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viernes, 30 de abril de 2010

Ópera en cine: “Boccanegra” desde La Scala

La función transmitida en riguroso directo el 29 de abril desde La Scala de Milán fue una admirable y envidiable representación operística, con mayúsculas. El trabajo de equipo evidenció plena solidez, todo estuvo en su sitio, todo fue creíble; Verdi habló sin restricciones a través de lo que sonaba y de lo que se veía. Con una interpretación así queda muy claro que Simon Boccanegra –que nunca será una de las óperas más populares– es sin duda una de las más grandes y geniales de su autor.

Desde las primeras frases del Prólogo se apreció que la dirección musical de Daniel Barenboim no iba a ser una más. Así fue: siguiendo el ejemplo de Abbado (en concreto de su, modélica donde las haya, grabación para D. G. de 1977), fraseó con amplitud y nobleza, otorgó un papel crucial al color orquestal (con predominio de las tonalidades oscuras) y rigió con sabiduría las tensiones dramáticas. Los diferentes clímax fueron tremendos, pero su cantabilidad fue igualmente íntima, humanísima, de una belleza y expresividad muy intensas.

La Orquesta sonó muy bien (con algo de estridencia en las trompetas, si bien parte de esa sensación puede deberse a la transmisión) y magnífico el Coro, compacto, seguro, poderoso. Parte de la crítica italiana alabó la labor de la batuta, pero le achacó unos tempi algo lentos. En realidad le duró de 140 a 141 minutos (28’ + 55’ + 29’ o 30’ + 28’), o sea 3 o 4 minutos más que a Abbado, modelo de modelos. O sea, una diferencia apenas apreciable.

La escena, ni estrictamente tradicional (sí el precioso vestuario) ni abiertamente moderna, me pareció plásticamente muy hermosa y acertada, en buena parte por el manejo de la iluminación, y –muy importante– contribuye a centrar la atención en el drama y en la música, con los que está en buena sintonía (y sin distraer de ellos, como es tan frecuente).

“Lo de” Plácido Domingo no tiene nombre ni explicación: aparentemente recuperado de su operación (¡ojalá!), estuvo pletórico y entregadísimo; aunque su timbre no es propiamente baritonal, su color se ha oscurecido, su volumen es considerable, no tiene problemas en ninguna franja de la tesitura y... lo más importante: cantó como sólo él sabe y compuso una interpretación honda, rica, inmensamente sincera y sobrecogedora del complejo personaje titular. ¡Asombroso! Siento decirlo, pero todos sus colegas, del directo o del disco, de las últimas cuatro o cinco décadas, palidecen frente a su interpretación.

Admirable también Ferruccio Furlanetto (Fiesco), el único gran bajo-bajo italiano actual, con todo el color, consistente en la zona grave (la voz puede no parecer especialmente bella, pero sí es redonda, pastosa, rotunda), gran cantante y gran intérprete, enormemente comunicativo.

Sencillamente magnífica Anja Harteros (Amelia/ Maria), una lírica ancha de medios soberbios y canto absolutamente impecable. Si no se dedica a hacer ya mismo Leonoras de La forza o Giocondas, va a ser enseguida –si no lo es ya– una de las mayores sopranos de nuestros días.

Correcto, no mucho más, el Gabriele Adorno de Fabio Sartori, lo que no es poco en una época tan escasa en tenores líricos anchos. Es musical y posee buen gusto, casi una hazaña. Y otra gran sorpresa la de Massimo Cavalletti en el no muy largo pero sí muy comprometido papel de Paolo Albiani: creo que podemos estar ante un joven y ya hecho barítono verdiano. ¡Falta nos hace!

Al comenzar el Acto II, y en medio de los fuertes aplausos, un energúmeno bufó a Barenboim. El mismo energúmeno bufó, con idéntico y desagradable ulular, a Furlanetto cuando, en medio de una cálida acogida, salió a saludar al final. Es claro que el energúmeno debe de tener cuentas personales pendientes con uno y otro –tan inexplicable y extemporánea sonó su reacción– y quiso aprovechar la transmisión para ajustarles cuentas. Por las caras de ambos artistas, parece que estaban avisados de su presencia. (En el país que elige una y otra vez a Berlusconi, un caso así no es sino una anécdota mínima...).

lunes, 26 de abril de 2010

“Das Konzert” en DVD

Sony ha publicado en Alemania un DVD con el histórico concierto que la Orquesta Filarmónica de Berlín ofreció el 12 de noviembre de 1989, tres días después de la caída del Muro de Berlín, para que entrasen, gratis, los ciudadanos de Alemania del Este. Fue un concierto memorable, tanto por la inolvidable e histórica ocasión, como por la fabulosa altura artística alcanzada.

Este DVD no puede comprarse en nuestro país, pero es fácil adquirirlo por internet (el título es “Das Konzert. November 1989” y el nº de catálogo, 88697616789). Les aconsejaría que no se lo perdieran, pues volverlo a ver y escuchar (estuvo en vídeo y laser disc, además en LP y en CD) es una experiencia de veras inolvidable, tremendamente emocionante.

El concierto fue posible gracias en primer lugar a quienes tuvieron la feliz idea, pues pocas horas después de caer el Muro se invitaba ya por radio a todos los ciudadanos del Este a que acudieran; también a los responsables de la orquesta y a sus integrantes, y finalmente a las circunstancias que lo permitieron, pues Daniel Barenboim se hallaba en Berlín grabando con ellos para Erato, desde el día 3 de ese mes, la ópera Così fan tutte de Mozart. La grabación estaba previsto completarla ese mismo día 12, y así fue, logrando incluso ahorrar unas horas para poder ofrecer el concierto en esa fecha (y ensayarlo, se supone que casi sin tiempo).

Barenboim y la Filarmónica de Berlín dieron lo mejor de sí: el bonaerense tocó el Primer Concierto de Beethoven más maravilloso y genial de las cinco veces que lo ha grabado, el más fresco, espontáneo, improvisatorio y arriesgado que le hayamos escuchado: en el “Largo” nunca ha tocado fondo hasta tal punto, y en toda la obra nunca ha dado rienda suelta a su creatividad en tan alto grado. El éxito fue memorable, inacabables los aplausos. Tocó de propina el “Andante cantabile” de la Sonata K 330 de Mozart más emocionante que se le recuerde; varios espectadores lloraron de emoción.

La Séptima Sinfonía beethoveniana que ocupaba la segunda parte fue la versión más dionisíaca que se pueda imaginar: qué torbellino de fuerza, de pasión, de delirio, sin que se pierda en absoluto el control. El nivel de emoción alcanzado en el “Allegretto” no hay palabras que lo expresen, como el irresistible vendaval que fue el “finale”, en el que músicos y director acabaron chorreando sudor.

Los asistentes no estaban dispuestos a marcharse, los aplausos no cesaban... Barenboim y la orquesta se vieron obligados a tocar una propina, y fue, claro está, la obertura de la ópera que acababan de grabar ese mismo día. Que fue arrebatadora y, pásmense, apreciablemente diferente a la del disco Erato (que dura doce segundos más que la del concierto, y doce segundos no es poco en cuatro minutos y medio).

Es absurdo que la publicación de este prodigioso concierto se haya limitado al ámbito alemán, como si fuera de allí no pudiera gozarse de una velada musical tan irrepetible... Pero, en fin, las compañías de discos sabrán (o mejor dicho, no sabrán...).

jueves, 22 de abril de 2010

Pedro Halffter dirige Schreker y Schönberg

Warner Classics acaba de publicar dos discos más de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria dirigida por su actual titular, Pedro Halffter. No son dos discos al uso, ya que –a diferencia de tantos grabados en los últimos tiempos en nuestro país– pueden resultar competitivos en el actual mercado discográfico. Sí, por el repertorio del que se ocupan, que es infrecuente, pero también por la propia calidad interpretativa.

El compositor austríaco Franz Schreker (1878-1934), proscrito por el régimen nazi, sigue a la espera de una revalorización tan merecida como la alcanzada últimamente por Zemlinsky. Este CD que ahora se publica puede contribuir modestamente a ello: Pedro Halffter, el tan talentoso director madrileño, ha estrenado en España (en el Maestranza de Sevilla) y dirigido en la Ópera Estatal de Berlín la obra cumbre de Schreker, la ópera Der ferne Klang (El sonido lejano, 1912), de la que aquí presenta su Nocturno, interludio orquestal de belleza fascinante y magistral orquestación, que se escucha en su versión íntegra, no abreviada.

Por cierto que la labor de estrenar importantes óperas del siglo XX inéditas en España es de todo punto encomiable, y en esto Pedro Halffter no merece más que elogios, aunque algunos críticos sevillanos no hagan sino lo contrario, por motivos casi siempre inconfensables; no, desde luego, musicales, sino en buena parte políticos. Son los mismos para los que Barenboim “no es tan buen director como se sostiene”, “expolia las arcas andaluzas”, y cosas por el estilo, con lo que no hacen sino descalificar a un músico excepcional políticamente comprometido, que además, ¡siendo judío!, se permite criticar con dureza al régimen ultraderechista, que pisotea sistemáticamente los derechos humanos del pueblo palestino, de Benjamin Netanyahu.

Volviendo a los estrenos en el Maestranza, este teatro sevillano ha arrebatado últimamente al Liceu de Barcelona su preeminencia, prolongada durante décadas, de estrenar más óperas importantes que ningún otro escenario español.

La ensoñadora Sinfonía de cámara (1917), que fantaseaba con un imposible final feliz de la Primera Guerra Mundial, y la juvenil y con ecos de Brahms y Strauss Obertura fantástica (1904) completan este disco ejemplar, que cuenta con una sobresaliente actuación de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria.

El disco con las dos orquestaciones de Schönberg se topa con mayor competencia, aun así escasa y difícil de encontrar: Klemperer (1938), Zender (1979), N.Järvi (1990), Eschenbach (1997) o R.Craft (1998), además del DVD con Rattle (EuroArts 2004) para el Cuarteto con piano No. 1 de Brahms, y con Gielen, Ozawa, Salonen y Craft para el Preludio y fuga en Mi bemol mayor, BWV 552 de Bach. En todo caso, las interpretaciones son tan notables –con un acentuado sentido del color orquestal– que compiten, en términos generales, con las citadas. Y, de nuevo, la prestación de la orquesta grancanaria se halla al nivel de la de destacados conjuntos europeos y norteamericanos. Lo cual debe ser motivo de orgullo para quienes lo han hecho posible.

martes, 20 de abril de 2010

¿Quién dijo que el Cuarteto de Tokio está en declive?

Los días 13 y 15 de abril, en el Liceo de Cámara, el Cuarteto de Tokio ha ofrecido dos interesantísimos conciertos con música mayormente del siglo XX. Y hasta del XXI, como el estreno absoluto del Cuarteto Breve de Alberto Iglesias (n. 1955), el compositor de cine donostiarra laureado con siete Premios Goya y varias nominaciones a los Oscar. La obra, en forma bastante libre, pero no del todo, está muy bien escrita y sigue un hilo argumental que el compositor explica en las notas. La interpretación fue de auténtico lujo.

Tras algún bache transitorio, el Tokio parece haber asimilado perfectamente los cambios e integrado plenamente a su primer violín Martin Beaver, un instrumentista excepcional. Ese día 13 habían tocado previamente A Way a Lone, de Toru Takemitsu, espléndida partitura que el grupo encargó en 1981 y divulgó con su grabación (RCA) en 1993, y el Cuarteto de Samuel Barber, el que contiene la versión original de su famosísimo Adagio (“Molto adagio”). Las interpretaciones fueron algo más que ejemplares.

La inagotable adaptabilidad estilística del grupo se mantiene: la interpretación que ofrecieron para terminar del Tercer Cuarteto de Schumann (cuyo centenario también se celebra, aunque Chopin lo eclipse) fue toda una revelación: si sonó a Schumann más que cualquiera otra que conozcamos, descubrió en la partitura aspectos que otros grupos no habían hallado.

El segundo día se centraron en el s. XX, con obras originales de los tres grandes compositores de la Segunda Escuela de Viena y transcripciones del gran Aribert Reimann (n. 1936) sobre lieder de Brahms (5 Ophelia-Lieder) y Schumann (6 Gesänge op. 107), con el concurso de la estupenda soprano Sophie Daneman. Antes, las 6 Bagatelas op. 9 de Webern y después, el Cuarteto op. 3 de Berg (tocado con tremenda intensidad expresionista) y el Segundo Cuarteto de Schönberg, formidable recreación con una Daneman sensacional.

sábado, 10 de abril de 2010

Kissin, uno de los tres gigantes, toca Chopin

RCA ha reunido en una preciosa caja de 5 CDs (de lomo bastante estrechito) los cinco discos que había ido grabando por separado, entre 1993 y 2004, incluido el recital en público en el Festival de Verbier. Ha dejado fuera sólo los dos Conciertos para piano y orquesta que el jovencísimo Kissin de 12 años tocase en público en Moscú, con un talento asombroso para su edad, pero, a decir verdad, imparangonables a su madurez de veinte y treintañero.

Este álbum, todo él con una calidad de sonido sensacional (quizá nadie ha grabado el piano tan bien como RCA en los últimos lustros) me parece de obligada compra, máxime teniendo en cuenta que ha salido a un precio muy bajo (21,95 € en El Corte Inglés).

Porque abundan en él las maravillas, mientras que escasean casi por completo los desaciertos. Entre estos últimos, sólo se me ocurre señalar, si acaso, la Berceuse o el Vals op. 42. Aun así, hay que puntualizar que están muy bien. Pero por debajo de lo que uno espera de uno de los, para mí, tres mejores pianistas vivos del mundo mundial.

Aclararé esto brevemente: yo creo que Kissin es el pianista-virtuoso número uno de la actualidad, y además un artista colosal, que rarísima vez yerra.

A un nivel casi tan altísimo sitúo a Krystian Zimerman, también sensacional pianista-virtuoso y gran artista (que, sin embargo, ha cometido un error tan sonado como su grabación de los dos Conciertos de Chopin intentando dirigirse: interpretaciones tan disparatadas y forzadas como será difícil hallar una cualquiera de un gran nombre del pianismo internacional).

En primer lugar yo sitúo a un pianista que no es el típico virtuoso, pese a su colosal técnica (ya se sabe: a no confundir con mecanismo, virtuosismo), falible y limitado (no aborda a compositores que requieren un virtuoso puro –Rachmaninov, por ej.- ni puede, por su mano pequeña, tocar obras que ansía, como el Segundo Concierto de Bartók). Me refiero, claro está, a Daniel Barenboim, el mayor intérprete de gran parte del repertorio musicalmente más comprometido, Mozart y Beethoven en primer lugar, pero también con enormes aportaciones en Schubert, Schumann, Chopin, Liszt, Brahms, Wolf, Bartók, Schönberg...

Pues bien, volviendo a Kissin, desde Rubinstein y hasta Zimerman, no ha habido, en mi opinión, un chopiniano tan insigne (yo creo que Maurizio Pollini no está a este nivel, y ni siquiera Vladimir Ashkenazy, que ha grabado casi todo Chopin).

El Chopin de Kissin, además de tocado con una limpieza y transparencia apabullantes, suele ser sobrio, apolíneo, clásico, pero de gran contenido expresivo (casi una cuadratura del círculo). Su aplicación del rubato, nunca agobiante, es en extremo certera y la aplica sobre todo para subrayar las tensiones. Es un Chopin que sabe ser romántico, también tierno y, cuando lo considera oportuno, maravillosamente cantado. Pero también resalta todos sus elementos de modernidad; llega a ser incluso visionario. Quizá, dentro de tantas cualidades, una de las que más llama la atención es la ilimitada gama de colores que es capaz de obtener del teclado: sus sonoridades están cargadas de múltiples sugerencias.

Haciendo un repaso de estas piezas, quisiera destacar los logros para mí más extraordinarios: el Vals op. 34/2, la Polonesa op. 44 (en la que, sin embargo, no llega a repetir el milagro, sí, milagro, de su recital en público en Tokio a los 15 años, laser disc que Sony, inexplicablemente, no ha pasado a DVD), los dos Nocturnos op. 27, el Scherzo 2, las Sonatas 2ª (cuya “Marcha fúnebre” no hay palabras que puedan elogiar cuanto se merece) y , las Mazurcas op. 68/4, 50/3, 24/4 y 17/4, las cuatro Baladas (alucinantes la y la ), varios de los Preludios (cuyo conjunto es, seguramente, el mejor que recuerdo), las 2 Polonesas op. 26 y la op. 40/2, los tres Impromptus y la Fantasía-impromptu.

Lástima que Kissin no haya grabado más música de Chopin, sólo unas seis horas... Y, a propósito, este “año Chopin”, ¿no piensa a grabar nada más del polaco?

miércoles, 7 de abril de 2010

Radu Lupu, hoy: un mal trago

Radu Lupu, al parecer, arrastra una larga enfermedad. Escucharlo ahora, a él, que ha sido uno de los mayores y más admirados pianistas, es pasar un mal trago. En el recital para “Scherzo” del 6 de abril en el Auditorio Nacional abordó un ambicioso programa, que empezó con la interesantísima y poco escuchada En la niebla de Janácek. Aquí ya se le apreciaron extraños síntomas de descoordinación entre ambas manos y cierta pérdida del hilo conductor de la música.

Pero lo peor estaba por llegar: ofreció una Sonata “Appassionata” de Beethoven sin el menor vestigio de pasión. Lo de menos fueron las muchas notas equivocadas o que no sonaron, sino el modo tan precavido de tocar, no sólo lento, sino sin el menor riesgo -que exige esta música- lo que la privó de ansiedad, anhelo y esa especial sensación de urgencia dramática. ¿Por qué, hallándose como se halla, habrá escogido esta partitura tan tremendamente demanding, como dicen los ingleses?

No menos penoso de escuchar resultó el primer movimiento de la enorme (en todo) Sonata D 960 de Schubert, deshilvanado, desestructurado. Sólo se reconocía al enorme músico que ha sido por algunas frases admirables. ¡Qué pena! Una propina de Brahms fue lo mejor de la velada, volviendo a las andadas en un Impromptu de Schubert.