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miércoles, 19 de febrero de 2014

Antológica “Sinfonía Alpina” de Strauss por Maazel en Ibermúsica


 

Ayer volvió Lorin Maazel a Madrid con la Orquesta de la que es titular desde septiembre de 2012, la Filarmónica de Múnich. Orquesta que, todo sea dicho, no para de dar bandazos: tras Rudolf Kempe y Sergiu Celibidache, nada menos, cayó en manos de James Levine (cuyo paso por la capital bávara no ha dejado huellas palpables) y amenaza, en septiembre de 2015, con pasar a manos del muy sobrevalorado Valery Gergiev. En fin, ellos sabrán...

Maazel, que el 6 de marzo cumplirá 84 años, es, como se sabe, un insuperable entrenador y muñidor de orquestas. Su técnica de batuta es alucinante, y sobre esto no suele haber discrepancias. Y ayer lo volvió a poner de manifiesto. Ahora bien, como intérprete es un tanto imprevisible, y capaz literalmente de lo mejor y... hasta de fiascos. Ayer no hubo, en mi opinión, ninguno de éstos, aunque su visión de la Cuarta Sinfonía de Schumann fue harto discutible. Versión desprovista casi por completo de la tremenda energía y pasión con que se suele abordar, resultó bastante plácida, incluso lúdica; como mucho, soñadora a ratos (muy Eusebius, apenas Florestan). La famosa transición del tercero al cuarto movimiento estuvo desprovista de la impresionante tensión de que las interpretaciones más insignes la dotan. Algo más rápido de la cuenta el segundo, el cuarto estuvo salpicado de ciertos cambios de tempo tal vez injustificados. Y el final del primer mov. y el acorde conclusivo de la Sinfonía me parecieron excesivamente hinchados y prolongados: una concesión a la galería. Ahora bien, todo sonó que daba gloria, con una belleza sonora y un empaste admirables. (Por cierto, me parece que el de Schumann es uno de los poquísimos ciclos sinfónicos importantes que no ha grabado Maazel).

El programa había comenzado con un Vals triste de Sibelius muy lento y tremendamente sentido y melancólico, maravillosamente cantado y, pese a ciertas licencias, muy convincente. Las cuerdas sonaron de maravilla, lo mismo que el solo de flauta.

Pero la auténtica gloria se alcanzó en la Sinfonía Alpina de Strauss. La versión le duró en torno a una hora, es decir ¡diez minutos más de lo que suele, incluyendo su grabación con la Radio Bávara (RCA 1998)! Y sin embargo no resultó pesada, trabajosa o forzada en absoluto, sino que transcurrió con entera lógica y fluidez: ¡logro exclusivo de un mago de la batuta! La Orquesta estuvo en líneas generales magnífica (cuerda, trompas, flauta, fagot, cello, clarinete, corno inglés...) pese a un punto débil: las trompetas, que gritaron en algunos momentos y tuvieron algún fallo estrepitoso (en su descargo hay que recordar la inmisericorde escritura y tesitura a que las somete el autor de Till). Pero Maazel, que tiene en su haber muchos Strauss memorables, en primer lugar su Zaratustra con la Filarmónica de Viena (D.G. 1983), hizo una auténtica creación, logrando un empaste sonoro (bueno, con la relativa excepción del órgano, cuya sonoridad no siempre se fundió bien con la orquesta) y una claridad asombrosa de la aplastante frondosidad de la complejísima partitura, con un sentido del color realmente fascinante. Dentro de la excelencia general, hay que señalar que el clímax central de la obra, “En la cima” y “Visión”, fue de una elocuencia formidable, producto exclusivo de un sentido musical altísimo sumado a una técnica consumada.

Creo que la última vez que vi a Maazel estaba un poco más chafado por la edad; ayer, pese a que sigue caminando con lentitud y le cuesta subir y bajar del podio, me pareció que se encontraba un poco mejor. Ojalá nos dure mucho tiempo. Es uno de los más grandes, capaz de proezas increíbles como la Alpina de ayer.





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