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domingo, 1 de noviembre de 2015

Harteros, Kaufmann, Semenchuk y Pappano: la mejor “Aida” de los últimos cuarenta años

 

La Aida grabada por EMI en 1974 con Caballé, Domingo, Cossotto, Cappuccilli, Ghiaurov y Muti fue todo un hito que situó esta interpretación, en la que todos los elementos principales estuvieron a pedir de boca, en la cima de la discografía. Que una grabación operística se mantenga cuatro décadas largas en el punto más alto no es cosa frecuente; no me atrevo a decir que ese lugar de privilegio haya llegado a su fin, pero sí que la versión que Warner (EMI) acaba de lanzar, bajo la batuta de Sir Antonio Pappano es la primera en cuarenta y un años que podría acercarse a aquélla. Porque han reunido prácticamente a las mejores voces posibles en la actualidad para los cuatro papeles más destacados. Vamos a repasarlos: Anja Harteros es la soprano verdiana por antonomasia de nuestro tiempo, y por suerte está grabando -en audio o en vídeo- los papeles que más convienen a su voz, como deseaba yo en voz alta desde que tanto me gustase en Simon Boccanegra (Scala 201, DVD/Blu-ray). Su Aida es lírica, lo que me parece un acierto, pues este papel me parece mucho más adecuado para ella (como para Caballé) que para una Caniglia o una Nilsson: al personaje se le exigen multitud de momentos de gran delicadeza y sensibilidad, más que los de fuerza que también existen en la partitura. La esclava etíope de Harteros es más dulce y vulnerable de lo acostumbrado, lo que no está nada mal, pero por otra parte, posee pasión y temperamento suficientes para esos pasajes que así lo demandan. Y sus graves, preciosos, no cambian de color. Por descontado, el Do agudo de "O patria mia" no consigue emitirlo en pianissimo, hazaña que solo ha logrado Caballé. Pero a lo largo de toda la ópera triunfan su sensibilidad, inteligencia y musicalidad, aliadas a una voz muy bella y a una técnica excelente.

El caso de Jonas Kaufmann es más discutible: es también un gran músico y muy sensible y penetrante, pero su voz resulta algo más oscura de lo que parece pedir la italianità verdiana (en ópera alemana y francesa suele convencerme más), y su técnica -sin duda extraordinaria pese a poseer zonas veladas- o la fisiología de su aparato fonador le lleva a emitir ciertos sonidos poco ortodoxos. Aunque puede resultar un poco rebuscado en su aria de salida, "Celeste Aida" (cuyo Si bemol emite en piano, como está escrito), prefiero cien veces su interpretación de Radamès a la de un -zafio y carente de toda elegancia en el fraseo- Roberto Alagna, por citar a uno de los Radamès más nombrados de los últimos tiempos. Pero, claro, el recuerdo de los sensacionales Caballé y Domingo (con Muti) en plenitud hace palidecer a esta, la mejor pareja protagonista posible hoy.

Pese a que su voz es un poco más lírica de lo debido, Ekaterina Semenchuk me ha gustado como Amneris tanto como la que más de sus predecesoras, Bumbry, Obraztsova y Cossotto incluidas, por la impresionante hondura y sinceridad con que encarna el personaje más interesante de la genial ópera verdiana. Y no comprendo a quienes ponen por delante de toda consideración que la voz sea la ideal (Stignani, Barbieri, Simionato y casi ninguna otra, según ellos). Más que bien el Amonasro de Ludovic Tézier, del que también he oido decir que su voz no da la talla exigida. ¿Acaso lo interpretaban con más propiedad las voces que sí lo eran, los Bechi, Protti, Warren y no sé si alguno más? (solo, si acaso, para mí, Cornell McNeil). En cuanto a Ramphis, Erwin Schrott no pasa de la corrección; es una pena que, ya puestos, no hayan convocado a un René Pape. Correcto igualmente Marco Spotti como el Rey de Egipto, lo mismo que el Mensajero de Paolo Fanale, y un lujo la Sacerdotisa de Eleonora Buratto.

El Coro de la Academia Santa Cecilia está muy bien, y lo mismo hay que admitir de la Orquesta correspondiente -de la que Pappano obtiene lo mejor que se le ha escuchado a la formación romana-, si bien es cierto que cuesta quitarse de la cabeza a la New Philharmonia o a la Filarmónica de Viena. Pero lo que hay que reconocer es que Pappano, acaso el más fiable de los directores de ópera italiana de la actualidad, ha acertado tanto como en su reciente Don Carlo en DVD/Blu-ray, en un enfoque no tan unilateral (aunque fuese genial) del joven Muti, sino más atento a las tan diversas maravillas que atesora esta partitura, y desde luego sin caer en la excesiva pomposidad de algunos (Karajan en EMI, sobre todo). La toma de sonido es muy buena, pero quizá esperaba un poco más. Los tres discos del álbum podrían haberse reducido a dos, pues los dos primeros actos no llegan a 81 minutos, duración ya muchas veces albergada en un CD.

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