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lunes, 16 de abril de 2012

El “sonido Mercury”, célebre en los años 60. Y algunas interpretaciones

En los años 50 y 60 del siglo pasado la compañía discográfica estadounidense Mercury grabó, en cinta magnética de 35 mm, numerosos LPs que lograron de inmediato fama de ser técnicamente estupendos. Esa fama ha persistido y, aunque habría que matizarla, pues no eran los únicos que grababan muy bien (algo que los LPs no siempre demostraban: ha hecho falta esperar a las transcripciones a CD y a ciertos reprocesados), estos 50 discos compactos vienen a corroborar que, en efecto, solían estar en vanguardia en cuanto a la calidad del sonido. Pero no estará de más señalar que son registros que tienden a la brillantez y la espectacularidad quizá más que a la fidelidad propiamente dicha (algo en lo que, al menos en los años 50, Decca y RCA –de ésta lo hemos descubierto sólo en la era del CD– solían ser más atinados). Brillantez que a veces roza la distorsión o al menos la saturación. Hace unos años, los fondos de Mercury fueron comprados por Philips (sello hoy absorbido, o bajo el paraguas de Decca), y editaron algunos de estos discos. Pero no sé si todos; no, desde luego, en España. Ahora han reunido en una caja no muy voluminosa (13 x 13 x 14 cm) de precio muy bajo (¡menos de 2 € por CD!) 50 CDs, más uno que contiene una entrevista con la productora Wilma Cozart Fine, acerca del registro de los Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel y de Mi País de Smetana por la Sinfónica de Chicago dirigida por Rafael Kubelik.

Porque, aunque el director que más discos grabó para Mercury fue, con mucho, el húngaro Antal Dorati (1906-1988), también hubo otros cuantos, entre los cuales sin duda el más grande fue Kubelik (1914-1996). Ese ciclo de poemas sinfónicos Mi País (1952), quizá el primero de los al menos seis que grabó el gran maestro checo (Filarmónica de Viena, Decca; Sinfónica de Boston, D.G.; Filarmónica Checa, DVD Supraphon; Sinfónica de la Radio Bávara, Orfeo y DVD Medici), es nacionalista y dramático, sencillamente asombroso: quizá no superado por él mismo (ni por otro director). En cuanto a los Cuadros de una exposición y la Música para cuerda, percusión y celesta, fueron de seguro en su tiempo (1951) versiones de altura que hoy han perdido vigencia. La Sinfónica de Chicago, pese a que aún no había alcanzado las alturas estratosféricas de Reiner y, más aún, de Solti, fue ya el más sobresaliente conjunto orquestal que aparece en la colección.

El que mayor número de discos aporta a la misma es, sin duda, la Sinfónica de Londres, por entonces la segunda orquesta del Reino Unido (por detrás de la Philharmonia) y que, prácticamente siempre, ha sido una de las más solventes centurias europeas. El casi siempre omnipresente Dorati, gran director húngaro no siempre lo suficientemente valorado, la dirige en más de la mitad del medio centenar de discos. Entre los mayores logros de este tándem se encuentran los Conciertos para violín de Brahms y Khachaturian (1962, 1964) con un sensacional Henryk Szeryng, un programa Copland (con Primavera Apalache y Billy el Niño, 1961), el Concierto para cello de Dvorák, Kol Nidrei de Bruch y Variaciones rococó de Tchaikovsky con János Starker (1962, 1964), las dos Rapsodias Rumanas de Enescu, magistrales, sobre todo la menos conocida Segunda (1960), las acaso más cabales Rapsodias Húngaras orquestales (núms. 1-6) de Liszt (1963) que recuerdo, las Suites Escita y de El amor de las tres naranjas de Prokofiev (1957), el Concierto para violín de Schumann (1964; no así una tosca dirección del de Mendelssohn) con Szeryng, el Canto del ruiseñor, Scherzo a la rusa y Fuegos artificiales de Stravinsky (1964), o una Victoria de Wellington de Beethoven con atronadores cañonazos reales (lo mismo que en la Obertura 1812 de Tchaikovsky con la Sinfónica de Minneápolis). De este autor ofrece también un desigual Cascanueces completo de 1962.

Esta última orquesta, hoy Sinfónica de Minnesota, aparece en otras sobresalientes interpretaciones de Dorati: el Segundo Concierto para violín (con un espiritual Yehudi Menuhin), la Segunda Suite, las Danzas Rumanas y los Esbozos Húngaros de Bartók (1957, 1955 y 1956) o la suite de Háry János de Kodály (1956). De este mismo autor, Dorati ofrece, con la Philharmonia Hungarica, espléndidas interpretaciones de las Danzas de Marosszek y Galanta (1958) y de la Serenata para cuerdas de Tchaikovsky (1958). La Orquesta de Minneapolis suele alcanzar resultados bastante menos plausibles con el polaco Stanislaw Skrowaczewski (n. 1923), un director que a mí rara vez me ha convencido. Ahí están para comprobarlo unos insustanciales Concierto “Emperador” de Beethoven y Segundo de Brahms (con Gina Bachauer, 1962), unas suites del Romeo y Julieta de Prokofiev (1962) con fuertes altibajos o una muy endeble Quinta Sinfonía de Shostakovich (1961). Más pasable es su Concierto para cello de Schumann con Starker (1962).

De este cellista húngaro (n. 1924), uno de los más grandes del tercer cuarto del siglo XX, se ofrecen, además de las obras citadas, y de los Conciertos de Lalo y Saint-Saëns, su magistral grabación de las 6 Suites (1963) y de dos Sonatas de Bach (1965), así como las dos Sonatas de Brahms (1964) y la Segunda de Mendelssohn (1962), con el espléndido pianista György Sebök (1922-1999). En cuanto al polaco-mexicano Henryk Szeryng (1918-1988), uno de los colosos del violín de su tiempo, interpreta también, siempre de modo admirable, un programa Kreisler (1963) y muchas otras composiciones breves para violín y piano (no puedo comprender el menosprecio con el que se referían a él, en una conversación filmada, Milstein y Zukerman).

En la colección figuran así mismo varios registros de dos importantes pianistas: la griega Gina Bachauer (1913-1976) y el estadounidense Byron Janis (n. 1928). De la primera pasan sin pena ni gloria sus dos últimos Conciertos de Beethoven y el Segundo de Brahms; sin embargo, convence en los dos de Chopin (1963, 1964), con ruda dirección (¡!) de Dorati, y más aún en su Debussy (Pour le piano y 3 Preludios), en la Rapsodia húngara 12 de Liszt y, sobre todo, en Gaspard de la nuit (1964), con los poemas de Aloysius Bertrand en los que se inspiró Ravel maravillosamente recitados por Sir John Gielgud.

Del segundo figuran varios conciertos para virtuoso, en los que las da todas, pues Janis fue eso, un enorme virtuoso: los dos de Liszt (grabados en plena guerra fría por el equipo norteamericano de Mercury en Moscú el año 1962), el Primero mal dirigido por Kondrashin, y el Segundo aún peor por Rozhdestvensky; un excelente Tercero de Prokofiev y un muy notable Primero de Rachmaninov con Kondrashin (1962), así como el Segundo y el Tercero de este autor, con sólo correcta batuta de Dorati (1960 y 1961) y un epidérmico Primero de Tchaikovsky con Herbert Menges (1960). Varias de las piezas para piano solo que completan estas obras están espléndidamente interpretadas, sobre todo unos formidables Cuadros de una exposición (1965), pero el Concierto de Schumann (Skrowaczewski, 1962) queda reducido a página virtuosística, perdiéndose buena parte de su inmensa poesía.

Hay igualmente numerosas piezas para una, dos y cuatro guitarras por Los Romero (entre ellas el Concierto de Aranjuez), magníficos instrumentistas. Howard Hanson (1896-1981) dirige obras propias y, lo mismo que Frederick Fennell (1914-2004), clásicos populares; este último, sin embargo, firma un doble álbum muy interesante, con música de la Guerra Civil norteamericana, además de un atinado programa a base de 24 Marchas de Sousa (¡entre las que no está Barras y estrellas!). Finalmente, del francés Paul Paray (1886-1979), director entre 1951 y 1963 de la brillante Sinfónica de Detroit, figuran apreciables interpretaciones, especialmente bien grabadas, de Auber, Berlioz y Suppé.

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