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viernes, 21 de abril de 2017

Carlo Maria Giulini: "The London Years"



Los grandes logros del joven director de Barletta

Warner ha publicado una caja de 17 CDs (que se puede conseguir a un precio muy bajo) con todas las grabaciones llevadas a cabo en Londres para el sello EMI, excepción hecha de los conciertos con solista (que están en otro álbum), las obras sinfónico-corales (las dos Misas de Beethoven, Requiem de Mozart, Requiem y Cuatro Piezas Sacras de Verdi) y, por supuesto, de la ópera (Don Giovanni, Le nozze di Figaro y Don Carlo). El último de los discos es un documental con declaraciones suyas y de músicos y productores que trabajaron con él, en Londres y en Chicago. 

Asombra comprobar la madurez musical y la estatura del joven Giulini (1914-2004), quien ya en sus grabaciones de los años 50 consigue no pocos logros verdaderamente mayúsculos. También llama la atención cómo en muchas ocasiones de estos años 50 y 60 reconocemos las características que solemos en primer término adjudicar al director, mejor conocido, de sus años 80 y 90 -es decir la cantabilidad excelsa, el lirismo, la nobleza y la amabilidad más admirables y conmovedoras- pero también cómo en aquellos años londinenses también resulta a veces brusco, áspero e incluso violento, casi siempre para bien. Con él no es conveniente -como con tantos otros grandes maestros- simplificar, pues muchas veces nos equivocaremos.

De todos modos, ya sabemos que la edad áurea de este director, uno de los más grandes de la segunda mitad del siglo XX, la alcanzó a partir de mediados de los 70 y llegó hasta poco antes del final de su carrera, porque -tristemente- alguna de sus últimas grabaciones acusa una cierta decadencia, al haber perdido cierta garra y volverse algo blando. Evolución que se aprecia muy bien en algunas de las obras que le acompañaron a lo largo de toda su vida: por ejemplo, en las dos últimas Sinfonías de Dvorák: las grabaciones de 1961-62 con la Philharmonia son ya admirables; formidables, antológicas, las de 1977-78 con la Sinfónica de Chicago (DG), y algo desmayadas las de los años 91-94 con la Concertgebouw (Sony).

Pero, como digo, en estos años londinenses, que abarcan desde 1956 hasta principios de los 70 (con una toma de 1976: la Séptima Sinfonía de Dvorák) nos vamos a encontrar con unas cuantas maravillas. De entrada, ya en el primer CD, con la obra más antigua de todo el álbum: la Sinfonía 94 "Sorpresa" de Haydn, registrada en 1956. Es curioso que sea este el único Haydn escuchado a Giulini y me pregunto por qué diantres no grabó más música de este autor, puesto que no exagero si digo que es, en disco, mi versión favorita. Su frescura, espontaneidad, fuego, entusiasmo y vitalidad son arrolladoras; por no hablar de la maravillosa, diáfana realización. Especial mención merecen las increíbles maderas de la Philharmonia, para mí sin duda las mejores del mundo por aquellos años. Bueno, es probable que en los años 60 ese conjunto fuese mi favorito entre todos. (Como la mayoría de las grabaciones de este álbum son con esta orquesta, lo será siempre que no especifique lo contrario). El disco prosigue con una Sinfonía (la op. 41) y una Obertura (op. 43), de Boccherini, también de 1956, aparentemente muy bien interpretadas. La Sinfonía "Inacabada" de Schubert (1961) que sigue es excelente: muy dramático el primer movimiento, no alcanza sin embargo la gloriosa madurez y equilibrio de su posterior grabación en Chicago (DG 1978), sin duda una de las cimas de la discografía. El disco se cierra con una discutible Obertura de Egmont (1970): comienza muy en punta, pero su clímax dramático (no la coda) es extrañamente alicaído.

El CD 2 contiene la Sinfonía "Pastoral" de 1970, una de la más bellas jamás llevadas al disco (entre las cuatro o cinco más sublimes, sin duda). Sin embargo la Octava, de 1973, con la Sinfónica de Londres, es extraña, pues su comienzo es elegante y hasta galante, pero nada intenso ni impetuoso (¿dónde está el "vivace e con brio"?...). La Novena bethoveniana, del mismo año y con la misma orquesta (salieron ambas en origen en un doble LP), es bastante desigual: el primer movimiento es lo mejor, como volvería a ocurrir en su grabación para DG de 1990 con la Filarmónica de Berlín (en esta, ese fragmento es impresionante por su dramatismo y su tensión), pero el resto decae a ojos vista. Incluso, en el finale coral tengo la impresión de falta de convicción -algo raro en Giulini-, convirtiendo esta versión, con un cuarteto solo mediano a causa de sus voces masculinas -Tear y Shirley-Quirk, mientras Armstrong y Reynolds están mucho mejor- y un Coro de la London Symphony no todo lo bien que se espera, en lo más decepcionante de todo el álbum.

El cuarto CD agrupa nueve Oberturas de Rossini procedentes de dos LPs diferentes (tomas de 1959, 1962 y 1964): la que menos me gusta, pese a sus momentos muy acertados, es la de Il Barbiere; bastante más me convencen las de La scala di seta, Il signor Bruschino, Tancredi y L'italiana in Algeri, mientras que las de La Cenerentola, La gazza ladra, Semiramide y Guillaume Tell me parecen sencillamente antológicas. Cinco de ellas, las más recientes, están estupendamente grabadas.

El quinto CD contiene una Sinfonía "Renana" y la Obertura Manfredo de Schumann (1958) de alto nivel: el "Lebhaft" inicial de la Sinfonía simplemente no le he escuchado mejor; el resto de la obra no mantiene ese nivel, que sería superior en la grabación de Giulini en Los Angeles (DG 1982), una de las mejores versiones en disco. Espléndida, dramática y vibrante, la obertura; quizá la de DG, más serena y sosegada, más introspectiva, pierde algo de energía. Por cierto, los retoques de Mahler a la orquestación de la "Renana" no se notan gran cosa, y son tal vez para mejor. El disco lo han completado con cuatro páginas de Verdi registradas en 1958: una espléndida Obertura de La forza del destino, una insuperable, alucinante de I Vespri Siciliani y los dos excelsos Preludios de La Traviata: tres interpretaciones de obligado conocimiento.
La Sinfonía de César Franck de 1957 posee un excelente "Allegretto", pero resulta ruda en los movimientos extremos; precisamente Giulini firmaría años después la que me sigue pareciendo la cumbre de la discografía (Filarmónica de Berlín, DG 1987). Admirable Psyché et Eros del mismo autor, grabado en 1958: casi tan extraordinario como el de 1987. Magistral lectura de Juegos de niños de Bizet (1956), con un formidable trompetista (anónimo), e implacable Noche en el Monte Pelado de Mussorgsky, originalmente del mismo LP.

El primer ciclo sinfónico Brahms de Giulini, de 1961 (la Primera), 1962 y 1968 (Cuarta) fue uno de los más destacados de aquellos años, algo más nervioso y tenso y menos efusivo y contemplativo que el de la Filarmónica de Viena (DG 1990-92), que algunos tienen como el más hermoso de la historia del disco (yo no lo tengo claro entre él y el de Bernstein para el mismo sello). Del de los años sesenta me han gustado mucho las dos primeras y un poco menos las dos últimas. Más que notables la Obertura Trágica y las Variaciones Haydn, también superadas -sobre todo estas últimas- en Viena.

El CD 10 agrupa una Segunda Sinfonía "Ucraniana" y una Francesca da Rimini de Tchaikovsky registradas en 1956 y 1962, respectivamente. La Sinfonía es la más ferozmente áspera y rusa que haya escuchado hasta hoy: parece firmada por un Markevitch furibundo; muy intensa, pero más equilibrada Francesca, ciertamente espléndida. El undécimo CD completa con un vibrante, sentido y conmovedor Romeo y Julieta (1962) una sobresaliente Sinfonía "Patética" (muy bien grabada en 1959) que resulta más creíble, sincera y en definitiva lograda que la que volvería a llevar al disco el año 1981 en Los Angeles para DG.

Los discos 12 y 13 contienen sus Dvorák para EMI: la Séptima Sinfonía (London Philharmonic, 1977) sigue siendo mi interpretación predilecta: una auténtica maravilla de lirismo, de cantabilidad y también de dramatismo: ¡qué increíble belleza! La Octava (1962), magnífica, sería incluso superada por la de DG 1978 en Chicago, seguramente la más extraordinaria existente en disco. La del "Nuevo Mundo" (1961), en cambio, aun siendo espléndida, queda apreciablemente por debajo de la de DG, igualmente en Chicago, una de las más grandes (aun así, claramente por debajo de la apabullante, irrepetible recreación de Celibidache, solo en DVD de EuroArts, 1991). Soberbios tanto la Obertura Carnaval (1961) como el Scherzo caprichoso (1962) que rellenan el disco.

Los discos restantes reúnen la escasa música del siglo XX que Giulini grabase. El Mar y los 3 Nocturnos de Debussy (1962, estupenda toma de sonido) siguen estando entre las mejores interpretaciones habidas y por haber. Muy buena Alborada del gracioso y excelente Segunda Suite de Dafnis y Cloe (1959), esta sin coro. Siguiendo con Ravel, nos encontramos con una bellísima Mi madre la oca (1956, que Giulini llevaría al Olimpo inalcanzable en 1991, con la Concertgebouw en Sony), una tan hermosa como sentida Pavana para una infanta difunta (que no mejoraría en 1986) y una admirable Rapsodia española (1966). El amor brujo, con una muy centrada Victoria de los Ángeles (1964), sigue siendo para mí el más convincente de la discografía: sorprende el hondo conocimiento de lo español y admira el lirismo que derrama sobre la partitura. En la Suite de El sombrero de tres picos (1957) encuentro, en cambio, bastantes altibajos -estupenda "Danza de la molinera"-, pero aquí y allá algo me resulta despistada. Ya en 1956 lograba Giulini una formidable Suite (1912) de El pájaro de fuego stravinskiana, eclipsada en cualquier caso por la antológica interpretación para el mismo sello trece años posterior con la Sinfónica de Chicago. Finalmente, en Britten conmueve la hondura con que recrea los Cuatro Interludios Marinos de Peter Grimes y acierta de pleno, tanto o más que el propio autor, en la Guía de orquesta para jóvenes (1962).

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