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miércoles, 11 de octubre de 2017

Escuchado y visto últimamente -desde lejos- a Barenboim



No he hecho últimamente viajes musicales, pero ya saben que, por distintas vías, se pueden escuchar (e incluso ver) conciertos y representaciones. Aunque casi nunca, ay, con la calidad de sonido que nos suelen deparar las publicaciones en soporte físico -CDs o Blu-rays-. El gran enemigo es la compresión dinámica, presente en la mayor parte de retransmisiones por televisión u otros medios. ¡Una auténtica cruz, que tantas veces me amarga!

Elgar y otros en los Proms
Apenas la hubo en las transmisiones televisivas de la BBC Four de los dos conciertos de los pasados 15 y 16 de julio en los que Barenboim dirigió las dos Sinfonías de Elgar, hasta el punto de que se pueden apreciar casi a la perfección las interpretaciones. En el primero de esos conciertos Lisa Batiashvili demostró por enésima vez que es una violinista consumada, dotada de una técnica alucinante hasta el punto de ser de todo punto intachable su ejecución del enormemente expuesto Concierto de Sibelius. Pero si esta seguridad me impresionó, no lo hizo menos su intensa, lírica y apasionada, interpretación. Como en el CD de Deutsche Grammophon con  misma Batiashvili, Barenboim demostró que, pese a lo poco que ha frecuentado a Sibelius, dirige esta obra con la mayor lucidez. Una gloria. También lo fue la Primera Sinfonía de Elgar, ciertamente muy parecida a la del disco de Decca con la misma Staatskapelle Berlin. Si acaso, algunas aristas del disco, seguro que intencionadas, han quedado ligeramente suavizadas, y profundizado su humanismo. 

Algo similar diría de la interpretación de la Segunda Sinfonía, en la que volvió a llamar la atención la extraordinaria maleabilidad y la asombrosa belleza de sonido de la orquesta, que, por lo que se ve, se sigue superando día a día. Antes tuvo lugar el estreno en Inglaterra de Deep Time de Harrison Birtwistle, obra encargada por la Staatsoper Unter den Linden al gran compositor británico y estrenada en Berlín por Barenboim el 7 de junio de este mismo año 2017. Aunque no soy un experto en música contemporánea, creo que se trata de una composición magistral, construida con gran pericia y magníficamente orquestada. Fue muy evidente cómo se emplearon a fondo no ya en su compleja realización, sino también en desentrañarla. Si el primer día Barenboim y sus músicos tocaron de propina, tan bella como sentidamente, el excelso Nimrod de las Variaciones Enigma, el segundo día, tras el discurso de Barenboim, en el que sin nombrarlo criticó duramente el Brexit, los fanatismos, aislacionismos y demás plagas nacionalistas y xenófobas (a propósito: no existe, por definición, nacionalismo que no sea xenófobo), tras el aplaudidísimo discurso, digo, ofrecieron la Marcha No. 1 de Pompa y circunstancia más extraordinaria que he escuchado en mi vida. Si la sección central estuvo cantada de modo inenarrable, las secciones extremas habitualmente grandilocuentes fueron imbuidas de fuego y entusiasmo: un acierto total, más sorprendente aún en quien 44 años antes había grabado (con la London Philharmonic, Sony) una versión completamente fallida.

Bruckner en París
Tras dirigir en enero las tres primeras Sinfonías de Bruckner, el 9 y el 10 de septiembre ha ofrecido, en la misma sala de la Philharmonie de París, las dos últimas (no recuerdo ahora si entre unas y otras dirigió las centrales). Esta vez las retransmisiones han sido bastante buenas. Como es frecuente, no siempre se parecen del todo dos interpretaciones que se le escuchen a Barenboim de la misma obra, aunque las haga muy seguidas: la Octava es algo distinta de la que hizo en agosto en la Philharmonie de Berlín (la grabación que tengo suena tan mal que no me puedo pronunciar a fondo sobre ella) o la del blu-ray de Accentus, siempre con su Staatskapelle. Esta versión parisina me ha gustado un poco más en su primer movimiento, mientras que en el Adagio el enorme clímax no me pareció tan formidablemente bien resuelto como en las otras dos. Pero la Novena es, probablemente, la mejor que le he escuchado a él hasta ahora, lo que significa que es una de las más impresionantes que haya escuchado nunca. Si el primer movimiento se parece bastante a las últimas versiones escuchadas -tanto la del blu-ray como la del Carnegie Hall de Nueva York el pasado enero- lo que la sitúa para mi gusto por encima de ambas es la apocalíptica coda. El scherzo vuelve a ser, como en ambas, de una incisividad demoníaca. Pero es el Adagio final lo que la eleva hasta esas alturas que comentaba. Me parece que es la interpretación más emotiva y sobrecogedora que he escuchado jamás. Opinión que han compartido los varios amigos -buenos conocedores de la discografía- que la han escuchado conmigo. Tal vez no tan perfecta e inatacable como la justamente famosa grabación de Giulini para DG con la Filarmónica de Viena (que está tomada en estudio), pero, sí, más conmovedora aún. Cuando ocurre un evento de esta magnitud el público suele apreciar la excepcionalidad de la ocasión, y, así, la tormenta de aplausos recibida fue algo muy, muy especial.

Reinauguración de la Staatsoper Unter den Linden
Tras siete años de reforma, a fondo, el 3 de octubre ha reabierto el mítico teatro de la Ópera Estatal de Berlín. Como se recordará, durante esas temporadas las funciones han tenido lugar en el Teatro Schiller. "Se ha mejorado el confort y la visibilidad de los espectadores, se ha añadido una maquinaria escénica informatizada y completamente silenciosa en una caja escénica muy ampliada", así como una sala de ensayos para la orquesta que permite recrear la misma acústica del teatro. Una galería superior eleva la altura del techo cuatro metros, con lo que la sonoridad ha mejorado ostensiblemente, según su director musical. 

La reinauguración estaba previsto realizarla con el estreno de la ópera Saul de Wolfgang Rihm, pero una repentina enfermedad del compositor ha obligado a sustituirla en tiempo récord por las Escenas de Fausto de Schumann, aprovechando los decorados ya construidos para Saul. Partitura difícil de captar y sin duda con altibajos, pero en conjunto importante, creo que es bastante más valiosa que sus otras dos extensas obras sinfónico-corales: El paraíso y la Peri y El peregrinaje de la rosa. Varios de los cantantes previstos para la ópera se han incorporado al oratorio schumanniano. Barenboim, que al parecer nunca lo había dirigido, lo ha preparado en muy pocos días. El todavía intendente de la Staatsoper, Jürgen Flimm, de 76 años (que en 2018 será sustituido por Matthias Schulz) ha sido el director escénico, para lo que ha contado con actores que han recitado y escenificado a Goethe y que se han repartido los personajes junto a los cantantes. El espectáculo ha resultado, me parece, un poco largo y farragoso, con demasiadas peripecias en el escenario. La retransmisión televisiva por Arte ha gozado de buena imagen, pero de un sonido muy deficiente -más en la orquesta que en las voces-, por lo que no puedo juzgar a fondo la interpretación. Los tres cantantes protagonistas han rayado a muy alto nivel: el barítono Roman Trekel (Fausto), la soprano Elsa Dreisig (a la que no conocía, como Margarita) y el bajo René Pape (Mefistófeles). Entre los restantes roles han destacado el tenor Stephan Rügamer y la mezzo Katarina Kammerloher. Muy bien el coro y, parece ser, también la orquesta, nada bien recogida como digo (cosas de la televisión, pues el ingeniero de sonido ha sido nada menos que Friedemann Engelbrecht, de los Estudios Teldex). Así que no puedo juzgar a plena satisfacción la labor de la batuta, pero me da la impresión de que ha sido excelente. He aprovechado para reescuchar las dos grabaciones que tengo de este particular Fausto: la admirable de Britten (Decca 1973), con Fischer-Dieskau, Elizabeth Harwood y John Shirley-Quirk, en la que solo el primero aventaja a la versión que comento. Y la también sobresaliente de Bernhard Klee (EMI 1982), con, de nuevo, Dieskau, así como con Edith Mathis y Walter Berry. Quizá de entre ellas la Margarita ideal sea Mathis, mientras Pape es el Mefisto más destacado. 

Cuatro días después, el 7, Barenboim dirigía en la Bebel Platz de la capital alemana la Novena Sinfonía de Beethoven. Una interpretación al nivel que puede esperarse de él, conocedor como nadie, traductor como nadie hoy día, del compositor alemán, que en esta ocasión ha contado con un cuarteto de lujo: Diana Damrau (¡qué pasmosa facilidad para afrontar la terrible tesitura!), Okka von der Damerau, Burkhard Fritz y René Pape. En esta ocasión me han parecido especialmente formidables los dos movimientos centrales.

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