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miércoles, 6 de febrero de 2013

Kavakos, Jansons y la Concertgebouw en Ibermúsica

Bartók, Tchaikovsky y, de propina, Dvorák 

 

  

Ayer (5 de febrero) asistí a uno de esos conciertos admirables que se escuchan no muy a menudo: una orquesta simplemente maravillosa con su director titular al frente y uno de los grandes violinistas actuales, en un programa con el que se entendieron a la perfección.
La Royal Concertgebouw de Amsterdam, creo que no se debe discutir y no se discute, es una orquesta de la más privilegiada élite mundial: en Europa sólo un par de ellas se le pueden equiparar (las Filarmónicas de Berlín y Viena, claro), y tal vez sólo una en Estados Unidos (la Sinfónica de Chicago).
No es la más brillante ni la más apabullante del mundo (pese a que Mariss Jansons creo que está potenciando también en ella estas cualidades), pero sí es una de las que conservan más su personalidad, una de las que posee un sonido más bello y transparente y una de las que cuentan con solistas de más alta musicalidad.
Todo esto se puso ayer de manifiesto en las dos obras que integraron el programa: el Segundo Concierto para violín de Bartók y la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky. El griego Leonidas Kavakos (Atenas, 1967) posee un impactante dominio del instrumento: tocó la larga, dificilísima obra, que casi no le deja descansar un momento, con una suficiencia técnica insultante. Posee un sonido nada pequeño, redondo y a la vez incisivo, que jamás se perdió en medio del océano orquestal (mérito, todo sea dicho, ante todo del compositor, pero también de la batuta) y su afinidad con la obra es plena. Sólo debo achacarle que tardase unos minutos en hacer música con todas las de la ley, además de tocarlo desde la primera nota de modo impecable: el lirismo excelso del tema principal se le escapó en un principio. Una vez bien inmerso en la música, todo fue simplemente admirable. Jansons, que evidentemente se siente muy a gusto en ella, dirigió en plena sintonía con el lenguaje bartokiano y con una minuciosidad y atención al detalle, así como con una sensibilidad tímbrica como quizá nunca haya escuchado a otro director. Fue toda una lección.
La Quinta de Tchaikovsky, autor con el que Jansons se identificó especialmente desde los comienzos de su carrera, conoció una interpretación canónica, no excesivamente personal –salvo en ciertos detalles–, pero tan rigurosa, tan intensa y cuidada hasta en los menores detalles, que Tchaikovsky habló con toda claridad, propiedad y franqueza a través de ella.
Destacaría el interesante, abrupto final del primer movimiento, lo rabioso del gran clímax del lento, la agilidad de la sección central del tercero y el casi vertiginoso Allegro vivace final, que huyó de toda grandilocuencia.
Regalaron una Danza eslava de Dvorák (creo que la Op. 72/7, la única obra que dirigió sin partitura), vigorosa y exultante. El éxito de todo el programa fue muy por encima de lo normal en los conciertos de Ibermúsica.





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