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lunes, 3 de mayo de 2010

El “Concierto de Europa” del 1 de mayo

El “Concierto de Europa” que la Orquesta Filarmónica de Berlín ofrece cada primero de mayo ha recaído este año en Oxford, en su pequeño, bonito y extraño Sheldonian Theatre. Lo ha ofrecido, como de costumbre (¡y que no deje de hacerlo!) La 2 de TVE, pero yo lo he grabado de La 1 (“Das Erste”) alemana, que lo ha dado con excelente imagen y buen sonido: sin compresión dinámica ¡menos mal!, pero con volumen algo bajo.

Wagner

Ha sido una mañana memorable, la verdad. Una vez más Barenboim, cuando lo graban para que pueda verse fuera de la sala, se esmera extraordinariamente, dando lo mejor de sí. El Preludio del Acto III de Los maestros cantores de Wagner conoció una interpretación particularmente amarga, sin gritar en ningún momento: sin duda ese bellísimo fragmento, pocas veces tocado en concierto, describe la decepción de Sachs ante el hecho de que se ha hecho mayor y no va a volver a amar y ser correspondido. Esto se sabe, sí, pero ¡qué pocas veces se le acierta a conferir este hondo y conmovedor sentimiento a esta página genial! Bueno, pues el mayor wagneriano desde Solti (sí, lo siento, por ahora no es Thielemann) lo logra de modo inolvidable. Lo mismo el otro día que en su grabación completa de la ópera en Bayreuth o en su disco de piezas orquestales con la Sinfónica de Chicago, cada vez con detalles diferentes, pero con un fondo común.

Elgar

La estadounidense de 27 años Alisa Weilerstein es, a no dudarlo, uno de los recientes sensacionales descubrimientos en el violonchelo. Lo primero que le escucho es esto, el hermosísimo y emocionante Concierto de Elgar, escogido esta vez por Barenboim en recuerdo de su primera esposa, Jacqueline du Pré, nacida precisamente en Oxford en 1945 (y muerta en Londres en 1987), la más genial intérprete de este Concierto hasta hoy. Parece claro que la Weilerstein ha intentado emularla, pues sigue de cerca su fraseo en muchos momentos de la obra. Así en el excelso comienzo, en el que casi la iguala. Posee un hermoso sonido y un temperamento muy cálido, y es tremendamente expresiva (¡qué sentimiento ha logrado en los pasajes lentos!), pero no alcanza a la Du Pré ni en fulgor virtuosístico ni en su pasión tórrida y torrencial. Barenboim, que pasó lustros sin dirigir esta obra desde la forzada retirada de su primera esposa a los 28 años de edad, la dirigió, creo, de nuevo por primera vez en 1990 en Berlín, con Yo-Yo Ma y la Filarmónica. La arrebatada dirección de su grabación con Du Pré y la New Philharmonia filmada por la BBC en 1967 (Christopher Nupen Films) ha dejado paso a una versión más reposada y honda, sin el casi descontrol de aquella coda. Pero no menos apasionada, y desde luego de una elocuencia impresionante y un sonoridad elgariana a más no poder.

Brahms

Su grabación discográfica (con la Sinfónica de Chicago), bastante grismente grabada por Erato en 1994, una versión canónica, irreprochable, pero escasamente personal, no da idea de lo que Barenboim puede hacer ahora con la colosal Primera Sinfonía de Brahms. Desde aquella grabación le he escuchado dos veces esta obra en versiones que me han dejado más huella. Pero es la de este primero de mayo la más arrebatadora de las que yo le haya oído: una versión ejemplar, desde luego, pero inspiradísima y con los suficientes elementos personales como para tildarla, sin que sea preciso exagerar, de genial. En el teatro de Oxford no cabía una orquesta muy grande, y creo que Barenboim la redujo un poco, pero pese a ello la sonoridad de la Filarmónica berlinesa fue densa, compacta, poderosísima, inconfundiblemente brahmsiana. Hay quien sostiene –y no está precisamente entre los que desvarían– que Barenboim no tiene una especial percepción del sonido en sí mismo, o que no es un aspecto que le preocupe en demasía. Lamento no poder darle la razón, sino desmentirlo, pues, desde hace ya bastantes años, cada uno de los principales compositores que dirige (y que toca) es perfectamente reconocible en sus manos por cómo le suena. Sea Beethoven, Schumann, Berlioz, Liszt, Wagner, Brahms, Bruckner, Tchaikovsky, Strauss o Schönberg, entre otros. Esta Primera brahmsiana del otro día es por sí sola un rotundo desmentido a esa afirmación. Pero esto no fue lo principal, claro está: la naturalidad con que la música fluyó y fue construida, en los detalles y en el conjunto, fue posible gracias, entre otras cualidades, a un especialísimo sentido de la dinámica y la agógica, rigurosas y a la vez muy libres. Pero estas libertades son tan sutiles que a menudo hay que hacer un esfuerzo de análisis para observarlas. Lejos de resultar pegotes (lo que es tan común), resultan, parecen tan connaturales a la música que convencen de arriba a abajo. El diseño de las líneas de tensión es tan magistral que se queda uno sin palabras: véase el gran clímax del desarrollo del primer movimiento (anterior al único que suele producirse, precediendo al significativo silencio), la enorme intensidad lírica del segundo, lo marcadamente escarpado del tantas veces casi ñoño tercero, y todo el cuarto, una especie de poema sinfónico en sí mismo, con una coda furiosa y contundente, arrolladora pero perfectamente gobernada. El éxito fue delirante, y no por ser efectista, ni mucho menos: fue de una veracidad, de una sinceridad que desarma.

La locutora confirmó que el Concierto de Europa de 2011, como ya se había oído comentar, tendrá lugar en Madrid. ¿En el Auditorio, en el Real? Dirigirá Rattle, supongo, pues al parecer se alterna el titular con los invitados.

1 comentario:

  1. Estoy de acuerdo en todo. Nada más comenzar el Wagner ya se aprecia una tensión muy especial, una fraseo emocionante, una verdad musical difíciles de definir. El Brahms me ha parecido un milagro. Desde luego pocas versiones alcanzan la hondura y el fuego arrebatado de ésta. Qué acentos dramáticos (la Orquesta siempre dando lo máximo), qué imaginación ( los movimientos centrales por completo alejados de la rutina habitual: un acierto absoluto). Qué titular se están perdiendo para este repertorio...

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