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miércoles, 24 de octubre de 2012

Lang Lang interpreta Chopin en un disco magistral de Sony

 

Sony acaba de publicar un CD con un programa Chopin grabado en estudio por Lang Lang, en Berlín entre el 7 y el 11 de junio de este mismo año. Es, por cierto, una de las mejores grabaciones de piano –técnicamente hablando– que recuerdo (la productora es Martha de Francisco, y el ingeniero de sonido, Daniel Kemper. ¡Bravo!).
De Lang Lang he escuchado opiniones para todos los gustos: desde que es un genio hasta que es un payaso. De lo primero me parece que no hay duda; de lo segundo, es posible que alguna vez lo sea, o al menos lo parezca. Pero que es un pianista como la copa de un pino no debe haber nadie serio que lo ponga en duda. Este disco bastaría para dejarlo bien claro, de una vez por todas.
En primer lugar podemos decir que como ejecutante hay pocos en el mundo que le puedan igualar: la limpieza, la claridad, la exactitud, la perfección son sencillamente formidables. Pero lo más importante: las interpretaciones. ¿Cómo son? Hay unas características comunes a todas las 18 piezas del disco: la delicadeza, la finura, en el mejor sentido de estos términos. Así como la elegancia, la distinción aristocrática (de la que a Chopin nunca se debería privar).
Pero todas estas características, que alguien entenderá que pueden ser relativamente superficiales, se superponen a una auténtica hondura en la expresión. Que es, mayoritariamente, melancólica. Así en los tres Nocturnos (Nos. 4, 16 y 20), en general más introspectivos y dolientes que dramáticos. El programa incluye también dos valses: el No. 1 (Op. 18) y el No. 6 (Op. 64/1), absurdamente llamado “Del minuto”. El primero es particularmente danzable, no sólo pieza de concierto, y el segundo, que cierra el programa, es espléndido –libre, fluido–, pero me quedo con las ganas de escuchar el tremendo rubato que al final le aplican, sobre todo, Zimerman (en su desconocida, nunca pasada a CD, grabación para D.G. de 1977) o Barenboim.
El Andante spianato y gran polonesa brillante conoce en sus dedos una versión de gran belleza, maravillosamente cantado el primero, y elocuente y cálida la segunda, sin perseguir el carácter épico del que la dotan Arrau o Rubinstein.
Pero lo más fastuoso del disco –en el que todo, como he dicho, me parece más que sobresaliente– es la segunda serie completa de los Estudios, la Op. 25: una colección que, lo diré con claridad, nunca he escuchado tan magníficamente interpretada como aquí. Lo de menos es la siempre asombrosamente perfecta ejecución, sino que lo principal es la enormidad de Música, con mayúsculas, que Lang extrae de ellos (y no olvidemos, aunque algunos pianistas lo hacen, que están entre lo más original y hermoso compuesto nunca nunca por el polaco). Una muy buena señal es que no parecen estudios, es decir piezas en las que la dificultad de ejecución es crucial.
La fértil imaginación de Lang Lang le lleva a matizar en extremo, alejándose por completo de lo mecánico, estudios como por ejemplo los dos primeros o el Quinto, cuyo final es estremecedor, tremendo, genial (al menos Sviatoslav Richer, en su recital en el Barbican Hall en DVD, hacía algo parecido). Si alguien ha pensado que Lang evita el dramatismo extremo, se equivoca: escúchesele el tremendamente atormentado, mortalmente pesimista Séptimo, o la rebelde y tremenda conclusión del Décimo. En el Undécimo no sabe uno qué admirar más, si la alucinante ejecución o el fuego que lo devora. Y lo mismo ocurre con el último, un vendaval de fuerza y pasión. Un disco, pues, impresionante, y obligatorio para todo devoto de Chopin que se precie. (Deutsche Grammophon aprovecha para lanzar un CD Chopin de Lang Lang, pero me temo que no presenta ninguna grabación nueva).





1 comentario:

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    Madison
    maddie0147@gmail.com

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