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lunes, 11 de marzo de 2013

Escuchas a ciegas: aciertos y desvaríos

 

La otra tarde tuve en casa, junto a unos amigos, una sesión musical bastante instructiva. Uno de estos amigos trajo algunos discos; tres de ellos acababa de comprarlos y no los había escuchado aún. Nos los hizo escuchar sin revelar los nombres de sus intérpretes (práctica a la que somos muy aficionados, y que a menudo resulta reveladora).

Rachmaninov
La cosa empezó muy bien: los Etudes-tableaux de Rachmaninov escuchados nos parecieron soberbios. Puro Rachmaninov, puro fuego y honda melancolía, un dominio mecánico impactante del teclado... Pensé que podría tratarse de Nikolai Lugansky, pero resultó ser Vladimir Ovchinikov, en un CD EMI de serie barata con las dos opp., 33 y 39, completas. Pianista nacido en 1958 del que tengo en mi discoteca su ciclo completo de las Sonatas de Prokofiev (EMI 1994), al que le tengo bastante perdida la pista.
 
Chopin
Luego escuchamos la Tercera Sonata de Chopin en magnífica interpretación, sobria pero en absoluto fría, formidablemente bien tocada, totalmente en estilo y en una grabación antológica, de las mejores de piano que recuerdo. No tenía ni idea de qué pianista podría ser. Era el noruego Leif Ove Andsnes (n. 1970), en un disco EMI con las tres Sonatas. Absoluta recomendabilidad, también a muy bajo precio. No puedo decir que me sorprendiera, pero tal vez no esperaba tanto...

Schumann
El tercer disco de piano que trajo mi amigo fue, en cambio, un fiasco total. Ya Papillons de Schumann no me gustó más que en algunas frases. ¡Pero Carnaval fue un auténtico desastre! Una versión en blanco y negro, plagada de arbitrariedades, atropellada, tremendamente bruta, carente de fraseo melódico y del menor rastro de poesía. En fin, un horror. Se trataba de Stefan Vladar (n. Viena, 1965), pianista al que ya sabía desigual donde los haya, pero capaz de admirables interpretaciones de las cuatro últimas colecciones pianísticas de Brahms o del Quinteto op. 81 de Dvorák (que tiene grabado con el Cuarteto Jerusalén), por ejemplo. ¡Como para fiarse! El CD, de Harmonia Mundi y muy barato, no merecería la pena aunque costase cinco céntimos.

Brahms
La puntilla fue un Concierto para violín de Brahms que empezamos a escuchar: de entrada, pensé que era una grabación de los años 60, que sonaba francamente mal, con la orquesta como entubada y sin presencia, amplitud o profundidad. Pero lo peor es que la introducción orquestal era indiferente, carente de la menor tensión, nada brahmsiana; la orquesta parecía de tercera fila. Pero he aquí que entra el violín: un sonido etéreo, precioso, delicadísimo pero sin garra, un fraseo con amaneramientos diversos, completamente ajeno al universo brahmsiano; además, el sonido del violín sobrevolaba el espacio, sonaba como por todas partes, de una manera muy falsa y artificial. O sea, un director negado, un violinista completamente fuera de tiesto y un ingeniero de sonido extraviado. No fuimos capaces de escuchar siquiera el movimiento completo. Sí lo hicimos con el breve complemento, las tres bonitas Romanzas op. 22 para violín y piano de Clara Schumann, tocadas con finura y muy buena línea. El violinista, si era el mismo, aquí sí que estaba muy bien, lo mismo que el piano. Pues bien: se trataba de un CD recién publicado (¡Deutsche Grammophon 2013!), de 47’ de duración, y del que sólo nueve minutos podían merecer algo la pena. ¡Vaya chasco! ¿Quiénes eran sus intérpretes? ¡¡Pásmense!! Lisa Batiashvili (el formidable “descubrimiento” reciente de D.G., que ha grabado un sensacional Primer Concierto de Shostakovich con Salonen), la Staatskapelle de Dresde y Christian Thielemann. La pianista en las piezas es Alice Sara Ott. Sin más comentarios.







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