La revista "Ritmo" cumple en noviembre 90 años. Para ese número me han pedido que escribiese un artículo "personal". Para que los lectores de mi blog que no leen "Ritmo" puedan conocerlo, aquí lo cuelgo.
He estado escribiendo en "Ritmo" desde
1975, debutando con la crítica de la Aida de Verdi dirigida por Muti (EMI,
con la tristemente hace poco desparecida Caballé, Domingo, Cossotto,
Cappuccilli y Ghiaurov, nada menos). Aunque, por supuesto, también he comentado
conciertos, representaciones de óperas y otras cosas, creo que he sido el
colaborador de larga duración más ligado al mundo del disco (y no solo por
haber trabajado 17 años en la industria fonográfica). También fui -perdón por
la inmodestia- el único ganador, en las tres ocasiones en que fue convocado,
del Premio Nacional de Crítica Discográfica, allá por 1980, 1981 y 1989 (certamen
que, lástima, desapareció pronto).
Expansión, edad de
oro del disco
Cuando llegué a "Ritmo", el disco LP de música
clásica estaba en plena expansión: por aquellos años se habían hecho
últimamente, se hacían y seguirían haciéndose por bastantes años, muchas,
muchísimas, de las grabaciones más importantes y admiradas que todavía hoy disfrutamos
los melómanos.
A lo largo de estos años la evolución del disco y similares
me cogió de lleno. Por entonces, a mediados de los 70, las tomas de sonido
solían ya ser muy buenas: era lo que nos parecía a muchos, sobre todo por
comparación con las de dos o tres lustros antes. Por cierto, los LPs eran a
menudo, casi siempre -hoy lo sabemos fehacientemente- traicioneros: no daban
idea de lo estupendas que eran muchas de las tomas de sonido de aquellos años, ¡ya
desde la segunda mitad de los años 50! (Hoy lo sabemos gracias a los mejores
reprocesados, que redescubren algunas tomas de sonido que parecían flojas en los
discos de vinilo de entonces. Ejemplo: la Cuarta
Sinfonía de Mahler por Klemperer, grabada en 1961, se la hice escuchar en
un digital remastering francés de
2011, sin decir qué versión era, a un amigo melómano y fan de la alta fidelidad, y creyó que era una grabación que acababa
de publicarse, DDD y de las buenas).
Pero como decía, el prensado de los LPs era por aquellos años
con frecuencia deficiente, más aún en algunas de las fábricas españolas. Por
eso nos comprábamos cuando podíamos salir al extranjero discos fabricados en
Alemania o en el Reino Unido. Pero los surcos finales de cara solían
distorsionar, incluso a veces en estos buenos prensados foráneos: aquello
constituía para muchos, entre los que me incluyo, una verdadera cruz. También había aficionados que -por
economía, por comodidad o por otros motivos- preferían las cassettes, que llegaron a vender la mitad, o casi, de ejemplares
que los discos de vinilo. Para escuchar en el coche sí que las cassettes eran muy socorridas, muy
útiles. Solo el CD acabaría con ellas, de plano, para este menester.
Avances técnicos
El LP de tomas digitales supuso un avance indudable, pero
fue efímero, pues dio paso muy pronto al compact
disc. A su llegada, el disco compacto fue -hoy se suele olvidar- muy
controvertido: había quienes sostenían que sonaba artificial, falso, que era demasiado perfecto (¡!), otros hasta
aseguraban echar de menos los ruidillos (o ruidazos) de fondo de los LPs
("¡me he acostumbrado a ese refrito y lo echo de menos en el CD!"), otros
afirmaban que los CDs producían un sonido de
plástico frente al de cristal de
los discos leídos por una aguja (léase diamante), etc. Yo tuve más de una y más
de dos discusiones con algunos conocidos, sosteniendo siempre la supremacía del
CD, que no distorsionaba en los finales
de cara, que no tenía ruido de fondo (en las grabaciones digitales de
origen), que no se estropeaba ni se desgastaba por el contacto con la aguja... Lo
indudable es que todos estos aguafiestas se fueron batiendo en retirada y hoy
no quieren recordar ni que les recordemos aquello que andaban diciendo. Pero
bueno, este tipo de personas a los que yo considero retrógradas no desaparecen:
son los padres de quienes ahora están
volviendo a los LPs, a los vinilos, más caros y muy vulnerables, por mucho que puedan
sonar mejor que los de antes. Son los que están convencidos de estar a la última moda (el otro día, en la
tienda de la FNAC de Callao, en Madrid, escuché lo siguiente a dos chicos
jóvenes: -"Ah, ¿es que lo quieres comprar en vinilo?"-"Sí, es
más fashion..."). La única
ventaja, en mi opinión, de estos nuevos vinilos pueden ser las portadas,
grandes, anden o no anden...
El disco, instrumento
de formación
Bueno, antes de seguir: ¿por qué siempre he estado yo
especialmente vinculado al disco? Pues bien: recuerdo que uno de los primeros
libros musicales que cayó en mis manos, allá por Jaén a mediados de los 60,
trataba de intérpretes, y eso de la interpretación musical me llamó
poderosamente la atención. Me empecé a comprar discos protagonizados por los
directores, instrumentistas o cantantes que más elogiaban allí, y en general me
interesé por comparar versiones discográficas (sobre todo con discos que tenían
algunos amigos) y desde muy pronto me fascinó el hecho de que había diferencias
considerables sin que cambiase una sola nota. Por supuesto, la mayor parte de
las versiones de los músicos más encumbrados por aquel libro y otras lecturas me
parecieron estupendas, pero también me llevé algún chasco, lo que me llevó
enseguida a desconfiar de ciertos juicios. Arturo Toscanini y Jascha Heifetz
cayeron enseguida para mí de sus pedestales. (El Concierto de Beethoven por Heifetz y Munch me pareció horripilante,
sobre todo tras conocer el de Menuhin y Furtwängler. Y una anécdota: en Radio
Jaén había por entonces un programa, creo que diario, de música clásica -algo
impensable hoy- y aquel locutor anunciaba siempre: "Van a escuchar tal
obra cantada, tocada o dirigida por tal músico". Pero si ese tal
intérprete era Toscanini, ¡y solo si era él!, decía con gran énfasis:
"...por el gran maestro Arturo
Toscanini").
Así que me fui volviendo escéptico, y crítico. Muy pronto me
di cuenta de que, por ejemplo, la Sinfonía
"Pastoral" de Beethoven por Furtwängler y la Filarmónica de Viena
(la de EMI) me gustaba muchísimo más, ¡hasta parecía música mucho mejor!, que
la primera versión que había yo conocido, la de Willem van Otterloo con la
Sinfónica de Viena (un disco que yo no me compré, sino que me habían regalado).
De modo que pronto fui consciente de lo importantes que son los intérpretes
para hacer que suene una composición musical (y mientras no suene no es música,
sino papel). Solamente los discos te permitían comparar varias versiones de la
misma obra, una tras otra. Y todo este asunto nunca ha dejado de apasionarme.
No perdamos de vista que los discos, junto con Radio Clásica
(antes Radio 2), han constituido durante más de medio siglo el mayor medio de
difusión de la música clásica, para más del 90% de los interesados en ella,
puesto que para escuchar decentemente música en directo había que vivir en una
gran ciudad... y disponer de dinero para ir al auditorio o al teatro de ópera.
Las escuchas a ciegas
A este respecto, una de las actividades más interesantes que
promoví en "Ritmo" fueron las "discotecas básicas a ciegas"
que organicé y que los lectores de hace años recordarán: consistían en reuniones
de varios críticos a los que se les hacía escuchar sin revelar los nombres de
los intérpretes, varias grabaciones de una misma obra. Obras que, lógicamente,
no podían durar más de 15 o 20 minutos. Fueron una experiencias muy
reveladoras, porque mostraron algunas ciertas diferencias de criterios o puntos
de vista entre unos críticos y otros, pero, sobre todo, grandes coincidencias
en señalar las mejores y las peores versiones. Invité a críticos de otras
revistas, la mayoría de los cuales, por cierto, rehusaron asistir. Por varias
razones aquellas reuniones no duraron mucho tiempo: uno de los motivos principales
fue porque algunos críticos (debo decir en justicia que más los invitados de
fuera que los de "Ritmo") quedaron en evidencia al juzgar como
versiones malas algunas que habían comentado antes elogiosamente, y viceversa. ¡Escuchando
de ese modo desaparecían por fuerza todos los prejuicios, y eso a algunos no
les convenía en absoluto! Ni ellos, ni otros que habían comprobado lo que podría
pasarles, volvieron a aceptar intervenir. Nunca olvidaré cómo se enemistó conmigo
un crítico que había puesto a parir
un disco que a mí me entusiasmaba: al cabo de unos meses se lo grabé en una cassette y le engañé diciendo que se
trataba de otros intérpretes; la escuchó y me dijo que le había gustado
muchísimo. Desde que le conté que le había tendido una buena trampa, no me
volvió a dirigir la palabra.
Más avances. Presente
y ¿futuro?
Pero siguiendo con el devenir de los diferentes soportes
para música (y para música con imágenes), el vídeo VHS (el sistema que se
impuso frente a competidores que algunos consideraban superiores) fue pronto
mejorado por el laser disc, unos
discos con aspecto de LP (30 cm de diámetro) pero metálicos, mucho más pesados
y bastante más caros, que además requerían un reproductor específico. En su día
nos parecieron un avance importante: albergaban hasta una hora por cada cara, se
veían mejor que los VHS y podían sonar bastante bien. Pero fueron muy efímeros,
hasta el punto de que muchos aficionados jóvenes ni siquiera han oído hablar de
esos discos láser. Porque pronto el
DVD arrasó con ellos. Este permitía, en un espacio más pequeño y manejable,
mayor duración (una ópera mediana puede caber en uno), una calidad de imagen y
de sonido bastante superior, subtítulos en varias lenguas, ausencia de desgaste
e incluso un precio más bajo. Todavía hoy el CD y el DVD son los soportes más
habituales para escuchar y ver música. El DVD ha sido muy mejorado por el
Blu-ray, pero, extrañamente, muchos melómanos lo desconocen y ni siquiera saben
que todos los reproductores de Blu-ray leen también DVDs y CDs. Lo que no se
imaginan esos es que su calidad técnica puede y suele ser formidable, mucho
mayor que la del DVD, y que hasta a menudo salen más baratas ciertas
grabaciones, pues hasta las más extensas óperas de Wagner caben en un solo
disco, mientras que su publicación en DVD exige dos o tres.
También hubo intentos, efímeros, de sustituir la cassette analógica por una digital, y el
CD por el DVD de audio, intentos no -o apenas- más duraderos que el laser disc, y otros que aún perduran
pese a su escasa implantación, como el super audio CD (SACD) o el Blu-ray de
audio. Para que se hagan una idea, la en justicia famosa Tetralogía completa de Wagner por Solti, convenientemente
reprocesada, cabe en un solo disco de este último sistema, y además sale más
barata que la caja con los 14 CDs correspondientes...
No debemos olvidar que escuchar y ver un buen concierto o
una estupenda ópera en estas condiciones que ofrece el Blu-ray sigue constituyendo
realmente un sueño para quienes durante tanto tiempo hemos padecido los soportes antiguos.
Bueno, pues todo esto que les he contado está hoy patas arriba, debido a las posibilidades
que ofrece la informática -con los discos duros- e internet de escuchar y ver todo desde casa. Veremos cuál es el
porvenir de los soportes físicos. Pero eso debería ser tema de otro artículo, y
además yo no estoy preparado para escribirlo.