio, es en todo caso apreciable. La calidad técnica en el Blu-ray es superlativa. También tiene subtítulos en castellano.

   
-HENZE: L’Upupa (2003) – Matthias Goerne, Laura Aikin, John Mark Ainsley, Alfred Muff, Hanna Schwarz, Günter Missenhardt, Axel Köhler, Anton Scharinger. Coro de la Ópera Estatal y Orquesta Filarmónica de Viena. Dir.: Markus Stenz. Dir. escena: Dieter Dorn (Arthaus)
De las varias óperas publicadas en DVD (Boulevard Solitude, Der junge Lord, Der Prinz von Homburg) del recién fallecido Hans Werner Henze (1926-2012) uno de los compositores más notables y prolíficos de su tiempo, ésta, L’Upupa und der Triumph der Sohnesliebe, basada en una leyenda árabe, es la que goza de una interpretación más sobresaliente. Grabada en agosto de 2003 en el Festival de Salzburgo, se trata de la plásticamente bellísima, modélica producción del estreno (que también fue vista en el Teatro Real), debida al reputado Dieter Dorn, interpretación que contó además con un reparto vocal de lujo y una dirección musical del reconocido especialista Markus Stenz al frente de una sensacional Orquesta Filarmónica de Viena. El único inconveniente de este DVD, de soberbia calidad visual y sonora, es que contiene subtítulos sólo en alemán, inglés y francés.
-BIRTWISTLE: Minotaur (2008) – Sir John Tomlinson, Johan Reuter, Christine Rice, Andrew Watts, Philip Langridge. Coro y Orquesta de la Royal Opera House, Covent Garden. Dir.: Antonio Pappano. Dir. escena: Stephen Langridge (Opus Arte)
Para filmar este DVD y Blu-ray se utilizaron las funciones del estreno (Covent Garden, 2008) de una de las óperas más admirables de las últimas décadas, inspirada en una balada de Dürrenmatt y en los dibujos de la Minotauromaquia de Picasso. Posee “una música que es capaz de convocar simultáneamente agresividad, violencia expresiva y lirismo: una obra maestra” (David Cortés). Magistral y pasional dirección de Antonio Pappano, y concepción escénica, a cargo de Stephen Langridge, de sobrecogedora potencia dramática. No es posible imaginar mejor cantante para interpretar a Asterios el Minotauro, mitad hombre mitad bestia, que John Tomlinson: “el canto se convierte en gruñido, la agresividad en alucinado monólogo. Su materia vocal, poderosa y ruda, y su capacidad dramática resultan impresionantes” (D. Cortés). Excepcional nitidez de la imagen y el sonido en esta publicación (con subtítulos en español), particularmente en Blu-ray.
-REIMANN: Medea (2010) – Marlis Petersen, Michaela Selinger, Elisabeth Kulman, Michael Roider, Adrian Eröd, Max Emanuel Cencic. Orquesta de la Ópera Estatal de Viena. Dir.: Michael Boder. Dir. escena: Marco Arturo Marelli (Arthaus)
El gran pianista nacido en 1936, colaborador de los más grandes cantantes de lied (entre ellos, Fischer-Dieskau), es un gran compositor que, pese a haber compuesto óperas como La casa de Bernarda Alba, es poco conocido en España. La espléndida música concuerda a la perfección con el mito clásico, si bien el libreto, del propio Reimann, se inspira en la tragedia de Franz Grillparzer. Excelente interpretación de la protagonista, notable dirección musical de Boder y esencial y poderosa propuesta escénica de Marelli. La calidad técnica, sobre todo en Blu-ray, es extraordinaria. Subtítulos en castellano. (Es una lástima que no se haya publicado la genial versión de su quizá ópera cimera, Lear, de 1978, filmada en Múnich con Fischer-Dieskau, Dernesch y Varady, dirección musical de Gerd Albrecht y escénica de Jean-Pierre Ponnelle).












lunes, 12 de noviembre de 2012

Daniel Barenboim cumple 70 años

Este hombre, que es para muchos (me incluyo) el intérprete musical más grande de nuestro tiempo, cumple el 15 de noviembre 70 años. No sólo es uno de los pianistas más eminentes (como ejecutante no es el más perfecto: ahí están Zimerman, Kissin y otros, pero como intérprete sí puede que sea, desde Arrau, el más clarividente), sino que como director no hay hoy quien pueda medírsele.

Hay hoy muy buenos directores (aunque no tantos como en generaciones anteriores, como cuando coincidieron Böhm, Karajan, Bernstein, Solti, Giulini, Celibidache y otros grandes), pero ninguno es tan lúcido y profundo en el repertorio más importante: en Mozart, en Beethoven, en Wagner, Bruckner y Tchaikovsky. Autores a los que se suman sus estupendas aportaciones en Schubert, Schumann, Brahms, Richard Strauss y muchos compositores del siglo XX, incluyendo nombres de vanguardia.

Intérprete personal, comprometido, y a veces incluso radical, es por ello mismo controvertido. Pero hay también críticos que le niegan el pan y la sal, como es el caso de Enrique Pérez Adrián, quien niega que sus Tristanes o sus beethoven merezcan la pena, hasta llegar a afirmar que, más o menos, no sabe dirigir. ¡Curioso en quien ha sido o es director de la Orquesta de París, de la Sinfónica de Chicago, de la Scala de Milán, que ha revitalizado la Staatskapelle de Berlín y moldeado de la nada la West-Eastern Divan! ¡Hay que ver lo que sabe ese crítico: debería comunicárselo sin tardanza a esas orquestas y a las Filarmónicas de Berlín y Viena, entre otras: que Barenboim es una nulidad! Y a los más grandes violinistas, cellistas, pianistas y cantantes: que no se pongan en su manos. ¡Cómo se dejan dirigir por semejante inepto! En fin, sin comentarios.

Como las compañías discográficas han sido las que más han hecho por la divulgación de sus artistas exclusivos, y Barenboim ha emigrado de unas otras, sin permanecer mucho tiempo con ninguna (EMI, D.G., RCA, Sony, Teldec y Erato, Decca..., y lo mismo con las de filmaciones musicales), ha sido mucho menos publicitado que otros, y tal vez ello haya contribuido a que haya sido menos conocido y apreciado en ciertos ámbitos.

Pero últimamente, los premios, medallas y reconocimientos parecen llegarle de todas partes. Incluso ha sido propuesto los dos o tres últimos años al Premio Nobel de la Paz por su labor en pro del entendimiento entre israelíes y palestinos.

Además ha llegado a ser el músico con mayor número de grabaciones hasta la fecha (aparte Fischer-Dieskau). Sólo este año de su 70º cumpleaños, han visto la luz las siguientes novedades y reediciones:

-su recital de 1955, antes de cumplir los 13 años, con autores tan extraños a su repertorio como Shostakovich o Kabalevsky (Guild Historical)

-la edición en DVD y Blu-ray de los Conciertos 20 al 27 de Mozart con la Filarmónica de Berlín (EuroArts)

-los 2 Conciertos de Brahms y el de Schumann y Tchaikovsky (Primero) dirigidos por Celibidache (DVDs EuroArts)

-las Sonatas para piano completas de Mozart (DVDs EuroArts)

-Liszt: Suiza, selección de Italia, Transcripciones de Wagner y Verdi, Sonata en Si menor (DVDs EuroArts)

-la Séptima Sinfonía de Bruckner con la Staatskapelle Berlin (D.G.)

-Parsifal en la Ópera Estatal de Berlín (DVDs EuroArts)

-sus nuevas 9 Sinfonías de Beethoven con la West-Eastern Divan Orchestra

-el paso a CD de sus 32 Sonatas de Beethoven (Decca) antes publicadas por EMI en DVDs

-el de sus 5 Conciertos (Decca) de Beethoven anteriormente filmados (DVD y Blu-ray EuroArts)

-la recuperación en DVD de sus Variaciones Goldberg de Bach (EuroArts)

-las Variaciones Diabelli de Beethoven (DVD EuroArts)

-los 2 Conciertos de Chopin con Nelsons (CD de D.G.; DVD y Blu-ray Arthaus)

-Recital Chopin en Varsovia (CD D.G. y DVD/Blu-ray Accentus)

-los 2 Conciertos de Liszt con Boulez (más la Consolación III y Vals olvidado I) en CD de D.G. y DVD/Blu-ray de Accentus

-Leonora III de Beethoven, Variaciones op. 31 de Schoenberg y Sinfonía “Patética” de Tchaikovsky (CD Decca y DVD/Blu-ray C Major)

-Cuarto Concierto de Beethoven, Notations de Boulez y Te Deum de Bruckner con la Filarmónica de Viena (DVD/Blu-ray C Major)

-la reedición en Blu-ray de “Mozart en Praga” (Sinfonías 35 y 36, Concierto 22, Concierto para trompa 1), con la Filarmónica de Berlín (EuroArts)

-la reedición en DVD de El anillo del nibelungo de Wagner (Bayreuth, con dirección escénica de Kupfer) (Warner)

-la edición en DVD/Blu-ray de El oro del Rin y La Walkiria (parece que sólo en Japón) de La Scala de Milán

-la inminente edición de los Conciertos para cello de Elgar y Elliott Carter con Alisa Weilerstein y la Staatskapelle Berlin (Decca)

-la anunciada publicación de las seis últimas Sinfonías de Bruckner con la Staatskapelle Berlin en DVD y, tal vez, Blu-ray.

martes, 6 de noviembre de 2012

¿Las 32 Sonatas “definitivas” de Beethoven por Barenboim?

 

Las 32 Sonatas para piano de Beethoven que acaba de publicar Decca en una caja de 10 CDs, a precio muy bajo, como tercera y última entrega de la serie “Beethoven para todos” reproduce, como ya he comentado en otra ocasión, el audio (con magnífico sonido, por cierto) de la caja de DVDs de EMI con esas obras (se omiten, por supuesto, las Clases magistrales).
Además de la caja con las Sonatas, se ha puesto también a la venta una Deluxe Edition (a poco más de 100 €) en un cajón de 32 x 32 x 5 cm, que alberga además de los 18 CDs de las Sinfonías, los Conciertos y las Sonatas, un CD con una entrevista a Barenboim, un DVD de 58’ con el documental “It all starts with a dream” (subtítulos en castellano), un libro tamaño caja de DVD con artículos en inglés, francés y alemán y un libro de 31 x 31 cm y 64 páginas con espléndidas fotos de Benjamín Ealovega tomadas en Pilas (Sevilla), donde cada verano se reúnen para ensayar y convivir los músicos de la Orquesta del West-Eastern Divan.
He vuelto a escuchar estas interpretaciones, que recogen ocho recitales en público ofrecidos Daniel Barenboim en la Staatsoper de Berlín entre el 17 de junio y el 6 de julio de 2005, y me gustaría intentar explicar brevemente qué diferencias (las similitudes son evidentes) encuentro entre este ciclo y sus dos anteriores grabaciones de la serie completa: la de EMI 1967-70 y la de Deutsche Grammophon 1984 (tomas realizadas en París entre 1981 y 1984).
Pues bien, como ya he escrito más de una vez, el ciclo EMI se situó en su momento a la cabeza de todos los escuchados hasta entonces, al ahondar como nadie en el mundo interior de Beethoven, extrayendo hasta el máximo (un poco en la línea de Arrau) la cantabilidad de su música, relegando por completo el virtuosismo como fin y todo el mecanicismo que afeaba y desvirtuaba tantas y tantas intepretaciones anteriores: a partir de este ciclo (en el que las últimas Sonatas estaban mucho mejor comprendidas por el intérprete que las correspondientes del gigantesco pianista chileno citado), las cosas no volverían a ser igual: ¡qué grandeza, qué profundidad, qué belleza, qué lucidez! Al escuchar los dos o tres primeros discos de este ciclo, Otto Klemperer se quedó tan impresionado que expresó a EMI su deseo de grabar con el joven argentino (¡57 años menor que él!) los 5 Conciertos de Beethoven, algo que deseaba hacer desde hacía tiempo, pero ¡no encontraba pianista que le gustase lo suficiente!
El álbum de 1984, ya digital, está por supuesto mejor grabado que el de EMI, pero quizá no recoge exactamente el peculiar sonido del piano de Barenboim, sino que resulta algo más duro y acerado que cuando se le escucha en directo. Este ciclo, muy marcado según el propio intérprete por su experiencia de dirigir Tristán e Isolda, ofrece quizá el Beethoven más trágico y también más hosco, arisco y misántropo, el que más reflexiona sobre la muerte. Aunque no en todas las Sonatas es esto evidente, sí que lo parece en una buena parte de ellas. Quizá este tratamiento o punto de vista beneficia a algunas de ellas: aun así, la 5 (de 1968), la 8 “Patética” del primer ciclo siguen siendo mis predilectas, lo mismo que las quasi sonatinas 19 y 20, la 21 “Waldstein”, la 26 “Los adioses” (todas de 1967) o el jamás alcanzado, ni antes ni después, sublime “Adagio sostenuto” de la 29 “Hammerklavier” (1970), que tengo (opinión que comparto con Álvaro Marías) por una de las cosas más excelsas escuchadas jamás a un intérprete musical.
En el ciclo de 1984 destacan, en mi opinión, la Tercera, la Sexta, la 17 “La tempestad”, la 18, la 23 “Appassionata”, la 30 y la 32.
El cuarto y último ciclo que nos ofrece Barenboim, sin duda el mejor grabado, parece en cierto modo aglutinar sus puntos de vista anteriores, pues es su Beethoven más plural y poliédrico, el más sutil en su enorme variedad de estados de ánimo (a menudo muy cambiante), explorando algunos que antes habían quedado menos explicitados. La paleta sonora es quizá la más rica, y lo que quizá más llama la atención es el muy abundante, diría que generalizado, uso del rubato, en pos de cantar con múltiples acentos las melodías (acentuadas aquí y allá de mil maneras) y en pos de hallar múltiples momentos en los que la tensión es presentada en múltiples grados: un recurso, el del rubato, mucho más asociado a otros compositores y del que el pianista de Buenos Aires obtiene aquí unas posibilidades inimaginables.
Pero la impresión que quizá más cala y perdura en el oyente es que se trata, en general, de su Beethoven más humanista, con una muy especial atención a la que yo llamo la ternura viril beethoveniana. Es decir, que pese a ciertas inexactitudes debidas a ser ejecuciones en público (particularmente en la endemoniada fuga final de la Sonata 29), creo que es el ciclo más admirable, maduro y magistral de Barenboim. Y de toda la discografía, sin duda.
De este ciclo de 2005 (DVDs EMI y CDs Decca) me parece que sobresalen especialmente, rozando de lleno la estratosfera, las números 3, 4, 5, 6, 7, 11, 13 “Quasi una fantasia”, 15 “Pastoral”, 16, 17 “Tempestad” y 32.
(El comentario sobre el ciclo de las 32 Sonatas por Barenboim, el filmado en Múnich por Jean-Pierre Ponnelle y más o menos contemporáneo del de Deutsche Grammophon –pues parece que se filmó en 1983–, lo dejo para más adelante, porque saldrá a la venta dentro de unas semanas en DVD y Blu-Ray; será buena ocasión para repasarlo).









martes, 30 de octubre de 2012

¿Se animan EMI y Warner con el Blu-Ray de música clásica?

 

¿Qué ocurre, que las compañías discográficas tanto tiempo líderes en el campo del disco (primero del LP, luego del CD), se resisten a lanzar Blu-Rays? Hoy en el ámbito cinematográfico son ya numerosísimas las publicaciones en este formato –que permite, sin duda, una nitidez de imagen muy superior a la del DVD, y también un sonido mucho más fiel–, pero en el ámbito de la música clásica son sellos modestos (comparados con Deutsche Grammophon, Decca, EMI, Warner o Sony) los que están lanzando la mayor parte de los Blu-Rays. Las “grandes” se han dejado hasta ahora arrebatar el mercado por las pequeñas.
En España, por su atraso comparativo con otros países más ricos y avanzados, esta ausencia de Blu-Rays de las “grandes” se apreciará menos; pero no digamos lo que se echarán de menos en Alemania, Francia o el Reino Unido (por no hablar de Japón), países en los que me consta que las películas en Blu-Ray se venden como rosquillas...
Bueno, como se sabe, la sección de música clásica de Universal tiene publicados un puñado de Blu-Rays (algo así como la veinteava parte de sus publicaciones en DVD), e incluso Sony tiene alguno (poquísimos: que recuerde, solamente un par de recitales de Lang Lang).
Pero EMI (y su filial Virgin) no tenía ni uno solo... hasta ayer, en que por fin ha lanzado uno (Tosca de Puccini por Gheorghiu, Kaufmann, Terfel y Pappano), y lo mismo ocurría con Warner, que no tenía ninguno en absoluto, pero que acaba de lanzar la Tetralogía de Wagner por Barenboim y Harry Kupfer en Bayreuth en una caja de 4 Blu-Rays (uno por ópera: ¡qué comodidad y qué buen precio!).
Bueno, por algo se empieza: algo parece, por fin, que empieza a moverse... Pero ¿se animarán a pasar a Blu-Ray muchas de las maravillas que tienen ya en DVD? Veremos... ¡¡Esperemos!!



miércoles, 24 de octubre de 2012

Lang Lang interpreta Chopin en un disco magistral de Sony

 

Sony acaba de publicar un CD con un programa Chopin grabado en estudio por Lang Lang, en Berlín entre el 7 y el 11 de junio de este mismo año. Es, por cierto, una de las mejores grabaciones de piano –técnicamente hablando– que recuerdo (la productora es Martha de Francisco, y el ingeniero de sonido, Daniel Kemper. ¡Bravo!).
De Lang Lang he escuchado opiniones para todos los gustos: desde que es un genio hasta que es un payaso. De lo primero me parece que no hay duda; de lo segundo, es posible que alguna vez lo sea, o al menos lo parezca. Pero que es un pianista como la copa de un pino no debe haber nadie serio que lo ponga en duda. Este disco bastaría para dejarlo bien claro, de una vez por todas.
En primer lugar podemos decir que como ejecutante hay pocos en el mundo que le puedan igualar: la limpieza, la claridad, la exactitud, la perfección son sencillamente formidables. Pero lo más importante: las interpretaciones. ¿Cómo son? Hay unas características comunes a todas las 18 piezas del disco: la delicadeza, la finura, en el mejor sentido de estos términos. Así como la elegancia, la distinción aristocrática (de la que a Chopin nunca se debería privar).
Pero todas estas características, que alguien entenderá que pueden ser relativamente superficiales, se superponen a una auténtica hondura en la expresión. Que es, mayoritariamente, melancólica. Así en los tres Nocturnos (Nos. 4, 16 y 20), en general más introspectivos y dolientes que dramáticos. El programa incluye también dos valses: el No. 1 (Op. 18) y el No. 6 (Op. 64/1), absurdamente llamado “Del minuto”. El primero es particularmente danzable, no sólo pieza de concierto, y el segundo, que cierra el programa, es espléndido –libre, fluido–, pero me quedo con las ganas de escuchar el tremendo rubato que al final le aplican, sobre todo, Zimerman (en su desconocida, nunca pasada a CD, grabación para D.G. de 1977) o Barenboim.
El Andante spianato y gran polonesa brillante conoce en sus dedos una versión de gran belleza, maravillosamente cantado el primero, y elocuente y cálida la segunda, sin perseguir el carácter épico del que la dotan Arrau o Rubinstein.
Pero lo más fastuoso del disco –en el que todo, como he dicho, me parece más que sobresaliente– es la segunda serie completa de los Estudios, la Op. 25: una colección que, lo diré con claridad, nunca he escuchado tan magníficamente interpretada como aquí. Lo de menos es la siempre asombrosamente perfecta ejecución, sino que lo principal es la enormidad de Música, con mayúsculas, que Lang extrae de ellos (y no olvidemos, aunque algunos pianistas lo hacen, que están entre lo más original y hermoso compuesto nunca nunca por el polaco). Una muy buena señal es que no parecen estudios, es decir piezas en las que la dificultad de ejecución es crucial.
La fértil imaginación de Lang Lang le lleva a matizar en extremo, alejándose por completo de lo mecánico, estudios como por ejemplo los dos primeros o el Quinto, cuyo final es estremecedor, tremendo, genial (al menos Sviatoslav Richer, en su recital en el Barbican Hall en DVD, hacía algo parecido). Si alguien ha pensado que Lang evita el dramatismo extremo, se equivoca: escúchesele el tremendamente atormentado, mortalmente pesimista Séptimo, o la rebelde y tremenda conclusión del Décimo. En el Undécimo no sabe uno qué admirar más, si la alucinante ejecución o el fuego que lo devora. Y lo mismo ocurre con el último, un vendaval de fuerza y pasión. Un disco, pues, impresionante, y obligatorio para todo devoto de Chopin que se precie. (Deutsche Grammophon aprovecha para lanzar un CD Chopin de Lang Lang, pero me temo que no presenta ninguna grabación nueva).





sábado, 20 de octubre de 2012

Las Sinfonías de Beethoven por Karajan en EMI

 

Herbert von Karajan grabó su primer ciclo de las 9 Sinfonías de Beethoven entre 1951 y 1955, con la Orquesta Philharmonia. Antes, había llevado al disco para la misma compañía las Sinfonías 5ª, 8ª y con la Filarmónica de Viena.
Nunca he sido un gran entusiasta del Beethoven de Karajan (salvo algunas excepciones), y siempre he lamentado que miles de aficionados tengan en su casa como único ciclo sinfónico beethoveniano cualquiera de los tres que hizo para Deutsche Grammophon (los tres con la Filarmónica de Berlín).
La escucha –por primera vez completa– de estas doce sinfonías me reafirma en ello. En general, se detecta en ellas a un gran director mucho más que a un gran músico. Aun así, comparando mis calificaciones, es posible que, en conjunto, sea, por poca diferencia, el mejor (el menos decepcionante) de sus cuatro ciclos. No voy a entrar a hacer comentariosde todas las versiones, sino sólo a señalar algunos puntos: para ahorrarse un CD, EMI ha hecho verdaderas perrerías, como dividir cuatro de las Sinfonías en dos CDs diferentes y, lo que es colmo, partir el último movimiento de la de la Filarmónica de Viena de 1947 (9’52” en un CD y los restantes 14’58” en el siguiente). Las dos Novenas son, por cierto, junto a la Sexta, las más flojas de entre las doce: la de Viena cuenta con una maravillosa Elisabeth Schwarzkopf, un grandísimo Hans Hotter y un insufrible Julius Patzak (y en su intervención solo, los platillazos están totalmente salidos de madre, hasta lo insufrible). En la de la Philharmonia, de nuevo con el Coro de la Wiener Singverein (¡han mejorado mucho los grandes coros desde entonces!), el primer movimiento está bajo mínimos y la Schwarzkopf vuelve a estar maravillosa, ¡y nada apurada!
Tampoco en su primer registro se le dio bien, ni mucho menos, la “Pastoral”, la sinfonía beethoveniana que peor ha solido dirigir Karajan; aun así, es posible que sea mejor que sus tres siguientes grabaciones. Lo más notable del álbum son quizá la Octava (que baja un poco en el finale) y la Obertura de Coriolano, por no hablar de la interpretación más extraordinaria que he escuchado hasta la fecha del aria de concierto Ah! perfido, con una Schwarzkopf verdaderamente sensacional y un Karajan casi a su nivel. El aria de Fidelio, “Abscheulicher!” (grabadas ambas en 1954), en cambio, le viene muy grande a la soprano, a la que le falta por todos lados dramatismo (vocal, sobre todo).
Señalar, por último, que la Philharmonia tenía, ya en aquellos años, en mi opinión, un viento (madera y metal) que en nada tenía que envidiar a los de cualquier orquesta europea o americana, por no decir que no tenía parangón.
Como las grabaciones, monoaurales, son técnicamente malillas (EMI no solía ser la compañía que mejor grababa por aquellos años), el álbum, la verdad, no me parece en conjunto recomendable más que a quien quiera conocer a fondo la trayectoria del famoso (y, en otros repertorios, grandísimo) director. Eso sí, si pueden, busquen ese Ah! perfido, que está también en algún otro acoplamiento.





martes, 16 de octubre de 2012

Los Conciertos de “Beethoven para todos”: Barenboim con la Staatskapelle Berlin

 

Aparte de varias versiones aisladas, esta es la cuarta grabación de la serie completa de los Conciertos para piano de Beethoven a cargo de Barenboim: a 1967-68 se remonta la primera, con la New Philharmonia dirigida por Klemperer (EMI), ciclo que algunos críticos consideran el más grande en disco; en 1975 se los dirigió a Rubinstein con la Filarmónica de Londres, una grabación de RCA no muy conocida y sin embargo admirable (a distancia, el mejor ciclo llevado al disco por el enorme pianista polaco, tanto por él como por la batuta); en 1987 Barenboim los grabó por primera vez tocando y dirigiendo al tiempo, con la Filarmónica de Berlín y para EMI; finalmente, Medici Arts publicó en DVD y Blu-ray una toma en público (Bochum, Festival de Ruhr, 21-23 de mayo de 2007) las versiones de las que ahora Decca edita solo el audio, en esta colección “Beethoven para todos” que comenzó con las 9 Sinfonías y concluirá con las 32 Sonatas.

La evolución del intérprete a lo largo de cuatro décadas es notoria, pese a que se puede apreciar al tiempo un denominador común, que es una sintonía plena con el autor. Pero al Beethoven hondo, pensador y trascendente de 1968 (a lo que contribuyó no poco Klemperer, el más genial director entonces, pero que también se aprecia en las grabaciones de las Sonatas, EMI, de aquellos años) siguieron el añadido de otros rasgos de la personalidad del compositor, que no siempre era serio y profundo, sino capaz de gran ternura, de fino humor, incluso de picardía. Y estos otros aspectos aparecen ya más nítidos en 1987, y más aún en 2007.

Contra lo que algunos pudieran pensar, los Conciertos mejor tocados son estos últimos, pese a estar en público, pues el pianista de 65 años ha alcanzado una mayor flexibilidad en el fraseo, con una dinámica más sutil, una acentuación más rica y un sonido aún más depurado. Súmese a ello un aire más espontáneo, más de inspiración del momento, con hallazgos –¡siempre bien traídos!– más abundantes y creativos.

Mientras el Primer Concierto –creo que el que más veces ha tocado en público– es irresistible, con un final más scherzando que nunca, el Segundo es acaso la versión más extraordinaria que recuerdo; el Tercero, pleno de fuego y de pathos en el “Allegro con brio” y de introspección en el “Largo”, posee un rondó con tal libertad de fraseo, tal imaginación en la cambiante expresión de las diversas repeticiones del estribillo como no ha sido posible escucharlo antes o después (¡¿quién dijo que su técnica no es nada del otro jueves?!). El Cuarto es bastante sobrio y adusto: puede ser así, claro, pero mi interpretación favorita de las suyas es la de su concierto en público en Salzburgo 2010 con la Filarmónica de Viena, de un lirismo conmovedor (DVD/Blu-ray C Major). Y en el “Emperador”, el rondó le provoca un ataque en toda regla de pasión incendiaria al que sólo un genio de la interpretación es capaz de hacer frente con semejante riesgo y arrojo. ¿Qué intérprete actual es capaz de algo similar?

jueves, 11 de octubre de 2012

Espléndidas “Bodas de Fígaro” de Philippe Jordan y Giorgio Strehler en la Ópera de París

 


Bel Air ha publicado en DVD y Blu-Ray (este último ofrece una calidad técnica sin precedentes) unas Bodas de Fígaro filmadas en la Ópera de París en octubre y noviembre de 2010 que me han gustado globalmente mucho, casi diría que muchísimo. Aunque ya disponíamos de alguna interpretación de primerísimo orden (ahí está la de Böhm, D.G., con película en estudio de Ponnelle), ésta de Bel Air gana a todas en imagen y en sonido, la interpretación musical es espléndida y, la escénica se sitúa absolutamente a la cabeza de cuanto existe filmado. Así que la recomendación, según las prioridades de cada uno, deben estar claras.
Hace tiempo que me viene llamando la atención el talento de Philippe Jordan (n. Zúrich, 1974, hijo de Armin), no tan conocido como otros jóvenes –Yannick Nézet-Seguin, Andris Nelsons– pero tal vez no mucho menos dotado: ahí están su sensacional Doktor Faust de Busoni o su estupendo Tannhäuser (ambos DVD/Blu-Ray Arthaus). Aquí, con un enfoque absolutamente clásico, a medio camino entre la concepción apolínea de Böhm y el fuego y la teatralidad de Solti, logra en primer lugar una respuesta extraordinaria de la Orquesta (la institución ya le ha nombrado director musical), dando además una –rara hoy– lección de sensatez, y sin la menor tentación de excentricidades creativas, tan al uso también (además de emplear clavecín como continuo, no hay ni rastro de guiños a la marea de los instrumentos originales). La Obertura, por ejemplo, es sencillamente sensacional, como acaso no la haya escuchado mejor nunca (personalísimos y geniales klempereres aparte).
El punto más fuerte de la publicación es, en todo caso, la maravillosa y bellísima puesta en escena, con plena justicia todo un clásico, de Giorgio Strehler (1921-1997), autor también de la excelsa iluminación. Aparte de una soberbia y atentísima dirección de actores (a cargo de Humbert Camerlo), la escenografía de Ezio Frigerio y los trajes de Frigerio y su esposa, Franca Squarciapino, son la guinda del pastel.
Finalmente, el elenco ha sido seleccionado con raro acierto: sin haber cantantes estelares, los principales están más que bien, lo mismo que casi todos los secundarios. Mención especial para Ekaterina Siurina (Susana), Ludovic Tézier (el Conde) y Luca Pisaroni (Fígaro). Muy correcta Karine Deshayes (Cherubino) y con la voz ya un poco tremolante, pero sumamente musical, Barbara Frittoli (la Condesa). A destacar también la espléndida Barbarina de Maria Virginia Savastano, la inteligente y jugosa Marcelina de Ann Murray, e incluso el intachable Bartolo de Robert Lloyd (un cantante que casi nunca me ha gustado, y que aquí está a pedir de boca, también en su difícil aria). En cuanto al Basilio de Robbin Leggate, este tenor británico nunca ha llegado a pronunciar pasablemente el italiano.




lunes, 8 de octubre de 2012

La mejor Orquesta del mundo en todo su esplendor. Caja Solti de Sony (3 DVDs)


   

 

Lo que fueron en su día tres laser discs han sido vertidos ahora (¡por fin!) a DVD: podrían haber cabido en dos, pero bueno, bienvenida sea la publicación, que además está a un precio realmente muy, muy bajo (25,99 € en la FNAC; a El Corte Inglés aún no ha llegado). Se trata de tres conciertos de Sir Georg Solti y su Orquesta Sinfónica de Chicago en Tokio, en 1986 (Mozart, Mahler) y 1991. Es decir, en estos últimos estaba a punto de cederla a su sucesor, Daniel Barenboim. (El primer concierto tiene un contraste algo mermado entre claros y oscuros, lo que no ocurre en los dos siguientes. Pero el sonido en los tres DVDs es verdaderamente excelente: para disfrutar al máximo).
El primer DVD contiene una Sinfonía 35 “Haffner” de Mozart muy canónica, sin nada de particular. No es extraordinaria ni muy personal, pero sí rigurosamente impecable. Y sigue una sensacional Quinta de Mahler, para mí la más satisfactoria que le haya escuchado a Solti, uno de los grandes directores mahlerianos. Ligeramente más lenta, movimiento a movimiento, que la de su famosa integral (grabada en el Medinah Temple de Chicago en 1970), ésta sigue unos patrones no muy diferentes, pero sí está un poco más matizada y muestra un fraseo algo menos rígido. Es una interpretación implacable, de notable dureza, sin devaneos sonoros, de hondo sentido trágico y fatalista; lo que no impide un finale bastante optimista, o al menos lúdico. Cada vez lo tengo más claro: Mahler suele salir ganando con estos planteamientos sobrios, alejados de los excesos delicuescentes y hasta amanerados tan frecuentes en los últimos tiempos. Una de las grandes Quintas –no solo en DVD–, en suma. Y puede que la mejor tocada. Las Filarmónicas de Berlín y Viena, y otras grandes orquestas, la han tocado más o menos tan bien, pero ninguna otra posee un sonido tan esplendoroso y brillante: algo verdaderamente descomunal, sobre todo en lo que se refiere al metal. Menciones especialísimas al trompeta Adolph Herseth y al trompa Dale Clevenger. Resulta enternecedor ver en el rostro de Solti, al final del concierto, en medio de aplausos encendidos, la expresión de alivio de que las cosas han salido bien.
Si este fue sin duda el programa de un concierto, en el de la Obertura de Egmont y la Quinta de Beethoven falta alguna obra que se debió de tocar entre una y otra (¿?); sí se filmó la propina, la Marcha húngara de La condenación de Fausto de Berlioz. Esta versión de Egmont me gusta más que sus dos grabaciones anteriores: está dicha con algo menos de premura y me suena más sincera y profunda. Una de las grandes versiones de la extensa discografía de esta página. Esta Quinta beethoveniana no es tan violenta y arrolladora como la de su primera grabación, con la Filarmónica de Viena (1959), ni tan apolínea y perfecta –asombrosa, alucinantemente perfecta– como su última grabación con esta misma Orquesta (1988); es una aproximación bastante clásica que, para mi gusto, peca de cierta prisa y falta de personalidad en sus dos primeros movimientos, pero que remonta en los dos últimos. Es decir: una versión importante, aunque no una de las más grandes. Eso sí, de las mejor tocadas que puedan hallarse. La propina fue la bomba: la Marcha berliociana fue una exhibición tal de la Orquesta que deja atónito. ¡Los trombones son de otro planeta! ¡Qué animalada, en el mejor sentido! Rugidos de admiración al final.
Los Cuadros de una exposición son punto y aparte: después de una interesante introducción de Solti, tocando también el piano y con fragmentos de los ensayos orquestales (26 minutos en inglés, con subtítulos en francés y alemán), la ejecución en Tokio es mi favorita de cuantas versiones haya yo escuchado de esta partitura. A diferencia de otras que miran algo más a Ravel, ésta, sin dar la espalda al francés, procura sonar con un color más ruso. Las mejores orquestas del mundo han grabado una y otra vez esta obra, con resultados muchas veces asombrosos; pues bien, ¡nunca como aquí! La precisión rítmica y articulatoria que logra Solti, con algunos reguladores dinámicos y algunas acentuaciones de una seguridad y perfección que apabullan, culmina en los dos números últimos en una exhibición de potencia y belleza sonora como jamás se haya escuchado algo igual. La Sinfónica de Chicago no solo posee una cuerda de una perfección, belleza y maleabilidad inenarrables; las maderas son la repanocha (a un nivel solo escuchado antes en la Philharmonia de Klemperer). Pero el metal y la percusión... no, nunca se ha escuchado algo parecido. “La Gran Puerta de Kiev” tiene toda la monumentalidad y grandeza deseables, pero no hay nada de grandilocuencia, porque la pasión la envuelve por completo.
Es, en definitiva, una de las mayores exhibiciones orquestales que haya oído nunca, en ésta o en cualquier orquesta.