La editorial Acantilado ha publicado hace unos meses el libro titulado
"Mademoiselle". Conversaciones de
Bruno Monsaingeon con Nadia Boulanger. La precoz compositora (1887-1979)
dejó de componer allá por 1912 para dedicarse casi exclusivamente a la
enseñanza. Casi, porque también tocó el piano y dirigió: debió de ser una de
las primeras mujeres en hacerlo. Lo asombroso de esta señora es que por sus
clases (¡casi todas en su casa!, aunque también impartió cursos en Estados
Unidos) pasaron tal cantidad de músicos que llegaron a ser importantes, que
casi es más fácil citar a los importantes que
no pasaron por sus clases. Mentora de Stravinsky, fueron discípulos
suyos Copland, Berkeley, Piston, Sessions, Virgil Thomson, Françaix, Bernstein,
Piazzolla, Roy Harris, Philip Glass, Elliott Carter, Lipatti, Markevitch,
Barenboim, Émile Naumoff, Idil Biret, Hugues Cuénod, hasta Michel Legrand,
Quincy Jones o Jeremy Menuhin.
Como pianista grabó a cuatro manos junto a Dinu Lipatti y Jean Françaix, y
como directora, entre otras obras, Madrigales de Monteverdi, el
Requiem de Fauré o
Médée de M. A. Charpentier.
Monsaingeon, autor de admirables documentales sobre varios músicos (algunos
están publicados en DVD: Yehudi Menuhin, David Oistrakh, Mstislav Rostropovich,
Sviatoslav Richter, Glenn Gould, Julia Varady), mantuvo conversaciones con la
gran pedagoga que pueden leerse en este interesante libro. De ellas extraigo
algunas frases que me parecen de especial interés (no siempre he respetado al
pie de la letra las traducciones):
En una ocasión, Gabriel Fauré le dijo: "No estoy seguro de que haya
hecho bien en abandonar la composición". A lo que ella le respondió:
"Estoy segura de que componía una música inútil; soy bastante despiadada
con los demás, de modo que también tengo que serlo conmigo misma".
En la clase de Fauré, Boulanger se encontró un día con Ravel como alumno de
contrapunto. "Pasados unos años me di cuenta de que por entonces Ravel ya
había escrito el
Cuarteto de cuerda,
así que le pregunté por qué seguía estudiando contrapunto. 'Bueno, de vez en
cuando hay que hacer limpieza en casa', me contestó".
"No me gusta
I Pagliacci. ¡No
hay nada que hacer! Pero reconozco que quien compuso esa música la sentía: eso
es lo que sentía y tanto da que no coincida con mis gustos. Y es que, como dijo
Apollinaire, 'por Dios, hay que tener buen gusto'!" (Coincido con esa
opinión de Mademoiselle y con la de Apollinaire). "Mi obra es mejor, pero
también más insignificante, porque en ella no hay nada, carece de
personalidad".
"Creo que existen condiciones sin las cuales no es posible crear una
obra maestra, pero también creo que lo que constituye una obra maestra se nos
escapa". "En arte llamamos
inspiración
al momento en que una persona logra captar su pensamiento profundo, el momento
en que se nos revela la verdad, en que se experimenta una comunión".
"Hable usted con grandes intérpretes y le dirán que cada vez tocan una
obra que han interpretado toda la vida se produce un redescubrimiento. Ese es
el privilegio de las emociones: si yo sé prestarle atención me asombrará una y
otra vez. En cambio, si me acostumbro a verle, sin advertir que la luz cambia
constantemente, se convertirá usted en un mueble al que ni siquiera presto
atención".
"Hace poco alguien ha realizado un curioso estudio, contar cuántas
notas había escrito Schubert. Simplemente para escribirlas -no ya para pensarlas-
calculó que se necesitarían unos 25 años. Sin embargo lo hizo en unos 15. ¿En
qué consiste esa capacidad?"
"Beethoven no alcanzó la auténtica libertad hasta que dejó de oír y se
atrevió a concebir todo lo que pasaba por su mente. Es triste decirlo, porque
es muy cruel, pero verse privado de un sentido agudiza los demás".
Según
Mademoiselle, los músicos de
los que sabe a ciencia cierta que poseen una memoria portentosa son Georges
Enescu, Dimitri Mitropoulos, Alfredo Casella, Olivier Messiaen, Pierre Boulez,
Émile Naumoff o Idil Biret.
"Todos los músicos que han aprendido a escuchar tocan de un modo
diferente, más lúcido. ¡Se nota a la legua! Si al director de orquesta le
dieran el tiempo necesario, su papel, reducido a lo esencial, consistiría en
hacer cobrar conciencia a los músicos de las partes de los demás".
"En la vida de Mozart está la presencia maravillosa y tan injustamente
juzgada de su padre, que le hizo ganar tantos años gracias al apoyo que le dio,
a las exigencias a que lo sometió. Consentir los caprichos de un niño no es
amarlo; amarlo es sacar lo mejor de él, enseñarle a amar lo difícil. Leopold
Mozart enseñó a su hijo a superar lo imposible: tan solo le pidió que hiciera
lo que podía, ¡pero lo podía todo!"
"A mi entender, es una combinación de obediencia y
libertad lo que hace que una obra sea completa. Esta satisface tanto al
entendimiento como a la emoción artística, es algo curioso. Stravinsky decía:
'Si todo me estuviera permitido, me perdería en ese abismo de libertad'. Por
una parte conoce los límites, y por otra se los salta sin cesar".
-"¿Por qué toma como objeto de análisis en sus clases
las fugas de Bach y no las fugas escolásticas o académicas?"-"Porque
estas últimas me parecen vacías, formas con apariencia de forma, y las otras
repletas de un tesoro inagotable. Creo que es fundamental distinguir el ámbito
que se puede analizar -el oficio- del que escapa a nuestras especulaciones y
forja a los santos, los héroes, los genios. Todas ellas pertenecen a otra raza
humana". "En toda obra de un artista digno de tal nombre está el
oficio, y luego el resto, que no se aprende. Una obra académica puede estar
perfectamente construida; la conocemos, la admiramos, pero no podemos amarla
porque no contiene ese elemento que no puedo definir; que marca la diferencia
entre una música bien hecha y una sencilla melodía de Schubert, tan simple que
no vemos en ella sino la inocencia y el irresistible impulso espontáneo que
define lo que es una obra maestra. Hace poco me leyeron una carta de un amigo
de Schubert que escribió: 'Lo queríamos, era para nosotros un compañero
buenísimo, pero no teníamos ni idea, no nos dábamos cuenta de que fuese
semejante genio'".
"En la obra de todo gran compositor existen rasgos
distintivos que reaparecen; son probablemente los rasgos involuntarios del ser
que se expresa".
En una ocasión, Manuel de Falla y Mademoiselle coincidieron en un recital del jovencísimo Yehudi
Menuhin. Al terminar, Falla le dijo: "Sí, me ha impresionado este niño
prodigio. Pero lo que me impresiona aún más es un anciano prodigio. Verdi
escribiendo Falstaff a los ochenta
años me sorprende más que Mozart componiendo a los veinte sus obras
maestras".
Tras escucharle los Preludios
de Chopin a Alfred Cortot, fue a verlo al camerino y le dijo: "Muchos me
preguntan cómo valoro su interpretación y me piden que la describa. No tengo la
menor idea. Lo que sí sé es que nunca me habían parecido tan hermosos los Preludios". (¡Eso exactamente es lo
que ocurre! Me acuerdo de haber leído hace muchos años, antes de haberle
escuchado nada a Klemperer, a un importante crítico británico que decía:
"Con Klemperer, Beethoven es aún más grande". ¡Cuánta razón tenía!).
"Ferruccio Busoni era genial. Recuerdo un recital en el
que tocó San Francisco de Asís predicando
a los pájaros de Liszt de modo que revelaba una profunda comprensión de la
obra. Mientras lo escuchaba cavilaba para intentar precisar qué hacía que
aquello me pareciera tan extraordinario. Por encima de todo se percibía en sus
interpretaciones una unidad. Y por otra parte poseía el don de la
invención".
"Cuando alguien me dice, como una crítica, que los
compositores modernos hacen cálculos, me sonrío. Sencillamente creo que muchas
personas no tienen nada que decir y buscan apoyo en un sistema para ocultarse a
sí mismas que no tienen nada que decir. Pero el sistema no ha impedido nunca a
nadie expresarse, ni poseer genio. Y si uno no tiene nada que decir, poco importa
el sistema".
Las declaraciones de Mademoiselle
terminan con esta frase: "Me sé todas las notas, Do, Mi, Sol, Re..., las dobles
corcheas, todo eso puedo analizarlo. Pero cuando se trata de una página, de un
pasaje, de un compás de Schubert, la verdad es que no sé..."
Este libro, como otros, también muy esmerados, de la
Editorial Acantilado (ya he hablado de varios de ellos, aunque no del
interesantísimo de Barenboim y Chéreau hablando sobre Tristán: a quien le interese el asunto no debe perdérselo), es muy
recomendable. Pero le pongo un pero no menor: carece de índice de nombres.