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lunes, 10 de febrero de 2014

Los “Anillos del nibelungo” de Valencia y La Scala: la diferencia fundamental


     

Tras escuchar recientemente el Prólogo (El oro del Rin) y las dos primeras jornadas (La Walkyria, Sigfrido) de la reciente Tetralogía wagneriana de La Scala que está publicándose (y de la que falta sólo El ocaso de los dioses, que verá la luz en primavera), acabo de reescuchar la de Zubin Mehta en Valencia 2008 (la tuve en DVD y ahora la repaso en Blu-ray). No hay nada como escuchar muy seguidas dos versiones de una misma obra (incluso aunque se conozca bien la música, como es el caso) para apreciar con claridad las diferencias entre ellas (me voy a referir exclusivamente a los aspectos musicales, no a los escénicos).

Me ha llamado rápidamente la atención algo fundamental, casi constante y muy evidente: el grado de implicación personal de uno y otro director. Mehta es grande, qué duda cabe, y no hay (en otras grabaciones sí los hay) descuidos, despistes o salidas de tono. Todo está en su sitio, y la musicalidad es innegable. Pero el hindú apenas parece participar, vibrar, sentir lo que hace. Todo lo contrario que Barenboim, que se ha implicado hasta las cejas y con el que todo parece movido, generado por la pasión. El resultado para el oyente es claro: Mehta suscita admiración por su buen hacer, pero transmite una sensación de alejamiento, descompromiso y frialdad; Barenboim, en cambio, nos hace empatizar con la historia y con los personajes, hace que nos involucremos en todo ello. Es una diferencia muy importante, y muy, muy acusada.

Evidentemente, Mehta ha trabajado a fondo con la orquesta, que suena siempre admirablemente (otro asunto es que a menudo no suena muy a Wagner, sino a Puccini o vete a saber a quién, porque la falta de familiaridad estilística es obvia), pero que no suele transmitir emoción más que tasadamente. Es que su trabajo con los cantantes parece escaso: habrá cuidado el canto, pero desde luego mucho menos la interpretación.

Es curioso; cuando los cantantes son los mismos en una y otra versión comprobamos de qué modo tan diferente encaran sus personajes: con distancia que puede rayar en la indiferencia, hasta el desinterés, o con un sumergirse en ellos y vivirlos como algo propio, que les afecta de lleno. Los pasajes o escenas de mayor contenido psicológico son las más claras al respecto: compárese, por ejemplo, todo el primer gran cuadro I del Acto II de La Walkyria: el distanciamiento, la frialdad son grandes con Mehta. Lo que cuenta Wotan (Juha Uusitalo, buena voz algo lírica, cantante correcto, intérprete más sobreactuado que sincero) parece importarle en el fondo bien poco: da la impresión de que apenas se lo cree. Con Barenboim, Vitalij Kowaljow (voz algo más grave, cantante no superior) en cambio, nos conmueve: sentimos su amarga desesperación al haber tenido que ceder ante las exigencias de su rígida y ultraconservadora esposa, Fricka.
Anna Larsson, magnífica voz y magnífica cantante, llama la atención por su escasa credibilidad interpretativa. La también formidable Ekaterina Gubanova resulta incomparablemente más creíble y convincente. Por no hablar de las respectivas Brunildas: Jennifer Wilson, dotada de una voz brillantísima (recuerda a la Nilsson) pasa olímpicamente de las cuitas de su padre Wotan, mientras que Nina Stemme (voz más extraordinaria aún y mucho más bella, canto mucho más rico en recursos) nos conmociona por cómo vibra con los más hondos sentimientos de su padre, cómo siente y padece su frustración y su rabia. Es otro mundo.

La distancia es enorme: al oyente atento le puede resbalar aquella versión valenciana, mientras le afecta de lleno la milanesa. Resulta clarísimo que Barenboim ha trabajado a fondo con los cantantes para que interpreten, les ha convencido plenamente de que sean todos un solo pensamiento con él. Se hace muy claro lo que le escuché una vez decir al de Buenos Aires: “cuando en una prueba escucho a algún cantante nuevo, rápidamente me doy cuenta de si entiende o no a Wagner”.

Incluso comparando los Actos I de La Walkyria, en la que el trío vocal de Mehta es en conjunto superior al de Barenboim, las cosas siguen estando claras: el Siegmund de Mehta es el reconocido tenor Peter Seiffert, voz de primera calidad dotado de técnica y línea excelentes, al que por cierto le he escuchado este papel con Barenboim en alguna ocasión. Aun así, no supera en su interpretación a Simon O’Neill, voz menos agradable y con mayores irregularidades canoras. La Sieglinde de Mehta, la notable Petra Maria Schnitzler, preciosa voz (tal vez demasiado lírica) en su mejor momento, resulta algo plana. Por el contrario, la Sieglinde de Barenboim en La Scala es una ya mayor Waltraud Meier, quien da cien vueltas a su colega en la asunción de su personaje, ciertamente inalcanzada en este aspecto hoy o antes: no la cambiaría, de ningún modo, por la voz más extraordinaria que cante o haya cantado esta parte. El Hunding de John Tomlinson, muy declinante ya en lo vocal, aún impone con Barenboim. Pero claro, el de Mehta es nada menos que Matti Salminen, el único de sus cantantes en esta ópera que consigue sobreponerse a la batuta, yendo de algún modo por libre y convenciendo, por tanto, plenamente.

Lo curioso es que esta falta de empatía de Mehta con Wagner (no le conozco ni un solo disco suyo que me entusiasme) no se da, en absoluto, en la mayor parte de sus grabaciones de óperas de Verdi o de Puccini. Son cosas que les pueden ocurrir incluso a los más grandes directores.







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