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martes, 17 de septiembre de 2024

¡Menudo pajarraco John Eliot!

 

No voy a tratar aquí del director, sino de la persona. El 22 de agosto de 2023 John Eliot Gardiner, entonces de 80 años, propinó una bofetada y un puñetazo en la boca a un cantante en el Festival Berlioz de La Côte-Saint-André por un grave delito cometido por dicho bajo (William Thomas, británico de 29 años): el de “¡haber accedido al escenario por el lugar equivocado!”.

Gardiner se vio obligado a cesar como director del Coro Monteverdi y de los conjuntos orquestales igualmente fundados y largamente dirigidos por él: los English Baroque Soloists y la Orquesta Revolucionaria y Romántica.

Hasta aquí, un feo asunto protagonizado por quien tiene todo el aspecto de ser un venerable, perfecto gentleman británico, que dice haberse sometido desde entonces a un tratamiento psicológico para controlar su ira.

Pero esto no es todo: Gardiner está intentando hundir a sus antiguos conjuntos, ahora dirigidos habitualmente por Christophe Rousset. Para lo cual ha presionado a varias instituciones musicales con objeto de que no contraten al Coro Monteverdi y sus dos orquestas.

Y, por si fuera poco, está contraprogramando lo que esos tienen previsto interpretar en gira. Con el Coro y la Orquesta Constellation que Gardiner acaba de fundar (y hacia los que ha conseguido atraer -robar- a unos pocos músicos de los grupos precedentes), piensa hacer los mismos programas que Rousset en fechas idénticas o lo más próximas posibles. En un mezquino intento de opacar a los conjuntos de los que se vio obligado a apartarse.

En su descargo, Gardiner ha contado que fue objeto de acoso en el internado en el que residió de pequeño, y que además, más tarde, su maestra Nadia Boulanger lo tiranizó (se ve que la respetadísima maestra de tantísimos músicos importantes solo lo hizo con él). También, ha dicho que no golpeó a Thomas con mucha fuerza… ¡Vaya excusas para tratar de justificar su rastrero comportamiento!

sábado, 25 de mayo de 2019

Conversaciones con "Mademoiselle" Boulanger

La editorial Acantilado ha publicado hace unos meses el libro titulado "Mademoiselle". Conversaciones de Bruno Monsaingeon con Nadia Boulanger. La precoz compositora (1887-1979) dejó de componer allá por 1912 para dedicarse casi exclusivamente a la enseñanza. Casi, porque también tocó el piano y dirigió: debió de ser una de las primeras mujeres en hacerlo. Lo asombroso de esta señora es que por sus clases (¡casi todas en su casa!, aunque también impartió cursos en Estados Unidos) pasaron tal cantidad de músicos que llegaron a ser importantes, que casi es más fácil citar a los importantes que no pasaron por sus clases. Mentora de Stravinsky, fueron discípulos suyos Copland, Berkeley, Piston, Sessions, Virgil Thomson, Françaix, Bernstein, Piazzolla, Roy Harris, Philip Glass, Elliott Carter, Lipatti, Markevitch, Barenboim, Émile Naumoff, Idil Biret, Hugues Cuénod, hasta Michel Legrand, Quincy Jones o Jeremy Menuhin.

Como pianista grabó a cuatro manos junto a Dinu Lipatti y Jean Françaix, y como directora, entre otras obras, Madrigales de Monteverdi, el Requiem de Fauré o Médée de M. A. Charpentier.
Monsaingeon, autor de admirables documentales sobre varios músicos (algunos están publicados en DVD: Yehudi Menuhin, David Oistrakh, Mstislav Rostropovich, Sviatoslav Richter, Glenn Gould, Julia Varady), mantuvo conversaciones con la gran pedagoga que pueden leerse en este interesante libro. De ellas extraigo algunas frases que me parecen de especial interés (no siempre he respetado al pie de la letra las traducciones):

En una ocasión, Gabriel Fauré le dijo: "No estoy seguro de que haya hecho bien en abandonar la composición". A lo que ella le respondió: "Estoy segura de que componía una música inútil; soy bastante despiadada con los demás, de modo que también tengo que serlo conmigo misma".
En la clase de Fauré, Boulanger se encontró un día con Ravel como alumno de contrapunto. "Pasados unos años me di cuenta de que por entonces Ravel ya había escrito el Cuarteto de cuerda, así que le pregunté por qué seguía estudiando contrapunto. 'Bueno, de vez en cuando hay que hacer limpieza en casa', me contestó".

"No me gusta I Pagliacci. ¡No hay nada que hacer! Pero reconozco que quien compuso esa música la sentía: eso es lo que sentía y tanto da que no coincida con mis gustos. Y es que, como dijo Apollinaire, 'por Dios, hay que tener buen gusto'!" (Coincido con esa opinión de Mademoiselle y con la de Apollinaire). "Mi obra es mejor, pero también más insignificante, porque en ella no hay nada, carece de personalidad".

"Creo que existen condiciones sin las cuales no es posible crear una obra maestra, pero también creo que lo que constituye una obra maestra se nos escapa". "En arte llamamos inspiración al momento en que una persona logra captar su pensamiento profundo, el momento en que se nos revela la verdad, en que se experimenta una comunión".

"Hable usted con grandes intérpretes y le dirán que cada vez tocan una obra que han interpretado toda la vida se produce un redescubrimiento. Ese es el privilegio de las emociones: si yo sé prestarle atención me asombrará una y otra vez. En cambio, si me acostumbro a verle, sin advertir que la luz cambia constantemente, se convertirá usted en un mueble al que ni siquiera presto atención".
"Hace poco alguien ha realizado un curioso estudio, contar cuántas notas había escrito Schubert. Simplemente para escribirlas -no ya para pensarlas- calculó que se necesitarían unos 25 años. Sin embargo lo hizo en unos 15. ¿En qué consiste esa capacidad?"

"Beethoven no alcanzó la auténtica libertad hasta que dejó de oír y se atrevió a concebir todo lo que pasaba por su mente. Es triste decirlo, porque es muy cruel, pero verse privado de un sentido agudiza los demás".

Según Mademoiselle, los músicos de los que sabe a ciencia cierta que poseen una memoria portentosa son Georges Enescu, Dimitri Mitropoulos, Alfredo Casella, Olivier Messiaen, Pierre Boulez, Émile Naumoff o Idil Biret.

"Todos los músicos que han aprendido a escuchar tocan de un modo diferente, más lúcido. ¡Se nota a la legua! Si al director de orquesta le dieran el tiempo necesario, su papel, reducido a lo esencial, consistiría en hacer cobrar conciencia a los músicos de las partes de los demás".
"En la vida de Mozart está la presencia maravillosa y tan injustamente juzgada de su padre, que le hizo ganar tantos años gracias al apoyo que le dio, a las exigencias a que lo sometió. Consentir los caprichos de un niño no es amarlo; amarlo es sacar lo mejor de él, enseñarle a amar lo difícil. Leopold Mozart enseñó a su hijo a superar lo imposible: tan solo le pidió que hiciera lo que podía, ¡pero lo podía todo!"

"A mi entender, es una combinación de obediencia y libertad lo que hace que una obra sea completa. Esta satisface tanto al entendimiento como a la emoción artística, es algo curioso. Stravinsky decía: 'Si todo me estuviera permitido, me perdería en ese abismo de libertad'. Por una parte conoce los límites, y por otra se los salta sin cesar".

-"¿Por qué toma como objeto de análisis en sus clases las fugas de Bach y no las fugas escolásticas o académicas?"-"Porque estas últimas me parecen vacías, formas con apariencia de forma, y las otras repletas de un tesoro inagotable. Creo que es fundamental distinguir el ámbito que se puede analizar -el oficio- del que escapa a nuestras especulaciones y forja a los santos, los héroes, los genios. Todas ellas pertenecen a otra raza humana". "En toda obra de un artista digno de tal nombre está el oficio, y luego el resto, que no se aprende. Una obra académica puede estar perfectamente construida; la conocemos, la admiramos, pero no podemos amarla porque no contiene ese elemento que no puedo definir; que marca la diferencia entre una música bien hecha y una sencilla melodía de Schubert, tan simple que no vemos en ella sino la inocencia y el irresistible impulso espontáneo que define lo que es una obra maestra. Hace poco me leyeron una carta de un amigo de Schubert que escribió: 'Lo queríamos, era para nosotros un compañero buenísimo, pero no teníamos ni idea, no nos dábamos cuenta de que fuese semejante genio'". 

"En la obra de todo gran compositor existen rasgos distintivos que reaparecen; son probablemente los rasgos involuntarios del ser que se expresa".

En una ocasión, Manuel de Falla y Mademoiselle coincidieron en un recital del jovencísimo Yehudi Menuhin. Al terminar, Falla le dijo: "Sí, me ha impresionado este niño prodigio. Pero lo que me impresiona aún más es un anciano prodigio. Verdi escribiendo Falstaff a los ochenta años me sorprende más que Mozart componiendo a los veinte sus obras maestras".

Tras escucharle los Preludios de Chopin a Alfred Cortot, fue a verlo al camerino y le dijo: "Muchos me preguntan cómo valoro su interpretación y me piden que la describa. No tengo la menor idea. Lo que sí sé es que nunca me habían parecido tan hermosos los Preludios". (¡Eso exactamente es lo que ocurre! Me acuerdo de haber leído hace muchos años, antes de haberle escuchado nada a Klemperer, a un importante crítico británico que decía: "Con Klemperer, Beethoven es aún más grande". ¡Cuánta razón tenía!).

"Ferruccio Busoni era genial. Recuerdo un recital en el que tocó San Francisco de Asís predicando a los pájaros de Liszt de modo que revelaba una profunda comprensión de la obra. Mientras lo escuchaba cavilaba para intentar precisar qué hacía que aquello me pareciera tan extraordinario. Por encima de todo se percibía en sus interpretaciones una unidad. Y por otra parte poseía el don de la invención".

"Cuando alguien me dice, como una crítica, que los compositores modernos hacen cálculos, me sonrío. Sencillamente creo que muchas personas no tienen nada que decir y buscan apoyo en un sistema para ocultarse a sí mismas que no tienen nada que decir. Pero el sistema no ha impedido nunca a nadie expresarse, ni poseer genio. Y si uno no tiene nada que decir, poco importa el sistema".

Las declaraciones de Mademoiselle terminan con esta frase: "Me sé todas las notas, Do, Mi, Sol, Re..., las dobles corcheas, todo eso puedo analizarlo. Pero cuando se trata de una página, de un pasaje, de un compás de Schubert, la verdad es que no sé..."

Este libro, como otros, también muy esmerados, de la Editorial Acantilado (ya he hablado de varios de ellos, aunque no del interesantísimo de Barenboim y Chéreau hablando sobre Tristán: a quien le interese el asunto no debe perdérselo), es muy recomendable. Pero le pongo un pero no menor: carece de índice de nombres.