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viernes, 20 de junio de 2014

Discografía de las Siete Canciones Populares Españolas de Manuel de Falla

 

(Texto de un programa emitido por Radio Clásica)

Como solía decir el gran musicólogo Federico Sopeña, el título mismo de las 7 Canciones populares españolas de Manuel de Falla lo dice todo: son españolas, son populares y, a la vez, son de Falla; la mayor contribución de éste fue, desde luego, la parte pianística, que es ciertamente magistral. Al estallar la Primera guerra mundial, Falla volvió a España desde París, y a los pocos meses, concretamente el 15 de enero de 1915, estrenaba él mismo, desde el piano, y con la voz de la soprano Luisa Vela, estas Canciones en el Ateneo de Madrid.

Dispuestas en el siguiente orden –El paño moruno, Seguidilla murciana, Asturiana, Jota, Nana, Canción y Polo– la serie es, en palabras de José Luis García del Busto, “la más bella colección de canciones de la música española y una de las composiciones vocales más admirables que quepa encontrar en la música de inspiración nacionalista de cualquier latitud”.

La Nana, la Canción y el Polo son de origen andaluz, murcianos El paño moruno y la Seguidilla, la Asturiana lo su nombre indica, y aragonesa la Jota. Pero las siete son algo más que una recopilación o una colección, pues Falla las supo dotar de sentido de continuidad y de una admirable unidad como conjunto. Se trata, por tanto, de un ciclo (un Liederkreis, que dirían los alemanes), aunque breve.

Tres lustros después de su estreno, el propio compositor grababa para EMI las 7 Canciones acompañando a María Barrientos. Exactamente, las cuatro primeras en 1928 y las tres últimas en 1930. La interpretación de la soprano barcelonesa nos suena hoy anticuada; la vocalización y la afinación no son siempre muy precisas, y ni siquiera la presencia del autor garantizó un enfoque estilístico adecuado de la cantante. Tampoco Falla estuvo a la altura esperada. Polo es particularmente desafortunado.

No he podido localizar la grabación, realizada en 1930 y editada por Nimbus, de Conchita Supervía y Frank Marshall. De la famosa mezzosoprano, también barcelonesa, puede esperarse mucho, a la vista de sus indudables dotes interpretativas; su colaboración con el pianista que fue discípulo de Granados y maestro a su vez de Alicia de Larrocha, será a buen seguro muy interesante.

La primera grabación de Victoria de los Ángeles, junto a Gerald Moore (EMI, 1952) supuso un gran acierto. La gran soprano, igualmente barcelonesa, lucía a sus 29 años una voz juvenil, pura y bellísima. Por su parte, Moore no es un prodigio de españolismo –así se percibe sobre todo en la primera y en la última de las canciones– pero es un pianista excepcional. Entre ambos logran versiones especialmente certeras de la Asturiana, Jota y Nana.

El mismo año, 1952, y también para EMI, apareció la grabación de la mezzosoprano Ana María Iriarte (cuyo nombre está especialmente ligado a El amor brujo) junto al pianista Roger Machado. Voz de carácter, más que bella, generalmente bien encaminada, presenta cambios de color que no parecen aquí un gran problema. Solamente resulta algo exagerada su interpretación en las dos últimas canciones, donde fuerza un poco la emisión de las notas graves. El pianista, por lo demás, realiza una labor irreprochable.

Pero es en 1959 cuando ve la luz la primera grabación (Columbia, más tarde RCA) verdaderamente modélica de esta colección de canciones: la de Teresa Berganza con su entonces esposo, el gran pianista pamplonés Félix Lavilla. Técnicamente la toma de sonido no es buena, pues el efecto estereofónico es excesivo. Pero en lo musical ambos están perfectamente compenetrados y entienden de modo insuperable el sentido de cada una de las siete canciones. Por ejemplo, en Polo se aproximan certeramente al aire del cante jondo.

En 1962 volvió a llevar al disco Victoria de los Ángeles estas canciones, una vez más para EMI, pero ahora junto a uno de los grandes pianistas españoles del momento: el alicantino Gonzalo Soriano, quien entendió mucho más a fondo esta música que Gerald Moore. Alcanzan así entre ambos, en estrecho diálogo, una interpretación realmente ejemplar. La voz de Victoria sigue estando en estado de gracia, y será difícil encontrar un piano con mayor garbo, lo mismo en las canciones de inspiración andaluza que en la Jota. Únicamente puede echarse de menos en Polo una sintonía mayor de la voz con el cante flamenco, que por ejemplo Berganza entiende mejor, además de ser más adecuada para esta canción una voz algo más grave.

No se encontraba ya en buen estado vocal Victoria de los Ángeles en 1971, cuando las grababa para EMI por tercera vez, ahora en público (por cierto, con no muy buen sonido); una lástima, porque la parte pianística corría a cargo de Alicia de Larrocha, nada menos.

La gran mezzo norteamericana Marilyn Horne, de voz bella y pastosa, llevaba al disco para Decca, en 1973, las 7 Canciones fallescas. El problema de la pronunciación, aunque esforzada, resulta insalvable, sobre todo para oyentes hispanoparlantes. En varias de ellas, como en Asturiana, Jota o Nana, el enfoque estilístico es bastante acertado; pero en Canción y Polo ocurre lo contrario. El pianista Martin Katz se muestra, por su parte, bastante centrado.

No cabe duda de que Montserrat Caballé, que grabó para Columbia/RCA estas Canciones junto a Miguel Zanetti en 1977, no es tan ducha en este terreno como Berganza o incluso Victoria. En todo caso, su interpretación, con un piano siempre excelente, posee grandes méritos, y no sólo por la belleza vocal y de canto: Jota, Nana y Polo, entre otras, son realmente extraordinarias. Ese mismo año 1977 Teresa Berganza vuelve a grabar, ahora para DG, las 7 Canciones, en esta ocasión con acompañamiento de guitarra a cargo del gran Narciso Yepes. Instrumento que, dicho sea de paso, no reemplaza en igualdad de condiciones al de teclado.

En 1985 Martin Katz, que había tocado la parte pianística junto a Marilyn Horne, lo hace ahora junto a José Carreras. No es tan frecuente escuchar estas canciones a una voz masculina, pero no hay problema alguno en ello. La Jota es, quizá, especialmente idónea para la voz de tenor. Seis años más tarde el mismo tenor barcelonés volvió a grabarlas, pero esta segunda vez en la versión orquestada por Luciano Berio (instrumentación más interesante que certera, me parece) con la English Chamber Orchestra y dirección del propio compositor italiano.

Otra orquestación, la de Ernesto Halffter (bien hecha, por supuesto, pero siempre menos satisfactoria que la parte pianística original) es la del disco de Victoria de los Ángeles, con la Orquesta del Teatre Lliure de Barcelona dirigida por Josep Pons (Harmonia Mundi 1992). Pero la gran soprano estaba ya, tristemente, lejos de su mejor momento vocal.

En 1994 EMI publicaba un CD con la Obra completa para canto y piano de Falla, a cargo de María Orán y Miguel Zanetti. Las 7 Canciones de este disco son un ejemplo de rigor musical y estilístico. Aun sin poseer una voz tan extraordinaria como la de las célebres cantantes españolas de la segunda mitad del siglo XX, la soprano tinerfeña sienta cátedra en cada una de estas páginas. Así se puede comprobar en la que es seguramente la más peliaguda de ellas, Polo, a la que comunica no sólo el debido desgarro, sino también un profundo sentimiento.

Una de las pocas cantantes no españolas que han grabado últimamente esta obra es la mezzosoprano rusa Olga Borodina, quien la ha llevado al disco para Philips en 1997 junto al excelente pianista Semion Skigin. Su voz es de belleza extraordinaria, y no resulta muy desenfocada en ellas, salvo un disparatado Polo, sin duda la canción con más peligro de las siete.

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