lunes, 16 de enero de 2012

Conversaciones con Furtwängler

Hace poco se ha editado o reeditado (no estoy seguro de si estuvo antes en castellano) el libro Conversaciones sobre música con Wilhelm Furtwängler (Editorial Acantilado), en realidad varias entrevistas realizadas al enorme director por el musicólogo y compositor Walter Abendroth (1896-1973) en 1937 y 1947.

El libro mantiene, en mi opinión, gran clarividencia y vigencia en varios de los asuntos abordados (si bien no en todos, pues algunas de las opiniones vertidas sobre la música contemporánea son más que discutibles).

Voy a recoger algunos párrafos o simples frases que encuentro especialmente acertadas (modifico en algunas palabras la traducción):

Bach, Haydn, Mozart, Beethoven

“Mozart ya no es tan épico como Bach y todavía no tan dramático como Beethoven. Combina ambos elementos de manera original, nunca más después de él. Todo lo que hace lo hace con la mayor facilidad y maestría; realiza las más grandes y difíciles tareas con elegencia y encanto [...], sin pizca de esfuerzo ni inseguridad”.

“Con Haydn, el verdadero padre de la forma sonata, [...] comienzan los problemas que más tarde ocuparán la atención de Beethoven. Mozart era el más elegante de los dos, el de sangre más azul; Haydn pertenecía más al pueblo; Mozart tenía mayor nobleza, mayor dulzura; Haydn más fervor, más alegría de vivir. ¿Quién se atrevería a decir que uno es más grande que el otro?”

“Haydn fue el primero con quien la unidad musical del conjunto, el gran tesoro de la época, ya no era espontánea, como en el caso de Bach ni tampoco del todavía más afortunado Mozart, sino que tenía que obtenerse con esfuerzo. Con Haydn empieza la música moderna propiamente dicha. En Haydn y después, en mayor medida, en Beethoven, el ser de Bach y el suceder de Mozart se convierten en llegar a ser”.

“Comparar Bach con Beethoven es para mí como comparar un roble con un león [...] Con Beethoven la música está por primera vez en condiciones de expresar lo que ocurre en la naturaleza en forma de catástrofe. La catástrofe no es menos natural que el lento desarrollo orgánico de la evolución: es otra forma de expresión de la naturaleza”.

“Bach, desde luego, consigue ciertos efectos trágicos, emotivos: basta pensar en las Pasiones. Sin embargo, Bach es esencialmente épico: para él un tema es una identidad inalterable que, aunque se desarrolla, no llega a tener un destino propio. El factor decisivo, que fue introducido en la historia de la música por Haydn y se convirtió luego con Beethoven en una realidad completa, fue el hecho de que el tema dentro de la obra experimenta un desarrollo orgánico, como un personaje de Shakespeare. [...] Bach es monotemático en el sentido propio de la palabra. [...] Cada pieza recorre su curso predestinado con férrea tenacidad. En Beethoven, el camino no está prescrito en el mismo sentido, aunque sería erróneo afirmar que el grado de necesidad interna con la que desarrolla cada pieza es menor que en Bach. Pero en Beethoven este desarrollo ya no lo es sólo del primer tema: Beethoven utiliza varios temas, a partir de cuya contraposición y permutación se desarrolla propiamente la obra. Estos diferentes temas viven y se desarrollan actuando entre sí. Corren su propia suerte. La pieza deviene un todo –no existe otro caso en la historia de la música en el que se muestre con tanta claridad y en tan gran medida- a partir de elementos que a menudo presentan los mayores contrastes entre ellos”.

[Los temas de Beethoven no siempre son los más brillantes], “pero el genio de Beethoven consiste en primer lugar en en saber rodear cada tema de una aura apropiada, de un clima adecuado; y en segundo lugar –y esto es lo más importante- en saber encontrar para cada tema el compañero o los compañeros que le permiten desarrollarse hasta los límites de sus posibilidades. [...] A este método lo llamo dramático en el sentido propio de la palabra. Los temas de Beethoven se mueven en una mutua interacción como los personajes de un drama. En cada tema de las obras de Beethoven, en cada frase, se despliega un destino”. (Continuará).

miércoles, 11 de enero de 2012

“La forza del destino” de Stemme, Carlos Álvarez y Mehta en Viena

Escuchando este doble DVD de C Major, filmación de una velada en la Ópera Estatal de Viena el pasado 2008, se da uno mejor cuenta de lo extraordinariamente difícil que es montar una ópera como ésta –y otras cuantas de Verdi, dicho sea de paso. Sí, porque los cuatro papeles principales son de una dificultad tremenda, y es en verdad arduo hallar cantantes que puedan dar la talla. Aquí se ha estado cerca de conseguirlo, si bien el rol de Don Alvaro es poco menos que imposible cubrirlo hoy como es debido.

Y, la verdad, el malogrado Salvatore Licitra no lo consigue; le viene muy grande, es demasiado dramático para su voz, que además de mostrar carencias técnicas se hallaba cascada por haber abordado papeles excesivos: abre en el registro agudo, que a veces emite con un esfuerzo desaforado. Lástima, porque su timbre era privilegiadamente bello. Y tenía buen gusto, como queda patente en ciertas frases que no le exigen por encima de sus posibilidades. El otro protagonista no del todo en su sitio es Alastair Miles, pues el Padre Superior y el Marqués de Calatrava (papel que también canta aquí) exigen un bajo-bajo, y no un bajo-barítono. Por lo demás, canta con buena línea y pronuncia el italiano con corrección.

Los dos grandes triunfadores de la noche fueron, en cualquier caso, Carlos Álvarez (al parecer, poco antes de sufrir una afección que le obligó a retirarse durante unos pocos años), una de las voces de barítono más hermosas de los últimos tiempos y un cantante de una pieza, que saca adelante con brillantez un rol tan dramático (demasiado para él: en “Urna fatale” está al límite) y tan duro como el Don Carlo di Vargas. Nina Stemme, finalmente, posee la voz dramática que exige Leonora y es una cantante y una intérprete excepcionalmente musical; aun así, en el aria del Acto I no es capaz de emitir el agudo en pp, sino forte, y en su demoledora escena con el Padre Superior llega a casi gritar alguna de las notas más inclementes; en el aria final (“Pace, pace, mio Dio!”), sin embargo, está sensacional.

Melitone lo hace el joven barítono (que no bajo bufo) Tiziano Bracci, y Preziosilla, la mezzo Nadia Krasteva: ambos con corrección. Bien el Coro y muy bien (aunque quizá por debajo de lo esperado) la Orquesta, conducidos con garra y mano firme por Zubin Mehta, que aquí vuelve a emular sus mejores registros verdianos, como Il Trovatore de su juventud (con Leontyne Price y Domingo). La obertura, sin embargo, es un poco rutinaria. Dejo para el final el dislate total de esta versión, que la descalificará para muchos: una escena (a cargo de David Pountney, a quien le he visto cosas interesantes) delirante, absurda, feísima, llena de ocurrencias a cuál más disparatada, que a ratos –por ejemplo cuando aparece Preziosilla– quiere, impotente, provocar la risa.

Seguimos, pues, sin una “Forza” en DVD de primera categoría, a no ser la de Hardy, de baja calidad técnica, que recoge una noche histórica, el 18 de junio de 1978, en La Scala: Caballé, Carreras, Cappuccilli, Ghiaurov y Bruscantini, con soberbia dirección de Patanè. Pero con una escena anticuada y feota.