martes, 2 de octubre de 2012

Los diez mayores pianistas del siglo XX, según una curiosa encuesta

 

1º: Sergei Rachmaninov; 2º: Vladimir Horowitz; 3º: Sviatoslav Richter; 4º: Arthur Rubinstein; 5º: Emil Gilels; 6º: Alfred Cortot; 7º: Glenn Gould; 8º: Alfred Brendel; 9º: Wilhelm Kempff; 10º: Artur Schnabel
 

Las presencias


Hace poco la revista australiana “Limelight” (primera noticia...) ha publicado una encuesta, hecha entre pianistas, sobre quiénes son los diez más grandes pianistas del siglo XX. Estas encuestas me parecen, de entrada, poco fiables, y menos aún cuando los que son preguntados son “profesionales”. Si están bien escogidos, me fío más de los críticos y, más aún, de los buenos aficionados.
Extrañará a algunos esta desconfianza mía, pero tengo el precedente de que prácticamente todos los violinistas importantes a los que se les pregunta responden que el violinista más grande ha sido Jascha Heifetz. Y es que debe de ser que valoran la destreza técnica antes que el arte. No dudo en absoluto de aquélla en Heifetz, pero sí dudo, y mucho, de su talla artística. No exagero si digo que hay decenas de violinistas que me parecen mejores músicos que él.

  
Pues bien, volviendo a los pianistas, se ha hecho una selección en la que algunos nombres no me sorprenden nada: Vladimir Horowitz por su hipervirtuosismo y Wilhelm Kempff, pero no por su hipervirtuosismo, sino por su para mí inmerecida fama, que no hubiera sido posible de no ser alemán (¡menos mal que no está su compatriota Wilhelm Backhaus! ¡Uf!). Horowitz, que ante todo solía hacer gala, por encima de la música, de su fuerza y su velocidad, y Kempff, que ocasionalmente podía ser un distinguido artista, pero que solía ser más bien irrelevante (ahí están sus grabaciones de los ciclos de las Sonatas de Beethoven o Schubert).
Sobre Arthur Rubinstein, Sviatoslav Richter o Emil Gilels nada tengo que objetar. Sergei Rachmaninov fue muy importante en su tiempo, por ejemplo como intérprete moderno, visionario, de Chopin (de quien tan solo queda poco más de una hora de música grabada). Pero, por extraño que resulte, como intérprete de su propia música hoy tiene poco de modélico (escúchese su grabación de los Conciertos y la Rapsodia Paganini: nadie hoy osa parecérsele).
Alfred Cortot también fue un adelantado como intérprete de Chopin, pero tampoco su legado es tan imponente (¿tendrá algo que ver que había que incluir a un francés?). Porque, si hay alguien que ha rehabilitado y engrandecido la música de Chopin ha sido, en mayor medida que nadie, Rubinstein (no hay más que escuchar sus grabaciones de los años 30).
En cuanto a Glenn Gould, confieso que su Bach (el 90% de su actividad) no suele ser muy de mi agrado, aunque reconozco y comprendo que tenga sus incondicionales. ¿Fuera de Bach?: un Haydn superficial y un Beethoven -¡qué tres últimas Sonatas!- incalificablemente banales e hipermecánicas.
Alfred Brendel sí que creo que puede figurar entre los diez grandes, nada vamos a descubrir sobre él. Incluso Artur Schnabel, aunque tal vez su contemporáneo Edwin Fischer no tenga menores méritos.
 

Y las ausencias

Pero lo más significativo me parecen las ausencias: la de los, para mí, dos más grandes pianistas de la segunda mitad del siglo: Claudio Arrau, intérprete colosal de Beethoven, de Chopin, Schumann, Liszt, Brahms y Debussy. Pero debe de ser que como era chileno... Y el más grande intérprete de Mozart y de Beethoven (¡ahí es nada!), otro pianista nacido también, curiosamente, en Sudamérica, en Buenos Aires: Daniel Barenboim. Intérprete no precisamente desdeñable de Bach, de Schubert, Chopin, Schumann, Liszt, Brahms, Debussy o Bartók... Pero, claro, es también director (para algunos, ni una cosa ni otra) y no es el típico virtuoso. ¡Qué más da que sea un músico como la copa de un pino, que en nada envidia en esto a los más ilustres nombres de la lista!

 
No menos sorprendente que estas dos es la ausencia de Maurizio Pollini, que para mí es dudoso que debiera figurar entre los diez, pero que es quizá, en España y en otros países, el más reputado. O la del también mítico Arturo Benedetti Michelangeli.
Más necesaria aún me parece la presencia entre los diez de Krystian Zimerman y de Evgeny Kissin. Pero tienen solo 55 y 40 años. ¿Será por eso por lo que no están...?












lunes, 1 de octubre de 2012

Daniele Gatti dirige Brahms con la Filarmónica de Viena en Ibermúsica

 
Ibermúsica ha comenzado su temporada con las 4 Sinfonías de Brahms a cargo de la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida por Gatti. Director del que no he escuchado mucho, y bastante irregular por cierto. Pues bien: algunas personas de cuyo gusto musical me fío me dijeron que en el concierto del 27 de septiembre la Tercera les pareció espléndida, y realmente magnífica la Primera. Antes del concierto al que asistí, el día 28, me pudieron parecer algo desmesurados esos juicios, pero en la Segunda y la Cuarta pude constatar que no debieron de exagerar, no. Porque ya en la Segunda Gatti dejó clara una especial afinidad y un gran amor hacia Brahms, que sonó cálido, ardiente, amoroso pero también dramático, surgió y se desarrolló con plena naturalidad y sonó bellísimo. Solo el “Allegro con spirito” final bajó un poco el nivel de lo que escuchábamos, por culpa de algún desajuste y de cierta pérdida de transparencia. A destacar el asombrosamente bien tocado solo de trompa al final del primer movimiento: ¡uno de los mejores trompas que haya escuchado jamás en una orquesta!
La Cuarta fue aún superior, en realidad una de las mejores interpretaciones que recuerde, en concierto o en disco, y creo que no exagerar. Además, me gustó particularmente la urgencia, la rabia y la desesperación de la coda conclusiva, sin la menor opulencia o grandilocuencia, esa que empaña –para mi gusto personal– tantas y tantas interpretaciones.
Capítulo aparte es el de la orquesta. Pocos días antes, un amigo me reiteraba por enésima vez que la Filarmónica de Berlín es para él la orquesta de las orquestas. Pues bien, recordándolo durante el concierto, me dije a mí mismo que yo, para esas obras, no la cambiaba por la de la capital alemana. Su especial sonoridad, de una calidez y belleza impar, es además ideal para Brahms y en particular para las Sinfonías pares del hamburgués. Gatti, aparte de ser evidente que gozaba como un enano escuchando cómo sonaban los vieneses, resaltó en el logradísimo empaste la presencia de las trompas, lo que me resulta ideal.
Un gran concierto, de esos que recordaré, de una orquesta maravillosa (¡una de las pocas que sigue conservando su personalidad!) con un director no demasiado conocido, pero capaz a veces de grandes cosas.
(Una anécdota: en el intermedio, un amigo me sopló unos comentarios que acababa de escuchar a varios músicos de la OCNE: “¡pues no es para tanto esta orquesta!”... Comentarios similares a otros que yo mismo había escuchado en otras ocasiones, referidos igualmente a una gran orquesta, muy superior a la de los músicos que lo afirmaban. ¡Típico!)



miércoles, 26 de septiembre de 2012

Beethoven: “Moto perpetuo”, 4 Sonatas por Javier Perianes

 

El disco que con el título “Moto perpetuo” acaba de publicar Harmonia Mundi, conteniendo las Sonatas núms. 12, 17, 22 y 27 de Beethoven, es tal vez el trabajo más sobresaliente de los llevados al disco hasta ahora por Javier Perianes. Para hacer esta afirmación tengo también en cuenta la dificultad del repertorio. Si su programa Schubert, con la primera serie de los Impromptus, el Allegretto y las 3 Klavierstücke D 946, era ya muy meritorio tanto por la altura de las interpretaciones como por la dificultad que entraña hacer justicia a esas músicas, esas mismas cualidades se encuentran aquí en un grado aún más elevado. No olvidemos que interpretar a pedir de boca a Beethoven tiene un mérito extraordinario, y –pese a que muchas críticas parecen ignorarlo– son pocos los pianistas que lo han logrado en disco. Pues bien, en mi opinión el onubense que se nos descubrió al obtener el Premio Jaén en 2001 ha, desde aquella precoz explosión de talento, madurado con rapidez y sobre sólidas bases.
Admirador y seguidor suyo desde el primer momento, confieso que sentía un cierto temor ante este disco Beethoven: temor de que, en estas obras, no diera la talla. Me alegro de que esos temores hayan resultado infundados. Nada más poner el CD en el lector, me di cuenta de inmediato –impresión que se ha confirmado en todo el disco– de que suena a Beethoven, eso tan difícil y problemático de conseguir (y que no ocurría del todo aún en su clase magistral de 2005 sobre la Sonata 31 con Barenboim, DVD EMI). Que Perianes haya conseguido en pocos años que Chopin le suene a Chopin, Debussy a Debussy, Falla a Falla... y Beethoven a Beethoven no es un mérito cualquiera.
Parece que Perianes ha estudiado a fondo las interpretaciones beethovenianas de su admirado Barenboim, en particular sus dos últimos ciclos (D.G. 1984 y, en DVD, EMI 2005) y, la verdad, no podría haber tenido un modelo más adecuado. Pero el pianista de Nerva no me parece que copie a Barenboim, sino que lo ha asimilado, ha comprendido a fondo por qué el de Buenos Aires toca Beethoven como lo toca, con esa inexplicable mezcla de rigor y creatividad, y ha hecho suya la lógica interna de las partituras (y que sin embargo parecen no entender tantos pianistas).
Perianes ha conseguido desterrar todo exhibicionismo virtuosista, que es uno de los mayores y más frecuentes pecados cometidos al tocar Beethoven, y no cae en la tentación de correr para, por ejemplo, lograr transmitir mayor ansiedad en los movimientos extremos de la Sonata 17 “La Tempestad” (aunque yo prefiero el Allegretto a un tempo ligeramente más lento), ni cae, ni por asomo, en lo altisonante al desgranar con reflexiva hondura la Marcha fúnebre de la Sonata 12. La especial naturalidad con que frasea la bellísima y particularmente difícil de desentrañar Sonata 27 le permite incluso alcanzar la singular ternura que anida en la obra. En cuanto a la poco tocada Sonata 22, verdaderamente saca petróleo de esta página nada fácil de situar a la altura de sus compañeras.
¿Algún reparo? Mínimo, y solo uno: creo que la frase final que remata el Adagio de la Sonata 17 se puede demorar un poco más para, paladeándola y haciendo un oportuno rubato, elevarse hasta el lirismo excelso y el misterio que, para mí, es capaz de transmitir.
El disco, con una foto de portada preciosa, unas notas esclarecedoras, nada al uso, de Luca Chiantore (quien señala con acierto la elasticidad y la flexibilidad del fraseo de que hace gala Perianes: ni el más mínimo mecanicismo, que arruina a Beethoven incluso en los movimientos perpetuos), está fenomenalmente bien grabado en los ya famosos Estudios Teldex de Berlín.




lunes, 24 de septiembre de 2012

RCA reedita en serie barata el ciclo favorito de los “Cuartetos” de Beethoven

 

Fuera de catálogo durante muchos años, por fin Sony BMG se acuerda (o se entera) de que tiene en sus fondos la interpretación (¡y la grabación!) más admirable y extraordinaria de esa coleccioncilla, cima de la música universal: los Cuartetos de cuerda de Beethoven. Y los reedita en una caja estrechita y baratísima de la serie “Masters” (a España aún no han llegado; ¿llegarán?: las Sinfonías de Schubert por Barenboim con la Filarmónica de Berlín no llegaron, mientras que sí lo han hecho algunos álbumes que no valen un pimiento...)
En la parte trasera de la caja se afirma que es una versión reprocesada. Pues bien, me siento del todo incapaz de distinguir el sonido de la versión original de la actual; creo que se han colado o que mienten sin más, pues los tracks que he comparado duran exactamente lo mismo en las dos ediciones (y cuando hay reprocesados hay siempre pequeñas variaciones en el minutaje). En cualquier caso, éstas son grabaciones que no necesitan en absoluto reprocesado alguno, pues suenan de escándalo: sin duda, el ciclo mejor grabado, incluyendo el más reciente del mismo Cuarteto de Tokio para Harmonia Mundi (2007-2010), parcialmente en SACD.
Entre la grabación de RCA (1991-93) y la de H. Mundi ha habido en el grupo dos cambios: el primer violín Peter Oundjian (acaso el más extraordinario que ha tenido en su historia el Cuarteto) ha sido reemplazado por Martin Beaver, y el cello Sadao Harada, por Clive Greensmith. Aunque los dos instrumentistas nuevos son estupendos, creo que el grupo de los años 80 y 90 funcionó mejor que nunca como conjunto, y sus enfoques fueron los más lúcidos e interesantes.
De hecho, prácticamente todos sus discos de aquellos años se cuentan por hitos. Entre ellos, desde luego, estos Cuartetos que tengo por la interpretación no sólo mejor tocada que existe, sino también la de interpretación globalmente más propia y acertada de la serie. Es un Beethoven menos apolíneo que el del Cuarteto Italiano (Philips 1967-1975), referencia absoluta hasta su momento, y más progresivo: riguroso, pero de gran energía e intensidad, resalta de modo especial la modernidad de la escritura beethoveniana. Alguna vez se ha dicho que si el Italiano tiene cierto paralelismo con el Beethoven de Claudio Arrau, el Tokio lo tendría con Daniel Barenboim (en particular, con su grabación de las 32 Sonatas para D.G.). Aunque, lógicamente, la comparación no es exacta, hay algo o bastante de acierto en ella.
El tercer ciclo en discordia de los Cuartetos beethovenianos, algo más próximo al Tokio que al Italiano, aunque en cierto modo en un término medio, sería en mi opinión el del Cuarteto Melos, D.G. 1984-86. Me gusta más que la notable, pero algo desigual, del Alban Berg para EMI (final de los 80). Otras interpretaciones de la serie que tienen muy buena prensa en algunos medios –el Amadeus, el Juilliard, el Emerson... – son en mi opinión muy, muy inferiores.
El álbum RCA del Tokio tiene un aliciente más: incluye también la transcripción del propio Beethoven de la Sonata para piano op. 14/1 y añade el apenas conocido pero nada desdeñable Quinteto de cuerda, op. 29, en descomunal interpretación a la que se suma como segundo viola un tal Pinchas Zukerman.




viernes, 21 de septiembre de 2012

Gran “Don Giovanni” de Nézet-Séguin



El otro día me trajo un amigo una copia en CD de una nueva grabación de Don Giovanni. En los discos sólo ponía “Yannick Nézet-Séguin”. Al escucharla he reconocido a tres cantantes (Ildebrando D’Arcangelo, Diana Damrau, Rolando Villazón) y tenía dudas sobre un cuarto (que, en efecto, era Joyce DiDonato). Grabada en público estupendamente por Deutsche Grammophon, diré ya que puede rivalizar con las mejores existentes hasta ahora, tanto en lo que se refiere al reparto como a la batuta. Nézet (nacido en Montreal en 1975) fue, claramente, desde que empezó a darse a conocer internacionalmente, un talento fuera de lo normal. Lo primero importante que yo le escuché fue su Romeo y Julieta de Gounod en Salzburgo (DVD/Blu-ray de D.G.), que, como escribí en su día, me dejó absolutamente asombrado. Y ello a pesar de que esa ópera, creo que la mejor de su autor (y no Fausto) contaba con un par de versiones muy bien dirigidas: Plasson y Mackerras.
Pues bien, este Don Giovanni, una ópera dificilísima y que, en mi opinión, no puede ser muy bien dirigida más que por una batuta de primera línea, goza aquí de un sentido teatral y dramático de gran calado, con equilibrada atención entre lo jocoso y lo trágico, logrando por su parte un interés y un impulso que nunca decae. Su manejo de la orquesta, una Mahler Chamber Orchestra en estado de gracia, es de una flexibilidad excepcional, de una chispa, vitalidad e ímpetu tremendos. Sólo tengo que señalar que la escena cumbre de la ópera –y tal vez de la historia del género–, la de la reaparición final del Comendador, hasta ser Don Juan arrojado a los infiernos, queda para mi gusto un poco light (si la comparamos con lo mejor de lo mejor: Klemperer, Böhm II, Barenboim II).
Y tengo que lamentar también algunos resabios –por suerte sólo ocasionales– o guiños a las prácticas de los instrumentos originales. Por ejemplo: tras los acordes iniciales de la obertura, la respuesta en las cuerdas graves se halla desprovista de vibración, resultando pobre de densidad, profundidad y gravedad: el impresionante efecto que persigue Mozart me temo que se pierde así en gran parte. Pero, insisto, son momentos aislados que apenas empañan un conjunto francamente irresistible. Un conjunto que, por cierto, está en contradicción con esos guiños, que puede que sean una concesión demagógica a los partidarios de los modos historicistas (ahora bien, nada que ver con los destrozos casi constantes que Abbado suele infligir últimamente a sus Mozart. Como señalé, para indignación de algunos lectores de este blog, a propósito de su para mí horrible versión de la Sinfonía “Haffner”).
El elenco vocal ha sido un gran acierto: D’Arcangelo, con la voz ahora más grave hasta recordar en su riqueza de armónicos a la del gran Cesare Siepi, encarna al libertino con fuerza seductora, arrogancia, pasión y también nobleza: nada, por tanto, de vulgaridades ni exageraciones. Que prácticamente todos los cantantes interpreten con tanto tino me hace pensar que Nézet ha tenido bastante que ver. Así también Luca Pisaroni como Leporello, caracterizando con pleno acierto al criado, sin que se pase un pelo en la peligrosa aria del catálogo. Curiosamente, en contra de la tradición, es una voz menos grave que la de su señor.
Las dos “doñas” son, en verdad, extraordinarias, de lo mejor que he escuchado jamás, lo mismo Diana Damrau como Anna que Joyce DiDonato como Elvira. La pasión y la intensidad dramática con que abordan sus personajes se prolonga de algún modo en Don Ottavio, tantas veces no sólo indiferente sino como asexuado (Simoneau, Dermota, Kraus, Alva, incluso Schreier y Riegel). Aquí un Rolando Villazón acertadísimo en unos muy expresivos recitativos siente y (com)padece. Pero ¡ojo!, ni asomo de verismo o de la histeria que algunos le suelen atribuir. Además, borda sus dos dificilísimas arias (¡¿quién dijo que su técnica era deficiente?!...)
Un poco pizpireta de más, para mi gusto (es algo que soporto bastante mal), la Zerlina de Mojca Erdmann, y de todo punto correcto el Masetto de Konstantin Wolff. Para el Comendador se ha escogido a un sólido bajo-barítono, Vitalij Kowaljow (el sustituto de René Pape como Wotan en La Walkiria de Barenboim en La Scala), de extensión suficiente en los extremos de la tesitura, pero quizá algo apagado, sin toda la autoridad y carácter imponente que puede pedirse. Encuentro preferible un bajo profundo que emita con seguridad los temibles agudos; pero sé de sobra que hallar otro Salminen es harto difícil. Bien: en conjunto, para mi gusto, quizá la versión de Don Giovanni más descollante de los veinte últimos años.




sábado, 15 de septiembre de 2012

La Quinta y la Séptima de Bruckner por Celibidache en DVD

      

Sumándose a la Cuarta de Arthaus y a la Sexta, Séptima y Octava de Sony, todas ellas con la Filarmónica de Múnich, aparecen ahora la Quinta, con esta orquesta, en Arthaus (una toma en la Philharmonie im Gasteig, Múnich, de 1985), y la esperadísima Séptima con la Filarmónica de Berlín (¡después de 38 años sin dirigirla!) en EuroArts, ésta también en Blu-ray. Esto es, al parecer, todo lo que se conserva de Bruckner por Sergiu Celibidache con imágenes. Fue su compositor predilecto en los últimos lustros de su vida y lo dirigía con mucha frecuencia (en Madrid, sin ir más lejos, le escuchamos varias veces en conciertos memorables).
Esta devoción del genial director rumano por Bruckner se aprecia en la mayoría de sus interpretaciones, con o sin imagen. Pero, por muy sublimes que sean casi todas ellas, que lo son, son versiones tan personales que difícilmente pueden ponerse como modelo, en primer lugar porque se apartan, sobre todo en los tempi, lentísimos, de la tradición más afianzada. O sea: geniales, sí, pero no siempre modélicas.
La Quinta que acaba de salir, sin embargo, no es enormemente lenta, sino sólo “bastante”, por así decirlo (casi hora y media). Pero, como ocurre en sus mejores ocasiones, esa lentitud no se traduce en pérdida de tensión, aunque ésta no sea siempre evidente, sino sólo soterrada. La densidad, la hondura, la belleza y la nobleza están ahí en grado superlativo, pero también el dramatismo; lo que queda al margen casi por completo es, quizá (y digo quizá porque una misma interpretación de Celibidache no nos dice dos veces exactamente lo mismo, ni mucho menos; y esto creo que pasa con él más que con otras batutas) la rebeldía y la furia de otras versiones más extravertidas o turbulentas.
La Filarmónica bávara le suena admirablemente, sobre todo la cuerda y el empaste global, pero algunos solistas del viento no son de lo mejor que hayamos escuchado (las flautas, los metales en la tremenda coda final). La imagen, en 4:3, es de calidad mediana, y el sonido, aceptable, aunque con un leve filo de distorsión en algunas frecuencias. Aun así, un DVD en mi opinión imprescindible para todo amante de Bruckner.
La Séptima, de 1992, posee (en Blu-ray, que es el que he visto) mayor calidad de imagen (estándar de la época, más o menos) y, sobre todo, de sonido, de una profundidad, densidad, compacidad y belleza extraordinarias, con lo que el disfrute de las fabulosas cualidades de la Filarmónica de Berlín (aquí multiplicadas gracias a la sabia batuta) queda garantizado. (Puede que haya una leve compresión dinámica en la toma original, pero es poca cosa).
Ahora bien, el formato original de 4:3 lo han transformado en 16:9, con los consiguientes cortes de una franja superior y otra inferior, variable, ajustado según los fotogramas. Algo que no debería haberse hecho, sin duda, pero que no me lleva en absoluto a aborrecer de esta publicación, como les ha ocurrido a otros críticos (véase el blog de Fernando Lopez Vargas-Machuca “Ya nos queda un día menos”, con cuya crítica musical estoy, por cierto, completamente de acuerdo: dos primeros movimientos muy dilatados: excelsos, inenarrables; y “sólo” magníficos los dos últimos). No, no me parece que sea para tanto y no pienso, bajo ningún concepto, privarme del goce de ver y escuchar esta versión, que es seguramente el más grande Bruckner legado por “Celi” y, por supuesto, una de las más altas cimas de la historia en la interpretación de este compositor.
Me he acordado mucho del tristemente fallecido Carlos Ruiz Silva, crítico musical y amigo, que tenía a Celibidache por –a distancia– el más grande director de todos los tiempos. ¡Cuánto hubiera disfrutado con estas publicaciones!





lunes, 10 de septiembre de 2012

Las dos series de las tres últimas Sinfonías de Tchaikovsky por Karajan en DVD

 
Como se sabe, las tres últimas Sinfonías de Tchaikovsky fueron filmadas por Karajan dos veces: en diciembre de 1973 en la Philharmonie de Berlin (DVD Deutsche Grammophon), y en los tres primeros meses de 1984 en la Musikverein de Viena (caja de 2 DVDs de Sony), en cada caso con la Orquesta Filarmónica de cada una de las capitales.
Ahora el comprador puede escoger entre ambas versiones. Creo que merece la pena conocer unas y otras, aunque quien quiera ahorrar un poco podría prescindir de la Sexta del segundo ciclo, que se vende suelta y sola en un DVD. Porque la “Patética” es la que menos bien de las tres se le dio en sus grabaciones al famoso director salzburgués.
Sin entrar a hacer críticas pormenorizadas de las seis interpretaciones, diré que la Cuarta de 1973 tiene un primer movimiento que está entre los mayores logros que recuerdo a este director: la combinación de pasión y esplendor logra enardecer. Toda la versión es estupenda, lo mismo que la de 1984, un poco –sólo un poco– más sosegada.
Las dos Quintas me parecen magníficas (también la de 1984 es un poco más amplia que la de 1973), con un “Andante cantabile” memorable, más doliente que trágico o rebelde.
En cambio, con la Sexta da la impresión de que Karajan no termina de identificarse, como si no se la creyera del todo. Y es una Sinfonía que hay que dirigirla a tumba abierta. En la de 1973, además, los dos movimientos centrales están ligeramente descuidados (algo infrecuente en este mago de la batuta). En la del ‘84 el primer movimiento es un poco más convincente, quizá ante todo por parecer más sincero.
En una y otra serie, el director aprovecha muy bien, en cierto modo amoldándose a ellas, las diferentes características de las dos orquestas, obteniendo lo mejor de una y otra. Pero, por descontado que a la de Berlín nada hay que reprocharle en belleza de sonido, ni a la de Viena en brillantez o perfección.
Cuestiones técnicas: las tomas de de 1973 suenan mejor que las de 1984: éstas son algo cortas en pegada, el volumen es un poco bajo, y la acústica, un tanto reverberante y por ello algo menos clara. La serie de 1973 realmente suena muy bien para la época. Tampoco la imagen, a pesar de los años transcurridos, es mucho mejor en la de 1984. En ambos casos figura como realizador de la filmación el propio Karajan; en 1973 Ernst Wild es “director de fotografía”, once años después pasa a ser “correalizador”. O sea, que el protagonismo visual de Karajan está de sobra garantizado.
El DVD de D.G. con la y la por Bernstein es bastante decepcionante si las comparamos a las de sus CDs, algo posteriores, para el mismo sello amarillo: si la Cuarta del DVD (con la Filarmónica de Nueva York, 1975) es desigual (¡maravilloso “Andantino”!) aunque en conjunto espléndida, la Quinta (Sinfónica de Boston, 1974) es bastante caprichosa, por decirlo suavemente (aunque soberbio, de nuevo, el movimiento lento).
Y creo que no hay muchas más grabaciones filmadas que merezcan de verdad la pena, aparte de la estupenda Cuarta de Kurt Sanderling con la Filarmónica de Berlín (EuroArts, 1992), la espléndida Quinta (Ginebra 2005, Warner) y la formidable Sexta (Salzburgo 2007, C Major) de Barenboim, ambas con la Orquesta del West-Eastern Divan. Versiones que encuentro claramente superiores a las del propio Barenboim con la Sinfónica de Chicago en CD.