Diversas excusas para tomarnos el pelo... sacándonos la pasta
Una noticia y una escucha
en Radio Clásica me han motivado a escribir esto. La primera es que Kent
Nagano anuncia que va a dirigir El anillo del nibelungo de Wagner con
instrumentos originales (con el Concerto Köln: ¿cuántos componentes tiene? No
creo que más de una treintena). Bueno, el asunto me interesa bien poco. Aunque
tuviese oportunidad, no pienso escuchar esa Tetralogía, porque estoy
bastante harto de que me tomen el pelo intentando venderme otra pócima de Dulcamara.
Sea en forma de los tempi auténticos, los verdaderos de verdad, los
únicos posibles (todos los que se aparten un segundo son tergiversaciones debidas
a la maligna tradición, y bla bla bla) de las Sinfonías de Beethoven. O
bien sea para saber cómo tiene que sonar la Sonata op. 111 del mismo para ser
genuina, no con estos pianazos de ahora… O bien sea para que de verdad sepamos cómo
sonaba la orquesta de Schumann en el tiempo de Schumann, etc., etc.
La escucha a que me
refería ha sido hace pocos días en la radio de un disco que tengo en mi
colección: algo de música medieval por el Ensemble Organum que dirige Marcel Pérès.
El comentarista radiofónico aseguraba muy serio algo así como que “de este modo
tenía que sonar en la época de los templarios: es como si los estuviésemos
escuchándolos hoy”.
Bien, pues si nos
ponemos estrictos, y decidimos que lo único verdadero es cómo se
interpretó y se tocó en su momento, la Sinfonía “Heroica” debería
hacerse hoy no como la hacen Furtwängler, Klemperer o Barenboim, sino solo y
exclusivamente como debió de sonar en el estreno, con una orquesta deficiente y
un director que no entendía en absoluto aquella obra interminable e
ininteligible que trataba de poner en sonidos, y deseando que acabase cuanto
antes (un asistente al estreno, dijo en voz alta tras terminar la Marcha fúnebre:
“¡pagaría otra vez la entrada con tal de que terminase ya este bodrio de una
vez!”). Cuando tal compositor notable pero pianista no muy ducho estrenaba una
obra suya, hoy habría que tocarla igual de mal. ¿O no? También cuando una
soprano protagonista de tal ópera en su estreno resultó un fiasco, habría que
intentar buscar hoy otra que lo hiciera igual de mal: ¡eso sería ser lo más
fieles posible al original!
Parsifal se estrenó en Bayreuth, en presencia de
Wagner, de Liszt y de la élite musical de la época en pleno, durante una
epidemia de resfriados o de gripe, con lo que el grupo de contrabajos se redujo
a un solo instrumentista. La forma más auténtica de hacerlo hoy sería no con
diez o doce contrabajos, sino con uno: ¿o no? ¡o no! ¿En qué quedamos? ¿O acaso lo
hacemos igual que entonces en lo que a mí me interesa y diferente en lo que no me
interesa?...
Todo es poco serio:
deja en evidencia a los fundamentalistas del historicismo. Volviendo a Marcel
Pérès: los componentes de su grupo suenan como becerros. La justificación es
que los que cantaban en la Edad Media, un grupo de monjes de un convento, por
ejemplo, no eran profesionales del canto (y, por lo que parece, le daban a base de bien a la bebida...). Por lo cual, lo más históricamente
informado es que hoy lo canten (mejor lo berreen) como un rebaño de
carneros. ¿Que tenemos hoy un grupo especialista que canta divinamente gregoriano?
No, huyamos de él: hay que cantarlo como lo harían en tal o cual iglesia o
monasterio, con unos cuantos monjes o monjas que desafinaban. Etc. ¡Venga,
hombre, a tomar el pelo a quien se deje!
Igor Stravinsky se
quejaba de que los directores, incluso sus grandes defensores y divulgadores Markevitch
o Ansermet, lo traicionaban; solo sus propias interpretaciones y sus
grabaciones (¡tantas veces preparadas y ensayadas no por él, sino en realidad
por Robert Craft! Algo que ocultaba cuidadosamente) de sus obras eran auténticas. Afirmaba que los directores
debían limitarse a ser como campaneros, porque solo él sabía exactamente
lo que quería. Pero ¿qué pasa cuando, como ocurrió en varias ocasiones, grabó
dos veces una misma obra suya, con diez o quince años de diferencia? ¿Eran idénticas
ambas interpretaciones? ¡No! ¿En qué quedamos, don Igor? ¿Cuál era la verdadera-verdadera,
la primera de los años 50 o la segunda de los 60?
Mucho más sensatos,
Hindemith admitió públicamente que Furtwängler interpretaba su música mejor que
él mismo; o Bartók, que piropeó a Yehudi Menuhin tras escucharle estrenar su Sonata
para violín solo: “¡Yo pensaba que la música no se podría interpretar con
tal lucidez hasta por lo menos cincuenta años después de la muerte del
compositor!”
Así que estupideces,
mientras menos, mejor. A mí, a estas alturas, tan escaldado como estoy, no vuelven
a venderme más ciertas burras. Algunos o bien desvarían, o, quizá más
frecuentemente, quieren sacarnos la pasta alegando cualquier excusa… “¡Así sonó
la Tetralogía en el estreno!” ¡Ah, sí, y aunque fuera así (que no lo va
a ser), a mí qué puñetas me importa!