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sábado, 18 de febrero de 2012

Discos varios: Celibidache, Barbirolli, Maazel

Un amigo me ha pasado unos discos anónimos, en los que no figuran los nombres de los intérpretes. Una Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky en la que, enseguida, me olí quién dirigía: Sergiu Celibidache (con la Filarmónica de Múnich, 1993). El tempo del primer mov. es tremendamente lento (¡¡23’19”!!), hasta producir exasperación aquí y allá. Sí, se oye todo, quizá con más claridad que nunca, pero para mí no compensa, porque la tensión que debe recorrer todo el episodio se viene abajo a ratos. Mucho mejor los tres restantes: inmensa melancolía en el segundo, irreprochable el Pizzicato ostinato y no todo lo feroz que me gustaría el finale. En suma, una de esas versiones un tanto discutibles de Celi, pese a sus enormes valores. Maravillosa, en cambio, una suite de Cascanueces por los mismos intérpretes (1991), con las danzas lentas bastante más lentas de lo habitual, pero llevadas con pulso indesmayable. Sobrio, pero bellísimo y lleno de encanto el Vals de las flores.

La Segunda Sinfonía de Brahms que también me han pasado la sitúo en el Olimpo de las interpretaciones más admirables que conozco. Tirando a lenta, cantadísima (a lo Giulini), cálida, bellísima, perfectamente delineada y construida, de enorme intensidad emotiva, profundamente doliente, de maravillosa sonoridad brahmsiana. No suena muy allá, pero se disfruta. Pues bien, es una grabación en público de 1962 editada en 2011 por Testament: un concierto en la Catedral de Coventry con la Filarmónica de Berlín dirigida por Sir John Barbirolli. Su grabación con la Filarmónica de Viena para EMI unos pocos años posterior, aun siendo una interpretación magnífica, no alcanza para mí estos niveles estratosféricos. Soberbia la Filarmónica berlinesa, con unos cellos envolventes y una trompa solista formidable (muy destacada) en el primer mov. Pero no me gustan gran cosa el sonido del primer oboe y el primer flauta (Lothar Koch y Karlheinz Zoeller, quizá), demasiado cantarines casi todo el tiempo.

El tercero es un programa Richard Strauss editado por D.G., a cargo de la Filarmónica de Nueva York y Lorin Maazel (grabaciones en público de marzo, septiembre y octubre de 2005). Creo que la estupenda orquesta, de un virtuosismo fuera de toda duda, no suena especialmente straussiana, sobre todo en Don Juan (con un clímax último abortado un poco abruptamente), versión que, creo, no pasará a la historia; bastante mejor, espléndidamente planificada, la de Muerte y transfiguración; la de la suite (larga) de El caballero de la rosa, aun siendo sobresaliente, no me ha hecho olvidar a la suya de 1967 con la Filarmónica de Viena para Decca. Pero el disco posee una joya literalmente incomparable: la Danza de los siete velos de Salomé, tan asombrosamente desmenuzada como envolvente y voluptuosa. No recuerdo otra que me haya gustado tanto. Sólo por ella merece la pena el disco.

1 comentario:

  1. Pues a mí la escena de amor de ese Don Juan de Maazel me parece maravillosa. Coincidimos en que la Danza de los siete velos es sensacional.

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