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miércoles, 13 de marzo de 2013

El concierto del 70º cumpleaños de Barenboim: el triunfo de la sabiduría

   

El pasado 15 de noviembre de 2012 cumplía Daniel Barenboim 70 años y ese día tocaba en la Philharmonie de Berlín, en compañía de su Staatskapelle berlinesa y de su amigo Zubin Mehta, un programa tremendo: el Tercer Concierto de Beethoven, Dialogues II para piano y orquesta de Elliott Carter y el Concierto No. 1 de Tchaikovsky. Entre el público las cámaras enfocaban en algún momento a su esposa (Elena Bashkirova), a Pierre Boulez (lástima, muy envejecido: bueno... ¡tiene 87 años!), a Anna Netrebko, Waltraud Meier, Rolando Villazón, a Jürgen Flimm y Stéphane Lissner (Intendentes de la Staatsoper de Berlín y de La Scala) y a otros notables del mundo musical.

Mehta no es lo que se dice un director beethoveniano; por eso mismo me ha llamado mucho la atención la admirable labor que realizó en el Op. 37 del Gran Sordo: lo mismo que en la grabación de la serie (Decca ) con Ashkenazy y la Filarmónica de Viena, pero tomándoselo con mayor interés aún: ofreció una versión de clasicismo impecable, absolutamente equilibrada y atenta a los detalles y, por supuesto, al pianismo extremadamente creativo del solista, con el que jamás difirió ni se desajustó. Barenboim, que las sabe todas en Beethoven, estuvo inspiradísimo, tan libre en el fraseo (¡siempre certero!: ¡posee la fórmula!) como riguroso en el concepto. Hizo una demostración de musicalidad a raudales, llenando de sentido y de expresividad cada frase, en una versión algo más sosegada y menos extravertida que la de su última grabación (DVD/Blu-ray EuroArts y audio Decca). A destacar la alucinante cadenza (de Beethoven) del primer movimiento: parece imposible tocar más fondo en ella. Dialogues II es una breve (6 minutos), diáfana y sabia pieza compuesta por Carter a los 103 años de edad y dedicada a Barenboim para este cumpleaños; el gran compositor norteamericano moría justo diez días antes de esta ejecución.

Uno de los compositores que mejor entiende Barenboim es, pese a que no suela saberse, precisamente Tchaikovsky (ahí están sus grabaciones de las tres últimas Sinfonías, de varios poemas sinfónicos, del Primer Concierto dirigiendo en Chicago a Lang Lang o de El lago de los cisnes y Cascanueces). Y no sólo por su parte solista en el Concierto No. 1, cuya grabación filmada con Celibidache (EuroArts) ha merecido juicios ditirámbicos ¡hasta de Enrique Pérez Adrián! Se trata, en efecto, de una aportación sin precedentes a esta obra tan menospreciada por tantos a causa de que su virtuosismo eclipsa toda otra posible cualidad musical. Pero precisamente Kissin y Karajan (audio de D.G., DVD de Sony), y más aún Barenboim y Celibidache han demostrado que esa Op. 23 de Tchaikovsky es una partitura que abunda en grandes valores propiamente musicales, y que la mayor parte de los virtuosos (¡e incluso Richter y Gilels!) han pasado por alto.

A estas alturas, como es lógico, el pianista bonaerense no conserva la seguridad de mecanismo de antes, por lo que se pueden detectar algunas notas falsas (¿cuántas? No muchas. Pero para saber el número exacto tendrán que preguntarle a Beckmesser, que apunta en su pizarra tantas rayas como notas erradas o pasadas por alto. No esperen que, como en Los maestros cantores, detecte algo más que esas faltas). Pero a los que amamos la Música esto nos importa bien poco: Barenboim sigue conservando un sonido bellísimo, poderosísimo o capaz de las mayores delicadezas, una riqueza y variedad de pulsación alucinante y, por encima de todo, una musicalidad y una pasión arrebatadoras que le llevan a desentrañar bellezas de toda índole y un rico trasfondo expresivo en cada frase. Puede que haya llegado aún más lejos, al menos en varios pasajes, que en su grabación con Celibidache.

Tras una introducción en el que célebre, originalísimo, maravilloso y envolvente tema de las cuerdas es demasiado contenido por la batuta (nunca en sus grabaciones Mehta lo había hecho así), su labor a lo largo de toda la obra es de todo punto magistral, poniendo en juego toda su ilimitada capacidad de director acompañante (se llegan a apreciar detalles nuevos, nunca escuchados) y su talla de intérprete tchaikovskiano. Memorable actuación de la Staatskapelle berlinesa y de sus solistas, entre los que es justo destacar a la primera flautista. El DVD (¡no blu-ray!) recientemente publicado por Deutsche Grammophon tampoco contiene las dos propinas que al parecer ofreció Barenboim, tras las interminables ovaciones de un público totalmente enfervorecido.



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