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viernes, 1 de julio de 2016

Blu-ray de "I due Foscari": una interpretación superior, con dos héroes: Domingo y Pappano



 
Esta ópera, la sexta de Verdi, estrenada en 1844, poco después de Ernani y poco antes de Giovanna d'Arco, es bastante menos conocida de lo que merece. Pese a sus altibajos, típicos del Verdi de los "años de galeras", no son pocos los valores de la ópera, sobre todo la descripción de los oscuros, hasta sórdidos ambientes de la tragedia de Byron en la que se inspira -la acertada orquestación constituye un avance en su largo aprendizaje-, el temprano uso del leitmotiv, y sobre todo la caracterización del personaje del Dux, que se adelanta mucho tiempo al de Simon Boccanegra. Con la ópera de este título tiene en común la trabazón entre los afectos familiares y la razón de estado. Como escribe Charles Osborne, "en I due Foscari Verdi casi logró por completo integrar en un todo armónico la visión de tristeza y pesadumbre que la obra de Byron le sugirió. Es una de las más personales creaciones anteriores a Rigoletto, compacta en su forma, orquestada con sensibilidad y colmada de afectos y con, en apariencia, ese espontáneo sentido de la melodía al que solo Schubert y él tuvieron acceso ilimitado".

Como suele ocurrir, I due Foscari frecuenta poco los escenarios debido en buena parte a su dificultad. Por ejemplo, el principal rol femenino, Lucrezia, pese a no tener un papel predominante en la tragedia, es largo y requiere una voz de dramática de agilidad muy difícil de hallar (la estrenó la que tres años más tarde encarnaría a Lady Macbeth en el estreno, Marianna Barbieri-Nini). Y no digamos los dos papeles titulares: Francesco Foscari, el Dux, exige un barítono verdiano capaz de un canto muy depurado y, sobre todo, de una intensa fuerza dramática. Y su hijo, Jacopo Foscari, el típico tenor verdiano lírico-spinto fuertemente apasionado, nada fácil de hallar.

Las grabaciones más destacadas con las que se contaba hasta ahora son la de audio del sello Philips de 1977, con Piero Cappuccilli, José Carreras, Katia Ricciarelli y Samuel Ramey, con el Coro y la Orquesta de la Radio Austríaca dirigidos por Lamberto Gardelli. El barítono de Trieste se apoya en su soberbia materia vocal, pero apenas cala en la psicología del apasionante personaje. Carreras, en su mejor momento vocal, arrasa frente a sus colegas con su hermosísimo timbre, su buena línea y su ardiente temperamento. También en su mejor momento, Ricciarelli hace un buen trabajo, pese a que su voz es en exceso lírica para Lucrezia. Ramey es, sin duda, el Loredano más sobresaliente de la discografía. El no siempre previsible Gardelli acierta con una labor de destacada temperatura dramática.

La función de La Scala milanesa de 1988 registrada en vídeo por el sello VL (Video Land), de mediana calidad técnica y sin subtítulos, ofrece una sencilla y muy hermosa producción escénica de Pier Luigi Pizzi, pero una versión musical bastante inferior a la anterior. El veterano Gianandrea Gavazzeni no pasa de la impersonal corrección, mientras el tenor Alberto Cupido deja bastante que desear y la soprano Linda Roark-Strummer es una lírica con agudos brillantes, pero metálicos y algo estridentes. Bien el Loredano de Luigi Roni. Lo mejor de la interpretación está en la de Renato Bruson, no muy boyante en lo vocal, pero muy artista y muy creíble.

Hay un DVD/Blu-ray de 2012, del sello C Major, que desconozco, aunque sobre el papel no parece muy prometedor: Leo Nucci, Renato de Biasio, Tatiana Serjan y Roberto Tagliavini, con los conjuntos del Teatro Regio de Parma y dirección musical de Donato Renzetti y escénica de Joseph F. Lee.

A falta de conocer esta última versión, todo hace pensar que la que acaba de publicar Opus Arte -con calidad técnica superlativa pero sin subtítulos en castellano- se hace con la primacía hasta la fecha. No es una versión redonda, puesto que soprano y tenor no son excepcionales, pero se cimenta en una dirección musical sensacional, en una escena cabal y certera, y en un protagonista sencillamente asombroso: un tal Plácido Domingo. Mientras Muti y Chailly parece que dirigen Verdi cada vez con menos ganas y entrega, a Antonio Pappano le ocurre exactamente lo contrario: hay que ver el enorme partido que saca a esta ópera, desde el punto de vista dramático y teatral, cómo recrea las sonoridades lóbregas, y la pasión y la rabia con que vive la tragedia. Estupendo el Coro (dirigido por un italiano, Renato Balsadonna) y magnífica, como pocas veces, la Orquesta del Covent Garden, que consigue un sonido verdi-primera-época que llamaríamos de libro (como lo obtenía el joven Muti de la Philharmonia de la misma capital británica). La otra dirección, la escénica, a cargo de Thaddeus Strassberger, también constituye un acierto: aunque no es absolutamente literal, el rigor y el respeto al libreto son indiscutibles. Y plásticamente me parece muy convincente; el a veces audaz vestuario de Mattie Ullrich contribuye al éxito.

Francesco Meli posee una de las mejores voces de tenor lírico, tirando a spinto, de la actualidad; aunque no es un gran cantante, aquí está francamente por encima de lo habitual en él, más creíble e imbuido del desgraciado personaje. Seguramente tenga que ver la batuta, lo mismo que en el caso de la soprano Maria Agresta, que aunque también es una lírica, ligeramente ancha, sortea con bastante acierto las grandes dificultades de su parte y demuestra notable convicción (está mucho mejor que en la Nedda de Pagliacci comentada en este blog). El papel del cruel, terrible Loredano está servido con suficiencia vocal por el bajo Maurizio Muraro, pero el carácter que logra imprimirle es más bien escaso. Con unos secundarios notables, dejo para el final el caso Plácido. Filmada la función del 14 de octubre de 2015, se trata de lo más reciente que le he escuchado al cantante madrileño. Afirmo que, vocalmente, es lo mejor que le he recuerdo hasta ahora como barítono, ¡a sus 74 años!, incluso por encima de su aclamado Boccanegra. Siento decir una vez más que no comprendo a quienes son insensibles a su sobrecogedora interpretación, de un dolor y un patetismo acongojantes, y solo son capaces de ver que no tiene el idóneo color baritonal. Son tales su fuerza expresiva y su convicción que ese reproche me parece de todo punto irrelevante. El vozarrón Cappuccilli me transmite bien poco frente a él, y hay que constatar también que, a sus 52 años, el gran Bruson estuvo en La Scala sensiblemente peor de voz que un Plácido veintidós años mayor. Es tal la identificación de Domingo con el anciano Dux que, cuando sale a saludar, no puede ocultar las lágrimas que han manado de sus ojos momentos antes de morir: le sobreviene un ataque al corazón al ser destituido, "víctima de un odio infernal", de su cargo. En medio de los atronadores aplausos que recibe, tarda un tiempo en salir de su postración anímica, antes de ser capaz de alegrarse ante el conmovido reconocimiento del público. 

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