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jueves, 25 de marzo de 2010

Un nuevo fenómeno del piano

Tomen nota del nombre de este pianista: Me-Ting Sun, de Shangai y 28 años. Creo que es un instrumentista y un músico de primera categoría. Para afirmarlo me baso tan sólo en el recital que ha ofrecido para Ibermúsica el 24 de marzo en el Auditorio Nacional. Antes, en España, había tocado (en Madrid y en Zaragoza) los 24 Estudios, opp. 10 y 25 de Chopin. Pero yo no tuve ocasión de escucharlo.

El programa con el que ha vuelto a presentarse era abrumadoramente exigente, desde todos los puntos de vista: la Sonata de Béla Bartók, con la que dejó bien sentado cuál es su estatura. Yo no he escuchado una sola versión (incluyo discos) que me haya convencido tanto: no sólo por la pulsación totalmente bartokiana o por la extrema claridad de texturas y entre ambas manos, sino, sobre todo, por la tensión indesmayabable de que supo dotar a esta colosal partitura (¡tan poco escuchada!), también en el movimiento lento central. Lejos de ser una versión rígida o mecánica, fue adecuada y sutilmente flexible, y los puntos de máxima intensidad estuvieron escogidos con auténtica sabiduría. ¡Magistral!

Siguió la obra técnicamente más difícil de todo Brahms (lo que no es poco decir): los dos libros de las Variaciones Paganini. Tras un comienzo, primera variación incluida, un poco desquiciado, y sin dejar de hacer una versión toda ella un poco nerviosa de más, fueron apabullantes su nitidez, su limpieza aun en los pasajes más intrincados, y un certero sentido en la preparación y la dosificación de los clímax de la obra. Si se asienta y se sosiega, en pocos años podrá ofrecerlas con el absolutamente perfecto equilibrio musical de un Kissin (escúchese su grabación, RCA).

La segunda parte la dedicó a la danza. En primer lugar, una preciosa selección de Danzas de Schubert realizada por la gran pianista londinense Myra Hess (1890-1965), que Sun desgranó con delicadeza, gracia, chispa, ternura, encanto y, desde luego, con un sello inconfundiblemente schubertiano de la mejor ley. Logros nada fáciles, hay que recordar.

Tras este “remanso” de menos de un cuarto de hora, Sun volvió a enfrentarse a retos mayúsculos, ofreciendo dos transcripciones suyas, dos transcripciones en verdad asombrosas de una suite de valses de El caballero de la rosa de Strauss y de la suite de 1919 de El pájaro de fuego de Stravinsky. Parece increíble que partituras orquestales tan complejas puedan ser vertidas al piano sin apenas pérdida. Sólo por esta tarea, Sun sería ya un músico extraordinario. Pero es que, además, ¡cómo las tocó! De no dar crédito... ¡Qué elegancia, qué fuego, qué sentido del rubato en la de Strauss!

Aun así, creo que lo más asombroso de la velada fue El pájaro de fuego. No tengo palabras para dar idea de lo que este joven consiguió: se escuchaba todo, con una planificación asombrosa, un sentido del color alucinante, una variedad y limpieza de acentos y de ataques ilimitada.

Fuera de programa, ofreció el Estudio op. 10/3, la Polonesa “Heroica” y una mazurca de Chopin. No fueron versiones convencionales, sino plagadas de detalles creativos muy personales, nunca extravagantes ni fuera de lugar.

domingo, 14 de marzo de 2010

Caballé y Domingo en el Requiem de Verdi por Mehta

Aunque llegó a aparecer, hace más de diez años, en un catálogo de Sony como “de próxima aparición”, el primer Requiem de Verdi grabado en digital, el año 1980, nunca llegó a salir en CD. Ahora lo ha hecho, pero sólo en Japón (núm. de catálogo SICC 1145-6). Es extraño, muy extraño, a pesar de que la grabación, técnicamente, es bastante rara y, sin duda, deficiente.

¿Qué tiene de especial, de especialísimo, esta versión? Pues nada más y nada menos que una actuación memorable, única, de la soprano (sin duda, el papel solista más destacado en la obra) y del tenor, que no son otros que Montserrat Caballé y Plácido Domingo, los dos en estado de gracia y, para mí, sin la menor duda, la mejor interpretación de soprano y de tenor jamás escuchados en esta obra.

Pero hay más: Bianca Berini y Paul Plishka están tan bien (aunque no sean los mejores que recuerde) que se logra que le cuarteto solista de esta versión sea, seguramente, el más redondo de cuantos existen en disco.

La dirección de Mehta es bastante desigual, con momentos de tremenda intensidad dramática y otros más bien de mero trámite, con tendencia a un nerviosismo excesivo (que nada tiene que ver con la urgencia hiperdramática del primer Muti, por ejemplo). Mehta convence sobre todo en el “Recordare”, en el “Sanctus” y en el “Libera me”. La primera vez que aparece el estruendoso tema del “Dies irae” es cuando peor lo hace; en las reapariciones mejora de forma notable.

El Musica Sacra Chorus (sospecho que el Westminster Choir con otro nombre) está espléndido, lo mismo que la Filarmónica de Nueva York: transparentes, exactos y brillantes.

Pero lo de Montserrat es sencillamente de no creérselo: con una línea de una belleza turbadora, como su voz en un momento áureo, una capacidad de regulación del sonido absolutamente incomparable, una musicalidad y una sensibilidad que dejan anonadado: está mejor, de voz (más dramática ahora, pero no menos maleable) que con Barbirolli (EMI), y su interpretación es aún más intensa y más extática. El Do sobreagudo del último clímax del “Libera me” es impresionante por su intensidad, fuerza y brillantez.

Plácido ha grabado el Requiem al menos cinco veces, desde Bernstein (1970) hasta Barenboim (1994). Siempre, en todas las ocasiones, ha estado excelente. Pero aquí, con Mehta, es de no dar crédito: no sólo estaba pletórico de voz, con una belleza de timbre y de línea canora anonadantes, sino que su entrega y calor son de no olvidarlos nunca. Una y otro no tienen rival. ¡Qué barbaridad!

Tanto la Berini, de voz dramática y oscura (ideal para Azucena e incluso Ulrica), con algún cambio de color, y Plishka, que no es bajo-bajo, sino bajo-barítono, de emisión a menudo algo engolada, empiezan (Núm. 1, “Requiem”) un poco menos bien, para remontar de inmediato y mantenerse a muy alto nivel. Así, Berini en el increíble “Recordare”, donde su voz se funde de modo milagroso con el de Caballé, o Plishka en su gran solo, “Confutatis”.

Lástima que la grabación sea tan rara y artificial, sobre todo al principio, donde la estereofonía es extremadamente exagerada. Los fortísimos son algo estridentes y carentes de peso y corporeidad. Aun con esta seria deficiencia, este Requiem me parece de obligado conocimiento.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Sokolov: un genio con extravagancias

Grigori Sokolov ha vuelto a impresionar, a los asistentes a su recital del ciclo “Scherzo” de “Grandes Intérpretes” del 9 de marzo, con su imponente bagaje técnico y su fuerte personalidad. Un programa difícil –para él y para los oyentes– que comenzó con la Partita núm. 2 de Bach: ejecución magistral por su claridad, su pulcritud y su cuidado en las dinámicas, a cuya interpretación tal vez sólo le habría pedido yo un poco más de “humanidad” en la hermosísima “Sarabande” (que desgranó con fraseo admirable, pero con cierta sequedad). En las Fantasías op. 116 de Brahms afloraron los para mí excesos de su personalidad: el sonido brahmsiano fue incontestable y los aciertos plenos menudearon, pero su acentuación resultó a veces forzada, exagerada, poco natural, usando y abusando del rubato. Lástima, porque tiene madera de brahmsiano de primera categoría (y a veces lo es).

La segunda parte se limitó a la Tercera Sonata (“Concierto sin orquesta”), que quizá no se cuente entre las obras más redondas de Schumann: larga y algo fatigosa (de nuevo para todos), en la que, pese a las maravillas que logró, llegó a incomodar a buena parte de los asistentes, que huyeron antes de las propinas: ofreció tres Preludios de Chopin sobrios, esenciales, modernísimos, y piezas de Scriabin mágicas, difícilmente alcanzables.

jueves, 4 de marzo de 2010

Pinnock y Koopman con la Filarmónica de Berlín

Dos conciertos con la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigidos por dos de los más conocidos directores del ámbito de los instrumentos “originales” han llegado en DVD últimamente a mi poder.Uno de Trevor Pinnock data de octubre de 2008 y otro de Ton Koopman, de enero de 2010. Son dos grandes músicos, nadie lo duda, que, aunque sean bastante desiguales en su extensa discografía (sobre todo el holandés), tienen en su haber no pocos logros de gran calibre interpretativo.

Ahora bien, escucharlos al frente de la Filarmónica de Berlín en músicas del XVIII encierra sus sorpresas... Por de pronto, el inglés se aprovecha, por así decirlo, de las cualidades de la grandiosa orquesta alemana y no intenta forzar sus maneras en su programa Mozart. No hace, como es natural, versiones “a la romántica”, no abusa, claro está, del vibrato de las cuerdas, pero no intenta cambiar los modos en los que suele desenvolverse la orquesta. Creo que es una actitud muy acertada. Y, lo que es más importante, obtiene unas versiones espléndidas, que en el caso de la Sinfonía 25 se aproximan a lo fenomenal (lástima un “Andante” un poquito frío). Pero es que de la enjundiosísima No. 40 (la única otra de Mozart en Sol menor) sale más que bien parado, lo que constituye gran mérito: una versión sobria, intensa, bastante dramática y muy bien analizada y expuesta. Entre una y otra, el Concierto No. 9, K 271, con una Maria Joao Pires muy musical, pulcra, delicada que “canta” con mucho gusto... pero que parece asustarse de los abismos a los que a veces se asoma Mozart en él: si comienza a salirle una frase densa, oscura o tenebrosa, rápidamente se escapa y vuelve a la “formalidad”. O sea, que sin irritar por su proximidad a la frivolidad en esta ocasión (a diferencia de muchas otras), tampoco toca fondo, ni mucho menos, y queda bastante atrás con respecto a la admirable dirección del clavecinista Pinnock.

Koopman, el gran organista holandés, intenta cambiar bastante más la sonoridad y la forma de articular de la orquesta, pero -menos mal- sin llegar a caer en fundamentalismos. De todas maneras, la Suite orquestal No. 3 de Bach suena a ratos demasiado radical, si bien no curiosamente donde más en el Aria, tan proclive a lecturas “románticas”, sino sobre todo en la fuga de la Obertura, velocísima hasta lo insensato. Soberbio el Motete “Lobet den Herrn” con el admirable Coro de cámara RIAS y algo seco, pero enérgico y vibrante el Magnificat (con solistas más bien flojitos, salvo la mezzo Ingeborg Danz y el tenor Werner Güra, francamente buenos. Mal, en cambio, el supuestamente bajo Klaus Mertens).

Lo mejor del concierto fue, sin duda, la Sinfonía No. 98 de Haydn (una de las mejores de cuantas carecen de nombre), de una increíble y contagiosa vivacidad. Que, por otra parte, no me parece especialmente novedosa, pues recuerda no poco al mejor Marriner (y que, por tanto, orilla algunos de los valores más indiscutibles de esta obra, como la fuerza y la energía que la caracterizan en mis versiones discográficas preferidas: Klemperer, Colin Davis, Leppard o Solti). Un detalle: Haydn prescribe en la coda del último movimiento un solo de clavecín (instrumento ya casi en desuso en 1792), pero Koopman lo sustituye, de forma inexplicable, por un órgano de cámara (¿?). Creo que así queda menos bien; pero bueno, no deja de ser un detalle casi insignificante.

(Un apunte final: Mor Biron, fagot de la Orquesta del West-Eastern Divan desde hace cuatro o cinco años, está ya felizmente incorporado a la Filarmónica de Berlín, al igual que, algún tiempo antes, su compañero el contrabajista Nabil Shehata).