Prácticamente me retiró
la palabra y desde entonces se ha dedicado, a lo largo de años, a llevarme agriamente
la contraria en mis opiniones. Esta fue la furibunda
reacción de un conocido crítico musical por haberle dejado -en privado- en
evidencia. Escribió en una revista que tal versión de uno de los grandes
Conciertos para violín era fría, distante, indiferente, etc. Discutí con él
diciéndole que no podía entender que opinase eso de aquella interpretación. No
hubo forma de que se bajase del burro.
Por aquel entonces nos
intercambiábamos grabaciones en cassette que no teníamos en disco. Dejé
pasar unas semanas, pero lo rumié en secreto y por fin le grabé esa
interpretación que tan fría le había parecido, eso sí, anotando los nombres de
otros intérpretes diferentes -solista, orquesta y director- que ya sabía que le
gustaban mucho. “¿Qué te ha parecido?”-“Magnífica, deslumbrante, candente, ardiente,
apasionadísima”, etc.- “Pues, mira por dónde, ¡es la misma que pusiste a parir
diciendo que era justo lo contrario de lo que acabas de decirme!”. ¡Fíjense lo
fiable que puede ser este crítico musical dominado por sus filias y sus fobias,
más bien odios!
No tan flagrante como ese
radical cambio de opinión, recuerdo muy bien cuando,
tras escuchar en vivo una interpretación de una de las Sinfonías más hermosas
del repertorio, un servidor y otros amigos estábamos entusiasmados por lo que
acabábamos de escuchar. Pero hete aquí que un crítico del grupito nos aguó
la fiesta a los demás asegurando que lo que tanto nos había gustado a él le
había parecido una cursilería.
Años después, el referido
crítico escribió sobre esa misma interpretación, que había sido grabada en
público de aquel mismo concierto. No cambió radicalmente de opinión sobre la
referida versión -como sí ocurrió en el caso que acabo de referir del Concierto
para violín-, si bien, atemperando un poco aquel demoledor juicio suyo, sí
siguió criticándola, aunque en unos términos bien diferentes, retirando por
completo algo que pudiera relacionarse, ni de lejos, con cursilería o ñoñería.
Todos podemos cambiar, o
al menos modular, opiniones nuestras anteriores, pero me parece poco tolerable
aceptar los bandazos de unos y otros.
En una ocasión en que
hicimos una de aquellas comparativas a ciegas de varias grabaciones de
una misma obra, un conocido crítico -ya tristemente fallecido- emitió una
temeraria opinión que nadie le había pedido. Me explico: escuchábamos las Variaciones
Haydn de Brahms en su versión orquestal. A los asistentes se les
pedía que dijesen qué les parecía, cuánto les gustaba o disgustaba, cada una de
las grabaciones, pero no que averiguase de qué intérpretes se trataba. Pues
bien, tras escuchar una grabación -que era la de Karl Böhm con la
Filarmónica de Viena -que, por cierto, fue la que más gustó a todos o casi
todos los intervinientes- ese crítico dijo, al terminar de escucharla: “Puedo
oler los tulipanes de esa ciudad”, haciendo clara referencia a la Orquesta del
Concertgebouw de Amsterdam. ¿Qué necesidad tenía de meter la pata de ese modo?
Podría haber dicho algo así: “Me suena a que pueda ser la Orquesta de
Amsterdam”, o algo así. Pero no: ¡estaba tan convencido de que era una
grabación que realmente no era!... (Para colmo, es muy probable que la
Filarmónica de Viena sea, por su tan particular y personal sonido, la orquesta
más reconocible de todas las grandes...)
Parece que David Hurwitz
tiene una gran audiencia, pero, por lo poco en que le he leído -no tengo
interés en leerle más- me parece básicamente maniático, caprichoso y superficial. Del álbum
Warner (EMI, Teldec, Erato) de Barenboim con la Sinfónica de Chicago que
ha sido publicado hace poco opina con una frivolidad desconcertante si uno se
lo tomase en serio. Solo un ejemplo: afirma que, de los tres ciclos sinfónicos
de Bruckner, solo le interesa el primero, el de Deutsche Grammophon de entre
1973 y 1981 (que no está en ese álbum, claro). Cualquier melómano que conozca
ese ciclo y los dos siguientes (Filarmónica de Berlín en Teldec y Staatskapelle
Berlin en DG, este filmado por Accentus de la 4ª a la 9ª)
comprenderá que esa opinión suya es inaceptable. Seguramente, me temo, ni
conozca bien esos tres ciclos (incluso retirando lo de “bien”): no sería la
primera vez que escucho a alguno, crítico oficial o melómano sin más,
pontificar sobre grabaciones que no conoce: más de una vez los he pillado
con todas las de la ley.
No es difícil reconocer que en el primer ciclo hay alguna versión que más tarde Barenboim no superó (es, en mi opinión, el caso de la Segunda Sinfonía), varias Sinfonías superiores en el segundo (Tercera y Séptima al menos) y que el tercero comprende varias versiones más maduras, equilibradas e indiscutibles. En fin..., ¡pobres de los que tomen al pie de la letra lo que dice este señor!
[Tras escribir esto, he ido al libro de Vargas-Machuca "Los mejores discos de Daniel Barenboim. El maestro sinfónico" y he aquí lo que leo: "Raramente suelo coincidir con las cosas que dice David Hurwitz, pero en este caso concreto discrepo de manera especial. De hecho, su afirmación según la cual 'Las interpretaciones de Barenboim a lo largo de sus tres ciclos de Bruckner han cambiado muy, muy poco en lo que respecta a los tempi* y al trazo global' PARECEN INDICAR QUE ESTE SEÑOR NO SE HA ENTERADIO DE NADA"]
*Con respecto a los tempi, es bien fácil comprobar, objetivamente, la falta de fiabilidad de Hurwitz.
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