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lunes, 14 de marzo de 2016

Vladimir Jurowski con la London Philharmonic en Ibermúsica



Rachmaninov con Angelich y Tchaikovsky

Ayer, domingo 13, actuaron de nuevo quienes ya son asiduos en el ciclo de Ibermúsica: la Orquesta Filarmónica de Londres y su director titular, Vladimir Jurowski. Este irregular director dio ayer la de cal. Su labor en el Tercer Concierto de Rachmaninov fue ejemplar, ante todo por la claridad obtenida en la parte orquestal y el modo en que siguió, atendió y arropó a un solista, Nicholas Angelich, que no estaba a su altura. Dotado de unos medios poderosos, el pianista norteamericano no es un artista del mismo calibre, pues tiende a exhibir velocidad antes que a paladear las hermosas melodías de la obra, por no hablar de las oportunidades de elevarse que le brinda. Varias de las transiciones dejaron ver en sus manos ciertos deshilvanes en las costuras, por no hablar de ciertos emborronamientos. Solo en la coda final se dejó arrastrar Jurowski por un énfasis algo exagerado y un notorio efectismo. Angelich ofreció de propina el primer número de las Escenas de niños de Schumann, con delicadeza e imaginación, hasta rozar el capricho en el fraseo. 

Una partitura mucho menos interesante ocupaba la segunda parte: la menos lograda de las Sinfonías de Tchaikovsky, la Tercera. Jurowski, que me había irritado en otra ocasión con una inexpresiva y descomprometida (!) "Patética", hizo ayer todo lo posible por salvar la llamada Sinfonía "Polaca", hasta el punto de que quizá nunca la he escuchado tan satisfactoriamente defendida. No es que consiguiese hacerla grande -eso es casi imposible, o sin casi- pero sí mantuvo el interés por cómo destacó sus cualidades y, hasta cierto punto, disimuló sus deficiencias. Entre aquellas, sobre todo la orquestación. El ímpetu y la brillantez marcaron el movimiento inicial, tras la sombría introducción. En el segundo acentuó su aire danzable. Pese a sus esfuerzos, el "Andante elegiaco" siguió siendo un episodio que repite fórmulas y que peca de algo imperdonable en Tchaikosky: la falta de sinceridad. Muy mendelssohniano el scherzo y brillantísimo, hasta tal vez el exceso, el finale: un fragmento que, como el segundo, parecen formar parte de un ballet más que de una sinfonía. La actuación de la orquesta -precisión, belleza de sonido, brillo, entusiasmo- es de las mejores que le recuerdo en años. Aunque, como tantos otros conjuntos, ha perdido parte de su personalidad sonora, no deja de ser una centuria de primer orden. Una rutilante, irresistible Danza española de El lago de los cisnes cerró la velada.

1 comentario:

  1. Tiene usted toda la razón sobre Angelich. Recientemente vi un concierto en el que interpretaba el cuarto de Beethoven con Laurence Equilbey y destrozó la partitura de esta maravillosa composición. Es un pianista muy irregular en cuanto a sensibilidad.

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