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viernes, 21 de octubre de 2011

Welser-Möst: Mendelssohn gris, Stravinsky exacto, Ravel hortera

El 20 de octubre dirigía en el Auditorio Nacional Franz Welser-Möst el primero de sus dos conciertos para esta temporada de Ibermúsica, ambos al frente de la Orquesta de Cleveland. Tras escuchar ayer a este director, austríaco (Linz, 1960), no puedo evitar pensar que, en el actual panorama de carencia tremenda de directores alemanes y austríacos (al contrario de lo que ocurría hasta no hace tanto), los nombres más destacados en Alemania y Austria –Christian Thielemann y Welser-Möst– están muy sobrevalorados (más el segundo que el primero, en todo caso): valoración que parte, indudablemente, de sus respectivos países, tan influyentes en el panorama musical y que cuentan con orquestas tan formidables. Welser es director titular de la Orquesta de Cleveland y musical de la Ópera Estatal de Viena. ¡Ahí es nada! Para mí resulta sencillamente inexplicable. El responsable del más flojo de los Conciertos de Año Nuevo en Viena del que tengo memoria (el de este año, 2011) es un director competente, solvente, claro está, pero gris y nada interesante como intérprete (realmente, casi no hay intérprete propiamente dicho). Y no hablo sólo de lo que le escuché ayer, sino de las 30 o 40 obras importantes, óperas incluidas, que le he escuchado en CD o en DVD.

Veamos: la Sinfonía “Escocesa” de Mendelssohn comprendo que es una obra a la que es muy difícil hacer justicia, por su belleza extraordinaria y su poesía, que a tantos directores importantes se les escapa. Pero esto no le exime de culpa: podía no haberla programado (por cierto ¡vaya dos programas tan incongruentes, no sólo el de ayer, sino también el que dirigirá hoy: Obertura Euryanthe de Weber, Doctor Atomic de Adams y Cuarta de Tchaikovsky!). Bueno, la “Escocesa” fue insulsa, sin altura poética en un solo momento, apresurada, ruidosa y vacía, de fraseo poco natural –forzado aquí y allá, ya en la introducción– y, para colmo, con un final (el Allegro maestoso assai) rimbombante, lo que le da la puntilla a esta auténtica joya sinfónica.

Agon de Stravinsky, un ballet de última época (1957) de casi 25 minutos, lo hizo estupendamente, con el concurso inestimable, claro, de una orquesta soberbia. Pero... me parece que hacer bien, al frente de semejante centuria, una obra tan sosa e insustancial no es gran mérito artístico. Aunque algunos se rasguen las vestiduras, no me callaré que Agon es, para mí, un ejercicio de composición en el que, quien tan magistralmente sabía autopromocionarse, muestra su habilidad (también como orquestador) y su ingenio juguetón, pero su ironía resulta tontorrona, totalmente inofensiva y descomprometida. Puede que bailada con la coreografía de Balanchine quede muy bien, pero sólo escuchándola cansa antes de llegar a los diez minutos. Pocas veces he oído aplaudir tan poco y con tanta desgana una obra en Ibermúsica.

El Bolero de Ravel fue uno de los peores que recuerdo (y no son pocos los malos o malísimos que he oído, lo aseguro): rápido, carente por completo de tensión, ajeno a toda sensualidad o gracia; el final fue chillón, vulgar, ramplón, hortera. Para colmo, los solistas del viento (que tan bien habían estado antes, sobre todo oboe, clarinete y fagot), salieron del paso con más grisura que gloria, hasta con más de un apuro (¡qué difícil es, lo admito!), y al pobre joven de la caja casi no se le oyó (a pesar de situarlo delante de las maderas), salvo en la última cuarta parte de la pieza: ¡vaya descubrimiento el de Welser: un Bolero casi sin caja! No supo graduar la intensidad y, como iba bajo, a los doce minutos o así, subió de golpe un fuerte escalón. ¡Fatal, herr Welser-Möst! No se merece usted esa orquesta, ni mucho menos. Que, como digo, estuvo soberbia en los dos primeros autores, pero muchísimo menos en Ravel.

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