Recuerdo que, en una
entrevista, el gran Ruggero Raimondi, músico inteligente donde los haya, decía
que divide a los cantantes de ópera en dos grupos: los que intentan interpretar
a sus personajes y los que están pendientes ante todo de dar los agudos. Le doy
toda la razón. Aunque, por supuesto, los hay que no descuidan ninguna de ambas
cosas: cantan, interpretan y consiguen emitir estupendamente los agudos.
Hace unas semanas, un buen
amigo (supongo que me estarás leyendo), excelente melómano y sobre todo
operófilo, me sorprendió soltándome a bocajarro que Plácido Domingo no es tan
grande como se pretende porque carece de buenos agudos. Le he grabado un disco
(que le daré la próxima vez que quede con él; no vive por esta zona) con escenas
y arias italianas, francesas y alemanas, que abarcan casi 30 años de su
carrera, en las que creo que queda claro que no solo canta e interpreta sus
personajes de modo admirable, sino que también despliega una pléyade de agudos
estupendos. Sí, ya lo sé, ningún Do sobreagudo, nota que nunca, creo, pudo emitir
con comodidad y seguridad. Su tesitura y las características de su voz nunca
han sido propicias para esa nota -y no ha sido el único gran tenor al que le ha
ocurrido lo mismo, desde Caruso mismo-. ¿Le quita esa limitación mucha
importancia a su figura? En mi opinión, rotundamente no. Por un lado, la mayor
parte de las óperas que ha cantado no alcanzan esa nota (Il Trovatore entre ellas: ya se sabe que Verdi no escribió el
famoso Do de la "Pira". Sin embargo, varias veces he oído poner a
parir al tenor madrileño por darlo regular, o incluso en ocasiones no darlo), y
algunas óperas que sí alcanzan esa nota pueden haber sido magníficamente
interpretadas por él, salvo en ese breve instante en que el Do que ofrece no es
satisfactorio, o que directamente suprime.
Como sé que muchos operófilos
sí son tan obsesos de los agudos como algunos cantantes, se hizo circular un
dicho que ridiculizaba a Domingo por este motivo. Acepto que ese dicho es
ocurrente y que tiene su gracia, pero me parece de tan mal gusto y tan
demostrativo de desprecio que no pienso contribuir a divulgarlo.
Me acuerdo ahora, a modo de
anécdota que viene un poco al caso, de que cuando Otto Klemperer le pidió a
Elisabeth Schwarzkopf que cantase con él la Missa
Solemnis de Beethoven, ella le dijo que lo haría encantada, pero que
tuviese en cuenta que no llegaba al Do que pedía la partitura. El sarcástico y
genial director le contesto: "No se preocupe, pondremos en el cartel
anunciador Elisabeth Schwarzkopf, soprano
hasta el Si natural".
Bueno, el caso es que
defiendo y defenderé que el panabarcativo Domingo ha sido para mí, y a
distancia, el mayor tenor del último tercio del siglo XX, y que esa carencia
del Do tiene para mí muy poca relevancia. A diferencia de otros tenores mucho
menos artistas, que han sido capaces de emitir esa nota con facilidad, quiero
expresar una opinión: cuando se canta bien y se llega cómodamente, como sin
aparente esfuerzo, a esas notas, me parece estupendo, me agrada mucho escuchar
a esos cantantes, sobre todo cuando interpretan óperas belcantistas. Pero cuando esas óperas son románticas, muy
apasionadas y no digamos si son veristas,
la sensación de esfuerzo, de tensión, de hallarse al límite de sus
posibilidades, es un valor añadido a estos exaltados personajes. Estoy de
acuerdo con lo que alguna vez expresó Beethoven de que el esfuerzo del
intérprete (cantante, pero también instrumentista) en determinados momentos es
un elemento que él buscaba expresamente en su música para intensificar la
fuerza expresiva. Algo que se aprecia clarísimamente en sus mayores obras
vocales: la Missa Solemnis, la Novena Sinfonía o Fidelio.
Esa tensión límite solemos
apreciarla en muchos momentos (agudos, sobre todo) de las interpretaciones de
Domingo. Y, lejos de ser un inconveniente, son en mi opinión algo positivo. Me
limitaré a señalar un ejemplo de las grabaciones de Plácido: su aria de La forza del destino ("La vita è
inferno all'infelice... O tu che in seno") de un recital dirigido por
Nello Santi con la New Philharmonia (RCA 1972) es de una intensidad comunicativa
descomunal, y los agudos que emite (ninguno llega al Do) son tan perfectos, tan
tremendos y tan desgarradoramente expresivos que sobrecogen al oyente. Mario
del Monaco, Franco Corelli y otros tenores con unos agudos más luminosos, squillantes y fáciles no transmiten ni
la décima parte de lo que Domingo consigue aquí. Por cierto, no veo por qué el
color plateado de los agudos de esos y otros tenores ha de ser más hermoso
-desde el punto de vista exclusivamente estético- que los broncíneos de la más
oscura voz de Domingo. Es, como mínimo, cuestión de gustos. No, el timbre
restallante de Luciano Pavarotti, que tanto encandila a muchas personas (sobre
todo no aficionados a la ópera), dista de ser mi favorito.
Un amigo al que le he pasado
este texto me pide que añada este párrafo: "¿Quién se ha llevado el aplauso más
largo de la historia? Es un
cantante, pero no es una estrella de rock, y además es español. No fue una estrella del rock, ni una gran
dama del teatro, ni el estreno de un supertaquillazo de Hollywood. El aplauso
más largo de la historia se lo llevó un español, Plácido Domingo, tras
interpretar a Otelo en la Ópera Estatal de Viena. El tenor hizo su memorable actuación el 30
de julio de 1991 y tan entusiasmados quedaron los espectadores que le hicieron
salir a saludar nada menos que 101 veces. En total, una hora y veinte minutos
de aplausos. Domingo también
ostenta el récord del aplauso más largo logrado en el Teatro Real, en Madrid.
En este caso, fueron 32 minutos de ovación para su interpretación en 'Simon
Boccanegra', de Verdi, el 28 de julio de 2010" (¡como barítono!)...