miércoles, 1 de agosto de 2018

Barenboim vuelve al ciclo sinfónico de Brahms


Caja de Deutsche Grammophon que será publicada el 24 de agosto

Los admiradores y seguidores de Barenboim teníamos una espina clavada: el colosal intérprete, como solista, de los Conciertos para piano de Brahms, y muy bueno de tantas otras obras del hamburgués, de piano solo, de cámara, lieder e incluso de algunas obras orquestales y corales - la Obertura Trágica, el Concierto para violín y el doble, el Requiem alemán- no estábamos muy satisfechos con su ciclo sinfónico (Erato 1994) con la Sinfónica de Chicago, bastante bueno pero más bien poco personal y desde luego deficientemente grabado. Teníamos interés en que lo repitiese para poder comprobar cuánto podría haber profundizado desde entonces en la interpretación de estas cuatro obras clave dentro de la historia de la sinfonía. Varias interpretaciones escuchadas en vivo e incluso algunas grabaciones nos hacían albergar esperanzas: una sobresaliente Primera en Granada (2006), una admirable Cuarta -también con la Orquesta del Diván- en Londres (Proms 2008) o la formidable Primera con la Filarmónica de Berlín en Oxford (DVD/Blu-ray EuroArts 2010).

Ahora Deutsche Grammophon publica una caja de las cuatro sinfonías -solas, sin añadidos- con la Staatskapelle Berlin, grabadas en octubre de 2017 en la Sala Pierre Boulez de la capital alemana, con la sensacional tecnología de los célebres ingenieros del Estudio Teldex, Friedemann Engelbrecht y Julian Schwenkner. Por fin suenan como dios manda, y no solo eso: probablemente es el ciclo Brahms mejor grabado hasta la fecha. Siempre digo que la grabación tiene que ver con la interpretación más de lo que parece a primera vista: una mala toma perjudica a esta última, pareciéndonos peor de lo que es, y viceversa. Por eso ciertos reprocesados hacen que nos parezcan mejores que antes interpretaciones que ya conocíamos mal procesadas.

Por otra parte, no es casual que a ciertos directores famosos por sus exhaustivos análisis del entramado orquestal parezca que les graben mejor; no es necesariamente eso. Lo cierto es que, en este álbum, llama inmediatamente la atención todo lo que se oye: multitud de detalles orquestales nuevos, que no conocíamos, y ello se debe sin duda tanto a la maestría técnica de la batuta como a la habilidad de los ingenieros. Aquí, claramente, se han unido. Muy a menudo se oye decir que Brahms requiere unas sonoridades compactas, recias, densas, profundas, empastadas -con lo que estoy de acuerdo-, pero que a veces dan como resultado una cierta opacidad y espesura, algo así como un engrudo: es un grave peligro que acecha y que es necesario evitar a toda costa, pues la paleta orquestal de Brahms es -aunque no suele decirse- de gran riqueza, además de muy personal. Lograr esa densidad y que a la vez se pueda oír todo lo escrito de forma diáfana es poco menos que la cuadratura del círculo. Quienes escuchen este álbum se quedarán perplejos al comprobar hasta qué punto se ha conseguido aquí.

Dicho esto, hay que reconocer que las versiones no son todas de la misma altura. Lo que sí me ha parecido muy interesante es con qué fuerza se han individualizado las sinfonías, los muy diferentes caracteres que Barenboim les imprime a cada una de ellas. La Primera me parece que copa el mayor acierto: es una visión bastante juvenil, pese a su reflexión y hondura (¡ya la había en el Primer Concierto para piano, bastante anterior!), de rudeza y aspereza (cualidades buscadas, sin la menor duda) mayores de lo habitual, lo que no quiere decir -¡todo lo contrario!- descuido o brocha gorda. La sonoridad es la más robusta de las cuatro, con contrabajos rugientes (recuerdan a la Filarmónica de Berlín) y timbales muy presentes. Tras una introducción que me ha traído a la memoria a Klemperer -tremenda contundencia, consiguiendo meterse al oyente en un puño-, las tensiones del primer movimiento están magistralmente planificadas. Barenboim pone en juego -no solo aquí: en los 16 movimientos- una sutilísima gama de tiras y aflojas, de acelerandos y ritardandos y de gradaciones dinámicas que recuerdan sin duda a Furtwängler. Como escribía Vargas-Machuca en su blog (ya saben: "Ya nos queda un día menos"), el bonaerense se consagra como un maestro consumado del arte de la transición, lo que según su genial antecesor es el verdadero meollo de la dirección orquestal. En el movimiento lento, Barenboim se explaya ahora mucho más que en su ciclo de Chicago, con un
tempo más lento (esto ocurre en realidad en 15 de los 16 movimientos; el primero de la Primera dura exactamente igual en ambas versiones, 14'34") y una mayor cantabilidad, un lirismo mucho más acentuado. Sensacionales los solos de oboe y de violín. Lo que convierte esta interpretación en la más genial que conozco hasta la fecha es principalmente el cuarto movimiento. No sé cómo explicarlo: hay que escucharlo para dar crédito. ¡Qué lógica musical y qué pericia para ponerla en sonidos!

La Segunda Sinfonía es mucho menos pastoral que en otras interpretaciones (Giulini, Barbirolli...), es más dramática y más amarga. El Adagio non troppo es particularmente sombrío. Y este enfoque afecta incluso al finale, siempre tan optimista, mientras que aquí concluye con un sentimiento un tanto ambiguo (la ambigüedad es una característica generalmente negativa, pero no en la música, ha escrito Barenboim). Es, pues, una aportación sumamente personal y, aunque discutible, es sin duda muy interesante y hasta convincente.

En la Tercera hay algo muy chocante: en el minuto 12 del primer movimiento, en el último clímax, oímos unas pocas notas nuevas, quiero decir diferentes de las de siempre. ¿Se ha revisado la partitura, había una errata? Ni idea, habrá que leer los comentarios del libretillo. Aparte de esta anécdota, nada especial que señalar. No es eso lo que ocurre en el Andante, el más punzantemente hermoso y expresivo que recuerdo. El tremendo portamento de la versión de Chicago ha sido suavizado ahora. Maravilloso el Poco allegretto, sin saturarlo de almíbar. El dramático, tenso finale tampoco tiene nada de especial, salvo -una vez más- una diafanidad expositiva incomparable.

El Allegro non troppo inicial de la Cuarta Sinfonía me dejó un poco perplejo en la primera escucha; o sea, que me decepcionó un tanto. Con un arranque furtwängleriano, como surgiendo de la nada, me sigue pareciendo tras varias escuchas la actitud de un compositor derrotado de antemano y sin muchos ánimos de reponerse. Como dando la razón a la famosa sentencia de Nietzsche referida al hamburgués "Melancolía de la impotencia", lo que -dicho sea de paso- no me parece peyorativo: no todos los grandes músicos poseen la determinación y la fuerza de Beethoven para luchar contra la adversidad. El Andante moderato continúa la senda del pesimismo. Pero en el scherzo, según esta versión, Brahms, de alguna manera recobra su mala uva y se rebela sarcásticamente contra su destino. En el finale, admirable a más no poder, el compositor recupera toda su fiereza tras atravesar por momentos de intensísima melancolía y amargura (¡qué solo de flauta!).

Capítulo aparte es precisamente la actuación de la orquesta: con unos solistas alucinantes por su capacidad de matización -sean el violín, el oboe, la flauta, el clarinete o la trompa, y un timbalero que posiblemente sea el mejor del mundo: ¡qué pulso, qué latido ominipresente!- la Staatskapelle Berlin ha alcanzado decididamente la estratosfera. Posee algunas de las mejores cualidades de las Filarmónicas de Berlín y Viena (escúchense, por ejemplo, los chelos en el 2º mov. de la , que recuerdan a esa última): mi amigo Pedro González Mira, alucinado tras escuchar boquiabierto el pasado viernes esta Primera Sinfonía, me comentaba que una de las personas más lúcidas del mundo musical español, viajadísimo y en contacto permanente con las mejores orquestas, le confesaba que la Staatskapelle está ahora aún mejor que la Filarmónica de la capital alemana. Podría ser. No hay más que escuchar este álbum.

5 comentarios:

  1. Hola, Ángel:

    Quizás Barenboim sea un director de corte vanguardista, como Boulez o Sinopoli, más apto para Wagner que para Brahms. Habría que hacer un sondeo entre aficionados e intérpretes wagnerianos y no wagnerianos, porque me da que la revolución musical del de Bayreuth aún no ha sido asimilada por la mayoría de la república musical.

    Saludos cordiales.

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    1. No estoy seguro de que sea ante todo vanguardista, porque claramente se imbrica en una gloriosa tradición centroeuropea. Y sí, como wagneriano es el claro número uno, mientras que en Brahms habría que matizar, pues ha contado con serios rivales. Ahora bien, esta Primera Sinfonía me parece absolutamente antológica.
      ¡Felices vacaciones! Hasta la vuelta.

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  2. En la Cuarta quiere hacer una especie de melodía infinita
    Resultado: escasa variedad en el fraseo, la articulación no es incisiva cuando debe... Y el tercer tiempo es un tostón. Grandiosa Primera, buena Segunda ( Final más que ambiguo, pesante) estupenda Tercera lastrada por otro final plomizo (qué pretendería en el desarrollo) y Cuarta fallida

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    1. Bueno, esas son sus opiniones. No voy a intentar convencerle de las mías.

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    2. Hola. Respecto al minuto 12 del primer movimiento de la Tercera era un error técnico de la grabación En la plataforma Tidal está corregido y se escucha tal cual es. Gracias por sus estupendos análisis, que le sigo desde que era un crío de sus comentarios a las obras en las contraportada de los discos de vinilo.Saludos.

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