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viernes, 30 de agosto de 2019

Una gran equivocación: Kyril Petrenko al frente de la Filarmónica de Berlín


Una Novena Sinfonía de Beethoven que no presagia nada bueno

En unos tiempos en que gobiernan en cada vez más sitios las personas menos recomendables (Trump, Bolsonaro, Orban, Kaczynski, Putin, Erdogan, Duterte, Boris Johnson…) no debería ser demasiado extraño que haya sido nombrado director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín Kyril Petrenko, capaz de debutar oficialmente en la reputadísima orquesta con una Novena Sinfonía de Beethoven tan tremendamente birriosa. Aun así, esa circunstancia no me consuela.

Vamos a ver, acabo de escucharla y verla (por cierto, bastante inaguantables las caritas que pone el director, aunque esto tenga escasa importancia) y me ha dejado hecho polvo. Este señor, con una gran técnica de batuta (pese a lo cual se aprecian desajustes en los minutos 11’20” y 21’30” del 4º mov., este último en un momento crucial), y que sin duda ha logrado interpretaciones operísticas verdaderamente brillantes, parece tener un historial sinfónico bastante gris, a juzgar por lo que yo le he escuchado: una Segunda de Sibelius, una Séptima de Beethoven o una “Patética” de Tchaikovsky francamente flojas.

¡Y ahora, ay, esta Novena! Un monumento a la superficialidad, a la banalidad, a la vulgaridad incluso, y desde luego a la vacuidad más absoluta. Como bien dice en su blog Vargas-Machuca, es una versión ideal para el hilo musical, para poner de fondo en un ascensor, no vaya a soliviantar a alguien en un solo momento…

En realidad no es propiamente una interpretación, sino una ejecución, sin trasfondo alguno. ¿Qué es lo único que hay detrás de su concepción (por llamarla de alguna manera)? ¡Prisa, prisa y más prisa! Las duraciones son elocuentes: 14’25”, 13’36” (con repeticiones), 13’03” y 21’55”. No hay en el tremendo primer movimiento misterio, ni tensión, ni conflicto alguno; en el scherzo, lo más pasable, Petrenko se limita a que todo suene con gran limpieza (el trio vuelve a ser demasiado veloz); el Adagio es irritantemente insípido, ¡sin rastro alguno de emoción! Plano, sin la menor progresión hacia los clímax, e incluso con algún pasaje empalagoso. Y el finale… ¿No han leído ustedes alguna vez que es una música a ratos banal? Pues sí, resulta a ratos banal ¡cuando el director lo es! Pero no hallarán el menor rastro de banalidad con Furtwängler, con Klemperer, con Böhm, Solti, Giulini, Sanderling, Bernstein, Barenboim y con muchos otros.

La orquesta es magnífica, claro está, lo mismo que el Rundfunkchor Berlin, y bueno el cuarteto solista (Marlis Petersen, Elisabeth Kulman, Benjamin Bruns -buen tenor, al que no conocía, demasiado lírico- y Kwangchul Youn). Pero sin duda conozco treinta o cuarenta grabaciones mejores que este concierto del nuevo director titular de la orquesta más famosa del mundo (y una de las cuatro mejores del orbe).

He leído algunas críticas en las que ponen por las nubes esta Novena. Lo siento, jamás volveré a tener en consideración cualquier otra opinión de estos críticos, que, como ya he dicho, me parecen sordos, carentes de criterio musical, o simplemente caraduras, serviles aduladores.