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jueves, 5 de julio de 2012

El otro gran concierto de Nelsons con la Concertgebouw en Lucerna



El otro programa de Andris Nelsons dirigiendo la Orquesta del Concertgebouw en Lucerna es un tanto extraño: la Obertura de Rienzi de Wagner, la Danza de los siete velos de Salomé de Strauss y la Octava Sinfonía de Shostakovich (4 de septiembre de 2011, un día antes del programa Beethoven/Rimsky comentado hace poco en este blog).
Pero bueno, lo principal del DVD/Blu-Ray de C Major (yo me he hecho con el soporte de mayor calidad) es que las interpretaciones son, las tres, magníficas. Por no hablar de la estupenda realización, nuevamente, de Ute Feudel, y de la sensacional imagen y el formidable sonido.
La Obertura de Rienzi está planificada, puesta en sonidos y cuidada con el mayor esmero imaginable; quizá la sonoridad que extrae no es la más wagneriana posible –parece inclinarse más hacia Weber, al que por cierto tanto debe esta página–, pero la energía, el esplendor y la elegancia de la música están preservadas en toda su magnitud. Algún cambio de tempo entre secciones me parece un poquito excesivo; en cualquier caso, es una interpretación entusiasta y muy comunicativa: de bandera.
La Danza de Salomé es de enorme voluptuosidad, está expuesta con una transparencia excepcional y con una riqueza de colorido suntuosa. Más bien lenta –con lo que no se pierde el menor detalle–, está entre las mejores que yo haya escuchado, dentro de una ópera completa o como pieza aislada de concierto.
Y la Octava de Shostakovich –una de las que más sobrellevo de este compositor, que no está entre mis favoritos– es una interpretación de una pieza, a base de movimientos tan unitariamente logrados como un gran poema sinfónico –el primero– o perfectamente bien enlazados, logrando dotar de una infrecuente lógica el devenir de la partitura. Nelsons acierta a acumular las fuertes tensiones que desembocan en tremendos clímax, y a relajarlas tras ellos. No comete excesos, sino que es más bien contenido en momentos en que otros directores sacan toda la artillería imaginable. La versión, una vez más tocada de fábula por la Orquesta holandesa, sea como bloque o solista a solista (¡qué trompeta!, entre otros) es, sin duda, magistral. Me recuerda más a Haitink (con esta orquesta) que a Solti (con la de Chicago), interpretación de la que echo en falta si acaso la fiereza del tercer movimiento (y no creo que pueda acusarse al director húngaro de pasarse de rosca: me parece que la música justifica ese tratamiento extremadamente fiero).
En resumen: otro gran disco de este joven director nacido en Riga no hace aún 34 años. Es, sin duda, un músico fuera de serie, con una técnica gestual muy personal y extremadamente gráfica y persuasiva.

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