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viernes, 27 de septiembre de 2013

Magnífico “Oro del Rin” escalígero en DVD y Blu-ray

    

En este comienzo de la Tetralogía que Barenboim está ofreciendo en el coliseo milanés ha habido varias cosas que me han llamado la atención: la extraña escena de Guy Cassiers, que pone en juego bailarines casi todo el tiempo, el fantástico y casi sin fisuras (sólo una) elenco de voces, y la admirable, sorprendente actuación de una orquesta tan poco wagneriana como la del famoso teatro. De la excelencia de la dirección de Barenboim no me he extrañado, por supuesto: me habría extrañado de no haber sido excelente.
Empecemos por ella: comparándola con su famosa grabación de Bayreuth (CDs Teldec y DVDs/Blu-rays Warner, con la formidable escena de Harry Kupfer), la de Milán presenta una orquesta, por descontado, menos adecuada y menos buena, pero de la que, en todo caso, se consigue una respuesta bastante asombrosa –sólo alguna reserva momentánea aquí y allá–. Lo que sí asombra por completo es cómo Barenboim consigue superar las limitaciones del conjunto para lograr plenamente un colorido orquestal al cual convierte en vehículo necesario para la expresión, para la creación de atmósferas cargadas de todo tipo de sugerencias. La acústica de La Scala permite una mayor transparencia orquestal, mientras que la de Bayreuth ofrece una sensación de conjunto más empastada. En cualquier caso, en el coliseo milanés la orquesta no tapa a las voces, que es el peligro que se evita fácilmente en el teatro ideado por Wagner.
Por otro lado, a la rudeza y aspereza sonora (intencionada), de colores como elementales y primitivos, ancestrales, descarnados de Bayreuth (cuestión en la que es claro heredero de Solti, cuya Tetralogía para Decca no deja de agigantarse con el tiempo) añade aquí una mayor pasión y, en determinados momentos, cólera y rebeldía, así como también una mayor cantabilidad, además de un sentido teatral (más que dramático, ya presente antes) más desarrollado aún.

Esta vez –cosa rara en Italia– no ha habido ese día ningún abucheo, del que hubo algún amago hasta en el glorioso Tristán con el que Barenboim arribó a Milán. Todo lo contrario: sobre los triunfos personales de los cantantes se impuso el del director musical, que recibió una impresionante ovación.

Bryan Magee parece describir el arte wagneriano de Barenboim
Acabo de leer un interesantísimo ensayo de Bryan Magee titulado “Aspectos de Wagner” (Acantilado, 2013). He aquí algunas frases: “Muchos directores cuyas interpretaciones de la obra de algún otro compositor son insuperables no dan la talla en Wagner, porque las unidades orgánicas se les escapan; lo mejor que saben ofrecernos es una sucesión de episodios hermosos”. “En música, la impresión que tenemos del tempo tiene poco que ver con la medida física del tiempo y mucho con la vida interior de la interpretación [...] Wagner advirtió que lo que en mayor medida infunde vida a una buena interpretación no es ni siquiera el tempo principal, sino la introducción de innumerables y minúsculas modificaciones del tempo, imposibles de indicar mediante palabras o cifras, y que debían nacer de la intuición del intérprete”. “El mejor Wagner no es el Wagner con mejor sonido. Su música necesita sonar menos hermosa de lo que puede llegar a sonar”.

“Impedir que las interpretaciones [de las enormes formas wagnerianas] decaigan o aburran plantea unas exigencias enormes al director. Lo primero que requiere de él es un control absolutamente extraordinario de la estructura. No sólo debe tener un dominio firme de esos enormes conjuntos –la totalidad de cada obra y de cada acto–, sino también del detalle, para relacionarlo con el conjunto sin sacrificar nada de él y mostrarlo como algo interesante, expresivo, hermoso en sí mismo y, al mismo tiempo, como parte orgánica de la estructura. Cuando eso ocurre, el conjunto surge ante nosotros en todo momento, mientras la música parece desplegarse de manera inevitable, como si no pudiera ser de otra manera”. Pues bien, reconocerán ustedes que Barenboim da la talla (desde hace tiempo, pero ahora más aún) en lo que Magee está pidiendo para hacer plena justicia a Wagner.

La primera vez que vi la producción de Guy Cassiers me dejó un tanto perplejo; ahora la he comprendido mejor (no diré que bien), sobre todo tras la lectura del interesantísimo artículo del libretillo escrito por Michael P. Steinberg. Los bailarines (que a veces pueden estorbar o al menos distraer) cumplen varias funciones, desde la de desvelar el pensamiento oculto de los personajes hasta la de solventar de modo sencillo complicadas soluciones escenográficas, sobre todo en el Nibelheim, seguramente el cuadro más logrado. Lo que muestra con claridad el blu-ray es la extraordinaria belleza plástica de la escena ideada y escenografiada por Cassiers, que goza de una iluminación (¡digna del mejor Carsen!) a cargo de Enrico Bagnoli, coautor también de los decorados (inseparables a menudo del propio diseño de las luces). Seguramente esta puesta en escena ha ahorrado, a base de imaginación, un motón de dinero.

Los cantantes


   

René Pape está en camino de ser el mejor Wotan de los últimos cuarenta años, tal es la belleza e igualdad de su voz y su magistral línea de canto, que le permite incluso apianar sin problemas. No tiene aún, es cierto, la autoridad y el carisma de Hotter o de Tomlinson (éste un cantante mucho más tosco), pero alcanza extraordinarias sutilezas canoras y psicológicas.
La mayor sorpresa para mí ha sido el sensacional Stephan Rügamer, un tenor al que siempre había escuchado antes en papeles mucho menores: no sólo posee una agradable voz de tenor lírico manejada con un dominio casi absoluto, sino que hace del astuto Loge toda una creación interpretativa y escénica, demostrando además que es un papel que se puede cantar sin necesidad de tener una voz tan poco grata como las de Gerhard Stolze, Heinz Zednik o Graham Clark (los tenores dramáticos, casi siempre venidos a menos, no me gustan para este papel). Para mí, simplemente el Loge más extraordinario que he escuchado hasta la fecha.

Otro tanto, y virtudes muy parecidas, aplicaría al Alberich de Johannes Martin Kränzle, que posee una materia prima espléndida de barítono-bajo y canta muy bien. Me ha convencido de que el lúbrico y ambicioso nibelungo no tiene por qué ser un cantante-actor histriónico (siguiendo la línea que va de Gustav Neidlinger a Günter Von Kannen). ¡Sensacional!

Muy buena la Fricka de Doris Soffel, en perfecto estado vocal a sus 62 años, e imponente la Erda de Anna Larsson; un poco menos buena, pero suficiente la Freia de Anna Samuil, estupendo en todo el Mime de Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (nada que envidiar a los mejores que podamos recordar), bien tanto Froh (Marco Jentzsch) como Donner (Jan Buchwald), soberbio el Fasolt de Kwangchul Youn –robusto y de una pieza, ejemplarmente cantado, incluso con medias voces que apenas envidian a las de Pape– y bastante verde el Fafner del demasiado joven para cantar de bajo-bajo Timo Riihonen (¿fue una sustitución de última hora? Lo digo porque es el único lunar del reparto). Espléndidas, lujosas, finalmente, las tres hijas del Rin: Aga Mikolaj, Maria Gortsevskaya y Marina Prudenskaya.

Lo siento por quienes añoran la “edad de oro” del canto wagneriano (las edades de oro siempre son remotas ¿se han dado cuenta? En la época de la Nilsson se añoraba a la Flagstad, a la Varnay o a la Mödl: ¡aquéllas sí que eran buenas!; en la etapa de Behrens ¡la que había sido de verdad buena era la Nilsson! Y así sucesivamente... Pues bien, para mí la gran Brunilda de hoy, a Nina Stemme, no la cambio por ninguna de las anteriores).

Pero no he escuchado un Oro del Rin con un reparto tan sobresaliente como éste, ni siquiera el de Solti (ya oigo los rasgados de vestiduras de algunos...), hecho a base de voces de gran calidad que cantan (sin ladrar) e interpretan (sin las exageraciones de dudoso gusto que hay que enterrar en el pasado). Otra cita del referido libro de Bryan Magee: “El cantante de Wagner debe ser dramático y musical en la misma proporción, y el mejor no es necesariamente quien emite los sonidos más hermosos [...] El mejor canto wagneriano es el de las grandes interpretaciones, que entrañan capacidad para la caracterización vocal y la actuación, dotes para la penetración psicológica y dramática, además de una manera hermosa de cantar”. ¡Estoy, otra vez, rotundamente de acuerdo con él!

El sonido del blu-ray es soberbio, la imagen absolutamente sen-sa-cio-nal, y además tiene subtítulos en español. ¡Bravo por Arthaus! Esperamos impacientes La Walkyria (ya publicada en Japón) y las dos restantes jornadas, con el consiguiente temor ante el o los intérpretes de Sigfrido.















miércoles, 25 de septiembre de 2013

Esa-Pekka Salonen dirige “Romeo y Julieta” de Berlioz como comienzo de la temporada de Ibermúsica

 
 

La apertura de la temporada 2013-14 ha contado con la presencia de una orquesta (¡y un coro!) de primera línea, tres solistas vocales de altura y director estrella. Los cuales han tenido a su cargo una partitura de una hora y tres cuartos de duración que se escucha en público muy de tarde en tarde: esa obra híbrida, inclasificable (“sinfonía dramática”) titulada Romeo y Julieta. Me sorprende que los comentarios de los discos o las notas de programa no acostumbren a decir con claridad algo que encuentro muy evidente: que se trata de una obra que posee varias de las páginas más geniales de su autor (“Romeo solo – Tristeza – Ruidos lejanos de baile y concierto – Gran fiesta en casa de Capuleto”; “Escena de amor”; “Scherzo de la Reina Mab”). Y que, a partir de este último fragmento, los 35 minutos restantes, baja de nivel estrepitosamente casi todo el tiempo.
 
La gran sorpresa de la velada fue para mí el altísimo nivel del Orfeón Pamplonés (que dirige Igor Ijurra Fernández), creo que hoy por hoy uno de los mejores coros de Europa, por la calidad de sus voces, su empaste, flexibilidad, musicalidad y brillantez. A la Philharmonia la he escuchado en directo casi cada año y sigue siendo una orquesta de élite, no sólo en Inglaterra, sino a nivel general. Los tres solistas estuvieron espléndidos: la mezzo Christianne Stotijn y el tenor Paul Groves fueron un lujo para intervenciones tan breves; y el barítono (ahora ya barítono-bajo) Gerald Finley, con un papel más extenso, destacó, incluso, más aún.

¿Todo, pues, a pedir de boca? Bueno, pues para mi gusto no del todo. Y ello debido a la batuta. Con una técnica excepcional, el director finlandés (que cuenta ya 55 años) creo que no termina de entenderse con toda la amplia y tan heterogénea partitura. Su dominio es absoluto, pero no parece identificarse por igual con sus diversas páginas: “Romeo solo...” resultó un tanto fría al principio y un tanto desquiciada al final; la “Escena de amor” me pareció más hermosa que emotiva, y su clímax (un orgasmo), más contenido de la cuenta; “La reina Mab” fue sencillamente prodigiosa por su nitidez, delicadeza y precisión: un magnífico trabajo de orfebrería, con una respuesta orquestal deslumbrante. El final de la obra fue, algo demagógicamente, atronador.


viernes, 20 de septiembre de 2013

Disco de Yutong Sun, Premio Jaén 2012

    

Según mis amigos jiennenses Gonzalo Pérez Chamorro y Javi Extremera, desde que en 2001 ganase el primer galardón del Premio Jaén el onubense Javier Perianes, el pianista más destacado que ha concursado allí ha sido probablemente el chino Yutong Sun, del que Naxos acaba de publicar su recital, grabado en la ciudad andaluza el 16 de junio de 2012.
 
Su disco de presentación (¡esperemos que tenga continuidad!) contiene un ambicioso y muy difícil, dificilísimo programa. Y ciertamente el chico de 17 años demuestra unas condiciones fuera de serie. Hace años asistía yo con frecuencia a concursos de piano, pero últimamente he tenido menos tiempo de acudir. Seguro que el nivel medio de los participantes ha seguido y sigue mejorando. Pero me refiero a la preparación digamos técnica de los jóvenes concursantes, porque me temo que los verdaderamente artistas siguen escaseando. Ahora bien, en cuanto a dedos el nivel de las últimas décadas ha subido de modo impactante. De modo que no termina de impresionar que este chico toque estas obras con una seguridad y suficiencia enormes.
 
Ahora bien ¿se aprecian en él cualidades que le hagan destacar como algo más que un ejecutante preparadísimo? Creo que sí; pero no en todas las obras del programa. En mi opinión, ha cometido un cierto error incluyendo una gran Sonata de Beethoven, en concreto la No. 26 “Los adioses”. Ésta, con fama de ser una de las más comprometidas desde el punto de vista de la ejecución de las 32, está tocada aquí con una limpieza en verdad excepcional. Pero el sentimiento poético –la pasión, la añoranza...– se le escapa en gran parte al chaval de 17 años. No hay que olvidar que las grandes sonatas beethovenianas exigen un grado de madurez llamémosle musical fuera de lo común, y que por tanto se pueden contar con los dedos de una mano (¡y sobran!) los pianistas que a esa edad les puedan hacer entera justicia.
 
La página del compositor y pianista neoyorkino Lowell Liebermann (n. 1961) titulada Gargoyles (Gárgolas), de lenguaje moderno pero no vanguardista y unos diez minutos de duración, me ha sorprendido muy favorablemente, y creo que está tocada de maravilla. No me siento capaz de juzgar la pieza encargo del Premio Jaén de ese año, Flores para Julia, del madrileño Juan de Dios García Aguilera (n. 1972), pero tratándose de una obra de concurso, me agrada que sus dificultades técnicas no sean un virtuosismo muy evidente, sino que priman en ella las cualidades llamémosles musicales. También parece que está tocada con conocimiento y perfección.
 
Pero los Cuadros de una exposición de Mussorgsky es la obra que me lleva a pensar que Yutong Sun no es un pianista más, sino un músico verdaderamente dotado. Estoy convencido de que, escuchada sin saber quién la toca, un buen melómano pensará que la interpreta un pianista de primera fila. Es, en efecto, una versión capaz de codearse con las mejores de la discografía. ¡Y fue grabada de un tirón, sin un solo remiendo! De ello dan fe los dos amigos citados al principio, que estuvieron presentes durante la sesión. Por cierto, la toma de sonido, a cargo de Juan Antonio Martínez Quesada y Rafael Martos, es de las mejores de piano que recuerdo en el sello Naxos.







sábado, 14 de septiembre de 2013

Arias para barítono de Verdi por Plácido Domingo y Pablo Heras Casado



Este disco gustará tanto a unos como disgustará a otros (sobre a los que siempre le han negado a Plácido el pan y la sal, entre los cuales hay un conocido y respetado crítico... Español, por supuesto, pues sería arduo hallar uno extranjero que ponga de vuelta y media la apabullante trayectoria del tenor madrileño). Yo, aunque no sin alguna reserva, me encuentro rotundamente entre los primeros.
Creo que, sin temor a exagerar, puede afirmarse que Plácido ha sido uno de los más grandes cantantes de las últimas cuatro décadas y, en el terreno verdiano, especialmente admirable: muchos de sus personajes tenoriles están asociados para siempre a su nombre, sean Don Carlo, Don Alvaro, Riccardo (Gustavo III), Gabriele Adorno, Rodolfo, Manrico (¡papel que, no se olvide, no tiene escritos los Do de “Di quella pira”!, su talón de Aquiles), Radamès u Otello. Comprendo que a su edad, cuando ya apenas puede abordar papeles tenoriles, desee con fuerza cantar otros baritonales, que son con frecuencia más hermosos y tentadores aún.
Dado que su voz sigue sonando bastante joven a sus 72 años, sin los defectos que suelen apreciarse a esas edades, creo que está en todo su derecho, y que hace bien, en hacerlo. Sobre todo teniendo en cuenta que posee armas poderosas para hacerles justicia: el estilo verdiano cien por cien, la musicalidad, la línea de canto y, por encima de todo, su lucidez como intérprete, como se aprecia tanto en los recitativos como en las arias. Por no hablar de su excepcional potencia expresiva.
Como inconveniente, que aunque su tesitura actual le permite emitir casi siempre bien tanto los agudos como los graves, no posee verdadero color baritonal. A esta carencia cada uno le dará la importancia que quiera; para mí no es fundamental, si bien para algunos constituye un problema insalvable. Lo que no me parece de recibo es que algunos que se rasgan las vestiduras porque Plácido, sin ser barítono, cante papeles de tal, no pongan mayores objeciones a Ramón Vinay cantando lo mismo Don José, el protagonista de Otello que Telramund (¡barítono-bajo!) de Lohengrin, o que Maria Callas aborde Rosina del Barbero, Carmen, Amina de La sonámbula o Gioconda. ¿En qué quedamos?...
No todas las escenas de este disco le van igualmente bien a Plácido, pero hay algunas en las que convence de lleno: La Traviata, Boccanegra (no conozco barítono que haya llegado tan al fondo de este personaje) o Don Carlo, sobre todo. Papeles baritonales más dramáticos como los de Macbeth o Ernani también los solventa bastante bien, y en cuanto a Rigoletto, en “Cortiggiani!” conmueve hasta la médula sin los excesos de gusto dudoso de un Leo Nucci, un año más joven. Pero, claro está, en “Eri tu” del Ballo no logra la sublime línea de canto de Fischer-Dieskau en su recital con Alberto Erede y la Filarmónica de Berlín (EMI 1960).
Magnífica, atentísima, calibrada y con nervio, la dirección del talentoso joven Pablo Heras Casado al frente de la mejor orquesta española, la de la Comunidad Valenciana. Parece, claramente, que Verdi también está entre los autores con los que se entiende bien. ¡Bravo, Pablo!




lunes, 9 de septiembre de 2013

Un “Requiem” de Verdi con cuarteto y dirección formidables. Y, por fin, una grabación que le hace justicia


      

Ya he escrito varias veces sobre el Requiem de Verdi y siempre he insistido sobre la dificultad extraordinaria de reunir a una batuta de primer orden y a un cuarteto a plena satisfacción. Prácticamente nunca se ha cumplido este reto. Algunos de los Requiem más sobresalientes por su dirección –De Sabata, Giulini I, Solti I, Barbirolli, Karajan I, Solti I, Muti I, Abbado I, Muti II, Giulini II, Abbado II, Barenboim I, Muti III– cojean seriamente por algunos de sus cantantes: Schwarzkopf (inadecuada) en los dos primeros, desenfoque estilístico en dos o tres en las dos grabaciones de Solti, Vickers en el cuarto, Freni (demasiado lírica) y sobre todo Cossutta en el quinto; en el primero de Muti sólo se salva Baltsa, como Quivar (demasiado lírica) en el segundo de Giulini; en el primero de Abbado flojean Ricciarelli y el mismo Ghiaurov, y en el segundo suyo las dos voces masculinas son malas de solemnidad. Etcétera.

La versión de Mehta, de dirección gris, cuenta con la mejor soprano –Caballé– y el mejor tenor –Domingo–, siendo más que aceptables los otros dos, pero la toma de sonido sencillamente no es de recibo. En la de Barenboim I “Alessandra Marc lucía un vozarrón ingobernable”, como escribí en su día. El último de Muti, en Chicago, es fenomenal por su dirección, pero su cuarteto deja mucho que desear. Quizá el cuarteto más equilibrado hasta ahora era el de Pappano, con una Harteros dominadora, una Ganassi y un Villazón espléndidos (aunque demasiado líricos) y un magnífico Pape. Lo único que separaba esta versión de la excelencia era el nivel sólo correcto de coro y orquesta (Santa Cecilia) y una grabación un poco apagada.
Desde la primera versión de Barenboim (en Chicago, Erato 1994) el maestro argentino ha ahondado no poco en la obra (que ya hace 19 años gozaba de un “Lacrimosa” inolvidable) y ahora lo vive con un sentido religioso y dramático (operístico) intensos y muy bien balanceados y, sobre todo, con una tremenda, arrebatada y arrebatadora intensidad expresiva, que ha transmitido a todos los participantes, que parecen cantar (¡y tocar!) con el corazón en la mano. Ningún director, que yo recuerde, ha extraído del coro tal riqueza de matices, y eso que no hablamos del coro más refinado del mundo, aunque sí de uno de voces ideales: carnosas, tan verdianas como el sonido de la orquesta verdiana del primer Muti (Aida, Macbeth, Nabucco, Requiem I).

Hay además unos cuantos detalles originales suyos muy bien traídos: cómo hace decir al coro por primera vez la palabra “requiem”, con un sentido misterioso y hasta sórdido; cómo les pide susurrar más que propiamente cantar ciertas palabras estratégicamente escogidas; la conmoción que produce en el oyente la súplica en los puntos culminantes de “Salvame”; cómo hace subrayar los timbales el “Confutatis” y con qué terrible desesperación reaparece a continuación el tema del “Dies irae” (que suena con carácter diferente cada vez); la inmensa belleza y la inmensa emoción que transmite, de nuevo, al “Lacrimosa”; el canto absolutamente giuliniano en el “Agnus Dei”; los tremendos, tenebrosos pizzicati de la cuerda grave en el minuto 70’20” y ss. de “Lux aeterna”; los funestos presagios con que el coro susurra por vez primera “Libera me” (en el último número), los dos impresionantes clímax de la fuga en este número final...

Asombroso también es el rendimiento de la orquesta, totalmente entregada; violines, cellos, fagotes u oboe alcanzan niveles difícilmente imaginables en una orquesta que no está en la élite mundial (una vez más, ¿cuántas van?... se desmiente que Barenboim sea menos director que músico); en cuanto a la expuestísima trompetería del primer “Dies irae – Tuba mirum”, no sólo no hay desliz alguno, sino que el sonido es electrizante.

Pero este Requiem, filmado de modo poco convencional por un Andy Sommer menos preocupado por llamar la atención que otras veces y grabado (¡en público!) con un impacto sin precedentes, gracias a su equilibrio, sutileza y una gama dinámica descomunal, sin que produzca jamás la sensación de artificiosidad (como sí la produce su anterior registro Erato), no sólo es el mejor grabado (al menos en el Blu-ray) de la historia del disco, sino también seguramente el que reúne el cuarteto más sobresaliente y sin altibajos.

Veamos: como escribí a propósito del de Pappano, “la voz de Anja Harteros es capaz de dar respuesta a todos los temibles desafíos de su parte”; aquí vuelve a dominar por completo, pero con una expresividad aún superior. Desde, al menos, Julia Varady (con un sosísimo Michel Plasson), no se escuchaba en esta parte una soprano tan capaz y convincente (¡y aún me encuentro con aficionados que nada saben de esta magnífica soprano alemana, tan grande en Verdi o Puccini como en los Wagner líricos!).

En cuanto a la bellísima Elina Garanca, puede que haya escuchado a alguna mezzo tan extraordinaria y tan adecuada (en el punto medio entre la lírica y la dramática), pero no mejor, desde luego. Jonas Kaufmann no suena, por su peculiar emisión, tan en su sitio como Domingo (para mí el tenor supremo en el Requiem, sobre todo con Abbado I y Mehta), pero es un artista tan absolutamente extraordinario, tan sensible, viril y comunicativo, que lo pongo por encima de cualquier otro tenor que haya escuchado en este Requiem (aparte Domingo, como he dicho, en esas dos ocasiones). Su dificilísimo “Ingemisco” es estremecedor.

Y René Pape, sinceramente, no tiene rival: puede gustar más el timbre de Ghiaurov, pero ni él ni nadie (incluyo a Christoff, una seria decepción con Tullio Serafin) ha cantado esto con tal dominio técnico, cantando con todas sus consecuencias hasta tal punto (¡qué incomparable dominio de la media voz, qué modulación del sonido y del color en pos de la expresión!). Su “Confutatis” o su “Lux aeterna” son ejemplos supremos de cómo cantar y, al mismo tiempo, de cómo transmitir sentimientos.
Para mí, en suma, esta Missa de Requiem verdiana es “el disco del año”; para lo que queda de 2013 lo tiene difícil cualquier otro...

Anja Harteros, Elina Garanca, Jonas Kaufmann, René Pape. Coro y Orquesta del Teatro de La Scala, Milán. Daniel Barenboim (2 CDs, DVD y Blu-ray Decca)







miércoles, 4 de septiembre de 2013

El disco de despedida del Cuarteto de Tokio

Tras cuarenta y cinco años de carrera memorable, esta agrupación, que ha sido muy probablemente la más relevante del mundo a lo largo de al menos tres décadas (sin duda alguna la más perfecta técnicamente y la más adaptable a los más diversos estilos), ha echado el cierre. El último concierto que dieron, hace un par de meses, en Madrid, constó de –según los testimonios más fiables– interpretaciones absolutamente inolvidables de –¡nada menos!– dos de los Cuartetos más geniales de la historia de la música: el Op. 131 de Beethoven y el Décimoquinto y último, D 887, de Schubert.

En disco, tras un extenso y glorioso legado fonográfico (que culmina tal vez en la integral de Beethoven editada por RCA en 1993), parece que se despiden con un CD (y SACD) de Harmonia Mundi (grabación técnicamente ejemplar) en el que acoplan un Cuarteto que nunca habían grabado, el Primero (“De mi vida”) de Smetana, con otro que registraron para Sony en 1989, el Duodécimo (“Americano”), op. 96 de Dvorák. (Por cierto, me dejó estupefacto leerle en “Ritmo” a Luis Carlos Gago, una de las personas más versadas de España en música de cámara, que era ésta la primera vez que el Tokio llevaba al disco el Cuarteto Americano” de Dvorák...)

Pues bien, la formación final de este grupo, la constituida por Martin Beaver, Kikuei Ikeda, Kazuhide Isomura y Clive Greensmith, no es tan espectacularmente perfecta y arrolladora como la de su “edad de oro”, quizá en la que grabaron precisamente, además de los referidos Beethoven de RCA, el Op. 96 de Dvorák en 1989 (Peter Oundjian, Ikeda, Isomura y Sadao Harada). De esas tomas de Sony resultó la que, en mi opinión, es la interpretación más formidable del más conocido Cuarteto del autor de Rusalka. La de 2012 no es, en efecto, tan deslumbrante; se trata de una realización impecable, pero hay en ella algo (creo que no es sugestión mía) que conmueve profundamente, y es su sencillez, su naturalidad y su honda emoción. No creo desvariar diciendo que parece notarse que han grabado este disco como un adiós, con la sabiduría y la serenidad que sólo pueden alcanzarse con la madurez. La versión suena más checa que americana –pues de ambas naciones hay reminiscencias en la obra– habiendo optado ahora el Tokio más por la nostalgia de su país que el gran compositor sentía en el Nuevo Mundo.

También tiene un inequívoco aire de final la interpretación del Cuarteto de Smetana: rara vez habrá sonado con tanto sentimiento y tanta melancolía, dejando tan al descubierto el dolor que el músico sentía por la sordera que le aquejaba, y que con tanta sinceridad y acierto volcó en sus páginas.

Se trata, pues, de un disco tan hermoso como emotivo –con versiones que raras veces han logrado tal belleza, equilibrio y verdad–, que ningún buen admirador del grupo debe perderse, pues podrá compartir con estos cuatro instrumentistas el sereno pero hondo duelo de la despedida de la música, de la vida.



lunes, 2 de septiembre de 2013

La “Carmen” de Maazel y Francesco Rosi en Blu-ray



   

La Carmen filmada más recomendable es, en mi opinión, ésta. Pues las versiones de teatro adolecen, todas, de serios defectos. Ésta de Rosi aúna nivel musical alto y visual altísimo. Publicada en 1984 en audio por Erato y en película por Columbia Tristar, ahora ha sido restaurada y ofrece una calidad técnica tremendamente superior.

Mi opinión, brevemente contada, sobre la versión musical no la sitúa entre las tres o cuatro más admirables en conjunto, pero sí inmediatamente después: Julia Migenes Johnson no es una mezzo, sino más bien una soprano, y su voz no entusiasma, pero es una intérprete magnífica del personaje, al que dota de una sensualidad excepcional, sin caer en los excesos barriobajeros de algunas cantantes de campanillas. Plácido es, una vez más, un Don José de la estratosfera, y éste es uno de los mejores que se le puedan recordar. La Micaela de Faith Esham es mejorable, pero correcta (me da la impresión que la intérprete de Frasquita, la espléndida soprano Lilian Watson, tal vez lo habría hecho mejor). Y Ruggero Raimondi es un Escamillo sencillamente ejemplar. Los Coros de Radio France y la Orquesta Nacional de Francia rinden a alto nivel bajo la batuta en extremo competente de Lorin Maazel, de quien, en todo caso, podría haberse esperado algo más de fuego y de potencia dramática.

La pareja protagonista y Raimondi son muy buenos actores, extremadamente creíbles, lo que beneficia aún más la labor de Francesco Rosi, quien, abiertamente enamorado de Ronda y de Carmona, donde fue filmada, de sus calles, su vegetación y su luz (maravillosa fotografía de Pasqualino de Santis), nos ofrece una película de una belleza extraordinaria en la que todo está muy cuidado y en la que no hay nada de tipismo barato, sino por el contrario de gran autenticidad andaluza (la coreografía es nada menos que de Antonio Gades, quien aparece en los "extras"). La película publicada en su día en DVD en España por Columbia Tristar se veía bastante bien, pero el sonido era apagadísimo, tremendamente anémico, hasta el punto de desaconsejar por completo la edición (que en las secciones de ópera de las tiendas de discos nunca fue vista, sino entre las películas, por lo que muchos melómanos no llegaron a enterarse de su existencia). El año pasado me la compré en Alemania en la edición de Concorde y el sonido había mejorado bastante, pero sólo tenía subtítulos en alemán.

La presente “restored edition” añade 59 minutos de extras (Carmen, a shooting diary, documental de 2010 dirigido por Dominique Maillet, y A propos de ‘Carmen’), pero lo fundamental es que la imagen (en la proporción original de 1.66:1) es maravillosamente nítida y de un colorido fascinante, al tiempo que el sonido (con DTS 5.1 y Dolby Digital PCM Stereo) es francamente bueno. Lo inexplicable es que los subtítulos vienen sólo en inglés. Pero estoy seguro de que la mayoría de los buenos aficionados se conocen bien el texto, y pueden olvidarse de los subtítulos... Eso no quita para que los editores queden en evidencia como unos perfectos ignorantes del mercado, pues las ventas podrían haberse multiplicado de haberlos incluido en español.