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sábado, 3 de agosto de 2013

Discografía de la Suite “Iberia” de Albéniz

 

La suite Iberia es la obra cumbre del pianismo español. “La grandeza de Albéniz consiste –en palabras de Alberto González Lapuente– en abrir los ojos al mundo, y hacerlo sin renunciar a su origen; es más, dignificando el tópico de lo español hasta convertirlo en categoría de mensaje universal”. Como sigue escribiendo, Iberia no es sólo reflejo de la facilidad de escritura de Albéniz; “hay algo más: la sabiduría para adaptar un ideario que definió el siglo XIX y en el que se combinan en aparente contradicción lo virtuoso y lo íntimo, lo universal y lo nacional”.

Albéniz comenzó la composición de Iberia a principios de 1905, pero en el momento de su muerte, en 1909, no la había concluido, pues había planteado un proyecto gigantesco. Lo que le dio tiempo a componer consta de 4 cuadernos de 3 piezas cada uno. Nada menos que Olivier Messiaen, el mayor compositor francés de la segunda mitad del siglo XX en Francia (y uno de los más grandes del mundo en su tiempo) consideraba a Iberia, en palabras textuales, “la maravilla del piano, la obra maestra de la escritura pianística”.

Y, en nuestros días, para uno de los mayores músicos actuales, como es Daniel Barenboim, Iberia sintetiza prodigiosamente el piano de Liszt, el de Debussy y lo español más auténtico. Pero tengamos presente que Iberia no es posterior, sino coetánea de varias de las composiciones pianísticas más significativas de Debussy, como la Suite Bergamasque o las 6 Imágenes, mientras que la más representativa, los 24 Preludios, es posterior a Iberia: de 1910 y 1913. Por lo cual no sería exagerado afirmar que Iberia se anticipa en ocasiones a Debussy.

El único “problema” de Iberia es la enorme dificultad de su ejecución, que ha retraído a no pocos grandes pianistas, españoles y extranjeros: Artur Rubinstein, por ejemplo, que tocó algunas de sus piezas, no tuvo reparo en admitir su incapacidad para dominarla entera, y hoy, Barenboim, que ha grabado los dos primeros cuadernos, afirma haberse “atascado” en Lavapiés, pieza que “lleva la dificultad técnica al último extremo”. Como decía con sorna Albéniz, al menos “no podrán machacar la obra las niñas de conservatorio”. Pero la dificultad de Iberia no está sólo en lo técnico –o, para decirlo con mayor propiedad, en lo mecánico–, sino, como en todas las obras capitales, igualmente en lo interpretativo.

Así, uno de los primeros pianistas en grabar la suite completa, Aldo Ciccolini (EMI 1967), supera con notable soltura los escollos de la ejecución, pero su interpretación resulta casi siempre rápida y superficial, carente de hondura. Mucho antes de la primera grabación íntegra, ya en 1947, el gigante chileno del piano, Claudio Arrau, grabó los dos primeros cuadernos, o sea las 6 primeras piezas. Con un bagaje técnico impresionante y una estatura artística excepcional, Arrau desentraña grandes bellezas del pentagrama, sobre todo en Evocación. El resto, más directamente inspirado en el folklore, no parece haber sido tan bien entendido por Arrau.


Tras la grabación de Ciccolini, un año más tarde, o sea en 1967, aparece en el sello Columbia (luego RCA) una importantísima interpretación, que constituye un enorme avance y contribuye a sentar las bases de las venideras: la de Rosa Sabater, la pianista nacida en Barcelona en 1929 y muerta en Madrid en accidente de aviación el 27 de noviembre de 1983, a los 54 años. Alumna como Alicia de Larrocha de Frank Marshall, Sabater fue una artista exquisita, capaz de una poesía, un lirismo y una sutileza extraordinarios. O, como podemos comprobar en su recreación de El Albaicín, de un garbo elegante y distinguido: una pura delicia. Su Iberia entera es una auténtica cumbre.

Un par de años después de ésta, justamente en 1969, la marca Ensayo lanza la interpretación del pianista Esteban Sánchez: un verdadero hito en la historia de Iberia. En la mayoría de sus no muy numerosas grabaciones, el pianista de Orellana la Vieja, Badajoz, dejó bien patente unas cualidades de excepción: técnica sencillamente asombrosa y un temperamento de altísimo voltaje. Pero es que Iberia es probablemente su mayor logro, admirado ferviente y públicamente por sus colegas españoles y por Barenboim. Sánchez es excepcional en todas y cada una de las piezas de la obra, pero ello no quita para que nos impacte sobre todo en las más intrincadas: así, en la tercera, Corpus Christi en Sevilla, donde su fuerza, su claridad, su entusiasmo y la tremenda tensión que alcanza en los clímax nos deja literalmente boquiabiertos. Exaltación que anonada por ejemplo en El Albaicín; por no hablar de Lavapiés, que como siempre se admite es la pieza técnicamente más intocable, y en la que la exaltación de Sánchez es verdaderamente alucinante: una interpretación, ésta, inalcanzada y seguramente inalcanzable.


     

De 1973 es la segunda de las tres grabaciones de Alicia de Larrocha, una auténtica joya dentro de la discografía, como ya lo había sido la primera de las suyas, de finales de los años 50 para Hispavox. Pero este segundo registro, de la Decca inglesa, suena mucho mejor que el primero, y también que los de Rosa Sabater o Esteban Sánchez; añádase a ello la gran divulgación internacional que obtuvo aquel álbum. El concepto interpretativo en las tres lecturas legadas por Larrocha sigue la misma línea, si bien avanza hacia una depuración cada vez mayor, desde la deslumbrante primera, de pulsación más uniformemente percutiva, pasando por la más refinada paleta de colores y matices de la segunda, algo más paladeada en general, y hasta llegar a la tercera (Decca 1987), en que estas características llegan más lejos aún, donde alcanza una exquisitez extrema, sin perder frescura y espontaneidad: una cima absoluta de la historia del piano grabado Las tres décadas que separan la primera de la última no han pasado en vano: pese a su precocidad, Larrocha no dejó de desarrollarse progresivamente como artista y, además, de tocar Iberia en público en numerosas ocasiones.

Un año antes de la tercera grabación de Larrocha, en 1986, el sello suizo Claves publicó la estimable versión del pianista de Irún Ricardo Requejo, personal y austera, quizá en exceso porque a veces cae en la sequedad y en cierto mecanicismo. La ejecución es soberbia y de gran nitidez, y quizá tiende un puente hacia el Falla de la Fantasía Bética. En 1992 aparecen otras dos grabaciones: la de José María Pinzolas (Deutsche Grammophon), con notables altibajos pero en general muy bien tocada (lo cual, como se sabe, es ya en sí no poco mérito) y con aportaciones específicas personales, unas veces acertadas y otras quizá algo caprichosas. Entre sus páginas podría destacarse El Albaicín y decirse justo lo contrario de Lavapiés.
La otra grabación de 1992 (de Valois Auvidis) ha concitado muchos más elogios, opinión que comparto: es la del malogrado Rafael Orozco, muerto en Roma en 1996 a los cincuenta años. Se trata sin duda de uno de los mayores logros discográficos, acaso el mayor, del pianista cordobés: versión madura, sobria pero rica en matices, lo que no le impide, sino todo lo contrario, sonar diferente en determinados pasajes (por ejemplo, de Rondeña y Lavapiés), precisamente por no basarse tanto en la tradición interpretativa como en las indicaciones de la partitura.

Mucho menos interés que la interpretación de Orozco presenta la de Jean-François Heisser, de 1994 y para Erato, tan veloz en líneas generales que es la única en caber en un disco compacto. Muy apreciable es en cambio la grabación del pianista de origen aragonés nacido en Luxemburgo Miguel Baselga (Bis 1998), con el interés añadido de estar inserta en la única grabación completa existente de toda la música pianística de Albéniz. Igualmente valiosa es la versión, para Naxos el mismo año 1998, del catedrático tinerfeño Guillermo González, que graba (probablemente por primera vez) la partitura aligerada de algunas de las temibles dificultades de ejecución presentes en la redacción original; versión que tiene el interés añadido de permitir a más estudiantes y pianistas abordar una obra maravillosa pero de terribles exigencias técnicas. Una interpretación, por lo demás, ejemplar.

Teldec lanza en 2001 la grabación de la mitad de Iberia, sólo los dos primeros cuadernos: la de Daniel Barenboim. Lástima, porque son tan extraordinarios los resultados que es lástima no llegar a conocer lo que podría haber hecho con la segunda mitad de la suite. Pero parece ya muy poco probable que el pianista de Buenos Aires (que, por cierto, ya había grabado en 1987, con la Orquesta de París, la versión orquestada por Enrique Fernández Arbós) la complete. El arte inconmensurable de este artista está presente, y al mismo tiempo su hondo conocimiento de la música española. Como ha escrito el estudioso de Albéniz Justo Romero, “Punto y aparte merece la vehemente y refinada, apasionada y poética grabación del españolísimo y temperamental Barenboim”, el cual, “más que porteño, parece haber nacido en algún lugar de la Andalucía profunda”. Su grabación “es una maravilla de principio a fin”. “Pieza por pieza, Barenboim se regodea en el prodigio [de la música] y marca el canto con un fraseo, una belleza tímbrica y una articulación que hace de la copla pura emoción”. “¡Cómo canta el milagro de Almería! El expansivo cuidado de las dinámicas, las características respiraciones albenicianas –¡esos eternos calderones!–, el estilizado entronque popular, el sabio cuidado de las disonancias como elementos de color configuran un fascinante mundo sonoro que Barenboim recapitula en unas codas portentosamente resueltas”.

    

La lista de grabaciones de Iberia se cierra, por el momento, con la reciente (publicada por Glossa en 2006) de Rosa Torres Pardo. La pianista madrileña tiene presente, sin duda, la tradición interpretativa de esta obra, pero aporta rasgos sumamente personales, lo cual es muy meritorio, máxime teniendo en cuenta que no cae en la menor excentricidad. Su grabación, tomada en público –otra prueba de enorme valentía, dada su pavorosa dificultad- presenta, por ejemplo, texturas singulares (voces que suelen sonar en segundo plano y que cobran mayor relieve), unos tempi en general amplios y despaciosos, una especial atención a los timbres (acercándolo, quizá, más de lo habitual al impresionismo) y numerosos detalles originales. Almería, El Polo, Lavapiés o Málaga están particularmente logrados, lo mismo que la pieza cierra la suite, Eritaña, que une a su gracejo –y tal vez a una cierta ironía– una intensa pasión.














2 comentarios:

  1. Ha podido escuchar la grabación de Marc André Hamelin en Hyperion? La parte técnica es prodigiosa (eso ya se suponía), pero lo que más me sorprendió cuando escuché el disco, fue el buen entendimiento que muestra de los ritmos, timbres y aromas de la música española. La recomiendo encendidamente.

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  2. EYY! Qué publicacion tan completa, muchas gracias. Sólo quiero sugerirte que escuches la grabación de Blanca Uribe; creo que es una de esas que valen la pena listar entre las mejores.
    Saludos.

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