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sábado, 2 de agosto de 2014

La “Elektra” de Thielemann en D.G., con Herlitzius, Schwanewilms, Meier y Pape

 
    

Grabada en público (en versión de concierto, claro) en la Philharmonie de Berlín el 28 de enero de 2014, esta vez los ingenieros de Deutsche Grammophon no han estado todo lo finos que podrían: si bien las voces están bien recogidas, la orquesta no presenta toda la claridad deseable, sonando un poco espesa o amazacotada.

De la versión: había oído decir maravillas de Evelyn Herlitzius como Elektra; pues bien, puede que sea una estupenda actriz (y de ahí, tal vez, los grandes elogios a su interpretación en el DVD que dirige Salonen), pero sólo escuchándola me ha defraudado no poco. Me explico: la voz no es lo suficientemente dramática, y no es bella ni mucho menos; por el contrario, es desigual, está llena de aristas, los agudos son francamente desagradables, posee una técnica más bien escasa para regular el sonido y, para colmo, presenta un trémolo tan acentuado que le limita bastante a la hora, incluso, de expresarse. En su monólogo de entrada, “Allein! Weh, ganz allein” carece de la debida variedad de registros expresivos, y su agudo en “königliche Siegestänze” es estrecho y gritado. Mejora bastante en el dúo con Crisotemis, pero en el que tiene con Orestes vuelve a mostrar ciertas limitaciones canoras y expresivas. Vamos, que eso que dice el New York Times de que es “la mejor Elektra de su generación” no me cuadra en absoluto: Irene Theorin es bastante preferible, y seguro que Nina Stemme también lo podría ser. Y bien poco tiene que hacer si se la compara a Inge Borkh, a Leonie Rysanek (ambas con Böhm), a Birgit Nilsson (Solti), a Deborah Polaski (Barenboim, Bychkov) o a Alessandra Marc (Sinopoli).

Anne Schwanewilms ha perdido ya redondez y belleza vocal, acusando cansancio y cambios de color; aun así, triunfa como intérprete sutil, comunicativa y con garra. Lo de Waltraud Meier como Clitemnestra no tiene nombre: la voz ha perdido algo, pero bien poco desde luego, lo que tiene una importancia mínima frente a su genial –sí, genial– encarnación de la madre de Elektra: sin el menor aspaviento, sin excesos de ningún tipo ni rastro de caricatura (es decir, lo opuesto a la por otra parte impactante interpretación de Astrid Varnay en el DVD con Böhm), modela un personaje fascinante, cuyo texto (¡formidable Hofmannsthal!) exprime hasta en el menor detalle, revelando crueldad y fiereza, sí, pero también mucha vulnerabilidad y hasta atisbos de ternura. ¡Colosal esta Waltraud Meier de 58 años, una de las mayores artistas entre las cantantes de las últimas casi cuatro décadas!

Imponente el Orestes de René Pape, quien sólo cede quizá ante Fischer-Dieskau (con Böhm en el CD y en el DVD), y correcto el Egisto, algo tremolante, de Frank van Aken. Las doncellas, con papeles nada fáciles ni menores, tienen un nivel más bien medio, lo mismo que los sirvientes joven y anciano. En cuanto a la Celadora, es una pena escuchar a la antaño espléndida Nadine Secunde hecha una ruina vocal.

La Staatskapelle Dresden, como se supone que es la que estrenó la obra, es para algunos “la mejor orquesta Strauss del mundo” (Wiener Zeitung). Pues bien, es un conjunto maravilloso, uno de los seis u ocho mejores de Europa, con una tradición y un sonido straussianos admirables. Pero, por favor, no perdamos los papeles: escúchese (sí, en Elektra sin ir más lejos) a la Filarmónica de Viena con Böhm (DVD), con Solti o con Sinopoli y tendremos, para mí sin duda, a “la mejor orquesta Strauss del mundo”.
Thielemann conoce bien a este compositor, creo que el que mejor dirige (magníficas su Arabella o su Vida de héroe), y eso se le nota en muchos pasajes, y, apoyado en tan soberbia orquesta, consigue muchas páginas irreprochables y hasta sobresalientes. Pero... parece empeñarse, una vez más, en hacer descubrimientos, aunque sean puntuales, y ahí falla, claramente. Señalaré algunos: la excesivamente dulce frase orquestal tras las palabras “zeig dich deinem Kind” en el monólogo de entrada de la protagonista, algo que vuelve a repetirse en algún momento del dúo entre Elektra y Orestes. En la entrada de Clitemnestra no logra la debida atmósfera inquietante e irreal (que sí consigue después en “Ich habe keine guten Nächte”); al comienzo del CD 2 (“Was sagen sie ihr denn?”) se producen instantes de clara confusión en la orquesta. Cerca del final, antes del grito de Clitemnestra al ser asesinada y del correspondiente momento de Egisto, la orquesta suena demasiado suave, como en el comienzo de varios reguladores dinámicos en “Hörst du denn nicht?”. Y, al principio de “Schweig, und tanze” (minuto 0’15”) hace un rubato no ya innecesario sino forzado y excesivo. Además, Thielemann no suele obtener el clima angustioso y terrible en el que se desarrolla la tremenda tragedia, tan genialmente escrita por libretista y compositor. Tanto al comienzo como al final de la ópera, los golpes no son lo suficientemente contundentes y secos como sería deseable.
No es tan feroz como Solti, ni de tanto calado como Böhm (sobre todo en el DVD, acaso la mejor Elektra de la historia del disco), ni tan analítico y tan fascinante en lo tímbrico como Barenboim, ni tan suntuoso y espectacular como Sinopoli. Pues bien: la reacción del público al final es, una vez más, como si acabase de dirigir Furtwängler el concierto más inspirado de su vida. ¡No lo entiendo! (O sí...)






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